DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE LA PROVIDENCIA DIVINA: LA INCOMPRENSIBILIDAD DE DIOS – CAPÍTULO 5

DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE

LA PROVIDENCIA DIVINA

CAPITULO V

LA INCOMPRENSIBILIDAD DE DIOS

El claroscuro de los misterios de la vida divina

Los atributos relativos al ser de Dios son, como hemos visto, la Simplicidad, la Infinidad, la Inmensidad y la Eternidad.

Antes de pasar a exponer los que miran a las operaciones divinas, que son la Sabiduría y la Providencia, conviene tratar de la Incomprensibilidad divina, tan profundamente impresa en ciertos caminos del gobierno de Dios.

De paso hallaremos una hermosa lección para nuestra vida espiritual. Vamos a insistir particularmente en un hecho: hay en Dios ciertas cosas que para nosotros son muy claras, y otras muy oscuras.

Así como en pintura hay el claroscuro, en que descuella Rembrandt, así también en la doctrina revelada existen claroscuros, pero incomparablemente más bellos que los de las obras maestras de los pintores.

Y esos claroscuros que para nosotros existen en Dios, existen también y los hallamos en nuestra vida espiritual, por ser la gracia una participación de la naturaleza divina o de la vida íntima de Dios.

***

Las grandes claridades divinas

Hablemos primero de lo que para nosotros hay de claro en Dios.

Aun prescindiendo de la fe, podemos por el ejercicio natural de nuestra razón demostrar con toda certeza la existencia de Dios, primer Motor de los espíritus y de los cuerpos, Causa primera de todo lo existente, Ser necesario, Soberano Bien y Ordenador de todas las cosas.

En el espejo de las cosas creadas se reflejan las perfecciones absolutas de Dios; y por ahí le conocemos positivamente en lo que tiene de semejante o análogamente común con sus obras. Y así, decimos que Dios es un ser real y actual, bueno, justo, sabio y poderoso.

Mas al querer declarar lo que propiamente le conviene, nos servimos de expresiones negativas que digan relación al objeto observado; y así, decimos que Dios es el Ser infinito, o no-finito, inmutable, y que es el Bien supremo.

Esta certeza racional, de suyo firme y sólida, se confirma también por la revelación divina recibida por la fe.

Así entramos en posesión de verdades diamantinas, inconmovibles.

Es absolutamente claro para nosotros que Dios no puede existir sin ser infinitamente perfecto, que no puede engañarse ni engañarnos, que no puede querer el mal ni ser en forma alguna causa del pecado. Y aun estamos incomparablemente más seguros de la rectitud de las intenciones divinas que de las nuestras propias, por buenas que sean.

Hay en todo ello una luz en cierto modo deslumbradora. Es también para nosotros de todo punto evidente que Dios es el autor de todo bien, aun de nuestro propio consentimiento en lo que atañe a la salvación, y que nunca manda cosas imposibles de cumplir. Nada puede prevalecer contra estas evidencias soberanas, cuya claridad avasalla toda recta razón que abra las puertas a la verdad.

Es claro que Dios no puede existir sin ser soberanamente justo y misericordioso, sabio y libre.

Y no obstante estas claridades deslumbradoras, hay para nosotros en Dios cosas muy oscuras.

¿De dónde procede ello?

***

La oscuridad translúcida

La oscuridad que hallamos en Dios viene de la excesiva luminosidad para ojos tan flacos como los de nuestra inteligencia, los cuales no pueden sufrir resplandores infinitos.

Dios es invisible e incomprensible, dice la Escritura, porque habita en la luz inaccesible (I Tim., 6, 16), la cual nos hace impresión de oscuridad. Parécele al ave nocturna que la oscuridad comienza cuando sale el sol, porque sus débiles ojos sólo alcanzan a percibir la tenue luz del crepúsculo o de la naciente aurora y quedan ofuscados por la excesiva claridad del sol. Algo parecido acontece a nuestra inteligencia con relación a Dios, que es el sol de los espíritus.

Nuestra inteligencia es la más baja de todas, inferior a la de los Ángeles; no alcanza a ver las verdades inteligibles sino a la luz del crepúsculo, en el espejo de las cosas sensibles, como en la penumbra.

Esto es lo que hay de verdad en la alegoría platónica, de la caverna.

