EL FALSO REINO DEL ANTICRISO RELIGIOSO
DATOS Y HECHOS QUE LO PRUEBAN
El llamado Papa «Bueno», porque se pasó de buenazo, al punto de no admitir y negar la existencia de los enemigos de la Iglesia, volviendo inútil y superflua la última petición del Pater Noster (del Padre Nuestro): sed libera nos a malo, líbranos del mal, declaró que no quería ser profeta de desgracias (calamidades) como aquellos que piensan en los últimos tiempos, y así decide abrir las ventanas (con puertas y todo) de la Iglesia, para que el aire primaveral perfumara su interior, para lo cual convoca el Concilio Vaticano II, a pesar de que le «llegan, a veces, a sus oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de almas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Tales son quienes en tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina.» Pero como es el Papa bueno (mejor bonachón) y todo el mundo es bueno como él, y no hay enemigos ni de Cristo, ni de la Iglesia, ni de la Religión Católica, ni de la Fe Católica, en su supina y paladina bondad se resuelve a realizar dicho Concilio, siendo además que él no es un agua fiesta, como los profetas de desgracias y hecatombes; pues la idea la deja muy clara al decir: «Mas Nos parece justo disentir de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos«. (Discurso de Apertura de Juan XXIII del 11 de Octubre de 1962).
El Diablo como siempre deja ver la cola, y aquí sigue como motivo determinante para la convocación del Concilio Vaticano II, la inquina antiapocalíptica de un clero ignaro. Es evidente que si todo el mundo es bueno (Rousseau) y no hay enemigos, y que el fin de los tiempos esta lejísimos y hay para rato (y no hay que ser estúpido o imbécil como esos que piensan en el fin de los tiempos) y se esta en continuo progreso, con toda la ciencia, con toda la técnica, y además, sin enemigos, hay que «aggiornarse», ponerse al día, actualizarse, y dialogar (pues la serpiente no existe o no esta por aquí cerca de la ingenua Eva), por lo cual se hacía necesario un Concilio Vaticano II, pero con la pequeña peculiaridad de no ser infalible (como por constitución divina e irrevocable debía serlo) para poder danzar bonachona y gentilmente sin la divina presencia y asistencia del Espíritu Santo, aunque se invocó un nuevo Pentecostés. Por esto necesitaba un Concilio denominado pastoral (sí, con la pastoral de las malas yerbas de Satanás).
El diablo sabía inteligentísimamente lo que hacía, pues retirado de la presencia de Cristo, con la última tentación del desierto, ahora podía astutamente penetrar por la puerta grande de la Iglesia que se le abría de par en par.
Claro que el cinismo llega a veces a proporciones tan descomunales como la de llegar a preguntarse con absurda ingenuidad, con apariencias de gran desconcierto y sinceridad, tal como hizo Pablo VI al interrogarse cándidamente: «por cuál fisura se ha entrado el humo de Satanás en la Iglesia«.
Pero la cosa no para allí, en el Discurso de Clausura del Concilio Vaticano II, del 7 de Diciembre de 1965 queda proclamada urbi et orbi, públicamente la Nueva Religión Antropoteísta:
«El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas -y son tanto mayores, cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro Sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- tenemos el culto del hombre«. Está todo dicho, pues ¿qué mayor proclamación se puede hacer de la Nueva Religión?, difícil hacerlo mejor.
Con estas palabras de Pablo VI se inaugura pública y oficialmente la Nueva Religión Humanista. La Nueva Iglesia postconciliar se perfila, puesto que como lo asevera en el mismo discurso Pablo VI: «Toda esta riqueza doctrinal se orienta en una única cosa: servir al hombre». Y así: «La Iglesia se ha, por decirlo así, proclamado la sirvienta de la humanidad. (….) Todo esto y cuanto podríamos aun decir sobre el valor humano del Concilio, ¿ha desviado acaso la mente de la Iglesia en el Concilio hacia la dirección antropocéntrica de la cultura moderna? No, la Iglesia no se ha desviado, pero se ha vuelto hacia el hombre (…) La Iglesia se inclina sobre el hombre y sobre la tierra (…) se declara toda al servicio del hombre. La religión Católica y la vida humana reafirman así su alianza, su convergencia en una sola realidad humana: la religión católica es para la humanidad; en cierto sentido, ella es la vida de la humanidad».
Y para rematar esta antropolatría, Pablo VI redondea diciendo: «Nuestro humanismo se hace cristianismo, nuestro cristianismo se hace teocéntrico; tanto que podemos afirmar también: para conocer a Dios es necesario conocer al hombre». He aquí, proclamado el Nuevo Evangelio del Hombre, la Buena Nueva del Hombre y su culto antropoteísta.
