DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE
LA PROVIDENCIA DIVINA
CAPÍTULO VII
LA VOLUNTAD Y EL SANTO AMOR DE DIOS
Habiendo tratado de la inteligencia y sabiduría de Dios, para adquirir idea más cabal de la Providencia, nos resta considerar qué cosa sea su santa voluntad y cuál el amor que a sí mismo y a nosotros tiene.
Como en el hombre la prudencia, así en Dios la Providencia presupone el amor del Bien supremo, al cual ordena y dirige todas las cosas.
No se hallará en el diccionario nombre más profanado que el del amor. Así como hay sabiduría de la carne, que San Pablo llama necedad y locura, así también hay amor bajo, que se reduce a grosero egoísmo, el cual a veces, por obra de los celos, se torna en odio feroz.
Pero por muy hondo que haya caído un alma, nunca olvida que el amor verdadero es una perfección tan elevada y tan pura, que sería tiempo perdido tratar de descubrirle imperfecciones.
Si se nos preguntara si es posible en Dios la tristeza, al instante responderíamos que no. Y si se nos interroga acerca de la cólera divina, luego decimos que no puede ser a Dios atribuida sino en metáfora, para designar su justicia.
Pero al preguntársenos si el amor está, formalmente en Dios, responderemos sin vacilar que sí, que Dios nos ama en el sentido propio y en toda la extensión de la palabra.
Veamos 1º cómo esta, en Dios el amor y cómo se ama a sí mismo; y 2º, en qué consiste el amor de Dios al hombre.
Tomaremos por guía al Doctor Angélico, Santo Tomás (Ia, q. 19-20); y al desenvolver el segundo punto, expondremos qué se entiende por voluntad significada y voluntad de beneplácito, distinción capital para llegar a comprender qué sea el abandono en manos de la divina Providencia.
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El amor de Dios a sí mismo
El amor, tal cual en Dios existe, no puede ser una fusión o emoción de la sensibilidad, por ordenada que se la suponga; y la razón de ello es que siendo Dios espíritu puro carece de sensibilidad.
Pero la inteligencia divina, que conoce el bien, no puede existir sin la voluntad divina que lo quiere.
Y esta voluntad no puede ser una simple facultad de querer; sería imperfecta, de no estar siempre en acto; y el acto primero de la voluntad es el amor del bien, amor espiritual, como la inteligencia que lo dirige.
Todos los actos de la voluntad, llámense deseo, querencia, consentimiento, elección u odio, proceden del amor, que es el despertar mismo de la voluntad al contacto de su objeto, que es el bien (Ia, q. 20, a. 1).
Hay, pues, necesariamente en Dios un acto puramente espiritual y eterno de amor del Bien; y este Bien, amado de toda la eternidad, es Dios mismo, su perfección infinita, que es la plenitud del ser.
Dios se ama en la medida en que es amable, es decir, infinitamente, por un acto necesario que está sobre su misma libertad y no al arbitrio de ella.
Este amor se identifica con el soberano Bien, amado sobre todas las cosas; su ardor merece el nombre de celo, y es como una llama ardiente que por siempre subsistiera (Deut. 4, 24).
Bueno será traer al pensamiento este amor ardiente del bien, que existe en Dios de toda la eternidad, mayormente cuando se ven en la tierra tantas injusticias, tantos odios y tantas envidias, y cuando en el propio corazón siente uno el amor del bien tan flaco, inconstante y tornadizo.
Aquellas palabras del Evangelio: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán hartos, se refieren al amor ardiente del bien, amor más fuerte que todas las contradicciones juntas, más que todos los desfallecimientos y hastíos, fuerte como la muerte, y aun más que ella, como vemos en Jesucristo y en los mártires.
Y este amor del bien tan fuerte y ardoroso, que ha de dominar en nuestros corazones, es como una chispa de la hoguera espiritual, que es el amor increado del soberano Bien.
¿Cuáles son las propiedades del amor divino?
Lo primero, es soberanamente Santo, o mejor, es la santidad misma; es decir: es absolutamente puro e inmutable en su pureza.
