EL ATELIER DE SAN JOSÉ: FLORES JOSEFINAS – 1 PARTE

FLORES O HISTORIAS JOSEFINAS

1ª) Cómo San José auxilió a Santa Teresa y sus hijas

En algunos pasajes de la autobiografía de Santa Teresa de Jesús, la insigne mística ensalza el patrocinio de San José y los favores que había recibido ella del glorioso Patriarca.

Es importante añadir a lo que allí se cuenta el siguiente caso que escribe Fray Diego de Yepes en el libro 2°, caps. 27, de su vida de la Santa Carmelita.

Dice, pues, que caminando la Santa por las faldas de los montes de Sierra Morena, acompañada de algunas monjas hijas suyas, que iban a fundar un convento en un pueblo llamado Veas, erraron el camino, y saliéndose del real tomaron por otro, y poco a poco, sin reparar en el peligro, se fueron entrando en unos despeñaderos altísimos y profundísimos, donde se vieron en riesgo manifiesto de la vida, sin saber por dónde salir ni atrás ni adelante.

Viendo la Santa a sus hijas en tan grande aflicción, les dijo con gran confianza:

— Ea, hijas mías, aquí no tenemos remedio humano; acudamos al divino, tomando por patrón e intercesor al glorioso Patriarca San José, que no puede faltarnos su amparo y patrocinio.

Y para que se viese su eficacia, luego al punto se oyó una voz por entre aquellos temerosos precipicios, que les causó grande gozo y alegría.

Oyeron decir: Deteneos, no paséis adelante ni os meneéis un paso, que os despeñaréis sin remedio.

Preguntaron que ¿qué harían para salir de aquel peligro?

Señalóles una vereda menos peligrosa, diciéndoles que fuesen muy poco a poco y con grande tiento por ella, y se apeasen de las carrozas en que iban.

Hiciéronlo así, hallándose milagrosamente libres del peligro.

Quisieron dar las gracias a su bienhechor, y no le hallaron, que ya se había desaparecido.

Buscáronle los carroceros con gran diligencia, bajando hasta lo más profundo del valle; pero volviéndose la Santa a sus hijas, los ojos llenos de devotas lágrimas, les descubrió a su bienhechor, diciéndoles quién era.

— En vano se cansan nuestros carroceros buscando a nuestro benigno y liberal intercesor, porque fue nuestro Patrón San José, y dejándonos ya en camino seguro, se ha vuelto al cielo.

Así lo mostró el efecto, que no bastó ninguna diligencia para que hallasen algún rastro. Y reconociendo todos el singular beneficio, dieron las gracias a Dios y a San José, prosiguiendo alegres su camino.

2ª) Libra San José de la muerte a un niño que se ahogaba en el río de Lima

En la ciudad de Lima, y pegada al puente de su río, tenía la Compañía de Jesús una residencia de la advocación de Nuestra Señora de los Desamparados.

Estando en ella un día de fiesta el venerable siervo de Dios Padre Francisco del Castillo, oyó mucho ruido y gritería en el río, y asomándose a ver lo que era, vio que un niño batallaba con la fuerza de la corriente, que venía crecida, y que era forzoso que topase con la muralla de uno de los arcos del puente, donde todos temían que se había de hacer pedazos, sin ser posible poderle socorrer, y por esta lástima era el alarido de los que le veían venir ahogándose.

Arrodillóse el siervo de Dios ante una imagen de San José, que estaba, como Patrón de la escuela de niños que había allí, en un altarcito, y habiendo hecho una breve oración al Santo Patriarca, se levantó y dijo:

— Gracias a Dios que pasó bien y está con vida, por la intercesión del glorioso San José.

Así fue que, sin saber cómo, se halló el niño, salvo en la orilla.

Este caso consta en los Procesos que se hicieron del siervo de Dios en orden a su beatificación.

Era él tan devoto del santo Patriarca, que predicando un día acerca de su Patrocinio, dijo que podía repetir lo que de sí afirmó Santa Teresa de Jesús: que no había pedido cosa a San José que no la hubiese alcanzado.