Tenemos así el Concilio Vaticano II en todo su esplendor humano, humanista y antropoteísta, que es por lo mismo un Concilio espurio y bastardo por ser el fruto ilegítimo del maridaje entre la Iglesia y el mundo moderno, hijo de la Revolución Anticristiana. Ya lo había dicho San Pablo: «nolite conformari huic saeculo«, no quieras configuraros con este mundo, (Rom.12, 2), condenando, anticipadamente desde hace 20 siglos, el «aggiornamento» o puesta al día, o configuración con el mundo. El resultado de esta ilegítima unión no puede ser otro que un Concilio bastardo, en el cual no tuvo ni arte ni parte el Espíritu Santo, sino todo lo contrario, el humo de Satanás.
Las tres reuniones (por ahora), de Asís, dos con Juan Pablo II (1986 y 2002) y una con Benedicto XVI (2011) son la triple y sucesiva marca, cual 666 o Abrenuntio según Primacio, que en español significa reniego, tal y como lo hace ver Lacunza: «No puede significar otra cosa obvia y naturalmente que una profesión pública y descarada de aquel abrenuntio o hago profesión de renegado, que parece el carácter, o el espíritu, o el distintivo propio de toda la bestia. Así el tomar este carácter no será otra cosa que un tomar partido por la libertad; un solvere Jesum, público y manifiesto; una formal apostasía de la religión cristiana que antes se profesaba. Se dice que este carácter lo llevará en la frente o en las manos para denotar la publicidad y descaro, con que se profesará ya entonces el anticristianismo; pues la frente y las manos son las partes más públicas del hombre, y al mismo tiempo son símbolos propísimos; el primero del modo de pensar, el segundo del modo de obrar. Desatados de Jesús, desatados de la verdad y sabiduría eterna, no hay duda que quedarán la frente y las manos, esto es, los pensamientos y operaciones, en una suma libertad, mas no libertad de racionales sino de brutos». (La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, editada en 3 tomos, París 1825, T. II, p. 254-255).
Si recordamos el famoso episodio del Monte Carmelo, donde el profeta San Elías, único verdadero ministro del Altísimo, en medio del culto idólatra de falsos sacerdotes que tenían la venia del Rey, en una especie de duelo cultual, religioso, pues el vencido encontró la muerte, como podemos ver según el texto sagrado: «Y díjoles Elías: Prended a los profetas de Baal; que no se escape ni uno de ellos. Prendiéronlos ellos, y Elías los llevo al torrente Cisón, donde les quito la vida». (III Rey. 18,40).
En medio de la corrupción de todo el pueblo, el Profeta Elías era el único ministro verdadero y veraz, mientras había 450 falsos profetas eran los de Baal: «He quedado yo solo de los profetas de Yahvé, cuando los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta hombres» (III Rey. 18,22), sin contar los 400 falsos profetas de Aschera, todos los cuales comían en la mesa del Rey y de su mujer Jezabel. (III Rey. 18,19). Con lo cual se ve como la corrupción religiosa era mantenida por el rey, por el poder público y real.
San Elías solito los reta a la prueba del fuego y los vence a todos, no dejando que ninguno se escape,
pasándolos a cuchillo (III Rey. 19,1) o como quien dice decapitándolos, sin dejar uno solo vivo; como castigo de su tremenda idolatría, comúnmente aceptada por todos, tanto por el Rey como por el pueblo.
Faltan hoy los San Elías, puesto que si esto pasó con el falso culto en la época del Antiguo Testamento, qué no debería pasar hoy con el falso culto en la época del Nuevo Testamento, con la Misa Nueva y toda la Nueva Liturgia postconciliar. Con un Santo Profeta Elías no hubiera quedado vivo ni uno de los sacerdotes y falsos profetas de Asís. Estamos ante el gran Misterio de Iniquidad, pues que mayor iniquidad que profanar el Templo de Dios, la Santa Iglesia y su divino culto, que mayor iniquidad que la corrupción y adulteración del Evangelio y de la fe.
Estamos en la Gran Tribulación, la cual nunca se vio, ni se verá jamás otra igual. De ella dice Santo Tomás que es una falsa doctrina o la corrupción de la doctrina: «Será entonces la gran tribulación, la cual será una perversión de la doctrina cristiana por la falsa doctrina. Y si no fuesen abreviados esos días, esto es, la manifestación de la doctrina, por el refuerzo de la verdadera doctrina, nadie se salvaría, puesto que todos se convertirían a la falsa doctrina». (Com. in Evan. S. Mat. c. 24).
Queda claro que la Gran Tribulación es una perversión doctrinal, de la Fe, a la cual casi todos adherirán, es decir se pervertirán con una falsa religión, con una falsa Fe, tal como hoy acontece, pero muy pocos se percatan.
Tenemos un Nuevo Culto y una Nueva Misa bastarda, como la calificó Mons. Lefebvre. El demonio siempre quiso destruir el Santo Sacrificio de la Misa que es la prolongación sacramental del sacrificio del calvario. Así dice San Alfonso María de Ligorio: «Con razón, pues, llama San Buenaventura a la misa, el compendio de todo el amor divino y de todos los beneficios dispensados a los hombres. Por esto el demonio se esforzó siempre por suprimir la misa del mundo, mediante los herejes, a quienes hizo precursores del anticristo, que lo primero que procura hacer, y hará, será abolir el sacrificio del altar, en castigo de los pecados de los hombre, como profetizó Daniel: Y el ejército celeste (el pueblo elegido y sus sacerdotes) fue entregado a la destrucción junto al sacrificio perpetuo». (Dan 8,12), (Obras Ascéticas de San Alfonso María de Ligorio, BAC, Tomo II, p. 183).
