DOM COLUMBA MARMION: LA TRINIDAD EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL: 3º PARTE

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

III. ARROJADOS A TUS PIES

EN HUMILDE ADORACIÓN

1. Fuente de nuestra adoración: la suprema e infinita majestad de Dios

Cuándo al contemplar, en la oración, las perfecciones y obras, de Dios, llega a nosotros un rayo de la luz divina, ¿cuál es el primer movimiento de nuestra alma? El del abatimiento y anonadamiento en la adoración. Esta actitud de adoración es «la verdadera actitud»‘ que puede tener la criatura, como tal, ante el acatamiento de Dios.

¿Qué es la adoración?

El reconocimiento de nuestra inferioridad ante las perfecciones de Dios; la confesión de nuestra absoluta dependencia de Él, que es solo, por excelencia, la plenitud del Ser por sí mismo; el homenaje de nuestra sujeción al Soberano Dominio de Dios.

Cuando la criatura no se conserva en esta actitud, no está en la verdad.

Los bienaventurados, en el cielo, viven unidos a Dios con lazos tan estrechos que no es capaz de imaginar el más ardiente amor; Dios les posee y ellos a su vez le poseen en lo más íntimo de su ser; Dios lo es todo en ellos, y aun así, se abisman ellos sin cesar reverentes en actitud de adoración: Timor Domini sanctus, permanens in sæculum sæculi: el santo temor de Dios que permanece siempre durante la eternidad.

¿Por qué nuestro anonadamiento de acá no se ha de parecer al de allá? En el momento en que la fe, que preludia la visión del cielo, nos hace tocar algo de las insondables perfecciones divinas, al instante caemos de hinojos en adoración.

El alma se penetra, iluminada por una claridad interior, de esta especie de «presencia y careo» de ella y Dios; ve el contraste infinito, los «dos términos que se repelen» el uno al otro; la pequeñez y la bajeza que rechazan a la grandeza y majestad; la majestad y la grandeza que repelen a la bajeza y pequeñez.

Por lo demás, el alma puede muy bien meditar uno de los términos de la relación. En el término «Dios» y entonces adora; en el término de «sí misma» y entonces se humilla.

En el mismo momento en que caemos anonadados ante la majestad divina, nace en nuestra alma la humildad; en el mismo instante en que el respeto a Dios invade nuestro ser, entonces brota espontáneamente la humildad: humilitas causatur ex reverentia.

Si falta el respeto, tampoco hay humildad. No se insistirá bastante en este punto. No es otra la razón del porqué la humildad es una virtud «religiosa», está «impregnada de religión».

Importa sobremanera abismar nuestra alma en la contemplación de las divinas perfecciones. Dios es todopoderoso: «ha pronunciado una sola palabra y todas las cosas han sido creadas»; ha sacado de la nada con una sola palabra esta maravillosa creación; y esta creación tan bella, estas legiones de Ángeles, estas naciones de pueblos tan numerosos, tan extendidos, comparados con Él, son como un átomo, como si no existiesen: Omnes gentes quasi non sint, sic sunt coram eo: en su presencia todas las gentes son como si no existieran.

Él, en cambio, es eterno. Pasan todas las criaturas, todas se suceden unas a otras, Él sólo permanece inmutable en la plena y soberana posesión de sus perfecciones; no necesita de nadie, porque es perfecto: ¿Quién ha sido nunca su consejero? Su sabiduría infinita se extiende a todos los proyectos que concibe con fuerza y dulzura; su justicia adorable es la misma equidad; su bondad y su poder no tienen iguales: «Le basta con abrir la mano para llenar de bienes con su bendición a todo ser viviente.»

¿Y qué palabras hallaremos para cantar las obras de Dios en el orden sobrenatural?

