DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE
LA PROVIDENCIA DIVINA
CAPÍTULO VI
SABIDURÍA DE DIOS
Habiendo considerado los atributos que miran al ser de Dios: la simplicidad, la infinidad, la eternidad, la incomprensibilidad, pasamos ahora a tratar de los que tocan a las divinas operaciones.
Dios, el Ser subsistente por sí mismo, es inmaterial e inteligente. Los dos grandes atributos de su inteligencia son la Sabiduría y la Providencia.
Por otra parte, la voluntad libre es una perfección absoluta que deriva de la inteligencia.
El acto de la voluntad divina es el amor, y sus dos grandes virtudes son la Justicia y la Misericordia.
Y cuanto a las obras exteriores de Dios, el principio de ellas es la Omnipotencia.
De esta manera, se va precisando, por decirlo así, la fisonomía espiritual de Dios. Así como nuestra inteligencia está dotada de sabiduría y de prudencia, y en nuestra voluntad tienen asiento la justicia y las demás virtudes que miran al prójimo, así también atribuimos a la inteligencia divina la sabiduría y la prudencia, y a la voluntad, la justicia y la misericordia.
Son como las virtudes de Dios. La diferencia está en que no hay en Dios una virtud que le relacione con un ser superior.
Trataremos primero de la Sabiduría divina; lo que de ella dicen la Revelación y la Teología ayudará no poco a esclarecer lo que las mismas nos enseñan acerca de la Providencia.
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Qué se haya de entender por sabiduría
Para atribuir a Dios la sabiduría, es preciso ante todo saber qué significa esta palabra y qué se entiende comúnmente por ella. Lo cual nos ayudará a distinguir dos sabidurías muy diferentes: la del mundo, y la de Dios.
No hay quien no se gloríe de saber qué es la sabiduría, aun los escépticos que la hacen consistir en dudar de todo.
La sabiduría es una visión de conjunto de todas las cosas; todos están de acuerdo en este particular.
Mas luego surgen las divergencias. Porque unos miran las cosas de tejas arriba, teniendo por muy cierto que proceden de un santo Amor, o son por lo menos permitidas por él y concurren a un Bien supremo.
Otros, por el contrario, las consideran de tejas abajo, dando por averiguado ser ellas producto de la fatalidad material y ciega y carecer de finalidad.
Hay también una sabiduría falsamente optimista, que cierra los ojos a la existencia del mal; y otra pesimista y desalentadora, que en ninguna parte encuentra el bien.
San Pablo se refiere a menudo a la sabiduría del mundo, que es locura o necedad a los ojos de Dios (I Cor., 3,19). Propio es de ella ese mirar las cosas de tejas abajo que acabamos de decir. La sabiduría de este mundo aprecia la vida humana por los goces terrenos que proporciona, por los intereses que representa y por las satisfacciones que en ella encuentran la ambición y el orgullo.
Juzgar así las cosas equivale a constituirse uno en centro de todo, e inconscientemente, adorarse a sí mismo, negando prácticamente a Dios y no haciendo del prójimo más caso que si no existiera.
El mundano que no se siente con arrestos para tanto, acepta por norma de sus juicios la opinión del mundo, del cual se hace esclavo con miras a obtener sus favores. Pero la opinión del mundo hace muy generalmente consistir la sabiduría de la vida no en el justo medio entre dos vicios contrarias, sino en cierta mediante tibia entre el verdadero bien y el mal no demasiado grosero o perverso.
A los ojos del mundo la perfección de la vida cristiana es un exceso, como lo es también la impiedad absoluta.
No hay que ser exagerado. Acábase por llamar bueno lo mediano, lo cual es algo inestable y de calidad intermedia entre lo bueno y lo malo.
Se olvida el sentido de la palabra mediano en las calificaciones de los niños: muy bien, bien, suficiente, mediano, mal, muy mal. Se pierde de vista la distancia que separa lo bueno de lo mediano, o se confunden ambas cosas, sin pasar nunca de la falda de la montaña para ascender a la cima.