Y más adelante reafirma San Alfonso la misma idea: «Por esto procuró siempre el demonio abolir en el mundo la misa por medio de los herejes, constituyéndoles precursores del anticristo, el cual ante todo, procura abolir, y abolirá en efecto, el santo sacrificio del altar en castigo de los pecados de los hombres, según predijo el profeta Daniel: Y un ejército fue colocado sobre el sacrificio perpetuo». (Ibíd. p. 402).
Por la gran confusión en todos los órdenes que vemos dentro de la Iglesia (y también afuera, en el mundo), pero sobre todo por la confusión (Babel) religiosa: en materia de Doctrina, Culto y Moral, tenemos al gran castigo divino como muy sabia y acertadamente hace ver San Juan Eudes: «La mayor señal de la ira de Dios sobre un pueblo y el más terrible castigo que sobre él pueda descargar en este mundo, es permitir que, en castigo de sus crímenes, venga a caer en manos de pastores que más lo son de nombre que de hecho, que más ejercitan contra él la crueldad de lobos hambrientos que la caridad de solícitos pastores, y que, en lugar de alimentarlos cuidadosamente, le desgarren y devoren con crueldad; que en lugar de llevarle a Dios, le vendan a Satanás, en lugar de encaminarle el credo, le arrastren con ellos al infierno; y en lugar de ser la sal de la tierra y la luz del mundo, sean su veneno y sus tinieblas.» (San Juan Eudes, El Sacerdote, p. 29).
Esto es para hacernos reflexionar hoy sobre la crisis actual del sacerdocio, de la pérdida de la fe y del desprecio que hay por la Misa de siempre.
San Jerónimo ya decía en una de sus homilías: «Nosotros tenemos así en Daniel: ‘Y a la mitad de la semana cesaron la oblación y el sacrificio; y la abominación de la desolación será en el templo, y la desolación continuará hasta la consumación el fin’. De esto habla también el Apóstol, ‘el hombre de iniquidad y de oposición se elevara contra todo eso que es llamado Dios y adorado, él empujará la audacia hasta sentarse en el templo de Dios y hacerse pasar él mismo por Dios’ (…). Todo esto puede entenderse, o simplemente del Anticristo, o de la imagen de César que Pilatos hizo poner en el templo, o de la estatua ecuestre de Adriano (…). Y como, según el Antiguo Testamento, la palabra abominación quiere decir ídolo, desolación viene a continuación, porque es en el templo arruinado y destruido, que viene a ponerse el ídolo. La abominación de la desolación, puede entenderse también de toda doctrina perversa. Si, en efecto, vemos el error erigirse en el lugar santo, es decir en la Iglesia, y hacerse pasar por Dios, nosotros debemos huir de Judea a las montañas, es decir abandonar ‘la letra que mata’ y la perversidad judaica, refugiarnos sobre las montañas eternas de lo alto de las cuales Dios hace brillar su admirable luz (…)». (Oficio del Breviario de San Pío X, Domingo 24 y último después de Pentecostés 8° y 9° nocturno).
Para aquellos que descartan que todo esto no tiene que ver con nuestro presente y que falta mucho todavía, le recordamos el hecho ocurrido hace más de 60 años; el hecho histórico irrefutable, y que por sí solo marca que ya estamos en el fin de los últimos tiempos apocalípticos, se trata del fin de la diáspora ocurrida en 1948, después de la Segunda Guerra Mundial, y como uno de sus frutos: el fin de la Diáspora. David Ben-Gurión, proclamó el 14 de mayo de 1948 el nuevo Estado de Israel, con capital provisoria Tel-Aviv, y al año siguiente (1949) declara a Jerusalén la capital. Acontecimiento esjatológico o apocalíptico según las mismas Escrituras, y todos los comentadores, pues tenía que ocurrir para el fin de los últimos tiempos apocalípticos cuando el Mesías debe volver.
Esto lo dice claramente San Lucas 21,24: «Y caerán a filo de espada, y serán deportados a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido». Hoy es Jerusalén (desde 1949) la capital oficial del Estado de Israel, siendo reconocido, además, como tal en 1993 por Juan Pablo II. Se acabó la Diáspora hace más de 60 años. Solo un supino ignorante o alegre y cándido distraído puede dudar si nos encontramos en los últimos tiempos apocalípticos. Contra los hechos no valen los argumentos.
Además, ya en 1903 (hace más de un siglo) San Pío X dijo en su primera encíclica E supremi apostolatus: «Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos o incluso pensara que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios, hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.»