Dios quiere hacernos hijos suyos haciéndonos participantes de la filiación misma de su Hijo Jesús, y de ese modo bebamos a chorros la bienaventuranza eterna en la mismísima fuente de la divinidad, Jesucristo, que es la obra maestra de los pensamientos eternos, los adorables misterios de la Encarnación, de la Pasión, de la Resurrección, del triunfo de Jesús, de la Institución de la Iglesia, de los sacramentos, la gracia, las virtudes, los dones del Espíritu Santo, todo este conjunto maravilloso que constituye el orden sobrenatural ha salido de un latido del Corazón de Dios: «para hacernos sus hijos: Ut adoptionem filiorum reciperemus«.

He aquí el orden admirable, la obra del poder, de la sabiduría y del amor cuyo espectáculo extasiaba tanto a San Pablo.

Pues bien, cuando nuestra alma contempla estas perfecciones y estas obras divinas, no al modo especulativo del filósofo, que las estudia abstractamente, con sequedad, con estoicismo, sino orando, y si Dios le hace sentir el influjo de su luz, entonces se esfuman ante su vista todas las excelencias terrenales, todas las perfecciones creadas aparecen como nada, todas las grandezas humanas se evaporan como el humo.

Ante esta omnisciencia, esta soberana sabiduría, este absoluto poder, esta augusta santidad, esta justicia en la que no se mezcla el menor movimiento pasional; ante esta bondad sin límites, esta ternura y esta misericordia insondable, el alma no puede menos do exclamar: «¿Quién hay igual a Vos, Dios mío: Quis sicut Dominus Deus noster qui in altis habitat?» «¡Qué profundos son vuestros pensamientos!» Un temor reverencial sobrecoge a esa alma, pendrándola hasta lo más recóndito del ser, y se abisma literalmente en la nada.

¿Quién es ella? ¿Quiénes los espíritus celestiales? ¿Qué son las muchedumbres de los seres humanos ante esa sabiduría, ese poder, esa eternidad y esa santidad? «Omnes gentes quasi non sint, sic sunt coram eo: Todas las gentes son cual si no existiesen ante su divina presencia.» (Jesucristo ideal del monje, cap. XI, 3).

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2. La adoración ha de ir acompañada del amor

El sentimiento reverencial, vivo y real, en el alma deberá estar acompañado del de confianza y amor, pues la humildad no está reñida con estos dos aspectos de la verdad.

A Dios tenemos que contemplarle en todas sus perfecciones y obras: a la vez es Señor y Padre, y nosotros somos también a la vez criaturas e hijos adoptivos; de esta contemplación total de Dios visto como Todopoderoso Señor y todo Bondad de Padre tiernísimo, procede el sentimiento reverencial hacia Él.

La reverencia, la veneración, abisma al alma en el más profundo abatimiento, y, al mismo tiempo, por este abatimiento se entrega a más exacto cumplimiento amoroso de los deseos del Padre celestial.

Si, olvidados de vuestra nada, os presentáis delante de Dios enteramente confiados, pero sin temor reverencial; o si, por el contrario, os penetráis de temor, pero no lleváis confianza plena, vuestro trato íntimo con Dios ya no es lo que debe ser.

El abatimiento en nosotros no ha de ser obstáculo para la confianza filial; el ser hijos de Dios tampoco deberá hacernos olvidar nuestra condición de creaturas, y creaturas pecadoras. (Jesucristo ideal del monje«, Ibid.)

¿Qué dice Jesús? Era el Hijo único de Dios, sabía mejor que nadie cuáles habían de ser nuestras relaciones con Dios, conocía los secretos de Dios.

Pues bien, si lo oímos, no correremos riesgo alguno de equivocarnos: es la verdad misma…

¿Qué actitud, pues, quiere que observemos respecto a Dios? ¿Cómo quiere que lo contemplemos? ¿Cómo lo debemos honrar?

Sin duda nos enseña que es Dios el soberano señor a quien hemos de adorar. «Está escrito, adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo servirás». Pero «este Dios a quien hay que adorar es un Padre». Veri adoradores adorabunt Patrem in splritu et veritate, nam et Pater tales quærit qui adorent eum.

