DOM COLUMBA MARMION: LA TRINIDAD EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL: 4º ENTREGA

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

IV. NOS CONSAGRAMOS POR ENTERO A LA

GLORIA DE VUESTRO HIJO JESUCRISTO

Estas palabras constituyen la consagración propiamente dicha. El Padre no quiere sino la gloria de su único Hijo, objeto de sus infinitas complacencias. Decía Jesús a los judíos: El Padre lo ha entregado todo al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre; el que no honra al Hijo no honra al Padre. (Juan, V, 22-23).

En la oración que siguió a la Cena, Jesús pide a su Padre que «le glorifique, para que Él, su Hijo, glorifique al Padre», los dos no son más que una sola esencia. Lo mismo para nosotros: la gloria que damos al Hijo va al Padre y en Él nos hacemos gratos al Padre. Esta consagración a la gloria del Hijo se refiere a la primera petición del Padrenuestro: «Santificado sea el tu hombre».

1. El mayor deseo del Padre es glorificar y ver glorificar a su Hijo Jesucristo

En la Santísima Trinidad, el Verbo, en expresión de San Pablo, es el esplendor de la gloria del Padre, la figura de su substancia, el resplandor de su luz eterna: Splendor gloriæ et figura substantiæ ejus.

Como lo indica la palabra griega, es el «carácter», la expresión adecuada de Dios, y como la marca que imprime el sello en la cera.

La gloria de un hijo consiste en ser la imagen viva de su padre. Es lo que sucede con el Verbo, Imago Dei invisibilis. El Padre eterno al mirar a su Hijo, ve en Él la reproducción exacta de sus divinos atributos; el Hijo refleja perfectamente, cual espejo purísimo, speculum sine macula, todo cuanto a Él le da el Padre.

Y por eso el Padre, al contemplar a su Hijo, ve en Él cuantas perfecciones tiene en sí, y, extasiado con este espectáculo, declara al mundo que este Hijo os objeto de todo su amor: Filius meus dilectus in quo mihi bene complacui.

Sabéis muy bien quo el Padre dejó oír su voz sólo tres veces, y cada vez para decirnos que Jesucristo es su Hijo, el Hijo único, digno de toda complacencia y gloria: Hic est Filius meus dilectus… ipsum audite: «Escuchadlo».

Aquí está, conforme a la palabra de Nuestro Señor, el testimonio de Dios al mundo, cuando le dio su Hijo: Qui misit me Pater, ipse testimonium perhibuit de me.

Y para corroborar este testimonio, dio Dios a su Hijo el poder de hacer milagros, le resucitó de entre los muertos. Nos asegura nuestro Señor mismo que, en pleno asentimiento de este testimonio, nos está prometida la vida eterna: «Esta es la voluntad de mi Padre que me envió, que todo el que ve al Hijo y cree en él, posea la vida eterna».

Durante la vida mortal de Jesucristo, a excepción del día de la Transfiguración, la gloria de Jesús, como Hijo de Dios, estuvo velada, oculta. El Verbo quiso unirse a una humanidad débil como la nuestra, a una humanidad pasible, sujeta a la enfermedad, al sufrimiento, a la muerte.

Desde el instante de su resurrección, Jesús entró en posesión de esta gloria esplendente; su humanidad es ya gloriosa, impasible.

Llegó al cenit de su gloria el día de la Ascensión, cuando subió a las alturas de los cielos, desde donde su gloria y su poder podrán ya brillar en su plenitud sobre todos los elegidos y rescatados. Hombre-Dios, Hijo de Dios, igual a su Padre, Jesucristo tiene derecho a sentarse a su diestra, y participar con Él en todo su esplendor de la gloria divina, de la bienaventuranza infinita y del poder omnipotente del Ser soberano.

Además la suprema glorificación que el Padre tributa a Jesús es una recompensa de las humillaciones que sufrió por amor a su Padre y por la caridad que tuvo con nosotros.

Al entrar en este mundo se entregó Jesucristo todo entero al beneplácito del Padre: «aquí vengo, para hacer, Dios, tu voluntad»; aceptó el cumplimiento pleno del programa de los abatimientos profetizados, aceptó el beber hasta las heces el cáliz amargo de tormentos e ignominias incontables; se abatió hasta ser maldito sobre la cruz. Y esto, ¿por qué? «Para que el mundo no ignore que amo a mi Padre», amo sus perfecciones y su gloria, sus derechos y sus quereres. Y por haberse humillado así para salvar al mundo, Jesucristo fue ensalzado por su Padre. El Padre quiere glorificarle como hombre: «Le di gloria y se la volvería a dar». Y ¡qué gloria le da! La de sentarle a su derecha, en lo más alto del Cielo; quiere que desde ahora se doble ante Él toda rodilla y que todas las lenguas proclamen a Jesús único Salvador, pues el Padre le ha comunicado todo poder en el Cielo y en la tierra. (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 4 y cap. XVII, ‘2; y Jesucristo vida del alma, cap. VI, 4.)

