LA TRINIDAD EN NUESTRA VIDA ESPIRITUAL – DOM COLUMBA MARMION – PRÓLOGO Y 1º ENTREGA

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

PRÓLOGO

Los dos lustros que Dom Marmion vivió en la Abadía de Mont-César de Lovaina (1899-1909) fueron de capital importancia en su vida espiritual.

En esos años profundizó la doctrina cristiana y se enriqueció su espíritu; fueron días abundosos de luces extraordinarias, que inundaron su alma, y de toques ininterrumpidos de la gracia, que le hicieron correr veloz a la unión con Dios; las luces y toques que convergen en la Persona del Verbo hecho carne. Unos y otras invitaron su alma a entregarse totalmente para vivir de la vida de Cristo, sólo de Jesucristo, para glorificar al Padre.

El pensamiento sublime del Padre, «en expresión de Dom Marmion», pensamiento que descubrió en San Pablo, su autor predilecto, y que él traduce por «darse por entero a Jesús, el Hijo de predilección», se convirtió en aquella etapa de su vida interior en norte de todos sus actos.

En los comienzos del año 1906 (el 20 de enero), ilustrado de lo alto, penetra los secretos divinos y empieza a ver Dom Marmion la vida del alma en sus relaciones con cada una de las Personas divinas de la Trinidad.

Estas páginas, escritas de un tirón, sin una sola tachadura, son una síntesis clara de la doctrina y de la ascética del misterio de la vida íntima de Dios y de la vida del alma en Dios.

Aquellos diez años fueron para Dom Columba el punto de partida donde comienzan nuevas y constantes ascensiones que terminan en un acto de consagración a la Santísima Trinidad, redactado tres años más tarde, en la fiesta de Navidad de 1908.

Resume este acto cuantas luces ilustraron su alma y cuantas aspiraciones brotaron en ella. Fruto maduro y sabroso de una fidelidad generosa y sin límites a las inspiraciones del Espíritu Santo, esta consagración venía a coronar todo un período de su vida interior, y, por una unión intima con Cristo, sumergía a su alma «en el seno del Padre» para en él permanecer de asiento.

Escrita por un teólogo y brote del corazón de un místico, esta consagración, en su brevedad, rezuma doctrina y santidad de vida nada ordinarias, dos cosas que desearíamos revelar, pero revelar sirviéndonos de los escritos de Dom Marmion, de tal suerte que él mismo fuese el propio comentarista de sus palabras.

Con este trabajo nos proponemos, ante todo, el aprovechamiento de las almas interiores, ávidas de beber y saciarse en fuentes vivas y beneficiosas. Esta colección de textos que, en vista de esas almas, hemos deseado fuese muy abundante, la presentamos como el resultado de una serie de lecturas que les den pasto espiritual y les inviten a orar.

El dogma de la Santísima Trinidad es el fundamental del cristianismo; la Trinidad los encierra todos, los resume todos. De aquí que en todos los actos del culto litúrgico se haga alusión a él sin cesar; y sin cesar también canta la Iglesia el Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, como la expresión humilde de su adoración y su alabanza. Y, en el cielo, la visión de la Trinidad constituye para los Ángeles y los elegidos el objeto primordial de su eterna bienaventuranza.

En ninguna parte, dice San Agustín, se recogen frutos más copiosos que en la piadosa contemplación de este misterio, palabra que se verificó plenamente en Dom Marmion, en especial durante su permanencia en Lovaina.

La consagración debía señalar el comienzo de un período nuevo de su vida hacia la santidad, como se lo expresó confidencialmente a uno de sus discípulos y como lo demuestra el historial de los últimos años de su vida. «De este acto brotó una nueva florescencia de gracias para mi alma.»

Quiera la Beatífica Trinidad agraciar con un favor semejante a cuantos leyeren estas páginas escritas a gloria suya. No es otro nuestro vehemente deseo.

La elección de las citas que componen la obra ha sido muy embarazosa, pues tan ricas son las canteras en que hemos cavado. No obstante, se ha tenido empeño particular en conservar los grandes temas que caracterizan la doctrina de Dom Marmion.

La mayor parte de los extractos hánse tomado de la trilogía fundamental de la obra marmioniana: Jesucristo vida del alma, Jesucristo en sus misterios
y
Jesucristo ideal del monje
.

