PALABRAS DE MONS. LEFEBVRE DESDE 1988 HASTA SU MUERTE SOBRE LAS CONVERSACIONES CON ROMA

Palabras de Monseñor Lefebvre

desde 1988 hasta su muerte

sobre las conversaciones con Roma

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Carta a Juan Pablo II, de 2 de junio de 1988 donde Monseñor Lefebvre pone fin a lãs conversaciones:

Los diálogos y encuentros con el Cardenal Ratzinger y con sus colaboradores, aunque hayan tenido lugar en una atmósfera de cortesía y caridad, nos convencieron de que aún no había llegado el momento de una colaboración franca y eficaz (…). Teniendo en cuenta el rechazo a considerar nuestras peticiones, y siendo evidente que el objetivo de esta reconciliación en absoluto es el mismo para la Santa Sede y para nosotros, juzgamos preferible esperar tiempos más propicios al regreso de Roma a la Tradición. Es por esto que nos dotaremos de los medios para proseguir la Obre que la Providencia nos confió (…). Continuaremos rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma católica y reencuentre su Tradición bimilenaria. Entonces, el problema de la reconciliación perderá su razón de ser, y la Iglesia encontrará una nueva juventud.

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Declaración pública sobre El motivo de las Consagraciones episcopales de 30 de junio de 1988:

(…) Para salvaguardar el sacerdocio católico, para que continúe la Iglesia católica, y no una Iglesia adúltera, es necesario que haya Obispos católicos. Debido a la invasión del espíritu modernista en el clero, que llega hasta las más altas cimas dentro de la Iglesia, nos vemos obligados a llegar a la consagración de Obispos (…). El día que el Vaticano sea liberado de esta ocupación modernista, y vuelva al camino seguido por la Iglesia hasta el Vaticano II, nuestros Obispos estarán enteramente en las manos del Sumo Pontífice, aceptando la eventualidad de no seguir ejerciendo sus funciones episcopales.

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El Mandato Apostólico leído por Monseñor Lefebvre en la ceremonia de las Consagraciones Episcopales de 30 de junio de 1988:

Este mandato, lo tenemos de la Iglesia Romana, siempre fiel a la Santa Tradición que recibió de los Apóstoles. Esa Santa Tradición es el depósito de la Fe, que la Iglesia nos manda transmitir fielmente a todos los hombres, para la salvación de las almas.

Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, las autoridades de la Iglesia Romana están animadas por el espíritu del modernismo; actúan contrariamente a la Santa Tradición: «Ya no soportarán la sana doctrina (…). Habrán de apartar los oídos de la verdad, aplicándolos a las fábulas», como dice S. Pablo en la segunda epístola a Timoteo (IV,3-5). Es por esto que consideramos sin ningún valor todas las sanciones y todas las censuras de esas autoridades.

En cuanto a mí, cuando «ya me ofrecí en sacrificio y ya llegó el momento de mi partida», oigo la llamada de esas almas que piden que les sea dado el Pan de Vida que es Jesucristo. Tengo lástima de esa multitud. Constituye, pues, para mí una grave obligación transmitir la gracia de mi episcopado a los amados padres que están aquí, para que puedan, a su vez, conferir la gracia sacerdotal a otros clérigos, numerosos y santos, instruidos según las santas tradiciones de la Iglesia Católica.

Es en virtud de ese mandato de la Santa Iglesia Romana, siempre fiel, que escogemos para el Episcopado en la Santa Iglesia Romana a los padres aquí presentes, como auxiliares de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

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Sermón del día de las Consagraciones Episcopales, 30 de junio de 1988:

Nos encontramos ante un caso de necesidad. Hicimos todo lo posible para conseguir que Roma comprenda la necesidad de volver a la actitud del venerado Pío XII y de todos sus predecesores. Hemos escrito. Hemos ido a Roma. Hemos hablado. Enviamos cartas, Monseñor de Castro Mayer y yo mismo, muchas veces a Roma. Intentamos, con esas conversaciones, con todos los medios, hacer comprender a Roma que del Concilio para acá, desde este «aggiornamento», este cambio producido en la Iglesia no es católico, no es conforme con la doctrina de siempre. Este ecumenismo y todos estos errores, esta colegialidad, todo eso es contrario a la Fe de la Iglesia y está destruyendo a la Iglesia. Es por esto que nosotros estamos persuadidos de que, realizando estas consagraciones hoy, obedecemos a la llamada de estos Papas y, por consiguiente, a la llamada de Dios, porque ellos representan a Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia.

«Y ¿por qué monseñor –me dicen- interrumpió estas conversaciones que parecía que aún podían tener algún éxito? Porque (…) nos pondríamos en sus manos y, por consiguiente, en las manos de aquellos que nos quieren reconducir al espíritu del Concilio y al espíritu de Asís: esto no era posible. Es por eso que envié una carta al Papa diciéndole claramente: ‘no podemos; a pesar de todos los deseos que tenemos de estar en plena comunión con Ustedes. Visto este espíritu que reina ahora en Roma y visto que queréis comunicárnoslo a nosotros, preferimos continuar en la Tradición, guardar la Tradición, esperando que esta Tradición reencuentre su lugar entre las autoridades romanas, en el espíritu de las autoridades romanas.

Este estado de cosas durará el tiempo que el Buen Dios previó, no me cabe a mí saber cuándo encontrará la Tradición sus derechos en Roma, pero pienso que es mi deber poner los medios para hacer aquélla que llamaré operación supervivencia, operación supervivencia de la Tradición. Hoy, en este día, se realiza la operación supervivencia. Y si yo hubiera hecho esta operación con Roma, continuando los acuerdos que habíamos firmado y siguiente la ejecución de esos acuerdos, yo habría realizado la operación suicidio.