***

2. Nos asociamos al deseo que el Padre tiene de glorificar a su Hijo, proclamando ante todo, con fe viva, la divinidad’ de Jesucristo

Al comenzar su Evangelio, después de haber cantado la gloria del Verbo divino, San Juan recalca en que el Verbo vino a este mundo, que este mundo —que Él había creado, que era posesión suya y que era «suyo»— no le recibió. Pero, añade, los que creen en su nombre, todos esos le reciben. Recibimos al Verbo encarnado por la fe; por la fe aceptamos la divinidad de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»

Esta actitud nos pide el Padre Eterno: «Precepto de Dios es, dice el mismo San Juan, que creamos en su Hijo Jesucristo: Et hoc est mandatum ejus: ut credamus in nomine Filii ejus Jesu Christi.

Y el Padre dice: «Este es mi Hijo muy amado, escuchadle». Esta palabra que se oyó en el Tabor, cuando el esplendor de la divinidad llenaba con sus rayos su santa humanidad, no es otra cosa que el eco, en el mundo creado, de la palabra que el eterno Padre pronuncia en el santuario del cielo, «in splendoribus sanctorum Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado».

Así nosotros agradamos mucho a nuestro Padre celestial, cuando aceptamos este testimonio y confesamos que Jesús es su propio Hijo, que es coeterno con Él y copartícipe de su gloria divina: Tu solus altissimus, Jesu Christe, in gloria Dei Patris.

Lo dice San Pablo: el misterio de los abatimientos del Verbo hecho carne le hace abismarse de tal modo que no halla expresiones adecuadas para ensalzar la gloria que, según los mismos pensamientos divinos, es debida y le compete a Jesucristo. Escuchad sus palabras textuales:

«Jesucristo era Dios, y con todo, no ha sido avaro para conservar su igualdad con Dios; se ha anonadado haciéndose una criatura, haciéndose semejante a los hombres; y, apareciendo en todo como hombre, se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz. Por eso también, propter quod, por eso Dios le ensalzó sobremanera y le dio un nombre que está por encima de todo nombre, para que al nombre de Jesús se arrodillen todos en el cielo, en la tierra, en los infiernos, y para que toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre: Et omnis lingua confiteatur, quia Dominus Jesus Christus in gloria est Dei Patris.

Deber nuestro es el unirnos en espíritu y de corazón al deseo que el Padre tiene de dar gloria al Hijo: «Le glorifiqué y le volveré a glorificar.»

Nunca deberíamos abrir el Evangelio o prepararnos a celebrar los misterios de Jesús, sin antes penetrarnos bien de las miras de Dios, haciendo protestas de fe ardiente de que Jesucristo, a quien vamos a contemplar, a pedir y con quien nos vamos a unir, es Dios como el Padre y el Espíritu Santo.

Y cuando más se abaja Jesús haciéndose niño, ocultándose en Nazaret, soportando las miserias compatibles con su dignidad, sufriendo la muerte del patíbulo como un malhechor, cum sceleratis y encerrándose en los velos de la Hostia; cuanto más se ataca a su divinidad y la-niegan los incrédulos, tanto más debemos nosotros levantarle en lo más alto de la gloria del Padre y dentro de nuestro corazón y hacerle entrega de nosotros con un espíritu lleno de reverencia y entera sumisión a su persona y trabajar por extender su reino en las almas. (Jesucristo vida del alma«, cap. VI, 4).

Esta actitud del corazón y esta disposición del alma son fecundísimas en frutos, ya que nos levantan al nivel de Dios y nos hacen gratos al Padre: «Os ama mi Padre porque habéis creído que yo salí de Él.» Gratos al Padre, porque todo cuanto nos pide, y nos pide muchísimo, se reduce a querer la gloria de su Hijo. (Ibíd.).

Caigamos de hinojos delante de Jesús y digámosle: Oh Jesús, Verbo Encarnado, bajado del cielo para revelarnos los secretos que Tú, Hijo unigénito de Dios, contemplas eternamente en el seno del Padre», creo y confieso que «eres como Él Dios, su igual»; creo en Ti; creo «en tus obras»; creo en tu Persona; «creo que has salido de Dios»; «que eres uno con el Padre», que «quien Te ve, le ve también»; «creo que eres la resurrección y la vida». Lo creo, y creyéndolo, Te adoro y consagro a tu servicio todo mi ser, mi actividad, mi vida. (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 3.)