También hemos añadido citas de sus carias de dirección publicadas con el título La unión con Dios en Jesucristo, y las notas personales sobre su vida interior en la obra Un maestro de la vida espiritual, todas ellas fechadas en Lovaina.

Por ellas veremos que Dom Marmion no enseñaba sino lo que practicaba, que una misma cosa es la obra y el hombre. Las citas tomadas de libros posteriores a estos constatan la continuidad de la doctrina.

Mi trabajo se reduce a añadir aquí y allá alguna nota explicativa del por qué Dom Marmion escoge tal o cual texto de la Escritura y para hacer ver la lógica trabazón de las ideas.

El Abad de Maredsous solía subrayar algunas palabras para hacer resaltar todavía más su pensamiento o llamar más la atención del lector; hemos respetado esta costumbre imprimiendo en bastardilla las palabras subrayadas por él una vez, y en capitales las que subraya dos. Esta observación se refiere a las letras y a las notas personales.

En fin, salvo raras excepciones, no hemos anotado las citas bíblicas; las podrá encontrar el lector en las obras en que se han tomado.

Dom Raimundo Thibaut

Maredsous, 30 de enero de 1946

CAPITULO PREVIO

I. El MISTERIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

El comentario va precedido de unas páginas de Dom Marmion sobre la Santísima Trinidad y del texto de la Nota del 20 de enero de 1906, cuya importancia hemos hecho resaltar en el prólogo.

1. ¿Qué nos enseña la fe acerca de este misterio?

Penetremos, con profunda reverencia, en el santuario de la Divinidad.

¿Qué nos enseña la fe?

Que hay en la Divinidad un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo: tres Personas distintas en una misma unidad de naturaleza.

Como todos sabemos, el Padre no procede de nadie; es el Principio sin principio, el primer principio de toda la vida íntima en Dios, el origen primero de todas las inefables comunicaciones en la Trinidad.

Conociéndose el Padre engendra, en una Palabra infinita, un Hijo único y perfecto, al que comunica todo cuanto es, a excepción de la propiedad del ser Padre: Como el Padre tiene la vida en sí mismo, así dio también al Hijo el tenerla en sí mismo.

El Hijo es igual en todo al Padre; es la expresión adecuada, la imagen perfecta del Padre; posee con Él la misma naturaleza divina.

El Padre y el Hijo se dan el uno al otro con un amor perfecto, y de esta donación del amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, procede, de un modo misterioso, el Espíritu Santo, tercera Persona. El Espíritu Santo termina el ciclo de las operaciones íntimas de Dios; es el término final de las comunicaciones divinas en la adorable Trinidad.

Entre estas distintas Personas, es bien sabido, no existe ni superioridad ni inferioridad; sería un error craso el creerlo; las tres son iguales en poder, en sabiduría y bondad, porque las tres poseen por igual, de un modo indivisible, la misma y única naturaleza divina con todas sus infinitas perfecciones.

He aquí el por qué toda nuestra alabanza va dirigida a la vez al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto.

Con todo, sin existir entre ellas ni desigualdad ni dependencia, hay un orden de naturaleza, de origen que señala las comunicaciones que tienen.

La «procesión» del Hijo presupone, sin que se dé desigualdad de tiempo, al Padre, primer principio; la «procesión» del Espíritu Santo presupone al Padre y al Hijo, de los que es don mutuo.

Hay un modo de expresarse del que no podemos prescindir. Quiere Jesús que todos sus discípulos «sean bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»; así se expresa el Espíritu Santo, por boca del Verbo Encarnado. Contiene una realidad divina que no comprendemos; pero siendo el lenguaje de Jesús, estamos obligados a respetar inviolablemente el orden entre las Personas de la Trinidad.

Si hemos de salvaguardar intacta, en nuestra doctrina y oración, la unidad de naturaleza también tenemos que reconocer la distinción de Personas, distinción que se basa en las comunicaciones que tienen entre sí y sus mutuas relaciones.

Existe, a la vez, igualdad y orden; perfección idéntica y distinción de propiedades.

Estas verdades constituyen un misterio inefable del que no podemos hablar más que balbuciendo.

