DE LAS PERFECCIONES QUE SUPONE
LA PROVIDENCIA DIVINA
CAPITULO IV
LA ETERNIDAD DE DIOS
Declarada en el capítulo anterior la inmensidad de Dios con relación al espacio, pasamos ahora a considerar qué cosa sea con relación al tiempo la eternidad divina.
Sin esta perfección no se concibe la Providencia, cuyos decretos son eternos.
Examinemos primero la noción inexacta que a veces suele darse de la eternidad divina, para luego mejor entender la verdadera y hermosísima definición.
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Qué cosa sea la eternidad
Se forma con frecuencia idea en parte errónea de la eternidad divina definiéndola como la duración sin comienzo ni fin; y al definirla de esta suerte, imagínase confusamente la eternidad como el tiempo sin límites en lo pasado y en lo futuro.
Es totalmente insuficiente esta noción de la eternidad.
Porque el tiempo que careciera de comienzo, el tiempo que no hubiera tenido un primer día, sería sin embargo una sucesión de días, de años, de siglos, sucesión en la cual habría un pasado, un presente y un futuro.
Y de ninguna manera está, en ello la eternidad.
Remontando lo pasado, podríamos ir desgranando los siglos, sin llegar jamás a término; como también pensando en lo por venir nos representamos los actos futuros de las almas inmortales, actos sucesivos que jamás tendrán término.
Aun sin haber tenido comienzo, el tiempo habría sido una sucesión de momentos variados.
El instante presente, que constituye la realidad del tiempo, es un instante que huye entre lo pasado y lo futuro, nunc fluens que dice Santo Tomás, un instante que huye, como el agua del río, como el movimiento aparente del sol, que nos sirve para contar las horas y los días.
¿Qué cosa es, pues, el tiempo? El tiempo es, como dice Aristóteles, la medida del movimiento, sobre todo la medida del movimiento del sol, o mejor dicho, la del movimiento de la tierra en torno del sol: el movimiento de rotación de la tierra en derredor de su eje dura un día; el de traslación en derredor del sol tarda un año.
De haber sido el sol y la tierra creados por Dios desde toda la eternidad, y de no haber tenido comienzo el movimiento regular de la tierra en torno del sol, no habría existido un primer día, ni un primer año; y sin embargo habría habido de siempre sucesión de años y de siglos, una duración sin comienzo ni fin, es cierto, pero infinitamente inferior a la eternidad, por cuanto en ella se distinguiría lo pasado, lo presente y lo por venir.
En otros términos: podéis multiplicar por miles de millones los siglos pasados, que todavía quedamos en el tiempo; el cual, por largo que se le suponga, nunca será la eternidad.
¿Qué es, pues, la eternidad divina, si para definirla no basta decir que sea la duración sin comienzo ni fin?
La teología responde: Es una duración sin principio ni fin, que tiene de particular y característico el carecer de sucesión, no habiendo en ella ni pasado ni futuro, sino sólo un presente que dura siempre; no un instante que huye como el instante del tiempo que pasa, sino un instante inmóvil que nunca muere, un instante inmutable, nunc stans non fluens que dice Santo Tomás (I, q. 10), como una mañana perpetua, sin noche que la preceda ni tarde que la siga.
¿Cómo concebir este instante, siempre el mismo, de eterna inmovilidad?
Como el tiempo, sucesión de días y de años, es la medida del movimiento aparente del sol, o del movimiento real de la tierra, así la eternidad es la medida o la duración del Ser de Dios, de su pensamiento y de su amor.
Ahora bien, el Ser de Dios, su pensamiento y su amor son absolutamente inmutables, sin cambio, ni variaciones, ni vicisitudes.
En efecto, siendo Dios necesariamente la plenitud infinita del Ser, nada puede adquirir, ni cosa alguna perder. Jamás Dios se perfecciona o se torna menos perfecto: es la Perfección misma inmutable.
Estabilidad tan absoluta del ser divino se extiende necesariamente a su sabiduría y a su voluntad: cualquier mudanza, cualquier progreso en el conocimiento o en el amor divino, supondría imperfección.
Esta inmutabilidad no es la de la inercia ni la de la muerte; al contrario, es la inmutabilidad de la vida suprema, que posee todo cuanto puede y debe tener, sin necesidad de adquirirlo y sin posibilidad de perderlo.
Llegamos así a la verdadera definición de la eternidad, definición hermosísima y sublime, llena de espirituales enseñanzas.
Boecio, en su libro de la Consolación, dio de la eternidad la siguiente definición que se ha hecho clásica: Æternitas est interminabilis vitæ tota simul et perfecta possessio.
La eternidad es la posesión perfecta y simultánea, no sucesiva, de una vida interminable.
Es la uniformidad de una vida inmutable, sin comienzo ni remate, que se posee a sí misma toda a la vez.
Lo más importante de la definición es el tota simul, toda a la vez.
Lo absolutamente característico de la eternidad divina no es precisamente la carencia de principio y de fin, sino la carencia de cambio, de suerte que Dios posee su vida infinita toda a la vez.