El Papa Santo nos da la exégesis sobre el pasaje del Anticristo, sentándose en el Templo, mostrándose como Dios, es decir, el hombre endiosado, sobre el mundo moderno que se ha consagrado para sí mismo (como si fuera su templo para que todos le adoren) y cuyo príncipe es Satanás. Esto nos hace recordar la 3ª y última tentación de Cristo en el desierto. Satanás desde un monte elevado le muestra todo la gloria, riqueza y poder de este mundo, y se la ofrece si prosternándose le adorase.
San Pío X, por si fuera poco, nos señala la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción hecha por Pío IX en 1854, como un presagio y señal de la gran esperanza apocalíptica, la que se dará con la Parusía, la realización de la gran promesa y profecía: «habrá un solo rebaño y un solo pastor»(Jn. 10,16). Dice así San Pío X en su segunda encíclica Ad diem illum laetissimun del 2 de Febrero de 1904: «Nuestro antecesor Pío IX (…) con la autoridad del magisterio infalible, proclamó y promulgó como cosa revelada por Dios que la bienaventurada Virgen María estuvo inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción. (…) Además tenemos que decir que este deseo Nuestro surge sobre todo de que, por una especie de moción oculta, Nos parece apreciar que están a punto de cumplirse aquellas esperanzas que impulsaron prudentemente a Nuestro antecesor Pío y a todos los obispos del mundo a proclamar solemnemente la concepción inmaculada de la Madre de Dios. No son pocos los que se quejan de que hasta el día de hoy esas esperanzas no se han colmado (…) ¿Cómo no vamos a tener la esperanza de que nuestra salvación está más cercana que cuando creímos?; quizás, mas, porque por experiencia sabemos que es propio de la divina Providencia no distanciar demasiado los males peores de la liberación de los mismos. Está a punto de llegar su hora, y sus días no se harán esperar».
¿Cuál es esta esperanza que hizo proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción?, por si todavía no lo tenemos claro con lo dicho por S. Pío X, dado el espíritu tardo y lerdo de muchos, el mismo Papa Pío IX nos lo dice en su Bula Ineffabilis Deus con la que promulgó la Inmaculada Concepción el 8 de Diciembre de 1854: «Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma Santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada triunfó, que trituró la venenosa cabeza de la crudelísima serpiente, y trajo la salud al mundo (…) hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre Católica Iglesia, removida después de las dificultades, y vencidos todos los errores (…) vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor». El famoso ut omnes unum sint, para que todos
sean uno (Jn. 17,21). Esta es la gran promesa del Nuevo Testamento.
Esta gran profecía y promesa requiere la Parusía de Cristo Rey, cuando venga a rescatar a su Iglesia caída en las manos de sus ultrajadores, cuando Cristo destruya con su presencia al Anticristo, como afirma San Agustín basado en la Escritura: «La ultima persecución que ha de hacer el Anticristo, sin duda la extinguirá con su presencia el mismo Jesucristo porque así lo dice la Escritura: ‘Que le quitara la vida con el espíritu de su boca y le destruirá con solo el resplandor de su presencia«. (La Ciudad de Dios, Lib. 18, Cap. 53).
Hoy en día, ¿no vemos acaso la Iglesia reducida a su mínima expresión? cual pequeño rebaño fiel disperso por el mundo, y prácticamente sin pastores, lo cual corresponde a la visión apocalíptica de la Medición del Templo como señala el P. Castellani.
El célebre Cardenal Pie, previó en el siglo XIX, casi proféticamente, lo mismo en un sermón predicando en la Fiesta de Cristo Rey, al decir: «Pero eso que es cierto, es que a medida que el mundo se acerca a su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja. Casi no se encontrara mas la fe sobre la tierra (Lc. 18,8), es decir, que la fe habrá casi desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres. Los creyentes mismos apenas osaran hacer una profesión pública y social de sus creencias. La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, que ha sido dado por San Pablo como un signo precursor del fin: nisi venerit discessio primum (2 Tes. 1,3), ira consumándose cada día. La Iglesia, sociedad sin duda siempre visible, será cada vez más llevada a proporciones simplemente individuales y domésticas». Y por si fuera poco, una especie de sablazo por la cabeza, para todos los triunfalistas, que con estulto optimismo, creen en la fantasiosa reconquista y la conversión de Roma apóstata (reiterada y triplicadamente con Asís I, II y III), pues dice el Cardenal Pie: «En fin, habrá para la Iglesia de la tierra, una verdadera derrota: ‘le será dado a la Bestia, el hacer la guerra a los santos y vencerlos’ (Apoc. 13,7). La insolencia del mal estará en su culmen».
Después de lo cual el Cardenal Pie, se pregunta: «Luego, en esta extremidad de cosas, en este estado desesperado, sobre este globo librado al triunfo del mal y que será pronto invadido por las llamas (2P. 3, 10-11), ¿qué deberán hacer aún todos los buenos cristianos, todos los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de valor?».