Así y todo, Nuestro Señor se ha dignado revelarnos su existencia; quiso revelárnosle en los últimos coloquios con sus discípulos, la víspera de su muerte, «para que nuestro gozo fuese completo»; nos asegura además que si somos sus amigos, lo somos por habernos revelado estos secretos de la vida íntima de Dios, en espera de que los gocemos en la eterna bienaventuranza.

¿Y por qué se nos habrían de manifestar estos secretos, si no hubiese juzgado Él, sabiduría infinita, que esta revelación nos sería de utilidad? (Jesucristo en sus misterios, cap. XIX, 2)

Tal es el lenguaje de la revelación; no hubiésemos llegado a conocer este gran misterio si no se nos hubieren descorrido sus velos; pero Jesús lo quiso para ejercitar nuestra fe y alegrar nuestras almas. Cuando en la eternidad contemplemos a Dios, veremos que es esencial en la vida infinita, que es natural al Ser Divino la trinidad de Personas.

«El verdadero Dios que necesitamos conocer para conseguir la vida eterna» es el mismo que adoramos trino en Personas y uno en esencia.

Venid, adoremos esta maravillosa sociedad en la unidad, esta admirable igualdad de perfección en la distinción de Personas. Oh Dios, Padre de inconmensurable majestad, Patrem inmensae majestatis, te adoro; adoro a tu Hijo, porque Él como Tú es digno de toda reverencia, pues es tu verdadero Hijo único, Dios como Tú: Venerandum tuum verum et unicurn Filum. Oh Padre, oh Hijo, adoro a vuestro común Espíritu, vuestro eterno lazo de amor: Sanctum quoque Paraclitum Spiritum. ¡Beatísima Trinidad, yo os adoro! (Jesucristo en sus misterios, cap. III, 2)

2. Doctrina de la apropiación

En Dios no hay más que un solo entendimiento, una sola voluntad, un solo poder, pues no hay más que una sola naturaleza divina; con todo existe distinción de Personas, distinción resultante de las operaciones misteriosas que tienen lugar en la vida íntima de Dios y de las relaciones mutuas que de estas operaciones se derivan.

El Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. «Engendrar, ser Padre» es la propiedad exclusiva de la primera Persona; «ser Hijo» lo es de la segunda Persona, lo mismo que «proceder del Padre y del Hijo por vía de amor» es propiedad personal del Espíritu Santo…

Pero, a excepción de estas propiedades y relaciones, todo lo demás es común a las tres Personas e indivisible entre ellas: un mismo entendimiento, una misma voluntad, una misma sabiduría, un mismo poder, una misma majestad, porque la misma naturaleza divina indivisible es común a las tres divinas Personas.

Esto es lo que podemos, conocer de las operaciones íntimas en Dios. Respecto a las obras «exteriores», las acciones que tienen lugar, según nuestro modo, de hablar, fuera de Dios, ya en el mundo material, como el acto de dirigir a cada una de las criaturas hacia su fin, ya en el mundo de las almas, como el acto de producir la gracia, son comunes a las tres Personas divinas.

¿Por qué razón? Porque el origen de estas operaciones, de estos actos y de estas obras, es la naturaleza divina, y esta naturaleza es, para las tres Personas, una e indivisible; la Santísima Trinidad obra en el mundo como una y sola causa.

Mas Dios quiere que los hombres reconozcan y honren no sólo la unidad divina, sino también la Trinidad de Personas. Por esta razón la Iglesia, ex. gr. en la liturgia, atribuye a tal Persona divina ciertas acciones que se producen en el mundo y que, aunque comunes a las tres Personas, tienen una relación especial o una íntima afinidad con el lugar, si me es lícito expresarme así, que ocupa determinada Persona de la Trinidad, con las propiedades que le son particulares y exclusivas.

Así al Padre que es la fuente, el origen y el principio de las otras dos Personas, —sin que esto implique en el Padre superioridad jerárquica o prioridad de tiempo—, se atribuyen las obras que se producen en el mundo y por las cuales se manifiesta particularmente el poder, o en las cuales se rastrea sobre todo el carácter de origen. Por ejemplo la creación, por la cual Dios sacó de la nada el universo.