Platón dice que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad inmóvil, como el instante que pasa puede ser imagen del instante que no pasa.
También se ha comparado el tiempo con sus instantes sucesivos a la base de una montaña muy elevada, cuya cumbre representaría el único instante de la eternidad.
De la cumbre de la eternidad Dios contempla de una mirada todas las generaciones que se suceden en el tiempo, así como un hombre situado en lo alto de una montaña ve de una mirada todos los viajeros que pasan por el valle.
Así, el instante único e invariable de la eternidad corresponde a todos los instantes sucesivos del tiempo, al de nuestro nacimiento y al de nuestra muerte.
El tiempo viene a ser como la moneda de la eternidad.
Lo característico del tiempo es el cambio o el movimiento, que lo mide; lo que caracteriza la eternidad es el instante inmutable, en el cual Dios posee toda a la vez su vida infinita, interminable.
La bienaventuranza del Cielo comenzará para nosotros; y sin embargo se la llama justamente vida eterna, porque su medida será la eternidad participada; la visión beatífica es, en efecto, un acto siempre inmutable, muy superior al tiempo continuo de nuestra vida terrestre y al tiempo discreto que señala la sucesión de pensamientos de los Ángeles.
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Acá en la tierra no poseemos los hombres la vida toda a la vez; en la infancia no tenemos el vigor de la juventud ni la experiencia de la edad madura; y en la edad madura falta el candor de la infancia y la prontitud de la juventud.
Pero no es mucho no poseer la vida toda a la vez, cuando ni siquiera el año lo vivimos todo simultáneamente, pues tiene sus estaciones variadas; no tenemos en invierno lo que nos sobra en verano. Tampoco poseemos la semana toda a la vez, ni aun el día; nuestra vida se desparrama en cierto modo; hay en ella horas de oración, horas de trabajo, horas de descanso y esparcimiento. Lejos de poseer nuestra vida toda a la vez, la vivimos sucesivamente, como oímos sucesivamente las notas de una melodía.
Cuentan de Mozart que alcanzaba a oír una melodía, no sucesivamente, como los demás oyentes, sino «toda a la vez», en la ley misma que la engendra. Al componer el comienzo de una melodía, presentía y en cierto modo oía el final.
Oír toda una melodía a la vez es una imagen lejana de la eternidad divina, por la cual Dios posee simultáneamente, sin sucesión ninguna, su vida de pensamiento y de amor. Tratándose de la vida y del pensamiento de Dios es imposible distinguir antes y después, pasado y futuro, infancia, juventud y edad madura.
Hallamos otra imagen lejana de la eternidad de Dios en el sabio, que habiendo estudiado sucesivamente todas las partes de una ciencia, llega por fin a verlas en cierto modo todas juntas en los principios superiores de dicha ciencia, en la idea generadora de donde nacen las demás por sucesivo desarrollo.
Así veía sin duda Newton las diversas leyes de la física, como consecuencia de una ley suprema; y Santo Tomás, al fin de su vida, abarcaba en cierto modo de una mirada toda la amplitud de la teología en unos cuantos principios superiores.
Otra imagen menos lejana de la eternidad nos ofrece el alma de los santos, los cuales, llegado que han a la vida de unión casi continua con Dios, se elevan por encima de la inestabilidad y del correr del tiempo. Aunque también los santos reparten su día entre el trabajo y la oración, saben sin embargo orar aun cuando trabajan; y el ápice de su alma, unida casi de continuo a Dios, posee en cierta manera la vida «toda a la vez»; en lugar de dividir y derramar la vida, ellos la unifican.
La eternidad de Dios es, pues, la duración de una vida, no sólo carente de principio y de fin, sino inmutable en absoluto y, por tanto, presente a sí misma toda entera en un instante que no pasa jamás. En un «ahora» absoluto, no fugaz, ella condensa eminentemente los instantes variados que se suceden en el tiempo.
Al hombre cautivo de los sentidos la eternidad inmutable parécele la muerte, porque piensa en la inmovilidad inerte, y no en la que es la plenitud de una vida tan perfecta que no admite progreso.
Síguese de esto que el
pensamiento divino, medido por la eternidad, abarca en una mirada todos los tiempos, todas las generaciones que se suceden, todos los siglos. Ve de una mirada cómo van las generaciones preparando la venida de Cristo, para luego sacar frutos de ella.
El pensamiento divino ve en esta sola y única mirada dónde estarán nuestras almas dentro de cien, doscientos, mil años, y siempre.
Si no se olvidara esta verdad, se disiparían muchas de las objeciones que se hacen contra la divina Providencia.
La verdadera noción de Providencia es como una resultante de la contemplación de las perfecciones divinas que presupone.
Así como el pensamiento, también el amor de Dios es inmutable: sin cambiar Él mismo en nada, llama las almas a la existencia a la hora fijada desde toda la eternidad.
Este amor pronuncia desde toda la eternidad un fiat libre, que libremente se ha de realizar en el tiempo; entonces, a la hora señalada, las almas vienen a la existencia, son justificadas por el bautismo o la conversión, reciben múltiples gracias; y, si ellas no ponen obstáculo, reciben también la gracia de la buena muerte que les abre las puertas de la salvación.