Nuestra inteligencia necesita estar unida a los sentidos, dice el Doctor Angélico (I, q. 76, a. 5), para que éstos le presenten el objeto que le es adecuado. La última de las inteligencias, la humana, conoce primero su objeto propio, que es el último de los inteligibles, el ser de las cosas sensibles; y en éstas, como en otros tantos espejos, alcanza a ver de una manera muy imperfecta la existencia de Dios y las divinas perfecciones.

Dios, pues, se nos hace invisible por ser excesivamente luminoso para la inteligencia; hay en cambio multitud de cosas que nos son invisibles por su poca luminosidad o por estar débilmente iluminadas.

La Escritura habla sobre todo de las tinieblas inferiores de la muerte del alma., pero también alude a la oscuridad superior de la fe que corresponde a la luz inaccesible donde Dios habita.

A las tinieblas inferiores se refiere, cuando dice: El impío no saldrá de las tinieblas (Job 15, 30). Los pueblos, antes de la venida de Jesucristo, estaban en las tinieblas y en las sombras de la muerte. (Ps. 105, 10). En medio de estas tinieblas vino de arriba la luz de la salvación.

Y a las tinieblas divinas se refiere la Escritora, hablando a nuestra manera, cuando dice: Nubes y sombras le rodean… sus resplandores iluminan el mundo. (Ps. 96, 24). La gloria de Iahveh sobre el Sinaí, las nubes le cubren por seis días. El séptimo, Iahveh llamó a Moisés de la nube (Éxodo. 24, 16; 19, 9; 20, 21).

Es evidente que, siendo Dios espíritu puro, no puede ser visto por ojos corporales, los cuales sólo perciben lo sensible. Tampoco puede ser visto por la inteligencia creada, abandonada a sus propias fuerzas naturales. Los mismos Ángeles, aun los más encumbrados, no le ven inmediatamente con las fuerzas naturales de la inteligencia; también para ellos es Dios una luz demasiado fuerte, imposible de sufrir naturalmente. Por sus fuerzas naturales sólo pueden conocerle en el espejo de las criaturas espirituales, las cuales constituyen el objeto propio de su inteligencia.

Conocen naturalmente a Dios como autor de su naturaleza; pero por vía natural no alcanzan la vida íntima de Dios, ni a verle inmediatamente cara a cara.

Para poderle ver, tanto los Ángeles como las almas de los hombres, necesitan recibir la lumbre de gloria, luz sobrenatural no exigida por su naturaleza, luz que fortalece la inteligencia para que pueda sufrir el resplandor de Aquel que es la luz misma (S. Thom. I, q, 12, a. 4; q. 56, a. 5).

Ni el mismo Dios puede darnos una idea creada capaz de representar su esencia divina tal cual es. Sería una idea necesariamente imperfecta, inteligible solamente por participación, incapaz por consiguiente de representar cual en sí es el puro resplandor intelectual eternamente subsistente de la esencia divina y de la verdad infinita.

Como Dios quiera mostrársenos tal cual es, lo ha de hacer inmediatamente, manifestando el esplendor infinito de su esencia divina sin intervención de idea alguna creada, sustentando y fortaleciendo nuestra flaca inteligencia para que pueda verle (Cfr. S. Thom. I, q 12, a. 2).

De esta manera ven a Dios en el cielo los bienaventurados; y nosotros tenemos vehementes deseos de alcanzar esa visión que ha de ser nuestra eterna felicidad (I, q 12, a. 1).

En una palabra: Dios es invisible a los ojos de nuestra carne y a los de nuestro espíritu, por ser excesivamente luminoso.

***

Mas, ¿de dónde viene que este Dios Invisible contenga a la vez tanta claridad y tanta oscuridad? ¿De dónde ese claroscuro tan atrayente y misterioso?

Es de todo punto evidente que Dios no puede existir sin ser soberanamente sabio, bueno y justo, y que es el autor de todo bien, y que nunca impone cosas imposibles de cumplir. ¿De dónde, pues, procede tanta, oscuridad junto a esplendores tan deslumbrantes?

La causa de ello está en que nosotros conocemos las perfecciones divinas en el espejo de las criaturas; de ahí la posibilidad de ir enumerando una tras otra las divinas perfecciones, pero sin alcanzar jamás a ver por vía natural cómo todas ellas se unen en la vida íntima de Dios, en la eminencia de la Deidad.

El modo íntimo de enlazarse permanece en absoluto escondido; es demasiado luminoso para nosotros, elevado en demasía para poderse reflejar en el espejo de las criaturas. Frente a la Deidad, somos como aquellos que jamás hubiesen visto la luz blanca, sino solamente los siete colores del arco iris reflejados en las límpidas aguas de un lago.