3ª) Convierte Nuestra Señora a un moro, y mándale que se ponga el nombre de José

Vivía en la ciudad de Nápoles en casa de un rico caballero un moro obstinado e incapaz, el cual, aunque el Padre de la Compañía de Jesús, director de la Congregación de los esclavos, había procurado en varias ocasiones que se convirtiese y dejase la secta de Mahoma, siempre había estado pertinaz.

Confirmóse más en su dureza y obstinación con los consejos de otro esclavo que entró a servir en casa de aquel caballero.

Esto tenía de bueno nuestro moro: que había cobrado una afición y amor muy grandes a una imagen hermosísima y devota de Nuestra Señora que halló en el patio o jardín de aquel palacio; y tanto cariño le tomó que todas las noches le encendía una lámpara, poniendo el aceite a su costa.

El otro esclavo, temiendo lo que después sucedió, le persuadía que dejase aquella devoción; pero nada logró del moro, que jamás quiso ni vino en ello, diciéndole que aquella Señora era muy hermosa y esperaba que le había de agradecer lo que por ella hacía.

Así fue, porque poco después, estando el moro durmiendo en la cochera de su casa, oyó que le llamaban por su nombre, y le decían:

— Abel, Abel, despierta luego, porque te quiero decir una palabra.

Despertó, y vio una luz grande, y delante de sí una matrona de gran majestad vestida de blanco, y a su lado izquierdo a un viejo venerable.

Turbóse el moro, y dijo:

— ¿Quién eres tú y cómo has podido entrar con este viejo, estando cerrada la puerta?

Respondió Nuestra Señora la Virgen Santísima:

— Yo soy María, a quien has venerado tanto tiempo en mi imagen. Este anciano que viene conmigo es San José mi Esposo, y vengo del cielo a persuadirte que te hagas cristiano y te llames José; y porque soy señora del cielo y de la tierra, he entrado a puerta cerrada.

El moro dijo:

— Señora mía, mandadme otra cualquier cosa, que yo lo haré; pero esto de ser cristiano, no.

Entonces, acercándose más, la Virgen le tocó diciéndole:

— Ea, Abel, hazte cristiano y no resistas más.

Luego comenzó el moro a dar voces y decir:

— Señora, tú has metido fuego en mi corazón; yo quiero ser cristiano y llamarme José; pero, ¿cómo lo haré, que yo no tengo memoria y no podré aprender las oraciones de los cristianos?

Díjole Nuestra Señora:

— No te dé pena eso, que yo misma quiero comenzar a enseñártelas.

Y asiéndole del brazo derecho, le hizo hacer con la mano la señal de la cruz, asegurándole que nunca se olvidaría de lo que le enseñaba. Díjole que fuese al Padre de la Congregación de los esclavos, que él le enseñaría presto las oraciones.

Hizo Nuestra Señora ademán de irse, y el moro, asiéndola del manto, le dijo:

— Señora mía, cuando yo estuviere melancólico venme a visitar y consolar.

— Así lo haré de muy buena gana, le dijo. Y luego desapareció.

Despertó el moro a su amo y refirióle lo que había sucedido. El Padre le catequizó, y con mucha facilidad enseñó lo necesario para recibir el bautismo. Con su ejemplo se convirtió el otro esclavo su compañero.

Nuestra Señora le cumplió al moro lo que le había prometido, porque antes que le bautizaran, hallándose un día muy afligido y desconsolado, levantó los ojos al cielo, diciendo:

— Señora mía, ahora es tiempo de dejarte ver para mi consuelo.

Apareciósele dos veces, y diciéndole:

— José, ten paciencia, lo llenó de gozo y alegría tan grande que, como él decía, le parecía que estaba en el paraíso.

Fue bautizado con su compañero y otros diez esclavos que se convirtieron a nuestra santa fe católica el año de 1648.

4ª) Conviértese por intercesión de San José un joven muy disipado

Vivía en Lyon un joven de arregladas costumbres y fervorosa piedad. Con el cultivo de la oración y demás virtudes no tardó en brotar en el huerto de su alma la exquisita flor de la vocación religiosa. Manifestó sus deseos a sus padres que, si bien eran honrados y según el mundo buenos cristianos, oyeron de mala gana a su hijo y rechazaron aquellos propósitos, que no se avenían bien con los planes y proyectos que habían concebido acerca de su futuro estado.