Sentado en el brocal del pozo de Jacob, conversaba Jesús con la samaritana. Aquella mujer había reconocido en el que le hablaba a un profeta, a un enviado de Dios.; exabrupto le pregunta (era objeto de reñidas controversias entre sus compatriotas, los samaritanos, y los judíos) si había que adorar a Dios en los montes de Samaría o en Jerusalén.

Y Jesucristo ¿qué le contesta?: «Mujer, créeme; se aproxima la hora cuando no adoraréis al Padre ni aquí ni en Jerusalén; se aproxima la hora, y ya ha llegado, Et nunc est, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues el Padre busca tales adoradores.»

Notadlo bien cómo recalca Nuestro Señor el nombre de Padre. En Samaría, no lo ignoráis, se daba culto a los falsos dioses, y por eso dice Jesús que es preciso adorar «en verdad», esto es, al verdadero Dios; en Jerusalén se adoraba al verdadero Dios, poro no «en espíritu»; la religión de los judíos era materialista en su expresión y en sus fines.

El Verbo Encarnado es quien inaugura, Et nunc est, la religión nueva, la religión del verdadero Dios adorado en espíritu, en el espíritu de una adopción divina, sobrenatural, espiritual, que nos hace hijos de Dios; y por eso insiste Nuestro Señor sobre la palabra Padre: «los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad».

Sin duda, por ser nosotros hijos adoptivos y aceptándonos Dios como tales, no disminuye Él nada de su majestad divina ni de su soberanía absoluta; tenemos que adorarle y anonadarnos ante su presencia; mas debemos adorarle en verdad y en espíritu, es decir, en la verdad y el espíritu del orden sobrenatural por el que somos sus hijos.

La adoración no es, por tanto, el único sentimiento que deba hacer latir nuestros corazones, ni constituye la única actitud que debemos guardar respecto a ese Padre, que es Dios; no; Jesucristo en este pasaje del Evangelio añade el amor, un amor sin límites, perfecto, sin reservas ni restricciones.

Le preguntaron a Jesús cuál era el principal mandamiento, y ¿qué es lo que contestó? «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu espíritu, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.»

Le amarás: con amor de complacencia hacia ese Señor de tan grande majestad, hacia ese Señor de tan sublime perfección; con amor de benevolencia que trata de procurar la gloria de la que es objeto esa misma benevolencia; con amor recíproco hacia un Dios «que nos ha amado el primero».

De todo lo cual debemos decir: Dios quiere que sean reverenciales, como de hijos, nuestras relaciones con Él, que sean a la vez amorosas.

El amor sin respeto puede degenerar en excesiva confianza, hasta muy peligrosa; sin el amor que nos lleve candorosamente a nuestro Padre, el alma vive equivocada, injuria al dador divino.

Y para salvaguardar en nosotros estos dos sentimientos de respeto y amor, al parecer contradictorios, nos da Dios el Espíritu de su Hijo, el que, con los dones de temor y de piedad, armoniza en nosotros, en la justa proporción que lo exigen, la adoración más rendida y el amor más tierno: Quoniam estis filii, misit Deus Spiritum Filii sui in corda vestra. El espíritu, que como enseña Jesucristo mismo, es el que deberá regir y gobernar toda nuestra vida; «el espíritu de adopción de la Nueva Alianza», el que San Pablo oponía al «espíritu servil» de la Ley Antigua.

¿Me preguntaréis, sin duda, a qué obedece esta diferencia?

Porque, después de la Encarnación, Dios mira la humanidad de su Hijo, y por Él envuelve a la humanidad entera en esa mirada de complacencia cuyo objeto es su Hijo, nuestro hermano mayor.

Por eso quiere, al igual que Él, con Él y por Él, que vivamos «como hijos muy amados». (Jesucristo en sus misterios, cap. XV, 4 y Jesucristo vida del alma, cap. VII, 5.)