Y así se llega hasta dar el nombre de caridad a la tolerancia, a veces culpable, de males gravísimos. Y bajo capa de tolerancia y de prudente moderación, esta «sabiduría de la carne» es tan indulgente con el vicio como indiferente con la virtud.
Pero es particularmente severa con todo aquello que le hace ventaja y le parece un reproche; a veces llega hasta el odio de la virtud eminente, que es la santidad.
Ejemplo de ello tenemos en la apoca de las persecuciones, las cuales no cesaron bajo Marco Aurelio, sabio según el mundo, que no supo ver la grandeza del cristianismo en los ríos de sangre vertida por los mártires.
Esta sabiduría del mundo, que se complace en sí misma, es «locura, a los ojos de Dios», dice San Pablo (I Cor. 3, 19). Y complaciéndose en sí misma, juzga de todo, aun de las cosas más sublimes y que miran a la salvación, por lo que hay de más mediocre y vano. Invierte completamente la escala de los valores, mereciendo el nombre de necedad.
Lo dicho nos muestra que la verdadera sabiduría es una visión superior que considera las cosas como dependientes de Dios, causa suprema, y ordenadas para Dios, fin último de las mismas.
La necedad, en cambio, opuesta a la sabiduría, es el juicio del insensato que mira las cosas por el lado más bajo, reduciéndolas todas a lo más vil y despreciable: la fatalidad material y ciega y el goce pasajero de la vida.
Lo cual hace exclamar a Jesucristo: ¿Qué aprovecha, al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?; y a San Pablo: Si alguien quiere ser sabio, hágase necio a los ojos del mundo. Porque la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios, como está escrito: Yo cazaré a los sabios en sus propias trampas. Y todavía: El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce la vanidad de los mismos. Nadie, pues, ponga su gloria en los hombres. (I Cor. 3, 18).
Veamos por contraste qué cosa sea la sabiduría de Dios.
Considerémosla primero en sí misma, y luego en lo que se refiere a nosotros.
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La sabiduría divina en sí misma considerada
La sabiduría divina considerada en sí misma es el conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de las cosas, en cuanto que Él es la causa suprema y el fin último de ellas: cognitio divina omnium rerum per altissimas causas.
En otros términos: es un conocimiento luminoso increado, que penetra todo el ser de Dios y, desde esas alturas, por su misma pureza y sin mancillarse en nada, se extiende eternamente a todo lo que es posible, y a todo lo que es, ha sido y será, por mezquino o malo que parezca.
Todo ello de una sola mirada y desde el punto de vista más elevado que se pueda imaginar.
Detengámonos en cada una de estas palabras, para mejor entrever los esplendores que encierran:
a) Lo primero, la sabiduría divina es un conocimiento luminoso increado, de la cual nos dice el Libro de la Sabiduría (8, 24, 28): Es más hermosa que el sol (el sol, junto a ella, sombra es, y como una mancha oscura); y si se la compara con la luz, le hace muchas ventajas; visto que a la luz la alcanza la noche, pero las tinieblas y el mal jamás prevalecen contra la Sabiduría increada… Es una pura emanación de la gloria del Omnipotente; por lo que no cabe en ella ninguna cosa manchada. Como que es el resplandor de la luz eterna.
b) Lo segundo, este conocimiento luminoso increado penetra todo el ser de Dios. Nada hay en el ser divino que sea oscuro, oculto o misterioso para su inteligencia.
Nosotros sí que somos un misterio para nosotros mismos, por razón de los mil movimientos de la sensibilidad, más o menos conscientes, que influyen en nuestros juicios y decisiones; por razón también de las gracias misteriosas que se nos ofrecen y que a menudo quizá indirectamente rechazamos.