El efecto creado es nuevo; pero no lo es la acción divina que lo produce. Est novitas effectus absque novitate actionis, dice el Doctor Angélico.
La acción divina es eterna, pero produce su efecto en el tiempo, cuando ella lo desea.
En la cumbre de la eternidad Dios no cambia; pero debajo de esa cumbre todo se muda, salvo las almas que en Él se asientan para participar de su eternidad.
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La eternidad y el valor del tiempo
¿Qué lección espiritual se encierra en la perfección divina de la eternidad?
Una muy provechosa: la unión con Dios desde acá en la tierra nos acerca a la eternidad y nos da a conocer el valor del tiempo que nos ha sido otorgado para nuestro viaje.
Tiempo muy corto, sesenta, ochenta años, de los cuales depende la eternidad: prólogo muy breve para un libro sin fin.
El pensamiento de la eternidad nos muestra sobre todo el valor de la gracia del momento presente. Para cumplir bien nuestro deber, necesitamos en cada instante la gracia, aquella gracia que pedimos en el Ave María; Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus nunc et in hora mortis nostræ. Amén.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora… Aquí solicitamos la gracia más particular de todas, que cambia cada minuto, nos pone en condición de cumplir nuestros deberes durante el día y nos hace ver la importancia aun de las cosas más pequeñas que dicen alguna relación a la eternidad.
Si al pronunciar este «ahora» estamos distraídos, no lo está María que lo escucha. Ella acoge nuestra oración; y, como el aire oxigenado a nuestros pulmones, así nos viene la gracia necesaria en el instante actual para continuar orando, padeciendo y obrando.
Mientras pasa el minuto presente, recordemos que no existe sólo nuestro cuerpo, con la sensibilidad dolorosa o gratamente impresionada, sino también nuestra alma espiritual, y Jesucristo que influye en ella, y la Santísima Trinidad que en nosotros mora.
Los espíritus superficiales y ligeros tienen visión horizontal de las cosas; en el mismo plano ven las cosas materiales y la vida del alma, en el plano del tiempo que pasa. Pero los santos poseen constantemente la visión vertical de las cosas, las ven en altura y en profundidad y contemplan a Dios en la cumbre de todo. Aprecian el valor del tiempo, de lo pasado, de lo presente y de lo venidero, con el criterio de la eternidad, y poco a poco van juzgando de las cosas con claridad y precisión.
A ejemplo de ellos, abandonemos en manos de la divina Misericordia lo pasado de nuestras vidas, y también lo futuro, y vivamos prácticamente en espíritu de fe el momento presente; en el ahora que huye, sea triste, alegre o doloroso, veamos una imagen lejana del único instante de la eternidad inmóvil y, por la gracia actual que contiene, una prueba viviente de la bondad paternal de Dios.
Sigamos así nuestra carrera, bajo el influjo de Nuestro Señor Jesucristo, que sin cesar se ofrece por nosotros en el Santo Sacrificio de la Misa en oblación interior, siempre viva en su Corazón y superior al tiempo, como lo es la visión que beatifica su Alma santísima.
Y así iremos acercándonos a la eternidad, donde algún día hemos de entrar. ¿Qué será esta entrada en la gloria?
Recibir la vida eterna, que consiste en ver a Dios tal cual es, con visión inmediata, que jamás se interrumpirá por sueño o fatiga, con visión inmutable de un objeto infinito, siempre el mismo, cuyas profundidades nunca agotaremos; visión que irá acompañada del amor de Dios igualmente inmutable, que nada ni nadie nos podrá arrebatar.
Esta visión y este amor no se medirán por el tiempo, sino por la eternidad participada: porque, si bien tuvieron principio, no han de tener fin ni experimentar cambio alguno; es decir, en ellos no habrá ya antes y después; el instante que medirá la visión beatífica será el instante único de la eternidad inmóvil.
Un barrunto de ello tenemos cuando, absortos en la contemplación de alguna verdad profunda o en la oración, nos olvidamos del tiempo que pasa. Y si a veces experimentamos esta impresión, ¿qué será en la vida futura, la cual, más que el nombre de futura merece el de vida eterna, porque no se medirá por el tiempo, sino por la eternidad, que es la medida del ser y de la vida toda simultánea de Dios?
También nosotros poseeremos entonces el conocimiento todo a la vez, y no desparramado; poseeremos el amor todo a la vez, sin languidecer en las alternativas de la tibieza y del fervor pasajero.
Detengámonos, pues, para terminar, en este pensamiento de San Agustín:
Une tu corazón a la eternidad de Dios, y serás eterno; únete a la eternidad de Dios y espera con Él los acontecimientos que pasan debajo de ti (Comentario al Salmo 91).
Sólo para nosotros es oscura la eternidad; en sí, es ella mucho más luminosa que el tiempo que huye; es la inmutabilidad del conocimiento soberanamente luminoso y del amor de Dios.