Absolutamente puro, porque ni pecado ni imperfección pueden mancillarlo o alterarlo en cosa alguna; ello es evidente, toda vez que el pecado consiste en el apartamiento de Dios o de sus órdenes; y la imperfección, en no seguir sus consejos.
Es inmutable en su pureza, porque Dios no puede dejar de ser el soberano Bien, ni de conocerse y amarse. Se ama necesariamente, no sólo por una adhesión inmutable al sumo Bien, sino identificándose con él y amándolo sobre todas las cosas. (Ia, q. 19, a. 3-7).
Cosa extraña: filósofos como Kant se han extraviado hasta ver, no la santidad misma, sino el colmo del egoísmo en el amor por el cual Dios se prefiere a todas las cosas. Y así, han sostenido que Dios no puede amarse a sí mismo sobre todas las cosas, ni habernos creado para su gloria, sino para nosotros mismos; y que, por consiguiente, debemos amar sobre todas las cosas nuestra propia dignidad, y no a Dios.
Tan inaudita aberración nos propone como ideal el egoísmo que pretende apartar de Dios. Y olvidando qué cosa sea el egoísmo, lo confunde con la santidad.
El egoísmo consiste en el amor desordenado de sí mismo, en virtud del cual el hombre se ama a sí mismo más que al soberano Bien, más que a la familia o a la patria.
¿Cómo decir que Dios se ama a sí mismo más que al soberano Bien, siendo ambos la misma cosa?
Al preferirse Dios a sí mismo, prefiere el soberano Bien; obrar de otra suerte sería un desorden intolerable, como cuando el avaro antepone el dinero a la dignidad.
Si Dios tuviera preferencia por una criatura y no por sí mismo, habría en Él algo así como un pecado grave, es decir, el mayor absurdo.
Cuando Dios crea, no lo hace por egoísmo, antes bien para manifestar su bondad; y al subordinar todas las cosas a sí mismo, al soberano Bien las subordina, para mayor felicidad nuestra. Porque es incomparablemente mayor bienaventuranza poseer a Dios, amarle y loarle por toda la eternidad, que complacer nuestra propia dignidad personal.
De igual suerte, es tanto mayor nuestra gloria, cuanto más glorifiquemos a Dios. Nuestra mayor gloria, Señor, es dárosla a Vos.
Por donde el amor que Dios se tiene es la santidad misma, y no el egoísmo.
Y no sólo es absolutamente puro e impecable, sino que va acompañado de un santo odio del mal, consecuencia rigurosa del amor del bien.
En efecto, no es posible amar verdaderamente el bien, sin detestar a la vez el mal; no se puede amar al Soberano Bien sobre todas las cosas, sin detestar soberanamente el pecado. Dios no puede tener el santo celo de su Gloria, es decir, el celo de la manifestación de su bondad, sin detestar con el mismo ardor el pecado.
La cosa es evidente. No puede pactar en nada con el mal ni entrar con él en componendas.
Esto que venimos diciendo es clara luz en el claroscuro divino. Mas he aquí el lado oscuro; de hecho, el mal sucede; y, frente al mal obstinado, el amor de Dios, que es la dulzura misma, se vuelve terrible. Dios tiene al mal un odio ardiente, que es el reverso de su ardiente amor del Bien.
Santidad atrayente y temerosa, dulce y terrible, como la mansión de Dios de la cual habla Jacob (Gen., 28, 17).
Esta santidad implica todas las perfecciones, aun las más opuestas en apariencia, como la Justicia y la Misericordia, las dos grandes virtudes del Amor divino.
Dos lecciones se encierran en este santo amor de Dios hacia sí mismo:
1ª) debemos amar a Dios más que a nosotros mismos, por ser Él infinitamente mejor que nosotros, y preferirlo a nosotros mismos, por lo menos con amor de estimación eficaz, que oriente toda nuestra vida hacia Él.