A lo cual, después de decir que se debe intensificar con ardor la oración, responde aludiendo a la Parusía, a la Segunda Venida de Cristo: «Y entonces, este ideal imposible, que todos los elegidos de todos los siglos, habían obstinadamente perseguido, se hará una realidad. En este segundo y último acontecimiento, el Hijo entregará el reino de este mundo a Dios Padre; la potencia del mal habrá sido evacuada por siempre en el fondo del abismo». (Le Cardinal Pie de A à Z, Textes sélectionnés et classés par Jaques Jammet, Editions de París 2005, p.186-187-188).
El Papa Pío XII en consonancia con el Cardenal Pie y con el Papa San Pío X, dice clara y expresamente (cuando aún era Cardenal y Secretario de Estado de Pío XI), que a la Iglesia la habían sepultado, puesto en la tumba, como quien espera su resurrección con la Parusía, como se puede apreciar en el texto siguiente: «Suponed, querido amigo, que el comunismo no sea sino el más visible de los órganos de la subversión contra la Iglesia y contra la tradición de la revelación divina, mientras vamos a asistir a la invasión de todo eso que es espiritual, la filosofía, la ciencia, el derecho, la enseñanza, las artes, la prensa, la literatura, el teatro y la religión juntos. Estoy obsesionado por las confidencias de la Virgen a la pequeña Lucía de Fátima. Esta obstinación de la Buena Señora, frente al peligro que amenaza la Iglesia, esto es una advertencia divina contra el suicidio que representa la alteración de la fe, en su liturgia, su teología y su alma… Escucho a mi alrededor innovadores que quieren desmantelar la Capilla Sagrada, destruir la llama universal de la Iglesia, arrojar sus ornamentos, darle el remordimiento de su pasado histórico. Y bien, mi querido amigo, tengo la convicción que la Iglesia de Pedro debe asumir su pasado, o si no cavará su tumba.» (Abbé Daniel Le Roux, PIERRE M’AIME-TU ?, Editions Fideliter 1988, p.1). ¡Qué profético! Exactamente todo esto fue lo que pasó, a partir del Concilio Vaticano II (o la Revolución Francesa dentro de la Iglesia).
Los hombres de Iglesia en su gran mayoría optaron por el cambio (devenir gnóstico cabalístico), al no querer asumir su pasado, y el remordimiento acomplejado, surgió como fermento de la más total Revolución ad intra, dentro de la misma Iglesia, rompiendo con la Tradición Sacrosanta de la Iglesia (su histórico pasado) en franca escisión o ruptura, lo cual es o constituye, sin eufemismos, un verdadero cisma, con el que Roma, cual Babilonia (ciudad de la confusión y el caos religioso), se declara con los hechos, la sede del Anticristo, tal cual Nuestra Señora de La Sallete lo profetizó anunciando el eclipse de la Iglesia (De labore solis) y que Roma perdería la fe y sería la sede del Anticristo, o segunda bestia que sale del abismo infernal de la tierra, con la apariencia de Cordero, pero que habla (y actúa) como el Dragón (la viperina lengua de la serpiente seductora con su larga cola) y que por esto tiene nombre específico o propio: Pseudoprofeta.
Por esto, Dom Lefebvre, en su Misal para los fieles en la edición 1938 (pues en las más recientes ha sido suprimido) citando al gran San Agustín, comenta en la exposición histórica durante el tiempo después de Pentecostés: «Por fin Jesús termina su vida con el sacrificio del Gólgota, seguido muy pronto del triunfo de la Resurrección; y la Iglesia, lo mismo que su Divina Cabeza, se verá entonces vencida y clavada en la cruz, aunque ella ganará la victoria decisiva. ‘El Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo mismo que el cuerpo humano, fue en un tiempo joven, aunque al fin del mundo, tendrá una apariencia de caducidad'(S. Agustín)». Esto es lo que muchos no quieren admitir, pues en el fondo son progresistas que esperan por las solas fuerzas humanas y de la historia el triunfo sin la intervención directa de la mano de Dios.
Una vez más, la famosa reconquista queda esfumada, solo sus absurdos quijotes aún la sueñan y reavivan en su ignara fantasía. El fondo de esto, hay una mentalidad progresista (aunque se desconozca), que está muy bien retratada por el P. Castellani que dice así: «Esta luz cruda deshace y evacúa la eterna ilusión babilónica de construir una torre que llegue al Cielo, de puro ladrillo y barro; de recobrar y construir el antiguo Edén, con las solas fuerzas humanas; de llevar a su consumación el Reino de Dios por medios políticos, de que este mundo durará muchísimo y siempre en continuo progreso. Esos son los principales ensueños del mundo moderno y han sido siempre la más profunda y tenaz tentación del hombre, hoy día campante y dominante por doquier, fuera de la Iglesia. Contra ellos se levanta del Apokalypsis la austera visión del Milenarismo». (Los Papeles de Benjamín Benavides, ed. Dictio Buenos Aires 1978, p. 65).
