P. CERIANI: ANOTACIONES AL SERMÓN DE MONS. FELLAY – 2 DE FEBRERO DE 2012 – 1º NOTA

ANOTACIONES AL SERMÓN DE MONSEÑOR FELLAY

1ª NOTA

Dijo Monseñor Bernard Fellay en su homilía:

Les hablamos con mucha claridad: «Si ustedes nos aceptan, es sin ningún cambio. Sin obligación de aceptar estas cosas; entonces, estamos dispuestos. Pero, si quieren que aceptemos, entonces es no».

Y no hicimos más que citar a Monseñor Lefebvre, que ya había dicho esto en 1987 -varias veces antes, pero la última vez que lo dijo fue en 1987.

Consideramos esta nota como la más importante, no tanto por su relación con la doctrina, sino porque aclara mucho la actitud asumida por las autoridades de la FSSPX desde el año 2000, como mínimo.

La última vez que Monseñor Lefebvre lo dijo fue en 1987

A confesión de parte, relevo de prueba…, dice el aforismo jurídico.

Es más que suficiente que Monseñor Fellay nos dé a conocer esto; pero es desleal de su parte no manifestar lo que Monseñor Lefebvre dijo a partir del 6 de mayo de 1988…, en 1989, en 1990, en 1991…, hasta su muerte…

Agradecemos a Monseñor Fellay esta confesión, que nos relevaría de presentar la prueba. Sin embargo proporcionamos a los lectores algunos de esos textos o dichos de Monseñor Lefebvre, posteriores a 1987:

Carta a Juan Pablo II, del 2 de junio de 1988, en que Monseñor Lefebvre pone fin a las conversaciones:

Si bien las conversaciones y entrevistas con el Cardenal Ratzinger y sus colaboradores se han desarrollado en un clima de cortesía y caridad, nos han convencido que el momento de una colaboración franca y eficaz no ha llegado todavía (…) Ante la negativa de considerar nuestras solicitudes, y siendo evidente que la finalidad de esta reconciliación no es de ningún modo la misma para la Santa Sede que para nosotros, creemos ser preferible esperar tiempos más propicios en los que Roma vuelva a la Tradición. Por esta razón, nos vamos a proporcionar los medios para proseguir la obra que nos ha confiado la Providencia (…) Seguiremos rezando para que la Roma actual, infestada de modernismo, llegue a ser otra vez la Roma católica y vuelva a encontrar su Tradición bimilenaria. Entonces, el problema de la reconciliación no tendrá razón de ser y la Iglesia volverá a tener una nueva juventud.

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Declaración pública con motivo de las Consagraciones Episcopales del 30 de junio de 1988:

(…) Para salvaguardar el sacerdocio católico, que continúe la Iglesia católica, y no una iglesia adúltera, se necesitan obispos católicos. A causa de la invasión del espíritu modernista en el clero, que llega incluso a las más altas cimas en el interior de la Iglesia, nos vemos obligados de llegar a la consagración de obispos (…) El día en que el Vaticano sea liberado de esta ocupación modernista, y vuelva al camino seguido por la Iglesia hasta el Vaticano II, nuestros obispos estarán plenamente en las manos del Sumo Pontífice, incluida la eventualidad de no seguir ejerciendo sus funciones episcopales.

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Del Mandato Apostólico, que se leyó en la ceremonia de las Consagraciones Episcopales del 30 de junio de 1988:

Este Mandato lo hemos recibido de la Iglesia Romana que sigue siendo fiel a la Santa Tradición recibida de los Apóstoles. Esta Santa Tradición es el depósito de la Fe, que la Iglesia nos manda transmitir fielmente a todos los hombres para la salvación de sus almas.

Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, las autoridades de la Iglesia Romana están animadas por el espíritu modernista; han obrado en contra de la Santa Tradición; «ya no sufren la sana doctrina; (…) apartan los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» como dice San Pablo en su segunda epístola a Timoteo (4, 3-5). Por esto juzgamos que todas las penas y censuras que da la autoridad no tienen ningún valor.