2ª) Así como Dios se ama santamente; también nosotros debemos amar santamente nuestra alma, su destino, que es glorificar a Dios eternamente. Amémonos también a nosotros mismos santamente en Dios y por Dios; es la manera de combatir el egoísmo, que consiste en el amor desordenado de sí mismo.
Por un lado, el egoísta se ama con exceso, atendiendo desordenadamente la parte inferior de su naturaleza; mas, por otro lado no se ama bastante, porque no estima la espiritualidad de su alma, que está hecha para cantar la gloria de Dios. (Ia-IIæ, q, 29, a, 4; IIa-IIæ, q, 25, a. 7).
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El amor de Dios a nosotros
Si tal es el amor que Dios se tiene, ¿cómo puede dirigirlo a otros objetos distintos de sí mismo?
Los incrédulos llamados deístas pretenden que Dios no puede amarnos en el sentido verdadero de la palabra, la cual en el caso se reduce a simple metáfora. Amar a otro ser significa ser atraído por él; pero Dios es la plenitud de todo bien; luego no puede ser atraído por nosotros, no puede ser pasivo de la atracción de este bien ínfimo que somos nosotros.
Respondemos a la objeción de los deístas diciendo que el amor de Dios a nosotros no es pasivo, sino esencialmente activo, creador, vivificante, generoso en extremo y soberanamente libre; es un amor verdadero en el sentido más estricto y fuerte de la palabra.
En primer lugar, el amor de Dios a nosotros no puede ser pasivo en cosa alguna. Quien es la plenitud del bien, no puede ser atraído por un bien creado, ni ser pasivo de un bien mezquino, ni dejarse cautivar por él.
No nos ama Dios porque nos halle amables; al contrario, somos amables a sus ojos, porque nos amó.
¿Qué cosa tenemos, que no la hayamos recibido?, dice San Pablo. Y Santo Tomás añade: El amor de Dios derrama y crea la bondad en las cosas (Ia, q. 20, a. 2).
Todos los bienes naturales y sobrenaturales que hay en nosotros tienen su origen en Dios, fuente de todo bien, y no pueden venirnos sino sólo de su amor creador y vivificante.
El amor de Dios no presupone en nosotros amabilidad o condición de amables, antes bien crea en nosotros esa cualidad, la conserva y aumenta, sin violentar por ello en nada nuestra libertad.
Mas, ¿por qué nos amó Dios con ese amor creador? ¿Por qué nos dio la existencia, la vida, la inteligencia y la voluntad? Por pura generosidad. ¿No es acaso propiedad del bien el derramarse, el comunicarse generosamente? El bien es esencialmente difusivo de sí mismo; la bondad es naturalmente comunicativa.
En el orden físico, el sol esparce en su derredor la luz y el calor fecundante; las plantas y los animales, llegados a la perfección, se reproducen.
En el orden moral y espiritual, quien, como el santo, tiene pasión por el bien, no descansa hasta despertar en los demás las mismas ansias, el mismo amor que en él bulle.
Siendo Dios el Soberano Bien, la plenitud del ser, el amor eterno del Bien, el celo del amor, ¿no habremos de decir que le es propio repartir las riquezas que hay en Él, como el cantor halla su dicha en esparcir por los aires las armonías de su canto?
Conviene, pues, altamente a Dios amarnos con amor creador, dándonos la existencia y la vida.
¿Síguese de ello que la creación no es libre?, ¿que de no haber Dios creado, no sería ni bueno ni sabio?
De ningún modo; la Escritura nos dice que Dios obra todas las cosas según el decreto de su libre albedrío (Ephess., 1, 11), y la Iglesia proclama la libertad absoluta del Amor creador.
Era altamente conveniente que Dios crease, pero libremente; de suerte que no hay repugnancia en que Dios no hubiera creado; no por eso dejaría Dios de ser, en su vida íntima, infinitamente bueno y sabio.
Como dice Bossuet, Dios no es mayor por haber creado el universo. Su perfección infinita no ha podido aumentar en nada por habernos dado la existencia.
La creación es un acto de amor absolutamente libre; y en este sentido son gratuitos los dones naturales que hemos recibido.