Y como hace ver el P. Castellani, hay en el fondo una lucha, una pugna: «Pero milenarismo y antimilenarismo representan en realidad histórica hodierna, dos espíritus, dos modos de leer la Escritura, y de ver en consecuencia la Iglesia y el mundo. De ahí la lucha». (Ibíd. p. 412).
«Es el ideal de la Añadidura antes que el Reino, o la Añadidura si el Reino, o el Reino Milenario realizado desde ya sin Cristo –es decir, el cristianismo expurgado de la cruz de Cristo y de su Segunda Venida… ¡Éste es el verdadero Anticristo! Si esto invade el mundo como lo está invadiendo y al fin lo domina… Esto es falsa religión sumamente seductora: esto es peor, si cabe, que el comunismo. (…) Los dos son peores y es más probable que un día se fusionen, porque proceden de un mismo espíritu, el espíritu del Jardín del Edén y del Paraíso en la tierra. Y quien hará la fusión, será la bestia segunda: la fiera de la Tierra; que tenía dos cuernos como el Cordero y hablaba como el Dragón».
(Ibíd. p. 246).
«En suma: es la vulgar actitud conciliadora y contemporizadora del ‘evolucionismo teológico’, la herejía más difundida y menos conocida de nuestros días; que tiene como raíz el no pensar en la Parusía, ni tenerla en cuenta, ni creerla quizá, sin negarla explícitamente; polarizando las esperanzas religiosas de la humanidad hacia el foco del ‘progresismo’ mennesiano». (Ibíd. p. 312). Alude a Lamennais, a quién el Padre Julio Meinvielle refutó magistralmente en su libro De Lamennais a Maritain.
«… y excluímos ese gran triunfo temporal de la Iglesia antes de la Parusía, que me parece un peligroso ensueño contemporáneo… ¡Es un anzuelo del Anticristo! ¡Es él quien prometerá realizar ese ensueño, con las solas fuerzas del hombre ensoberbecido! ¡él proclamará la paz, la prosperidad, el nuevo Edén!, y se pondrá a edificar sacrílegamente la nueva Babel». (Ibíd. p. 398).
«… adoradores vanamente esperanzados del paraíso en la tierra, por las solas fuerzas del hombre, o sea, lo que será la Gran Promesa del Anticristo«. (Ibíd. p. 75).
«Propician la amalgama del Capitalismo y el Comunismo -que será justamente la hazaña del Anticristo». (El Apokalypsis, ed. Paulinas. Buenos Aires 1963, p. 189).
«El Capitalismo y el Comunismo, tan diversos como parecen, coinciden en su, fondo; digamos, en su núcleo ‘místico’: ambos buscan el Paraíso Terrenal, por medio de la Técnica; y su ‘mística’ es un mesianismo tecnólatra y antropólatra …». (Ibíd. p. 347).
Por esto advierte el P. Castellani, que el Modernismo fusionará (por obra del Pseudoprofeta, el Anticristo religioso o Segunda Bestia que sale de la tierra, y no la otra Bestia que sale del mar, el Anticristo político como se imaginan muchos incautamente), el Capitalismo y el Comunismo, pues en su esencia, buscan el Paraíso en la Tierra, ideal del que ambos se nutren.
«Pues bien, es el liberalismo en pugna con su hijo el comunismo, el espíritu batracio que salió de la boca de la Bestia y el otro salió de la boca del Dragón… el modernismo coaligará a los dos; los fusionará al fundente religioso. El modernismo es el fondo común de las dos herejías contrarias, que algún día -que ya vemos venir- las englobará por obra del Pseudo-profeta». (Los Papeles… p. 45).
«El cuá-cuá del liberalismo, es la ‘libertad, libertad, libertad’; el cuá-cuá del comunismo es ‘justicia social’; el cuá-cuá del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle este: ‘Paraíso en Tierra; Dios es el Hombre; el hombre es dios’ «. (Ibíd. p. 46). Es de advertir que esto lo proclamó Pablo VI en el Discurso de Clausura del Concilio Vaticano II el 7 de diciembre de 1965, por si no se lo recuerda.
¿Y la diosa democracia? o religión antropoteísta, como muy bien la define Nicolás Gómez Dávila de modo insuperable y sintético. Aquí la tenemos: «¿Y la ‘democracia’? Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa: Demó-cantaba la rana, craciá debajo del río». (Ibíd. p.46). Vemos así, cual es el papel preponderante del Anticristo religioso o Pseudoprofeta. Es importante saber y recordar siempre que de las dos Bestias o Fieras (por su furor) la más terrible y nefasta (pero con apariencia de bueno, no lo olvidemos), es la Bestia de la Tierra y que tiene por esto nombre propio: el Pseudoprofeta.
