DOM COLUMBA MARMION: LA TRINIDAD EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL: 5º ENTREGA: EL VERBO ENCARNADO

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

V. EL VERBO ENCARNADO

1. Jesucristo, Verbo Encarnado, es a la vez perfecto Dios y hombre perfecto

«En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios… Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.»

Jesucristo es el Verbo Encarnado. La Revelación nos enseña que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo, ha tomado una naturaleza humana para unírsela personalmente. En esto consiste el misterio de la Encarnación.

Jesucristo es Dios y hombre; si queremos conocer su Persona, participar de sus diversos estados, tenemos que tratar de comprender no sólo que es el Verbo, sino que ese Verbo se hizo carne; si queremos honrarle dignamente, tenemos también que reconocer la realidad de su naturaleza humana, tenemos que adorar la divinidad a la cual se unió esta naturaleza.

En Jesucristo, ¿qué tenemos que creer según la fe?

Que existen dos naturalezas: la humana y la divina; que es a la vez Dios perfecto y hombre perfecto.

Abrid el Evangelio: en cada una de sus páginas veréis que en todo lo que realizó el Verbo Encarnado se muestra Dios y hombre; en cada una de ellas, según naturaleza y propiedades, vemos, la divinidad y la humanidad.

Jesús nace de una mujer, pero quiere que su Madre sea y permanezca virgen; en el pesebre es un niño que necesita alimentarse con leche, pero los Ángeles cantan su venida como la venida del Salvador del mundo; está reclinado en un establo sobre paja; pero un astro maravilloso conduce a sus pies a los Magos de Oriente; como todos los hijos de los judíos, se somete a la circuncisión, pero, al mismo tiempo, recibe un Nombre del Cielo que profetiza su misión divina; crece en edad y sabiduría, pero a los doce años causa admiración con sus respuestas admirables a los mismos doctores de la Ley; se hace bautizar por Juan el Precursor como si necesitase hacer penitencia, y, en este mismo momento, se abre el Cielo y el Padre eterno atestigua que es su Hijo muy amado; en el desierto tiene hambre y los Ángeles van a servirle; mientras recorre la Palestina, se cansa, tiene sed, siente la desnudez, pero con una palabra, por su propia autoridad, hace andar a los paralíticos, cura a los cojos, multiplica los panes para saciar a las multitudes; en el lago de Genesaret el sueño cierra sus párpados mientras sus discípulos luchan contra la tempestad, y en un instante, despertado por los Apóstoles asustados, calma con un solo gesto las embravecidas olas del lago; junto a la tumba de Lázaro se conmueve, llora, derramando verdaderas lágrimas humanas, y a los pocos momentos, con una palabra, resucita a su amigo cuatro días ya difunto; en el huerto de los Olivos, después de una agonía en la que padeció tedio, tristeza, angustias, se deja prender por sus enemigos, pero basta con que diga que es Jesús de Nazaret para que caigan ellos de espaldas; en la Cruz muere como el último de los malhechores, pero toda la naturaleza, con el terremoto que sufre, le proclama como un Dios que muere.

De este modo, según una bellísima expresión de San León, la majestad está unida a la bajeza, el poder a la debilidad, el que es mortal es eterno… una naturaleza inviolable en una naturaleza pasible. Dios verdadero ha nacido en la naturaleza íntegra y perfecta de hombre verdadero, con todo lo que es propio a Dios y lo que es nuestro: Totus in suis, totus in nostris.

Siempre, desde que Jesús vino a este mundo, se ven unidas la divinidad y la humanidad; unión que nada quita a las perfecciones divinas y deja intacta la realidad de la naturaleza humana: la Encarnación es una unión inefable. ¡Oh sabiduría eterna, qué profundos e insondables son tus pensamientos y qué admirables tus obras! (Jesucristo en sus misterios, cap. IV, 3 y 4)

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2. Admirable unidad de las dos naturalezas en la Persona del Verbo

Lo admirable de este misterio es el modo como se ha realizado la unión de las dos naturalezas.

La naturaleza divina y la naturaleza humana están unidas en una sola Persona: la Persona eterna del Verbo, del Hijo.

En nosotros, el alma y el cuerpo, juntamente unidos, forman una persona humana. En Jesucristo, no es lo mismo. La naturaleza humana, íntegra, perfecta en su esencia, en sus elementos constitutivos, no existe más que mediante el Verbo, en la Persona divina del Verbo.

El Verbo es quien da a la naturaleza humana su realidad de existencia, es decir, «su subsistencia» personal. Así, pues, en Jesucristo no existe más que una sola Persona; la Persona del Hijo único de Dios.

Sin embargo, no lo ignoráis, por muy unidas que estén, las dos naturalezas guardan sus propias fuerzas, sus propias operaciones específicas; entre ellas no existe ni mezcla ni confusión: Non commixtionem passus; inseparablemente unidas en la única Persona del Verbo, conserva cada cual su propia actividad.