Vemos, ciertamente, los colores del arco iris divino, es decir: que Dios es infinitamente sabio y absolutamente libre; pero no llegamos a alcanzar cómo pueda la infinita Sabiduría componerse con el divino beneplácito, tan libérrimo, que a veces nos parece arbitrario. Sí, el divino beneplácito es soberanamente sabio, por sorprendente que ello nos parezca; lo creemos en la oscuridad, y lo veremos claramente en el cielo.

Sabemos de cierto que Dios es infinitamente misericordioso e infinitamente justo, y que usa de la misericordia y de la justicia con soberana libertad y sin salirse en nada de la sabiduría. Si al buen ladrón se le otorgó la gracia de la buena muerte, dice San Agustín, cosa fue de la misericordia divina; si al mal ladrón no le fue concedida gracia semejante, cosa fue de la justicia. Misterio. No podemos ver cómo se componen íntimamente la infinita misericordia, la infinita justicia y la soberana libertad. Sería para ello preciso ver inmediatamente la esencia divina, la Deidad, que por manera eminente funde y armoniza más y mejor estas divinas perfecciones que la luz blanca los siete colores del arco iris.

Resulta, pues, que en Dios descubrimos verdades extremadamente claras sobre cada atributo en particular; mas cierta oscuridad translúcida envuelve nuestro conocimiento cuando se trata de desentrañar la unión íntima de los distintos atributos.

Vemos asimismo con claridad que Dios, bueno y poderoso, no puede permitir el mal sino por un bien mayor, como la persecución, para la gloria de los mártires; pero con frecuencia ese bien mayor es muy oscuro para nuestro entendimiento; y no lo veremos claramente sino en el cielo. Lo declara elocuentemente el libro de Job (Cfr. Comentario de S. Thom. Al libro de Job, c, 4, 6, 8).

La cosa es suficientemente diáfana, para que Jesucristo haya podido decir: quien me sigue no anda en tinieblas. Y por oscura que nos parezca la cruz que nos ha tocado, podemos llevarla envueltos en luz, pensando que está ordenada para el bien del alma y gloria de Dios.

A menudo vivimos en ese claroscuro misterioso de nuestra misma existencia, considerada en sus relaciones con aquel que la atrae hacia sí, pero sin mostrársele todavía.

De ahí el vehemente deseo sobrenatural y eficaz de ver a Dios, deseo que nace de la esperanza y de la caridad infusas. De ahí también en todos los hombres el deseo ineficaz, la veleidad natural, de ver a Dios inmediatamente, para resolver este enigma: de qué manera en Él se concilian ciertos atributos, tan opuestos en apariencia, como la infinita Justicia y la infinita Misericordia (Cfr. S. Thom. I, q. 12, a. 1).

***

Síguese que las cosas divinas oscuras e incomprensibles para nosotros son superiores a las cosas claras. La oscuridad de que hablamos es, en efecto, translúcida. La noche oscura de los místicos es la Deidad, la vida íntima de Dios, la luz inaccesible de que habla San Pablo (I Tim. 6, 16).

Esto nos abre el sentido de aquel dicho de Santa Teresa: Tanta más devoción tengo a los misterios de Dios, cuanto son más oscuros. Sabía la Santa que la oscuridad de los misterios no es la del absurdo o de la incoherencia, sino la de una luz demasiado clara para nuestros flacos ojos.

En el claroscuro divino es, pues, lo oscuro superior a lo claro. La fe nos dice que la oscuridad impenetrable es el soberano Bien en lo que tiene de más íntimo; por donde nuestra caridad se adhiere a esa bondad absolutamente eminente, escondida, incomprensible a la inteligencia; el amor se apacienta aquí del misterio, adorándolo reverente. El amor sobrepasa aquí la inteligencia; porque, como dice el Doctor Angélico, en tanto no tengamos la visión beatífica de la esencia divina, nuestro entendimiento atrae en cierta manera a Dios representándole de modo muy imperfecto, atribuyéndole, por decirlo así, el límite que es propio de nuestras cortas ideas; por el contrario, el amor no cuida de atraer a Dios hacia nosotros, sino de llevarnos hacia Dios y unirnos a Él (I, q. 82, a. 3; IIa-IIæ, q. 23, a. 6, q. 27, a. 4).

