Presentamos la traducción definitiva de Radio Cristiandad sobre el texto del P. Michel Simoulin.
Para el archivo… aunque no para el olvido…
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No sé dónde estará la situación en el momento de la publicación de este Seignadou, pero creo que vale la pena reflexionar juntos sobre los acontecimientos actuales. Yo no hablo de este baile de máscaras “republicano” que nos aturde, sino de nuestras relaciones con Roma.
Recientemente, alguien me envió un texto adornado con esta pregunta: “¿Cuándo vamos a volver a los fundamentos de la Fraternidad? ¿Cuándo vamos a tener la humildad de respetar el legado de su fundador?”
Creo que conozco un poco la Fraternidad —de la cual soy miembro desde hace 35 años— y creo tener por lo tanto derecho de recordar a todos que nuestros “fundamentos” están grabados en letras de oro en nuestros estatutos: “El objetivo de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que a él se refiere, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: Haced esto en memoria mía”. Este es el legado de nuestro fundador, y tales son nuestros “fundamentos”, no tenemos otros ni queremos tener otros. La Fraternidad no es un ejército levantado contra Roma, sino un ejército formado para la Iglesia.
A continuación, él hace referencia al rechazo de Monseñor Lefebvre de proseguir el camino de un acuerdo en 1988. Y me citó a Monseñor Lefebvre: “Con el protocolo del 5 de mayo [de 1988] nosotros hubiésemos estado muertos muy pronto. No habríamos durado un año…”, todo esto, por supuesto, para advertirnos e invitarnos a rechazar toda oferta romana, lo que deberíamos hacer “bajo pena de muerte”.
Otro eco me llega todavía: “¡En Roma pasan cosas graves, muy graves… pero yo no puedo decir más!” ¡Así que aquí estoy por buen camino!
Entonces, tratemos de mantener la razón. Para ello, será bueno que recordemos un poco los acontecimientos de 1988.
Después de firmar un Protocolo de acuerdo el 5 de mayo (que todavía no era un acuerdo, sino que era un texto muy imperfecto e incluso peligroso, que no lo dejó dormir en paz a Monseñor Lefebvre), Monseñor escribió en la mañana del 6 de mayo una carta al cardenal Ratzinger, no para revertir su firma (“Ayer, ha sido con verdadera satisfacción que puse mi firma en el protocolo elaborado los días precedentes. Pero usted mismo ha comprobado mi profunda decepción tras leer la carta que usted me envió aportando la respuesta del Santo Padre acerca de la consagración episcopal”), sino para pedir con insistencia que esta consagración tuviese lugar el 30 de junio, para asegurarse de tener un obispo para continuar su obra.
Esta carta del 6 de mayo trata entera y únicamente de este punto: “Si la respuesta fuera negativa, yo me vería en conciencia obligado a proceder a la consagración, apoyado en la aprobación dada por la Santa Sede en el Protocolo sobre la consagración de un obispo miembro de la Fraternidad”.
No es, pues, sobre una cuestión doctrinal, ni sobre el estatuto ofrecido a la Fraternidad, sino sobre la fecha de la consagración del obispo concedido, que el proceso se detuvo. Y hay que señalar que la ruptura de las relaciones se decidió entonces, no por Monseñor Lefebvre, sino por el Cardenal Ratzinger, quien rechazó esta consagración episcopal del 30 de junio.
Si, en efecto, Monseñor Lefebvre hubiese convenido en que el protocolo del 5 de mayo no fuese seguido de esta consagración episcopal, entonces sí “Con el protocolo del 5 de mayo nosotros hubiésemos estado muertos muy pronto. No habríamos durado un año…”, porque sin obispo, habríamos sido entregados a los buenos (o malos) quereres de Roma y de los Obispos.
Después de nuestro Jubileo del año 2000, Roma tomó la iniciativa de nuevas relaciones. Hoy, el mismo Cardenal convertido en Papa, nos dijo que la Misa Tridentina nunca fue abrogada (7 de julio de 2007: “Por eso es permitido celebrar el Sacrificio de la Misa siguiendo la edición típica del Misal Romano promulgado por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca abrogada”); él ha rehabilitado a los cuatro obispos (21 de enero de 2009); él aceptó que llevásemos a cabo discusiones doctrinales durante dos años… todas cosas que Monseñor Lefebvre no requería en 1988.