Humana, en su apariencia externa, la vida del Salvador es enteramente divina por el hecho de la unión hipostática.

Actividad humana, y muy auténticamente humana, la vida se manifiesta en Jesucristo totalmente penetrada de lo divino; si las referimos a la Personalidad de quien proceden, sus actividades son divinas por completo, pues proceden de una Persona divina y la Persona divina las dignifica.

La Persona divina del Verbo es el origen de cuantas perfecciones hay en Jesucristo. En la Santísima Trinidad, el Verbo expresa las perfecciones del Padre con un acto infinitamente simple; al unirse a la humanidad, el Verbo las expresa por ella con actos múltiples, y variados propios de la naturaleza humana y de sus perfecciones, como el rayo de luz, cuando pasa por el prisma, sale de él trasformado en haz de matices de luz diferente.

Las virtudes de la humanidad santísima de Jesucristo: su paciencia, dulzura, bondad, mansedumbre, benignidad, celo, y amor son virtudes que ejercita la naturaleza humana, pero que dicen relación a la Persona divina del Verbo y nos manifiestan, al mismo tiempo, las perfecciones del Dios Invisible.

¿Qué se sigue de esta doctrina?

Que todas, las acciones de Jesús lo son de un Dios. Los actos de la humanidad santísima son actos finitos, limitados en el tiempo y en el espacio, lo mismo que la naturaleza humana es creada.

Pero el valor moral de esos actos es divino. ¿Por qué? Porque toda acción, aun cuando la realice tal o cual facultad de la naturaleza, se atribuye a la persona. En Jesucristo es siempre Dios guíen obra, pero unas veces por su naturaleza divina, otras por su naturaleza humana. Se dice con verdad que es un Dios quien ha trabajado, quien ha llorado, quien ha sufrido y quien ha muerto, aunque todos estos actos hayan sido realizados por la naturaleza humana.

Todos estos actos humanos de Jesucristo, por mínimos e insignificantes que sean en su realización física, tienen un valor infinito.

Y de aquí el que la vida de Jesucristo entera sea tan grata a su Padre. El Padre halla en Jesucristo, en su Persona y en sus acciones, en sus estados los más humillantes como en sus misterios más esplendorosos, todas sus complacencias, pues en todos y siempre ve la Persona de su propio y único Hijo.

El Padre, al mirar a Jesucristo le ve como no le ha visto ni le verá criatura alguna. Si me puedo expresar así, es el único que puede apreciar el valor de cuanto hace su Hijo. Como lo decía Nuestro Señor, «nadie conoce al Hijo sino el Padre».

Por mucho que levantemos nuestra consideración y profundicemos en los misterios y estados de Jesús, nunca llegaremos a apreciar en lo que se merecen. Sólo Dios es quien puede conocer y justipreciar dignamente lo que hace un Dios. Las más mínimas acciones de la humanidad de Jesús, los menores movimientos y latidos de su sacratísimo Corazón extasiaban de regocijo al Padre: «Este es mi Hijo muy amado en que he puesto todas mis complacencias.» (Jesucristo en sus misterios«, cap. IV, 3 y 4).

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3. Nuestra actitud ante el Verbo Encarnado

La adoración. Cierto es que la humanidad del Verbo (como la nuestra) también es creada. No la adoramos tal cual es, pero le debemos adoración en sí misma, por causa de su unión con el Hijo de Dios. Nuestra adoración va a la humanidad, pero se termina en la Persona divina a la cual está unida substancialmente.

Una confianza absoluta. Dios ha querido hacer de la humanidad de Jesucristo el instrumento de la gracia; por su medio nos llega la gracia. Dice San Juan, no del Verbo en el seno del Padre, sino del Verbo Encarnado, que «estaba lleno de gracia y que de esa plenitud debíamos recibir todos».

Durante su vida mortal, Nuestro Señor, siendo Dios, hubiera podido obrar prodigios y comunicar la gracia a los hombres con sólo un acto de su voluntad divina. Todas las veces que le presentaban a Jesús enfermos para que les curase, muertos para que les resucitase, hubiese podido, con un solo acto interno de su voluntad, obrar el milagro pedido. Mas no lo quiso hacer.

Leed el Evangelio; veréis que quiso tocar con su mano los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, poner saliva en la lengua de los mudos, tocar el féretro del hijo de la viuda de Naín, tomar de la mano a la hija de Jairo, dar el Espíritu Santo a sus Apóstoles soplando sobre ellos.

Con el contacto, pues, de su humanidad santísima realizaba Jesucristo los milagros y comunicaba la gracia: la humanidad servía de instrumento unida al Verbo. Y esta ley admirable y conmovedora se observa en todos los misterios de Jesús.

