ESTUDIOS DOCTRINALES: EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LOS DESOBEDIENTES – 3º PARTE

Extractos del Libro Corrija a su hijo

Por Monseñor Álvaro Negromonte

Tomado del excelente blog A Grande Guerra

http://a-grande-guerra.blogspot.com/2010/04/crianca-desobediente-como-educa-la_07.html

Traducción de Radio Cristiandad

Continuación

LOS DESOBEDIENTES

Utilizados todos los medios indicados, habrá siempre niños desobedientes. Son naturalistas y utopistas los que afirman que la desobediencia infantil no tiene expresión en sí misma, y debe ser atribuida a enfermedad del niño o a los errados procesos educativos de la familia.

Reconociendo la gran frecuencia de estos factores, no pensemos, sin embargo, que los niños sean unos Ángeles caídos del cielo… Son hijos de Adán, con la herencia de la pobre humanidad, y descendientes de sus familias, con la carga hereditaria de generaciones y generaciones.

Ingenuo, por lo tanto, quien desea reputarlos de angelicales o atribuirles la sabiduría, de la que Salomón nos dejó más teoría que ejemplos.

El niño carece de sentido para aceptar las órdenes, incluso las de mayor sentido común. Le falta visión, incluso cuando se trata de sus propios intereses, presentes o futuros.

Es claro que los padres cuidadosos y avisados reducirán mucho las desobediencias de los niños, pero solamente por excepción las eliminarán por completo en ellos.

Otras indicaciones

Dijimos ya bastante respecto a las causas de la desobediencia. Hagamos, juntos, nuevas consideraciones:

La corrección es lenta

Se hace de a poco y con muchas recaídas, incluso en la vida de los Santos. Empeñados en corregirnos de un defecto, ¿cuántas veces lo cometimos nuevamente?

La Imitación de Cristo nos advierte: Si cada año corrigiésemos un solo vicio, dentro de poco seríamos perfectos. Sin embargo, somos adultos y determinados a la corrección. ¿Qué diremos, entonces, de los que están en formación, frágiles en sus convicciones, debilísimos de voluntad? Todavía los mejores recaerán vez muchas veces.

Es común que se excusen: Fue sin querer. Los que no se engañan, se afligen de sus propias faltas: Se lo había prometido a Dios no hacer más esto.

Los niños necesitan nuestra paciencia y ayuda. La comprensión que nos piden es esta. No seamos más exigentes con los niños que con nosotros mismos.

Recordemos que la verdadera obediencia no es fácil: dejar de desear lo que deseamos para desear lo que desea otro. Hacer lo que desea otro es; pero este no es el propósito del educador, ni eso puede satisfacerlo. Los que se impacientan caen en el error de preferir la sumisión la obediencia.

Sea constante en la ayuda

No se impaciente con el niño, incluso si la falta es voluntaria. Guarde la calma, y exija de nuevo el cumplimiento de la orden dada.

Obligados mil veces a repetir la misma orden o de recordar el cumplimiento de una determinación, hagámoslo sin perturbarnos, como si habláramos por primera vez. Sé que esto cuesta, pero, si no nos sabemos contener, ¿cómo queremos corregir a los otros?

No desalentemos: cada vez que el niño necesita realmente corrección, corrijamos, ayudemos para reformarlo, sin recriminaciones que pueden desalentar, sin recordar las faltas anteriores.

Entre los mayores enemigos de la corrección, está la falta de continuidad: se permite hoy lo que se prohibió ayer. Guarde lealtad a los principios, y coherencia en los actos.

Creo no ser necesario repetir lo dicho en la 5ª norma sobre la necesidad de velar por la ejecución de las órdenes, y para exigir su cumplimiento exacto, calmo, pero inflexible.

La perseverancia del educador acaba por obtenerlo: la gota cava la roca, no por la fuerza sino por la repetición de la caída.

Estudie a cada niño

Cada niño es un mundo diverso. Es importantísimo saber por qué desobedeció… Cada niño es un caso para encaminar diversamente. La misma solución no puede servir para todos.

Desafortunadamente, en la mayoría de las escuelas la solución es una sola… y no es solución….

Todos serán castigados, agravando las causas de las desobediencias, castigadas, sí, pero no corregidas.

Esta no debe ser la manera del buen educador, principalmente de los padres. Examinará cada uno de los casos, y la aplicará el conveniente tratamiento terapéutico, llevando al niño a cambiar las disposiciones interiores y a disponerse a actuar correctamente. De otro modo, la corrección no tiene sentido: el niño será sometido, pero la causa de la desobediencia permanecerá y hasta será agravada.

¿No habrá castigos?

La idea está tan arraigada, que me excusarán la insistencia. Si la preocupación es educar, la corrección es suficiente.