Insistía el hijo; representaba los peligros que en la vida seglar le cercarían indefectiblemente y esforzábase en persuadir a los suyos que si había resuelto abrazar el estado religioso era únicamente para asegurar más y más su salvación eterna.

Inútiles fueron sus ruegos y declamaciones. Los desatentados progenitores se cerraron en su negativa, y le prohibieron absolutamente que hablase jamás sobre el asunto.

Pasaron días, y el mozo, como suele suceder cuando hierve la sangre y se ven malos ejemplos, comenzó a entibiarse y a no precaverse como debía de la compañía de ciertos amigos que a todas horas le buscaban.

Tan ciegos estaban sus padres, que hasta veían con gusto su nuevo proceder, y a trueque de no perderle para sí, como decían, celebraban hubiese dejado aquel aire de santurrón y diese a la mocedad lo que era suyo.

Por abreviar; nuestro joven no sólo renunció completamente a su vocación, sino que, resbalando y resbalando por la pendiente del vicio, llegó pronto a lo más profundo de la maldad; entregóse a los devaneos de una vida licenciosa y, hastiado de la compañía de sus padres, huyó de su casa y sentó plaza en el ejército.

Entonces comenzaron las lamentaciones de aquéllos y a conocer que Dios castigaba de un golpe al hijo y a los padres: al hijo, porque cerró los oídos a la voz del Cielo por complacer a los suyos; a éstos, porque se opusieron a lo que Dios quería del hijo.

Confirmáronse en estas ideas con las noticias que les llegaban del creciente desenfreno del que era en otro tiempo tan modesto y ejemplar.

Dicho está que agotaron cuantos medios humanos estaban a su alcance para reducirlo al buen camino. Cuando vieron que todo esto era inútil, compadecidos de la desgracia temporal y eterna que le amenazaba y heridos con el remordimiento de la conciencia que les acusaba de haber contribuido a la perdición de su hijo, levantaron el corazón al Cielo y, deshechos en lágrimas, acudieron a la bondad y patrocinio del glorioso Patriarca San José, como al último refugio en tan apurado trance.

¡Con qué fervor oraron! ¡Qué sacrificios y limosnas no hicieron! Tanto y tan de veras suplicaron, que al fin el bondadoso Santo, cuya ternura y poder no tiene límites, inspiró al joven verdadera contrición de sus pecados, de suerte que, trocado el corazón como nuevo hijo pródigo, dejó la milicia, volvió a su casa, pidió perdón a sus padres de los disgustos que les había causado y entabló una vida digna de su primitivo fervor, dando todos incesantes gracias a su excelso abogado San José.

5ª)
Socorre San José a los pobres en sus apuros y necesidades

Una pobre obrera acudió cierto día a su confesor en demanda de consejo, pues tenía necesidad de una suma de dinero para salir de un negocio del que dependía su honra y la de su marido.

El confesor le aconsejó que se dirigiera a San José.

Obediente la mujer, comenzó una novena a este glorioso Santo.

Pasados diez días, vuelve a su confesor.

— Padre mío, le dice, ¿habéis hablado a alguien de mi apuro?

— No, hija mía… Mas, ¿a qué viene esta pregunta? Me parecéis como asustada.

— Figuraos, Padre mío, replicó ella, que hace tres días recibí una carta anónima en la que se me invitaba a que fuera a cierto sitio a las seis de la tarde. Creí que no debía acudir a semejante rara invitación. Pues bien, anoche, hacia las seis, oigo llamar a mi puerta. Entrad, grité. Ábrese la puerta, y me encuentro delante de un hombre de edad, de respetuoso continente, que me pregunta sí soy yo Fulana de Tal. Contéstele que sí. Esto es para usted, repuso, y me entregó un paquetito atado con bramante.

— Caballero, le pregunté, ¿puedo yo saber con quién tengo la honra de hablar?

— ¿Qué os importa?, respondió. Esto es para usted.

Dicho esto, bajó la escalera y desapareció… Abro el paquetito con curiosidad fácil de adivinar, y encuentro precisamente la cantidad que yo había pedido a San José.

Apresuréme a correr detrás del desconocido para darle las gracias, pero ya no volví a verle.