¿Podrán acaso gloriarse las almas limpias de que se conocen plenamente a sí mismas? Oigan las tales lo que dice San Pablo: Yo no me atrevo a juzgar de mí mismo; porque si bien no me remuerde la conciencia, no por eso me tengo por justificado; pues el que me juzga es el Señor. (I. Cor. 4, 4).
Dios se conoce a sí mismo plenamente, en toda la amplitud de su cognoscibilidad.
Nosotros le conocemos por medio de las criaturas, en las cuales se reflejan las divinas perfecciones. El conocimiento que Dios tiene de sí mismo es, en cambio, inmediato.
Los bienaventurados que están en el cielo le ven también inmediatamente, pero sin agotar por ello la plenitud infinita de su ser y de su verdad.
Dios se ve a sí mismo inmediatamente de una manera comprensiva, agotando por su conocimiento infinito la profundidad infinita de la verdad que está en Él.
Y todavía es más; porque su pensamiento luminoso penetra de tal suerte su ser inmaterial, que se identifica absolutamente con Él. No hay sueño que le venga a interrumpir la vida del espíritu; no hay progreso que le haga pasar de un conocimiento imperfecto a otro más perfecto.
Por esencia y de toda la eternidad es la perfección misma: resplandor intelectual eternamente subsistente, luz espiritual increada en la cumbre de todas las cosas (Santo Tomás, I, q. 14, a. 1, 2, 3, 4).
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c) Consideremos, en tercer lugar, que desde estas alturas se extiende el conocimiento de Dios instantáneamente, en el instante único de su eternidad, a todos los seres posibles, y a todo lo que es, ha sido y será, por ínfimo o malo que ello esa.
¿Cómo conoce Dios todo lo que es posible, la multitud infinita e innumerable de seres posibles? Conociendo plenamente su omnipotencia, que los puede crear; a la manera como el artista se recrea en el pensamiento de las obras de arte bellísimas que entrevé y podría realizar, las cuales, empero, jamás verán la luz del día.
¿Y cómo conoce Dios desde arriba las cosas existentes, todo lo que fue y todo lo que ha de ser? ¿De dónde le viene este conocimiento? ¿Lo va adquiriendo, como nosotros, de las cosas mismas que llegan a la existencia, a medida que alcanzan a existir?
Esta es la manera de conocer de nuestra inteligencia, tan imperfecta en sus comienzos, la cual se va instruyendo y perfeccionando poco a poco mediante los acontecimientos.
¿Puede Dios ir aprendiendo e instruyéndose con los hechos, conforme van alcanzando la existencia? Evidentemente que no, porque su conocimiento no puede pasar de un estado menos perfecto a otro más perfecto; Él es la perfección misma.
¿Qué decir, entonces?
Se ha de decir, observa Santo Tomás (I, q, 14, a, 8), que, si bien nuestro conocimiento está medido por las cosas de las cuales depende, la sabiduría de Dios es causa de las mismas; ella las mide, mas no es medida por ellas.
La sabiduría divina es causa de las cosas creadas, como el arte del escultor es causa de la estatua, como el arte de Beethoven ha creado sus inmortales sinfonías, como el arte de Dante ha producido la Divina Comedia.
Pero el escultor sólo produce estatuas inertes, y el gran sinfonista y el inspirado vate se limitan a ordenar los sonidos y las palabras para expresar sus pensamientos; mas Dios con su sabiduría infinita crea seres vivos, conscientes, dotados de inteligencia, almas humanas y millares de millones de ángeles.
La ciencia de Dios, unida a la voluntad, dice el Doctor Angélico, es la causa de las cosas, como el arte del artista es causa de la obra bella. (I, q. 14, a. 8).
Es, en efecto, evidente que Dios no puede mendigar de las cosas la sabiduría, como no puede Beethoven aprender nada nuevo en sus propias partituras. Las cosas que suceden nada enseñan a Dios; al contrario, el conocimiento fecundo de Dios da a las cosas la existencia.