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De la entrevista concedida a Fideliter Nº 66, noviembre-diciembre de 1988:

No tenemos la misma manera de entender la reconciliación. El Cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de llevarnos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.

No puedo hablar mucho Del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Sin embargo, si vivo un poco todavía y suponiendo que de aquí a determinado tiempo Roma nos llame, que quiera volver a vernos, retomar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría condiciones. Ya no aceptaré estar en la situación en la que nos encontramos durante las conversaciones. Eso terminó.

Yo presentaría la cuestión en el plano doctrinal: ¿Estáis de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que os precedieron? ¿Estáis de acuerdo con la Quanta Cura de Pío IX, con la Inmmortale Dei y la Libertas de León XIII, con la Pascendi de Pío X, con la Quas Primas de Pío XI, con la Humani Generis de Pio XII? ¿Estáis en plena comunión con estos papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptáis todavía el juramento antimodernista? ¿Estáis a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?

Si no aceptáis la doctrina de sus antecesores, es inútil que hablemos. Mientras no aceptéis reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que os precedieran, no hay diálogo posible. Es inútil.

Las posiciones quedarían, de este modo, más claras.

No es pequeña cosa lo que nos enfrenta. No basta con que se nos diga: pueden rezar la misa antigua, sino que es necesario aceptar esto. No, no es solamente eso lo que nos enfrenta, es la doctrina. Está claro.

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Homilía del 19 de noviembre de 1989 (60º Aniversario de la Ordenación):

(…) Por lo tanto, en esta situación, está claro que, para nosotros, es imposible mantener contactos regulares con Roma, porque hasta ahora, Roma pide que, si recibimos algo, cualquier indulto para la Santa Misa, la liturgia, para los seminarios, debemos hacer nueva Profesión de Fe redactada por el Cardenal Ratzinger, en el último mes de febrero. Ella contiene la aceptación explícita del Concilio y de sus consecuencias.

Necesitamos saber lo que queremos.

Fue el Concilio, y sus secuelas, lo que destruyó la Santa Misa, destruyó nuestra Fe, destruyó los catecismos y el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad civil. ¿Cómo podemos aceptarlo?

Mis queridos hermanos, ante esta situación, ¿qué haremos?

Debemos mantener la fe católica, para protegerla con todos los medios.

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El último reportaje realizado a Monseñor Lefebvre, publicado en enero de 1991, Fideliter Nº 79:

Fideliter: Desde la consagraciones no hay más contactos con Roma; sin embargo, como se dijo, el Cardenal Oddi le llamó por teléfono diciéndole: «Es necesario arreglar las cosas. Pida un pequeño perdón al Papa, y él está dispuesto a acogerlos». Entonces, ¿por qué no probar este último enfoqe y por qué le parece imposible?

Monseñor Lefebvre: Es absolutamente imposible en el clima actual de Roma, que se vuelve cada vez peor. No debemos hacernos ilusiones. Los principios que dirigen ahora a la Iglesia conciliar son cada vez más abiertamente contrarios a la doctrina católica. Todas las ideas falsas del Concilio continúan desenvolviéndose, se reafirman cada vez con más claridad. Se ocultan cada vez menos. Es, pues, absolutamente inconcebible que se pueda colaborar con semejante jerarquía.

Fideliter: ¿Piensa que la situación se deterioró más después de las conversaciones que terminaron con la redacción del protocolo de 5 de mayo de 1988, antes de las consagraciones?

Monseñor Lefebvre: ¡Ciertamente! Por ejemplo, el hecho de la Profesión de Fe, que ahora es exigida por el Cardenal Ratzinger desde comienzos del año 1989. Es un hecho muy grave. Pues pide, a todos los que se unieran o que podrían hacerlo, que hagan una Profesión de Fe en los documentos del Concilio y en las reformas postconciliares. Para nosotros es imposible.

Será necesario continuar esperanzo antes de prever una perspectiva de acuerdo. Por mi parte, creo que sólo el Buen Dios puede intervenir, visto que humanamente no se ve posibilidad de que Roma modifique el rumbo.

Durante quince años dialogamos para intentar devolver la Tradición a su lugar de honra, en el lugar que le corresponde en la Iglesia. Nos chocamos con la continua negación. Lo que ahora Roma concede a favor de la Tradición es sólo un gesto puramente político, diplomático para forzar las adhesiones. Pero no es una convicción en beneficio de la Tradición.

Todo lo que se concedió a los que se adhirieron, sólo fue hecho con el objetivo de procurar que todos los que adhieren o están vinculados a la Fraternidad cambien y se sometan a Roma.

Fideliter: ¿Qué puede decir a los fieles que esperan siempre en la posibilidad de un acuerdo con Roma?

Monseñor Lefebvre: Nuestros verdaderos fieles, los que comprendieron el problema y que justamente nos han ayudado a seguir la línea recta y firme de la Tradición y de la fe, temían las negociaciones que yo hice en Roma. Me decían que era peligroso y que perdía el tiempo.

Sí, claro, yo esperé hasta el último minuto que en Roma me testimoniasen un poco de lealtad. No me pueden reclamar por no haber hecho lo máximo que podía.

Por eso, ahora, a los que vienen a decirme: Es necesario que usted se entienda con Roma, creo que puedo decirles que fui lo más lejos que podría haber ido.