Cantamos en el Credo: Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. ¿El Padre tuvo más parte, manifestó mayor poder en esta obra que el Hijo y que el- Espíritu Santo? No, sería un error pensarlo; el Hijo y el Espíritu Santo obran en ello lo mismo que el Padre, pues Dios obra al exterior por su poder omnipotente y el poder es común a las tres Personas. ¿Por qué se expresa así la Santa iglesia? Porque en la Trinidad, el Padre es la primera Persona, el principio sin principio del que proceden las otras dos Personas; de aquí proviene su propiedad personal, exclusiva, que le distingue del Hijo y del Espíritu, Santo y, para que no olvidemos esta propiedad, las acciones «externas» que, por afinidad de naturaleza, la hacen resaltar, se atribuyen al Padre.

Idénticamente sucede con la Persona del Hijo. En la Santísima Trinidad es el Hijo quien procede del Padre por vía de entendimiento, es la expresión infinita del pensamiento y se le considera sobre todo como Sabiduría eterna. De aquí el que las obras en las cuales brilla principalmente la sabiduría se le apropien a Él.

En fin, lo mismo se ha de decir del Espíritu Santo. ¿Qué es el Espíritu Santo en la Trinidad? El último término de las operaciones divinas, de la vida de Dios en sí mismo. Él cierra, para expresarnos así, el ciclo de la vida íntima de Dios; es el complemento en el amor. Su propiedad personal es ser procesión del Padre y del Hijo por vía de amor. De aquí que todo lo que es obra de perfeccionamiento, todo lo que es obra de amor, de unión y por tanto de santidad, —pues nuestra santidad se mide por la de nuestro grado de unión con Dios—, todo se atribuye al Espíritu Santo. ¿Es que santifica más que el Padre y el Hijo? No; la obra de nuestra santificación es común a las tres Personas; pero, vuelvo a repetirlo, como la santidad en el alma es una obra de perfeccionamiento y de unión, se atribuye al Espíritu Santo, porque así recordamos más fácilmente las propiedades del Espíritu Santo para honrarle y adorarle en lo que le distingue del Padre y del Hijo.

Dios quiere, por decirlo así, que tengamos cuidado especial tanto de honrar a su Trinidad de Personas, como de adorar su unidad de naturaleza; y por eso su voluntad es que, aun en su lenguaje, la Iglesia recuerde a sus hijos, no sólo que hay un Dios, único, sino que es trino en Personas.

Esto es lo que en teología se llama la apropiación.

Se basa en la Revelación; empléala la Iglesia (En su carta encíclica, de 9 de mayo de 1897, León XIII dice que la Iglesia emplea este procedimiento con mucha propiedad: aptissime) y tiene por fin el ensalzar los atributos propios en cada Persona divina. Al ensalzar de este modo sus propiedades, nos la da a conocer y nos la hace amar más.

Dice Santo Tomás que para ayudar nuestra fe la Iglesia, siguiendo en esto a la Revelación, guarda esta ley de apropiación: Ad manifestanionem fidei.

Durante toda la eternidad, nuestra vida, nuestra bienaventuranza consistirá en contemplar a Dios, amarle y gozarle, tal cual es, es decir, en la unidad de su naturaleza y en la Trinidad de Personas. ¿Qué de extraño tiene el que Dios, que nos predestina a esta vida y nos prepara esta felicidad eterna, quiera que desde este mundo, nos acordemos de sus perfecciones divinas, lo mismo de las de naturaleza que de las propiedades distintivas de las Personas?

Dios es infinito y digno de alabanza en su unidad y lo es también en su Trinidad; las Personas divinas son asimismo admirables en la unidad de naturaleza que poseen de modo indivisible y lo son en las relaciones que tienen entre sí y constituyen su distinción.

Poderoso Dios, Dios eterno, Dios bienaventurado, me gozo en tu poder, en tu eternidad, en tu felicidad. ¿Cuándo te veré, Principio que no tienes principio? ¿Cuándo veré salir de tu seno a tu Hijo, que es igual a Ti? ¿Cuándo veré al Espíritu Santo proceder de vuestra unión, terminar vuestra fecundidad, consumar vuestro acto externo? (Estas últimas líneas las tomó Dom Marmion de Bossuet en su Preparación para la muerte. Oración 4ª). (Jesucristo, vida del alma).

3. ¿Cómo se debe honrar a la Santísima Trinidad?

He recibido una luz clara acerca de la manera de honrar a la Trinidad Santísima y pasar toda nuestra vida en un continuado Gloria Patri. Estas consideraciones me sirven de composición de lugar.