Ahora bien, esta economía y orden, queridos por el mismo Dios, subsisten aún, porque la unión de naturalezas en Cristo permanece indisoluble.

Así que al leer las páginas evangélicas, o al ir siguiendo el ciclo litúrgico durante el año, nos unimos por la fe a la santa humanidad de Jesús; pero sobre todo cuando recibimos su Cuerpo en la Comunión, entonces la sagrada humanidad de Jesucristo, inseparable del Verbo divino, se convierte para nuestras almas en instrumento y vehículo de la gracia.

Y si pensáis seriamente sobre esto, comprobaréis que toda la economía misma de la vida sobrenatural está basada en esta verdad. La Iglesia, los Sacramentos, la Misa, la predicación son otros tantos medios sensibles por los cuales Dios nos lleva a sí. Son como una extensión de la Encarnación.

Ved cuánto importa vivir y permanecer unidos con la humanidad santísima de Jesús: «Mora en ella, dice el Apóstol, la plenitud de la divinidad, y del Verbo por medio de la humanidad recibimos todas las gracias»: Verbum caro factum est… et vidimus eum plenum gratiæ, et de plenitudine ejus nos accepimus, el Verbo se hizo carne y le vimos lleno de gracia y hemos recibido de su plenitud.

La humanidad de Jesucristo es el medio establecido por Dios para transmitir la gracia a las almas.

Es también el medio por el cual las almas pueden llegar a la divinidad. Otra verdad no menos importante que conviene no olvidar. No hemos de detenernos en la humanidad de Jesús como meta final.

Acaso me diréis: «Para mí la devoción consiste principalmente en darme a Jesucristo, en entregarme a Él». Bien, excelente, nada mejor que darse a Jesús. Pero ¿qué se entiende por darse a Nuestro Señor? Unir nuestra voluntad con la suya. Ahora bien, la voluntad de Jesús es llevarnos a su Padre.

En esto consiste su obra: el Padre es el término.»Yo soy el camino», decía de sí Jesús, refiriéndose a su humanidad. Es el único camino, cierto; mas sólo un camino; la última meta a que nos conduce este camino es el Padre eterno: Nadie va al Padre si no es por mí: Nemo venit ad patrem nisi per me. La humanidad nos entrega al Verbo, el Verbo al Padre.

Esto es lo que decía San Pablo escribiendo a los de Corinto: «Omnia vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei, todas las cosas son vuestras, mas vosotros sois de Jesucristo, y Jesucristo de Dios», haciendo notar con estas sencillas palabras los grados de la obra divina en el mundo.

Por la humanidad de Jesucristo pertenecemos al Verbo, al Hijo; por el Hijo vamos al Padre. Así nos vuelve Jesucristo al seno del Padre: in sinu Patris; y así nos explicamos nosotros la razón del porqué del misterio inefable del Hombre Dios.

¡Oh Jesús!, Verbo Encarnado, me postro ante Ti, por ser Tú el Hijo de Dios, igual a tu Padre. Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios, Deum de Deo, lumen de lumine, Deum verum de Deo vero. Tú eres el Hijo muy amado del Padre, Aquel en quien Él tiene sus complacencias. Te adoro y te amo (Jesucristo en sus misterios, cap. IV, 4)

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Lovaina, 9 de abril de 1903

«He rezado mucho por usted, pues Nuestro Señor me inspira de continuo deseos de que sea usted perfecto. Me parece a mí que para usted la perfección consiste en que honre a Jesús, en su Divinidad y en su Humanidad. En su Divinidad, adorándole, anonadándose, confiando en su poder, su bondad y su fidelidad. En su Humanidad, buscando en Él todo cuanto nuestro humano corazón ansía: amor, simpatía, afecto, porque Jesús es hombre verdadero, Filius hominis, como verdadero Dios. Y como su naturaleza humana es realmente distinta de su naturaleza divina, y permanece, sin confundirse, unida a la Persona divina, así también su amor humano es verdaderamente distinto de su amor divino, aun cuando concuerden en todo, pues es la expresión, bajo la forma humana, de su amor divino.

La humanidad de Jesús es la puerta por la que entramos en el santuario de su Divinidad. Ego sum ostium, palabras que traducidas en lengua humana e inteligible son la explicación del Verbo divino e incomprensible: «Unigenitus qui est in sinu Patris, ipse enarravit: el Hijo único que está en el seno del Padre nos ha revelado a Dios».

El amor une todo esto en un solo acto. He aquí la palabra que lo resume todo: «Amad a Jesús.»

Me diréis, como sus discípulos a San Juan: ¿Por qué me repite siempre lo mismo? Porque es lo único que sé y en esto se encierra todo: Non enim judicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum et hunc crucifixum: He creído que no conocía otra cosa entre vosotros más que a Jesucristo, pero a Jesucristo crucificado» (Cartas de dirección, cap. II, 4.).