He ahí por qué en el claroscuro de que hablamos lo oscuro es superior a lo claro, y por qué esta oscuridad translúcida ejerce acá abajo en los santos tal atractivo en el amor que les une a Dios. El justo vive de la fe y se alimenta, no sólo de las luces que de ella brotan, mas también de la divina oscuridad que corresponde a lo que hay de más íntimo en Dios: el contemplativo se alimenta de la incomprensibilidad de la vida divina y penetra el sentido de estas palabras de Santo Tomás: la fe versa sobre cosas que no se ven (IIa-IIæ, q. 1, a. 4, 5).

Aun para los bienaventurados, que le ven cara a cara, es Dios en cierta manera incomprensible. Le ven sin mediación de ninguna criatura ni de ninguna idea; y sin embargo, la visión que tienen de Dios no es comprensiva, como la que Dios tiene de sí mismo. ¿Por qué?

Santo Tomás da la razón de ello: Comprender una cosa en el sentido propio de la palabra significa conocerla en la medida en que es cognoscible. Se puede conocer una proposición geométrica sin comprenderla; es el caso de los que la admiten bajo la palabra del maestro; conocen bien el enunciado, el teorema, el sujeto, el verbo, el atributo; pero no alcanzan la demostración; no la conocen en la medida en que es cognoscible. (I, q, 12, a. 7).

El discípulo que conoce todas las partes de la doctrina del maestro, no la penetra tan profundamente como éste, y sólo confusamente entiende las relaciones íntimas de cada parte con los principios supremos. Así también el miope ve un paisaje sin apreciarlo tan distintamente como el que tiene vista normal.

No de otra suerte los bienaventurados en el cielo ven toda la esencia divina, que es indivisible; mas como ella es la verdad infinita, infinitamente cognoscible, no pueden penetrarla tan profundamente como Dios mismo; y tanto más la conocen, cuanto mayor es la lumbre de gloria que han recibido, la cual está en proporción de los méritos o del amor de Dios. No pueden, por consiguiente, entender como Dios mismo la multitud innumerable de seres posibles que la esencia divina contiene virtualmente o que Dios podría crear.

***

En el claroscuro divino de que hablamos hay intensa luz para nuestra vida espiritual. Jesucristo lo declaró con estas palabras: Quien me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (loann., 8, 12).

Siendo la vida de la gracia participación de la vida íntima de Dios, también ella tiene su claroscuro misterioso que es preciso no alterar o falsear. La gracia nos da la luz, la consolación, la paz, la tranquilidad del orden, inundando de claridad el alma. Ella hace que no caminemos en las sombras de la muerte. Es, por otra parte, de orden tan elevado, que nuestra razón no la llega a alcanzar; por lo cual no podemos tener certeza absoluta de estar en gracia, aun teniendo las señales suficientes para acercarnos a la Sagrada Mesa.

Todavía otro sentido de los rayos de luz y de las sombras: en la carrera de nuestra vida somos guiados por los preceptos de Dios y de la Iglesia, por los mandatos de nuestros superiores y los consejos del director de nuestra conciencia. Son otros tantos rayos luminosos. Pero hay también sombras en el fondo de nuestra conciencia; no siempre es fácil distinguir la verdadera humildad de la falsa; la magnanimidad, del orgullo; la confianza, de la presunción; la fortaleza, de la temeridad. Pero el drama interior consiste sobre todo en que la oscuridad de nuestra vida es doble: la superior, que nace de la gracia demasiado luminosa, y la inferior, que proviene de nuestra naturaleza dañada.

Pidamos con frecuencia a Dios nos ilumine con los dones del Espíritu Santo, para caminar sin tropiezo en este claroscuro interior. Sería un error y principio de desfallecimiento negar la claridad por causa de la oscuridad, y reemplazar el misterio con el absurdo.

Dejemos el misterio en su lugar. Pidamos al Señor la gracia de discernir la oscuridad translúcida superior de la oscuridad inferior, que es la de la muerte.

Para con más seguridad obtenerla, digamos a menudo esta oración: Señor, hacedme conocer los obstáculos que de manera más o menos consciente pongo yo mismo a la gracia, y dadme fuerzas para apartarlos de mí, por más que ello me cueste.

Así hallaremos la verdadera luz; y si todavía subsiste la oscuridad, será seguramente la superior, de la cual se alimenta el justo, porque para nuestras flacas inteligencias es un aspecto de la luz de vida y del soberano Bien.

Quien me siga, no caminará en las tinieblas de la ignorancia, ni en las del pecado y de la condenación, sino en la luz, por ser yo el camino, la verdad y la vida, y tendrá la luz de la vida, que jamás se apaga.