El Padre es el principio, la fuente de vida. Fons vitae. El Verbo y el Espíritu Santo proceden de Él y toda la creación viene de Él por el Verbo en el Espíritu Santo.

Honraremos su cualidad primordial de Principio depositando a sus pies todo nuestro ser, nuestros ideales y deseos, para darle la iniciativa de todo en nosotros.

Así imitamos a Jesús:

a) Que procede enteramente del Padre.

b) Que piensa, quiere y obra con absoluta dependencia de Él

.

«En verdad, en verdad os digo, el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino sólo lo que ve hacer al Padre».

«Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió».

«Durante su vida no hacía en todo momento más que lo que era grato al Padre».

Permaneció en la oscuridad del taller de Nazaret durante treinta años y empezó su misión pública sólo en el momento fijado por su Padre.

Limitóse a predicar a los judíos, porque había sido enviado sólo a las ovejas de la casa de Israel que perecían.

«Era preciso que cuanto estaba escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos, se realizase».

«Ni una jota ni una tilde de la ley se pasará por alto, todo tendrá realización».

He comprendido que sin esta absoluta dependencia de Dios, los actos más deslumbrantes tienen poco valor a sus ojos, aunque puedan ofuscar a los hombres en sí mismos. Estamos en el verdadero estado y condición de criaturas e hijos, de adopción, cuando dejamos a nuestro Creador y a nuestro Padre la plena disposición de nuestra persona y nuestra entera actividad y esto sobre todo es cierto del religioso y más en particular del monje.

El Hijo, no sólo procede absolutamente del Padre y depende enteramente de él (No con dependencia, temporal o de autoridad, sino por las procesiones divinas, por las cuales el Padre tiene prioridad de origen), sino que siendo Hijo perfecto, es la imagen perfecta del Padre: «Imagen de Dios invisible»; es la Sabiduría del Padre y realiza plenamente la entera voluntad del Padre, todos sus designios.

Honramos al Hijo, siendo como Él verdad y sabiduría, cumpliendo perfectamente todos los quereres del Padre, su voluntad bien «significada» cuando cumplimos exactamente lo que Dios quiere, lo que nos manifiesta en sus mandamientos, consejos e inspiraciones, lo mismo que su voluntad «oculta» abandonándonos en Él incondicionalmente.

Jesús ha aceptado para sí y para sus miembros toda la voluntad de su Padre y le honramos uniéndonos a Él en esta aceptación, pidiéndole que quite de nuestro corazón todo deseo o propósito de hacer la menor cosa que se aparte de su voluntad (Se puede meditar la vida de Jesucristo a la luz que difunde este pensamiento, y la meditación da más paz y une estrechamente con Él). Así realizamos a la perfección este consejo de San Pablo: «Todo lo que hagáis, obradlo en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo».

Pues no hacemos en su nombre más que lo que Él sabe ser el beneplácito de su Padre con respecto a nosotros; así se realiza esta palabra: «Es preciso que yo disminuya y él crezca.» Así nos hacemos el objeto de las complacencias del Padre «del que desciende todo don excelente, toda gracia perfecta». Estas acciones insignificantes, se truecan en muy grandes, «porque se realizan en Dios».

El Espíritu Santo es el amor mutuo del Padre y del Hijo. Vuelve al seno del Padre y del Hijo con un amor infinito, que es Él mimo.

Honramos al Espíritu Santo uniéndonos humildemente por Jesucristo a este amor, por el que volvemos a Dios como último fin.

Este amor hace meritorios todos nuestros actos. Este amor que procede del Padre y del Hijo, nos lleva a Dios dependiendo de Él y amándole. Toda nuestra vida procede así del Padre en el Hijo, para volver a su seno, en el Espíritu Santo.

Así unida a Jesucristo, en su Espíritu, nuestra vida se convierte, es un sacrificio de amor para Dios y para las almas: «Jesucristo, por el Espíritu Santo, se ofrece a sí mismo sin mancha a Dios».

Si nos dirigimos al Espíritu Santo con amor y confianza, no dejará de llenarnos de amor verdadero y divino, pues es el «Padre de los pobres»; «la esperanza no engaña, porque el amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros».

Lovaina, 20 de enero de 1906.