¿Cómo? Por cuanto conoce lo que Él es, lo que puede y todo lo que realiza, ora lo haga Él solo, como en los días de la creación, ora con nosotros y por medio de nosotros, como cuando nos mueve a hacer libremente los actos cotidianos.
Y de antemano conoce Dios, en el único instante de su eternidad, todo lo que ha de ser, por ejemplo, las oraciones que, movidos por Él, libremente hemos de dirigirle para conseguir las gracias necesarias.
En este particular insistiremos más tarde, cuando tratemos de la Providencia.
La ciencia de Dios no es como la nuestra, adquirida en el trato de las criaturas; antes bien, es manifiestamente causa de las cosas, que son las obras de arte del genio de Dios.
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Y cuanto a los seres creados, ¿los conoce Dios confusamente y en general, o bien con -precisión y en los mínimos pormenores?
La Revelación nos dice que Dios ve todo cuanto hace el hombre (Prov. 16, 2); que están contados los cabellos de su cabeza; que los actos de los mortales, aun los más insignificantes, son de Dios conocidos.
¿Cómo puede ser eso? Porque no existe cosa alguna a cuya producción Dios no concurra, en lo que la cosa tiene de real y de bueno; sólo el pecado es ajeno a la producción divina, porque el pecado, como tal, es desorden, y el desorden no es ser, sino privación de lo que debería ser.
Pero si la causalidad, divina se extiende a todas las cosas, aun las más insignificantes, también la ciencia divina llega a todas las cosas; porque es evidente que Dios conoce todo cuanto hace, todo aquello a cuya producción concurre.
Cuanto al pecado, limítase a permitirlo, a tolerarlo, en vista de un bien mayor. Y lo conoce en la permisión; y lo ve en la derrota final, que en cierta manera contribuye a la manifestación del bien. Se comprenderá mejor cuando tratemos de la Providencia.
El conocimiento, en una palabra, que Dios tiene de todo lo real y bueno que existe en el mundo, de Él mismo viene; Dios lo halla en sí mismo.
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La sabiduría divina comparada con la humana
Nosotros conocemos las cosas espirituales y divinas desde abajo, en el espejo de las cosas sensibles, mas Dios las ve todas desde arriba, en sí mismo, en su causalidad eminente.
Por más esfuerzos que hagamos, en la tierra no alcanzaremos a ver las cosas espirituales y divinas sino por reflejo, en las cosas materiales; de ahí la importancia que damos a los sucesos materiales, como la pérdida de un ojo; pasan en cambio casi inadvertidos sucesos espirituales de incalculable importancia, como un acto de caridad, un pecado grave.
En otras palabras: vemos las cosas espirituales y las divinas como a la luz del crepúsculo, en la sombra de las cosas sensibles: es la visión vespertina, en frase de San Agustín.
Lo contrario sucede en Dios, que en una eterna mañana se conoce a sí mismo en su totalidad y ve desde arriba en su esencia purísima todas las criaturas posibles y todas las que existen, han existido y existirán.
Desde arriba, en las cosas espirituales, Dios ve las cosas materiales. Para oír una sinfonía no necesita oídos como nosotros, porque la conoce desde arriba, en la ley musical que la engendra, mucho mejor que el artista genial que la compuso.
Dios no ve el alma del justo a través del cuerpo; más bien ve el cuerpo a través del alma, como una irradiación de ésta. Nada externo puede ofuscarle, ni la fortuna con sus apariencias, ni el talento mismo; la caridad es lo único que vale ante Dios. Un mendigo que bajo sus harapos oculta un santo, vale a los ojos de Dios incomparablemente más que un César en el esplendor de la gloria humana.
Hace Dios también gran diferencia entre el niño todavía sin bautizar y el mismo después de bautizado.