En cuanto a mí, que «ya estoy a punto de ser ofrecido en sacrificio, siendo ya inminente el momento de mi partida», estoy oyendo el llamamiento de las almas que me piden que les den el pan de vida, que es Cristo. Esa multitud me da compasión. Me resulta, pues, una obligación grave transmitir la gracia de mi episcopado a estos queridos sacerdotes aquí presentes para que ellos, a su vez, puedan conferir la gracia sacerdotal a muchos otros santos clérigos, formados según las Santas tradiciones de la Iglesia católica.

Por este Mandato de la Santa Iglesia Romana siempre fiel, elegimos para el episcopado en la Santa Iglesia Romana a los sacerdotes que están aquí presentes, como auxiliares de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

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Del Sermón del día de las Consagraciones Episcopales, 30 de junio de 1988:

Nos encontramos ante un caso de necesidad. Hemos hecho todo lo posible para tratar de que Roma comprenda que es necesario volver a la actitud del venerado Pío XII y de todos sus predecesores. Monseñor de Castro Mayer, y yo mismo, hemos escrito, hemos ido a Roma, hemos hablado y hemos enviado varias veces cartas a Roma. Hemos tratado por todos los medios de hacer comprender a Roma que desde el Concilio este «aggiornamento», este cambio que se produce en la Iglesia, no es católico ni conforme a la doctrina de siempre de la Iglesia. Este ecumenismo y todos sus errores, y esa colegialidad; todo eso es contrario a la fe de la Iglesia y la está destruyendo.

Por eso, estamos persuadidos de que haciendo hoy esta consagración obedecemos al llamado de estos Papas y, por consiguiente, al llamado de Dios, pues ellos representan a Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia.

«Monseñor ¿por qué detuvo Ud. las conversaciones, que sin embargo parecían tener algún éxito?» Porque nos poníamos en sus manos y, por consecuencia, en las manos de los que nos quieren llevar al espíritu del Concilio y al espíritu de Asís. Eso no puede ser. Por eso hemos enviado una carta al Papa diciéndole muy claramente, «¡No podemos!, a pesar de todos los deseos que tenemos de estar en plena unión con Vos». Dado este espíritu que reina ahora en Roma y que nos quieren comunicar, preferimos seguir en la Tradición y guardarla, esperando que esta Tradición vuelva a encontrar su lugar en Roma y en las autoridades romanas y en el espíritu de ellas.

Todo esto durará lo que Dios tenga previsto, no me pertenece el saber cuándo obtendrá de nuevo la Tradición sus derechos en Roma, pero juzgo que es mi deber aportar los medios para llevar a cabo lo que llamaré «operación supervivencia», operación supervivencia de la Tradición. Esta jornada de hoy es la operación supervivencia. Y si hubiera hecho esa otra operación con Roma siguiendo los acuerdos que habíamos firmado y poniendo en práctica a continuación estos acuerdos, haría la «operación suicidio».

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De la Entrevista concedida a Fideliter Nº 66, noviembre-diciembre de 1988:

No tenemos la misma manera de concebir la reconciliación. El cardenal Ratzinger la ve en el sentido de reducirnos, de traernos al Vaticano II. Nosotros la vemos como un retorno de Roma a la Tradición. No nos entendemos. Es un diálogo de sordos.

No puedo hablar mucho del futuro, ya que el mío está detrás de mí. Pero si vivo un poco aún y suponiendo que de aquí a un determinado tiempo Roma haga un llamado, que quiera volver a vernos, reanudar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría las condiciones. No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios. Esto se terminó.

Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: «¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en plena comunión con estos papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el juramento antimodernista? ¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?

Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil.»

Las posiciones quedarían así más claras.

No es una pequeña cosa la que nos opone. No basta que se nos diga: pueden rezar la misa antigua, pero es necesario aceptar esto. No, no es solamente eso lo que nos opone, es la doctrina. Queda claro.

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De la Homilía del 19 de noviembre de 1989:

(…) Así que, en esta situación, es muy cierto que es imposible para nosotros tener contactos regulares con Roma, porque hasta el presente Roma pide que si recibimos algo, cualquier indulto para la Santa Misa, la liturgia, para los seminarios, debemos firmar la nueva Profesión de fe redactada por el Cardenal Ratzinger, en febrero pasado. Ella contiene la aceptación explícita del Concilio y de sus consecuencias.

Hay que saber lo que queremos.