No es exagerado decir que Monseñor Fellay ha obtenido más de lo que pedía Monseñor Lefebvre, sin tener, sin embargo, ni su prestigio ni su autoridad moral.
Entonces, ¿debemos ser aún más exigentes que Monseñor Lefebvre y que Monseñor Fellay?
Sea lo que sea del estado de Roma, de todo lo que queda aún de inquietante en Roma, ¡el simple sentido común y la honestidad nos deberían llevar a considerar la situación actual con una mirada diferente de la de 1988! Para retomar la fórmula de uno de nuestros obispos: «¡no debemos hacer ochenta y ochismo”!
No estamos más en 1975 con Pablo VI, ni en 1988 con Juan Pablo II, sino en 2012 con Benedicto XVI.
Que me digan cuanto quieran que el estado de la Iglesia es todavía muy preocupante, que nuestro Papa tiene una teología a veces extraña, etc.… lo hemos dicho ya lo suficiente, me parece; pero que no me digan que el estado de las cosas es el mismo que en 1988, incluso peor. Esto sería contrario a la realidad y a la verdad, y no puede ser sino el efecto de un rechazo más o menos secreto de toda reconciliación con Roma, tal vez incluso de una falta de fe en la santidad de la Iglesia, compuesta de pobres pecadores, pero siempre gobernada por su cabeza Jesucristo y santificada por el Espíritu Santo.
La Fraternidad San Pío X no es la Iglesia y ella no puede “respetar el legado de su fundador” si no es conservando su espíritu, su amor a la Iglesia y su deseo de servirla como hija amorosa, en la fidelidad a sus bendiciones fundadoras.
No sé si todos se dan cuenta del peso de esta decisión, que no pertenece más que a Monseñor Fellay; decisión que le fue confiada nuevamente por nuestros superiores reunidos en Albano en octubre pasado; decisión madurada con sus Asistentes: ¿qué espera la Iglesia de la Fraternidad en el año 2012? ¿Cómo debe la Fraternidad responder a las “necesidades” de la Iglesia hoy en día?
Esto requiere una virtud de prudencia altamente sobrenatural, a un grado que ninguno de nosotros tiene la gracia de lograr, ya que esto está fuera de nuestra competencia y de nuestra responsabilidad.
Sólo Monseñor Fellay y sus Asistentes, teniendo por definición la totalidad de las cartas en la mano, pueden juzgar lo más apropiadamente la situación actual.
La pregunta que cada uno debe hacerse es más bien la de nuestra benevolencia hacia la autoridad y sobre todo de nuestra confianza en ella.
He aquí doce años que Monseñor Fellay argumenta con Roma, con altos y bajos, para llegar finalmente a los resultados citados anteriormente, e incluso a este resultado sorprendente, que tal vez nadie ha destacado: estas discusiones doctrinales, que no han hecho ningún ruido en la plaza pública y que nos han permitido decirle a Roma lo que pensamos…, ¡al punto de hacerlas terminar “en queue de poisson”! (Nota: en cola de pescado, locución que significa: de manera abrupta e insatisfactoria, sin alcanzar las consecuencia deseadas).
Y, sin embargo, qué no hemos oído hablar respecto del silencio de los superiores en torno de estas discusiones y de los documentos intercambiados en los últimos meses y su gran discreción por respeto por Roma y el Santo Padre, interpretado como una forma de disimulación, incluso un comienzo de compromiso. ¿Cómo se puede dudar de la rectitud de nuestros superiores de manera tan gratuita y arbitraria?
Nadie conoce todavía la conclusión que Benedicto XVI querrá dar a estos doce años de trabajo lento, de búsqueda de una mejor comprensión, de oraciones y rosarios acumulados.
Ha llegado el momento de la oración, como nos invita Monseñor Fellay, y de la confianza en la Iglesia.
La Virgen Inmaculada, que vamos a honrar especialmente durante este mes de mayo, sabrá obtenernos todas las gracias necesarias, si no queremos nada más que la victoria de su Hijo y de la Iglesia.