La Pasión del Salvador, vista a la luz de acá abajo, nos parece sombría; mas es incomparablemente esplendorosa vista desde arriba, a la luz divina, como el centro de la historia de la humanidad, como la cumbre hacia la cual todo asciende en el Antiguo Testamento y de donde todo desciende en el Nuevo.
Dios no ve inmediatamente las cosas en sí mismas en la opaca luz creada que las envuelve, como si necesitara descender hasta ellas o de ellas dependiera; las ve en sí mismo, en su luz esplendente y desde arriba. Todo otro conocimiento que no fuera la contemplación divina sería imperfecto. La sabiduría divina ve todo lo que de real y de bueno hay en las criaturas como una irradiación de la gloria de Aquel que es.
Del mismo modo, nuestro conocimiento de la eternidad es por comparación con el tiempo, en el cual vivimos; mas Dios ve toda la sucesión del tiempo a la luz de la eternidad inmóvil.
Así como un hombre situado en la cuna de una montaña ve de una sola mirada a todos los que discurren por el valle, así Dios ve en un instante único y eterno toda la sucesión de los tiempos; ve a la vez nuestro nacimiento y nuestra muerte, nuestras pruebas y la gloria que ellas nos merecen, los sufrimientos de los justos y el provecho espiritual perdurable que de ahí reportan. Ve los efectos en las causas, y los medios en los fines a los cuales aquéllos están subordinados.
La vida de los santos nos parece muy hermosa, aun vista exteriormente, cual nos la presenta la historia; pero es incomparablemente más bella en el pensamiento de Dios.
Dios ve todo por dentro y desde arriba, ve inmediatamente la gracia en el alma del justo, el grado actual de caridad y el que tendrá al cabo de su carrera. Ve nuestros caminos a la luz- de la idea divina que los dirige, idea que no se realizará plenamente sino en el cielo.
Saber a la manera nuestra, o saber a la de Dios, es como mirar una vidriería por de fuera del templo, o contemplarla desde el interior del mismo.
La sabiduría divina se nos ha manifestado en el Verbo, en su vida y doctrina, en su muerte, resurrección y ascensión gloriosa. Y Jesucristo nos ha hecho partícipes de la sabiduría divina por la fe viva iluminada mediante los dones del Espíritu Santo, por los dones de sabiduría y de entendimiento, que nos ayudan a penetrar y gustar los misterios de la salvación.
Acostumbrémonos, pues, y ésta sea la lección práctica, a mirar las cosas desde el punto de vista superior, propio de Dios, a considerarlas por el lado que miran a Dios, causa primera y fin último, y no por el lado del goce material que puedan proporcionar ni por las satisfacciones que nuestro amor propio o nuestro orgullo puedan encontrar en ellas.
Habituémonos, poco a poco, a ver en la penumbra de la fe todas las cosas en Dios: los sucesos agradables, como señales de su bondad; los acontecimientos adversos e imprevistos, como un llamamiento a subir más alto, cómo gracias ocultas, purificadoras, mucho más preciosas a veces que las mismas consolaciones.
San Pedro estaba más cerca de Dios cuando extendía sus brazos para que le crucificasen, que en la cumbre del Tabor.
Si nos acostumbramos a vivir de la fe y del don de sabiduría, nos dispondremos cada día mejor para recibir el conocimiento que nos será otorgado en el término de nuestra jomada, cuando veamos a Dios cara a cara, y en Él todo cuanto de Él procede, particularmente aquello que acá en la tierra hayamos amado sobrenaturalmente.
Así ven Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís los destinos de sus respectivas Ordenes, y una madre cristiana ve en Dios las necesidades espirituales del hijo que aún queda en la tierra y la oración que debe hacer por él.
Esta sabiduría corresponde a la bienaventuranza prometida a los pacíficos. En el cielo ella nos dará la paz, junto con el gozo perfecto; y ya acá en la tierra, si no el gozo, nos da la paz, la tranquilidad del orden, en la unión con Dios.