Ella puede tomar, sin embargo, diversos modos, según el caso:

La orden no fue satisfecha; por lo tanto lo será ahora.

El trabajo fue mal ejecutado; será hecho de nuevo, con el cuidado debido. E será repetido hasta que corresponda a las posibilidades del niño (que el educador debe conocer).

Igualmente sucederá cuando el niño haya modificado la orden en ventaja suya.

Si hubo desobediencia, el niño reparará en la medida de sus posibilidades.

Los casos de terquedad serán rarísimos en los niños bien educados. Pero, si aparecen, los padres deben enfrentarlos con calma y energía: a) investigando primero las razones de su procedimiento y procurando deshacerlas; b) haciendo recoger al niño un cierto tiempo, para pensar mejor; c) pidiendo la ayuda de personas de confianza del niño; d) imponiendo otras sanciones educativas que la situación indique.

Ventajas de la desobediencia

A los que tanto se agotan y se molestan con las desobediencias del hijo, les doy una palabra de aliento. ¡Es una buena señal!

Señal de una personalidad fuerte, que debe ser orientada para dar mejores frutos.

Si el niño no desea obedecer porque no ve la razón de la orden, eso demuestra la conciencia de sí mismo, y anuncia que desea ser un hombre digno.

Si se opone a obedecer porque él siente que se le cercenó en su personalidad, eso prueba que no será una caña agitada por el viento, que el Evangelio desaprueba.

Si rechaza la obediencia porque la manera de ordenar le ofende, eso indica que sabe preservar su dignidad.

Si no valora las órdenes superfluas, eso manifiesta que será un hombre del deber y de iniciativa.

Si rechaza la orden porque ella es contraria a la moral, ese muchacho comienza donde muchos no han llegado todavía.

Puede tener errores de, debido a la edad; pero la sustancia es excelente, y sólo pido que no le corten la perspectiva, sino que le ayuden para crecer: el futuro dirá cuánto vale.

Peligros de la obediencia

(indiscriminada)

Se tranquilizan inmensamente los padres con los niños muy obedientes. «¡Es tan obediente! ¡Basta decir una vez, y obedece inmediatamente! ¡No me da trabajo! ¡Quién diera que todos fuesen así!«.

Una obediencia basada en el respecto y en el afecto a los padres, en el sentimiento de inferioridad frente a ellos, y en la confianza entera que en ellos deposita, es digna de alabanza.

Pero es rara, porque esta piedad filial en tan alto grado es adulta y perfecta para encontrarla en los niños.

Y la obediencia inmediata no aparece como muy normal. En general se deja un compás de espera, como satisfacción al amor propio…

Esta obediencia la encontramos solamente en una visión completamente sobrenatural o en el fanatismo…

Acostumbro decir a los padres que no exijan a los niños la obediencia de la lámpara eléctrica, que se apaga apenas accionamos el interruptor; sino que se contenten con la del ventilador, que todavía da algunas vueltas antes de parar…

Excepto en casos privilegiados, la obediencia exagerada tiene peligros no pequeños.

Anúlese voluntad del niño, ¿y después?

Esa obediencia extrema puede ser el origen de efectos pésimos:

a) Puede ser holgazanería mental: para no tener el trabajo de pensar, se entrega, haciendo lo que le piden, sin reflexionar, sin medir las consecuencias, pronta y automáticamente, como un animal amaestrado o como una máquina.

b)
Por sentimiento de inferioridad, no frente a los padres, maestros y de otros adultos en quienes tiene razones para confiar, sino frente a cualquier otro. Puede así el niño entregarse a la obediencia absoluta.

c)
También existe el peligro del debilitamiento del carácter, si se obedece sin respecto de la propia personalidad, contra sus certezas, los dictámenes de la ley y de la moral, y, más tarde, con miedo al jefe poderoso, la pérdida del empleo, del prestigio social y político.

Declarados así, son claros los peligros de una obediencia indiscriminada, todos de una evidente gravedad. Ella mataría las semillas de la dignidad y honrra verdaderas.

No es disciplina, sino servilismo y afeminamiento moral, que no formará hombres, sino poltrones que se dejarán oprimir por los tiranos, sobornar por los corruptos, oprimir por los prepotentes, sin ánimo para las protestas, sin vigor para la resistencia, son valor para la rebelión, sin fibra para salvar el honor.

Es de esta educación para la muerte que salen las masas de las elecciones unánimes de los países tiranizados, las multitudes de los sumisos que las totalitarismos atan al poste, los empleados miedosos que cometen las ilegalidades ordenadas por los jefes, los que satisfacen sin pestañar las órdenes criminales…

Ni los censuran… Han aprendido a obedecer, y obedecen…

No es esta, evidentemente, la obediencia que elogiamos.

Necesitamos hombres.

Y a estos sólo la obediencia consciente es capaz de formarlos.