Mas hay en Dios un acto de amor aun mayor y más libre, aquel por el cual nos ha otorgado el don todavía más gratuito de la gracia, participación de su vida íntima, don no exigido por nuestra naturaleza. Por este amor vivificante nos ha hecho amables a sus ojos, no sólo como criaturas suyas, sino como hijos, disponiéndonos para verle y gozarle por toda la eternidad.
Somos mucho más ornados de Dios que cuanto podemos imaginarnos; para saber cuánto nos ama, sería preciso conocer plenamente el valor de la gracia, que tendrá su florescencia en la gloria; sería preciso haber visto a Dios, siquiera un instante.
El colmo del amor de Dios al hombre se ha manifestado en la Encarnación, en la Redención y en la Eucaristía.
Para saber cuánto nos ama Dios, habría, que conocer a fondo el valor infinito de la Encarnación redentora, de los méritos de Jesucristo y de las gracias espirituales que de Él derivan.
Santa Ana al engendrar a María Santísima era muchísimo más amada de Dios que cuanto ella podía imaginarse; no sabía que la hija que Dios le daba habría de ser Madre del Salvador y Madre de los hombres.
Del mismo modo, guardaba la debida proporción, Dios nos ama incomparablemente más de lo que nos figuramos; sobre todo en las horas de prueba, cuando parece abandonarnos y en realidad nos está dando las gracias más preciosas, las más profundas y vivificantes. En esas horas debemos decir con Santa Teresa: Señor, vos lo sabéis todo, vos lo podéis todo y vos me amáis.
Tal es en sustancia el amor de Dios a nosotros: amor creador, vivificante, generoso y absolutamente libre.
¿Cuáles son las propiedades del amor divino?
1ª) Este amor es universal: se extiende aun a las criaturas ínfimas. Dios las ama, como el padre de familias ama su casa, la hacienda y los animales que le sirven.
Pero Dios ama sobre todo las almas: el alma del pecador, a quien induce a penitencia; el alma del justo, a quien ayuda a perseverar; el alma atribulada por la tentación, a la cual sostiene en el bien; el alma que va a comparecer en su presencia en el trance de la muerte (Ia, q. 20, a. 2-3).
2ª) Pero, con ser universal, tiene sus preferencias libres el amor divino. Si bien a todas las almas da las gracias necesarias y suficientes para la salvación, concede gracias especiales de predilección a ciertas almas, como San José, San Juan Evangelista, San Pablo Apóstol, los fundadores de las Órdenes Religiosas.
Y todos estos santos repiten aquello de San Pablo: ¿Qué tenemos, que no lo hayamos recibido? (I Cor., 4, 7), Dios es quien obra en nosotros por un efecto de su beneplácito, no sólo el querer, sino el ejecutar (Phillipp., 2, 13). El Señor dispensa a ciertas almas gracias de predilección, como el cantor da notas más sonoras cuando bien le place. Dios siembra en las almas semilla más o menos escogida según su beneplácito.
3ª) La libertad soberana del Amor divino, aun en sus libres preferencias, guarda siempre el orden admirable de la Sabiduría y de la Caridad. Dios prefiere siempre a los mejores; porque, como sea su amor la fuente de todo bien, nadie sería mejor que su prójimo, de no ser más amado de Dios, dice Santo Tomás (Ia, q. 20, a. 3).
Dios prefiere el espíritu al cuerpo, creado para servir al espíritu; sobre todas las almas y sobre todos los espíritus, tiene preferencia por la Madre del Verbo Encarnado; y sobre la Virgen Santísima está el Unigénito en la preferencia divina.
Y si Jesucristo ha sido entregado por nosotros, no es porque Dios le ame menos; ha sido entregado para que, salvándonos, triunfe del demonio, del pecado y de la muerte. (Ia, q. 20, a. 4, ad 1).
Dios subordina todo a la manifestación de su bondad. Reconoced que el Señor es bueno, y su misericordia, eterna, repite constantemente el Salmo 135.