***

3. Glorificamos además a Jesucristo, Verbo encarnado, teniendo una confianza ilimitada en el valor infinito de sus méritos

Nos ha hecho Dios un don inmenso en la Persona de su Hijo Jesucristo; Él es un tabernáculo «donde están guardados todos los tesoros que la sabiduría y la ciencia divinas» han sido capaces, de acumular para nuestro bien; Él, con su pasión y muerte, nos han merecido esa comunicación, y Él está siempre viviendo e intercediendo por nosotros.

Mas es necesario que conozcamos el valor de este don y sepamos, usarle: «Si conocieses el don de Dios». Jesucristo, con la plenitud de su santidad y el valor infinito de su mérito y su crédito, es el don; pero este don no nos aprovecha más que en la medida de nuestra fe.

Si nuestra fe es amplia, arraigada, a la medida de ese don, en lo que es posible a una criatura, entonces el don no tendrá límite al comunicarnos las gracias hechas a nuestras almas por la humanidad de Jesucristo.

Si no estimamos infinitamente los méritos infinitos de Jesucristo, es porque nuestra fe en la divinidad de Jesucristo no es bastante arraigada ni profunda; y los que dudan de esta eficacia divina, no saben lo que es la humanidad de un Dios.

Con mucha frecuencia es preciso que hagamos estos actos de fe en las satisfacciones y méritos que Jesucristo ganó para santificación de todos nosotros. Cuando oremos, presentémonos al Padre Eterno con una confianza inconmovible en los méritos de su Hijo. Nuestro Señor lo ha pagado todo, ha saldado toda la deuda y lo ha conquistado todo: «Sin cesar está intercediendo por nosotros al Padre».

Digámosle pues: Sé, mi Dios, que soy un miserable, no hago sino multiplicar cada día mis faltas; estoy firmemente convencido de que ante tu infinita santidad yo soy como el barro delante del sol; pero me postro ante Ti; por la gracia soy un miembro del Cuerpo Místico de vuestro Hijo; vuestro Hijo me ha dado esta gracia después de habernos rescatado con su Sangre; ahora que soy Suyo, no me rechaces de tu rostro divino.

No; Dios no puede rechazarnos, cuando nos apoyamos en el crédito de su Hijo; pues el Hijo trata con Él de igual a igual. Además, al reconocernos así, que, por nosotros mismos somos débiles, miserables, que «no podemos nada sin Él»; al reconocer que tenemos que esperar de Jesucristo todo cuanto necesitamos para vivir de la vida divina, Omnia possum in eo qui confortat, entonces reconocemos que ese Hijo lo es todo para nosotros, porque ha sido constituido nuestra Cabeza y nuestro Pontífice; y esto, según San Juan, es dar al Padre «que ama a su Hijo», que quiere dárnoslo todo por mediación de su Hijo, «porque ha dado a su Hijo todo poder sobre las almas»; no es otra cosa que rendir a Dios el homenaje más grato a sus divinos ojos.

Hasta tanto que el alma no consigue esta absoluta confianza en Jesucristo no le reconoce enteramente por lo que es: el Hijo muy amado del Padre; y desde luego no da al Padre el honor que el Padre estima más que todo: «El Padre ama al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. Quien no honra al Hijo, no honra al Padre, que le envió» (San Juan, V, 20, 23.)

Cuando hacemos frecuentes actos de fe en el poder de Jesucristo, en el valor de sus méritos, nuestra vida se convierte, por el mismo hecho, en un como cántico perpetuo a la gloria de este Pontífice supremo y Mediador universal que nos comunica todas las gracias. Esto es entrar de lleno en los pensamientos de Dios, en los planes divinos, adaptar nuestra alma a las miras santificadoras de Dios, al propio tiempo que asociarnos a los deseos que Él tiene de glorificar a su Hijo muy amado: «Le he glorificado y le volveré a glorificar».

***

4. Consagrándonos por entero a su servido con un amor ardiente

Devoción viene de la palabra latina devovere: entregarse, consagrarse uno a sí mismo a una persona amada. La devoción para con Dios es la consagración total de nuestra vida a Dios, la expresión más significativa de nuestro amor: «Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con iodo tu espíritu, con todas tus fuerzas: Diliges Dominum Deum tuum ex toto corde tuo, et ex tota anima tua, et ex tota mente tua.»

El totus aquí significa la devoción: Amar a Dios con todo el ser, sin reservar nada, sin cesar nunca; amarle hasta el punto que uno se entrega a su servicio con prontitud y facilidad; esa es la devoción en general, y, así entendida, la devoción constituye la perfección, pues es la flor y nata de la caridad misma.