Es el Concilio y sus secuelas, lo que destruyó la Santa Misa, destruyó nuestra fe, destruyó los catecismos y el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad civil. ¿Cómo podemos aceptarlo?

Ante esta situación, mis queridos hermanos, ¿qué haremos? Debemos mantener la fe católica, para protegerla por todos los medios.

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Del último reportaje realizado a Monseñor Lefebvre, dado a conocer en enero de 1991, Fideliter
N° 79:

Fideliter: Desde las consagraciones no hay más contactos con Roma; sin embargo como se dijo, el cardenal Oddi lo llamó por teléfono diciéndole: «Es necesario que las cosas se arreglen. Pida un pequeño perdón al Papa, y él está dispuesto a acogerles». Entonces, ¿por qué no intentar este último planteamiento y por qué le parece imposible?

Monseñor Lefebvre: Es absolutamente imposible en el clima actual de Roma, que se vuelve cada vez peor. Es necesario no hacerse ilusiones. Los principios que dirigen ahora la Iglesia conciliar son cada vez más abiertamente contrarios a la doctrina católica.

Todas las ideas falsas del Concilio siguen desarrollándose, se reafirman siempre con más claridad. Se ocultan cada vez menos. Es pues absolutamente inconcebible que se pueda aceptar colaborar con una jerarquía similar.

Fideliter: ¿Piensa que la situación se ha deteriorado aún más después de las conversaciones que terminaron con la redacción del protocolo del 5 de mayo de 1988, antes de las consagraciones?

Monseñor Lefebvre: ¡Oh sí! Por ejemplo el hecho de la Profesión de fe que ahora es reclamada por el cardenal Ratzinger desde principios del año 1989. Es un hecho muy grave. Ya que pide a todos los que se unieron o que podrían hacerlo hacer una profesión de fe en los documentos del Concilio y en las reformas post conciliares. Para nosotros es imposible.

Será necesario aún esperar antes de prever una perspectiva de acuerdo. Por mi parte creo que solamente el Buen Dios puede intervenir, ya que humanamente no se ven posibilidades para Roma de rectificar la corriente.

Durante quince años se dialogó para intentar volver a poner la Tradición en honor, en el lugar que le corresponde en la Iglesia. Nos chocamos con la negación continua. Lo que Roma concede ahora en favor de la Tradición, sólo es un gesto puramente político, diplomático para forzar las adhesiones. Pero no es una convicción en los beneficios de la Tradición.

Todo lo que se les concedió a los que se unieron, sólo se hizo con el objetivo de procurar que todos los que adhieren o están vinculados a la Fraternidad se trasladen y se someten a Roma.

Fideliter:
¿Qué puede decir a los fieles que esperan siempre en la posibilidad de un acuerdo con Roma?

Monseñor Lefebvre: Nuestros verdaderos fieles, aquellos que han comprendido el problema y que justamente nos han ayudado a seguir la línea recta y firme de la Tradición y de la fe, temían las tratativas que hice en Roma. Me han dicho que era peligroso y que perdía el tiempo.

Sí, por supuesto, yo esperé hasta el último minuto que en Roma testimoniaran un poco de lealtad. No se me puede reprochar de no haber hecho el máximo.

Por eso, ahora, a los que vienen a decirme: es necesario que usted se entienda con Roma, creo poder decirles que yo he ido más lejos de lo que tendría que haber ido.

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Rogamos a los sacerdotes, religiosos, religiosas y simples fieles tomar nota, tanto de la confesión de Monseñor Fellay, como del pensamiento de Monseñor Lefebvre a partir del 6 de mayo de 1988.

El estado de la situación de la Obra de la Tradición después de las Consagraciones Episcopales del 30 de junio de 1988 era muy distinto del actual…, completamente diferente de la lamentable condición en que la ha colocado la conducción de Monseñor Fellay.

Hay que reaccionar y regresar al pensamiento genuino de Monseñor Lefebvre y a la evaluación de la situación, tal como lo hizo él mismo una vez que salió de la trampa que le había tendido el Cardenal Ratzinger y en la cual cayera con la firma del Protocolo de Acuerdo del 5 de mayo de 1988.

Seguir a Monseñor Fellay es encaminarse nuevamente hacia la misma trampa, la operación suicidio