En varias ocasiones Pío XII hizo alusión a la Parusía entre ellas en 1942, 1947, y el 21 de Abril de 1957, en su mensaje Pascual, manifestó: «Es necesario quitar la piedra sepulcral con la cual han querido encerrar en el sepulcro a la verdad y al bien; es preciso conseguir que Jesús resucite; con una verdadera resurrección que no admita ya ningún dominio de la muerte: ‘Surrexit Dominus vere’ (Lc. 24, 34) ‘Mors illi ultra non dominabatur’ (Rom. 6, 6). (…) ¡Ven, Señor, Jesús! La humanidad no tiene fuerza para quitar la piedra que ella misma ha fabricado intentando impedir tu vuelta. Envía tu Ángel, oh Señor, y haz que nuestra noche se ilumine como el día. ¡Cuántos corazones, oh Señor, te esperan! ¡Cuántas almas se consumen por apresurar el día en que Tú sólo vivirás y reinarás en los corazones! ¡Ven, oh Señor, Jesús! ¡Hay tantos indicios de que tu vuelta no está lejana!».
Después de esto, como puede haber en el clero y en los obispos tanta negligencia e ignorancia, al punto de llegar a negar con su actitud, con sus acciones, o con sus palabras, la proximidad de la Parusía, el retorno de Cristo en Gloria y Majestad. Es absurdo, pero muy lamentable y tristemente se niega, o por lo menos no se considera o pondera, la proximidad y cercanía de la Parusía. No se la tiene para nada en cuenta, y queda relegada al infinito del absurdo.
San Pío X, además de lo que ya vimos que dijo sobre el Anticristo y su manifestación, nos da la pauta de lo que sería el obstáculo, el famoso Katejón que detiene la aparición del Anticristo, al decirnos que el retorno de Cristo en su segunda venida será cuando la Iglesia no mantenga más el imperio de la verdad: «Vigilad oh sacerdotes, a que por vuestra falta, la doctrina de Jesucristo, no pierda el aspecto de su integridad. Conservad siempre la pureza y la integridad de la doctrina, en todo lo que concierne a los principios de la fe, a las costumbres y a la disciplina; (…) Muchos no comprenden el cuidado celoso y la prudencia que se debe tener para conservar la pureza de la doctrina. Les parece natural y casi necesario que la Iglesia abandone algo de esta integridad; les parece intolerable que en medio de los progresos de la ciencia, únicamente la Iglesia pretenda permanecer inmóvil en sus principios. Tales olvidan, la orden del apóstol: ‘ Te ordeno delante de Dios que da la vida a todas las cosas y delante de Jesucristo que ha dado testimonio bajo Poncio Pilato, te ordeno observar este mandato (la doctrina que había él enseñado) inmaculado, intacto, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo’. Cuando esta doctrina no pueda más guardarse incorruptible y que el imperio de la verdad no sea ya posible en este mundo, entonces el Hijo de Dios, aparecerá una segunda vez. Pero hasta ese último día, debemos mantener intacto el depósito sagrado y repetir la gloriosa declaración de San Hilario: ‘Más vale morir en este siglo que corromper la castidad de la verdad’ «. (Píe X, Jérome Dal-Gal. 1953, p.1 07-108). Y podemos nosotros decir: la virginidad inmaculada de la verdad.
De lo dicho por San Pío X aflora y se devela (revela) cual sea el obstáculo y en que consiste. Vemos que es, y consiste en: el Imperio de la Verdad mantenido por la Iglesia, manteniendo y proclamando la doctrina incorrupta e inmaculada. El Imperio de la Verdad es mantenido por la Iglesia cuando se conserva la pureza de la doctrina, el depósito sagrado de la fe, esto es, conservar la pureza inmaculada de la verdad, de la fe; y es esto precisamente, lo que han corrompido y violado los malditos impostores.
La liturgia de la Iglesia, en la fiesta (hoy suprimida y reducida a una conmemoración) de San Silverio (536 – 537) Papa y mártir, el 20 de Junio, advertía, entonces, con la epístola de San Judas 17, 21, para dicha misa, sobre los impostores dentro de la Iglesia en los últimos tiempos apocalípticos: «en el último tiempo vendrán impostores que se conducirán según sus impías pasiones. Estos son los que disocian, hombres naturales que no tienen el Espíritu, vosotros empero, carísimos, edificaos sobre el fundamento de la santísima fe vuestra, orando en el Espíritu Santo». (Jud. 18-20).
Monseñor Straubinger comenta al respecto: «Los que disocian son lo contrario de los del versículo 20 que edifican sobre la fe, por lo cual son para ruina de la Iglesia (Mat. 7, 24-27). «Hombres naturales: el griego dice psíquicos por oposición a pneumáticos; lo cual no significa precisamente sensuales, sino que no son espirituales, o sea que no tienen el espíritu sobrenatural como se requiere para entender las cosas de Dios.» y «La fe, como fundamento del edificio que es la Iglesia, es cosa bien sabida …»
Para terminar no podemos dejar de mencionar, por si fuera poco con todo lo ya dicho y expuesto, con el fin de no dejarlo en el tintero y el olvido, y todos lo consideren, como símbolo de la impostura, el hecho inaudito que a partir de Pablo VI, quien se despojó de la Tiara (corona monárquica del poder papal), los Papas postconciliares, no se coronan más. Juan Pablo II no fue coronado, lo mismo Benedicto XVI, pues esta ceremonia quedó suprimida (ni quizás consagrado Obispo con el nuevo rito que es al menos dudoso, si es que no sea francamente inválido, pues la fórmula fue completamente cambiada) además, en su escudo Papal, no figura la Tiara, sino una simple Mitra, cosa que no llegó a hacer Juan Pablo II. Si los símbolos significan algo y la ceremonia de coronación de los papas tienen un contenido, ¿qué se puede pensar con todo esto? Por lo menos es un signo de la impostura.