La devoción a Jesucristo es la entrega total de nuestro ser y nuestra actividad a la Persona del Verbo encarnado, abstracción hecha de tal estado particular de la Persona de Jesús o de tal misterio especial de su vida. Por esta devoción a Jesucristo, tratamos de conocer, honrar y servir al Hijo de Dios que se manifiesta a nosotros por medio de su santa humanidad. (Jesucristo en sus misterios, cap. XXI, 6).

El habernos consagrado a Jesucristo el día de nuestro Bautismo no basta, es preciso que nos entreguemos de lleno y con abnegación a su servicio, y procuremos la gloria del Padre con todas nuestras fuerzas y en todos nuestros actos. Es lo que pide para nosotros la Iglesia con mucha frecuencia: «Haz, Señor, que nuestra voluntad y nuestro corazón se entreguen generosa y prontamente al servicio de vuestra majestad: Fac tibi semper et devotam genere voluntatem et majestati tuæ sincero corde servire«. Y en otra oración pide que «nos demos a Dios de tal modo que procuremos honrar su nombre en todos nuestros actos: «in bonis actibus tuo nomini sit devota».

No tener otro móvil en nuestra actividad ni otro fin que el cumplir la voluntad de Dios, que nos ha hecho hijos suyos; y el amor de Dios y los intereses de su gloria, es, en expresión de San Pablo, «andar de un modo digno de Dios y agradarle en todo».

Fijaos en esta palabra de nuestro Señor: «Pater non reliquit me solum, quia quæ placita sunt ei facio semper, mi Padre no me deja solo, porque hago siempre lo que le agrada». Todos debemos hacer lo mismo: «Padre celestial, sólo para agradarte, para glorificarte, para honrar a tu Hijo hago esto. ¡Oh Jesús, en unión contigo hago esto, para quo Tú, con tus méritos infinitos, lo santifiques!»

El amor de que estaba lleno el Corazón de Cristo, el gran deseo quo Él tenía de honrar a su Padre, ha de ser el móvil de las acciones de sus miembros, como lo fueron las acciones todas de Jesucristo.

La gloria de su Padre fue el primero y último pensamiento de Cristo en todas sus acciones; que lo sean también de las nuestras por la unión constante con que vivimos asociados a su gracia y a su amor.

Por eso nos dice la Iglesia que pidamos a Dios la conformidad de nuestros actos con su beneplácito; permaneciendo unidos «al Hijo de su amor», mereceremos abundar en obras buenas: «Andad en caridad a ejemplo de Jesucristo» dice San Pablo; así pensaréis lo mismo que vuestra cabeza: Hoc sentite in vobis quod et in Christo Jesu. (Jesucristo vida del alma, cap. IV, 5 y 6).

***

Lovaina, julio de 1899

En Dios, la santidad consiste en la perfección con que Él mismo se glorifica.

El Verbo es la gloria substancial del Padre; de aquí el que digamos de Jesús: «Tú sólo eres santo» porque Tú sólo das gloria perfecta al Padre.

Cuanto más unidos vivamos con Jesús, mayor gloria damos al Padre.

***

15 de diciembre de 1899

Octava de la Inmaculada Concepción

En estos días me ha hecho Dios la gracia de comprender que el objeto de mi existencia es y debe ser glorificar a Jesucristo, como es y lo fue el suyo, como lo fueron los deseos de María Santísima. Me han, llamado mucho la atención estas palabras: «Tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado a su unigénito Hijo». El don de Dios es digno de Él: su mismo Hijo. ¡Oh!, si comprendieses el don de Dios. ¡Desde toda eternidad, el Padre halla sus delicias en su Hijo!, «el Hijo único que vive eternamente en el seno del Padre».

Este mismo Hijo está «en nuestro pecho» cuando comulgamos y por la fe. «Jesucristo habita en nuestros corazones por la fe», exclama San Pablo. La fe nos debe hacer encontrar todas nuestras delicias en Jesucristo, lo mismo que las halla el Padre: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco mucho».

***

Lovaina, 4 de enero de 1900

Al empezar este año sentí una fuerza irresistible de la gracia, para proponerme como objeto y fin de mi vida el que Dios mismo se ha fijado: la gloria de su Hijo Jesucristo. Me he ofrecido al Padre y a María con esta intención.

***

Lovaina, 26 de febrero de 1900

Meditando hoy sobre la fe de Abrahán, me sentí impulsado por la gracia de Dios que me mueve a hacerle la ofrenda de mi vida entera y de todas mis fuerzas a glorificar a Jesús en mí y en los demás, imitando en esto al Padre que nos da su Hijo: nos dice que lo escuchemos (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII. Gracias de unión.)