4ª) La cuarta propiedad del amor divino es ser una fuerza invencible; lo cual significa que nada puede resistírsele, si no es por permisión divina, y que con su poder hace que todo concurra finalmente al bien.
En este sentido, el amor de Dios es más fuerte que la muerte: más fuerte que la muerte física, porque él ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos y nos ha de resucitar a nosotros el día del juicio; más fuerte que la muerte espiritual, porque es Dios suficientemente poderoso para convertir al pecador más empedernido; resucita las almas muertas, no una vez, sino multitud de veces en el curso de la existencia terrena.
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La voluntad de Dios significada y la voluntad de beneplácito
Es evidente que debemos conformar nuestra voluntad con la de Dios y con su santo amor. Porque, como dice Santo Tomás (Ia-IIæ, q, 19, a. 9.), la bondad de nuestros actos y de nuestra voluntad misma depende del fin; y el fin último de la voluntad humana es el soberano Bien, objeto primero de la voluntad divina, por el cual quiere todas las cosas.
Pero aquí es preciso distinguir, con la tradición, dos clases de voluntad: la voluntad de beneplácito y la voluntad significada (Ia, q. 19, a, 11-12).
Se entiende por voluntad divina significada ciertos signos de la voluntad de Dios, como los preceptos, las prohibiciones, el espíritu de los consejos evangélicos, los sucesos queridos o permitidos por Dios.
La voluntad divina significada de ese modo, mayormente la que se manifiesta en los preceptos, pertenece al dominio de la obediencia. A ella nos referimos, según Santo Tomás (Ia, q. 19, a, 11), al decir en el Padre nuestro: Fiat voluntas tua.
La voluntad divina
de beneplácito es el acto interno de la voluntad de Dios, aun no manifestado ni dado a conocer; de ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte, etc.
Como observa San Francisco de Sales (Traité de l’Amour de Dieu, l. 8, ch, 3; l 9, ch, 6), y con él Bossuet (Etats d’oraison, l. 8, 9), si la voluntad significada constituye el dominio de la obediencia, la voluntad de beneplácito pertenece al del abandono en las manos de Dios.
Ajustando cada día más nuestra voluntad a la de Dios significada, debemos en lo restante abandonarnos confiadamente en el divino beneplácito, ciertos de que nada quiere ni permite que no sea para el bien espiritual y eterno de los que aman al Señor y perseveran en su amor.
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Tal es la voluntad de Dios y tal su amor a nosotros.
Este amor se nos ha revelado en Nuestro Señor Jesucristo, cuyo Corazón es horno ardiente de caridad.
El amor de Cristo a nosotros, como el del Padre, es absolutamente santo; es también generoso: no fue él atraído por nosotros, antes bien nosotros lo fuimos por él: No me elegisteis vosotros, mas yo os elegí, dice en el Evangelio.
También el amor de Jesús al Padre y a nosotros es invencible; por amor murió, mas fue para resucitar las almas e inundarlas con el río de las divinas misericordias.
Conclusión práctica: Es preciso dejarse amar por este amor santísimo, purísimo y vivificante; es preciso dejarse purificar por él, por difícil que ello sea en ciertas ocasiones.
Es preciso también corresponder con generosidad, según aquello de San Juan: Amemos al Señor, Dios nuestro, porque Él nos amó primero.» (I loann., 4, 19).
Es preciso amar al Señor con pureza de intención, por Él mismo, alejando de nosotros la vanagloria, las preocupaciones de la envidia y el deseo de la estima de los hombres.
Entonces el amor de Dios prendido en nosotros será como la participación del que Dios se tiene a sí mismo, como una chispa escapada de la hoguera divina; y haciéndose cada día más puro, será santo, generoso y fuerte, hasta hacernos invencibles, en el sentido de San Pablo escribiendo a los Romanos (8, 31): Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?
Finalmente, purificado más y más nuestro amor, nos hará triunfar de la misma muerte y nos abrirá las puertas del Cielo. Con la entrada en la gloria quedaremos para siempre asentados en el amor sobrenatural de Dios, que nadie nos podrá arrebatar.