No olvidemos que siendo aún Cardenal, Ratzinger era un hereje público y manifiesto, tanto por su herejía sobre las falsas religiones como caminos extraordinarios de salvación, tal como se puede ver al final en el libro «Entretien sur la foi«, (Ratzinger – Messori, ed. Fayard, París 1985, p. 247); como por lo dicho por Mons. Lefebvre al afirmar rotundamente que el entonces Card. Ratzinger es hereje al poner en duda la inmutabilidad del magisterio infalible de la Iglesia: «Os invito a leer el denso artículo de fondo de ‘Sí Sí, No No’ que ha salido hoy sobre el Cardenal Ratzinger. ¡Es espantoso! El autor del artículo, no se quién es porque siempre ponen un seudónimo, luego no se sabe quién es. Pero de todos modos, el artículo está muy documentado y concluye que el Cardenal es herético.» Y el motivo es que: «Pone en duda que hay un magisterio que sea permanente y definitivo en la Iglesia, de la enseñanza del magisterio de la Iglesia. Esto no es posible. El acomete contra la raíz misma de la enseñanza de la Iglesia, de la enseñanza del magisterio de la Iglesia. Ya no hay una verdad permanente en la Iglesia, verdades de fe, dogmas en consecuencia. ¡Se acabaron los dogmas en la Iglesia! ¡Esto es radical! ¡Evidentemente esto es herético, esta claro! Es horroroso, pero es así». (Conferencias Espirituales Ecône 8 y 9 febrero de 1991, comentario al artículo de «Sí Sí, No No» del 15 de enero de 1991).
Y que pasa hoy, que olvidando todo esto por un anhelo acuerdista y traidor, Mons. Fellay y la cúpula que lo entorna dicen todo lo contrario, al extremo inaudito de hacer creer a los fieles que el Ratzinger de ayer y el Benedicto XVI de hoy no son lo mismo, pues este último es bueno, conservador y hasta casi tradicionalista, cuando los hechos prueban todo lo contrario. Esto prueba en esta crisis o Gran Tribulación que si los tiempos no se abreviaran nadie se salvaría como advierten las Escrituras.
Debemos tener presente, además, lo que el venerable Holzhauser dijo hacia 1650 en su comentario del Apocalipsis, profetizando sobre Roma y el Papa para el fin de los últimos tiempos apocalípticos, titulando el capítulo: «Del Antipapa abominable y perverso idólatra, que desgarrará la Iglesia Occidental y hará adorar a la primera bestia (XIII, 11-18)». Y prosigue a continuación: » ‘Vi enseguida surgir de la tierra otra bestia, ella tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como el dragón’. Esta bestia es un falso profeta, (…) el falso profeta se elevará, prevalecerá y dominará sobre la tierra firme, que colinda con los mares y sobre la cual se encuentra actualmente el imperio romano, encerrando en su seno los estados de la Iglesia. ‘Ella tiene dos cuernos como de cordero’, porque será un cristiano apóstata que se elevará secreta y fraudulentamente. (…) Entonces, la Iglesia será dispersa en la soledad y en los lugares desiertos, en los bosques y en las montañas y en las cavidades de las rocas, porque el pastor habrá sido golpeado y las ovejas dispersadas. Pues será igual que en el tiempo de la Pasión de Nuestro Señor. Y parece ser que es en esta circunstancia de la última desolación, que Jesucristo hace alusión, al decir en su Pasión (Mt. 26. 31): ‘Está escrito: golpearé al pastor y las ovejas del rebaño se dispersarán’. Entonces la Iglesia latina será desgarrada y, a excepción de los elegidos, habrá defección total de la fe«. (Révélation du Passé et de l’Avenir, Interprétation de l’Apocalypse du venerable Barthélemy Holzhauser, p. 91).
Si esto no está hoy aconteciendo, aunque para todos no sea evidente (dado que la ignorancia impera sobre el tema), entonces, por lo menos hay que tenerlo en cuenta, sin descartar ni desechar su posibilidad, pues tarde o temprano, tendrá que acontecer. Y es un hecho que la Iglesia está hoy dispersa, reducida a un pequeño rebaño fiel disperso por el mundo, en plena diáspora, y como bien advertía el Cardenal Pie, la Iglesia aunque siempre visible, será reducida a proporciones individuales y domésticas.
P. Basilio Méramo
Bogotá, Lunes de Pascua, Abril 9 de 2012
