LA CORRECCIÓN DE LOS HIJOS
Extractos del Libro Corrija a su hijo
Por Monseñor Álvaro Negromonte
Tomado del excelente blog A Grande Guerra
http://a-grande-guerra.blogspot.com/2010/03/correcao-das-criancas-segunda-parte.html
Traducción de Radio Cristiandad
Continuación…
SEGUNDA PARTE
Corregir no es castigar
Lo que llevamos dicho en la primera entrega marca la diferencia entre la corrección y el castigo.
La corrección es esencialmente medicinal, busca la enmienda.
El castigo, generalmente es punitivo, pretende vengar el orden lesionado.
Por otra parte, los nombres propios hablan por sí mismos.
Para los que procuran más la propia tranquilidad que el apropiado progreso moral de los hijos, castigar es más cómodo: palmaditas al pequeñito que jugando derramó la merienda…, unos bofetones a la niña que contestó con arrogancia…, chancletazos a la muchacha que manchó de tinta el vestido nuevo…, un mes sin paseo para el que no alcanzó el promedio en los parciales…, encerrar a los niños en el cuarto del fondo porque perturban el silencio que necesita el padre…, y otras medidas del mismo tenor dan «soluciones inmediatas», que contentan al adulto sin preparación, pero nada avanzan en la educación de los hijos, por el contrario, la dañan.
La experiencia enseña que los castigos son aplicados, precisamente, en las condiciones en que no se desea intentar la corrección, es decir, bajo impulso de las pasiones.
Cuando me consultan con respecto a los castigos físicos, no pierdo tiempo en combatirlos: los apruebo; pero con la condición de que se deje pasar la excitación y se apliquen más adelante, con la sangre fría y la cabeza tranquila.
La contestación es única e infalible: ¡Pero entonces, nadie tiene el coraje!…
Es un acto impulsivo, bárbaro, inhumano, que se hace solamente cuando no se piensa. Es fruto de la venganza, y no del amor.
Por lo tanto, lejos de educar, en esas condiciones los castigos obtienen solamente:
– rebelar a los niños briosos;
– amedrentar a los tímidos;
– eliminar el amor y la confianza, que serán substituidos por el miedo y la deslealtad;
– afianzar a los obstinados, arraigándolos cada vez más en sus faltas, agravando la situación, dificultando la corrección;
– humillar, en lugar de estimular (y esta es la gran táctica del educador);
– crear hipocresías;
– perfeccionar la táctica de los culpables para escapar al látigo;
– llevar a la desesperación: el muchacho que huye lejos de casa o la muchacha que se casa con el primero que aparece, para escapar de la tiranía del hogar.
Los adeptos a los castigos, sobre todo a los castigos físicos, alegan, satisfechos, los resultados de su «pega-gogía».
De hecho, hay niños de tan buena índole que se corrigen incluso de este modo; pero son raros.
Lo común y corriente es dar solamente una apariencia de mejoría.
Se eliminan o disminuyen los frutos, pero la raíz queda; y llevará nuevos frutos, cuándo cese la presión.
El niño cede, víctima de los dos elementos que lo dominan: por fuera, la fuerza de los castigos; en el interior, la tendencia que permanece intacta, cuando no consolidada por la oposición.
Lo más común es que los padres traigan al adolescente rebelado, endurecido, humillado, entregado a los vicios, «incorregible», pidiendo nuestra ayuda: Hicimos ya todo, y continúa cada vez peor.
Hay casos que, desafortunadamente, nos obligan a imponer castigos, en vista de la debilidad de ciertos educandos, a los que es necesario contener, incluso a disgusto nuestro.
Pero entonces, el educador debe buscar el bien directo del niño, y no una satisfacción a su autoridad o una justificación a la holgazanería para no educar.
Por lo tanto, permanece acentuada la diferencia entre el castigo y la corrección, para que no abramos la mano de aquélla y practiquemos esta.
***
Trabajo de la educación
La corrección es puro trabajo educativo, donde somos solamente instrumentos extrínsecos y transitorios, del cual quedamos dispensados tan pronto como se acaba la tarea.
El niño es el elemento primordial, y debe estar interesado en la autodisciplina.
La corrección solamente realiza su finalidad en lo íntimo del niño, creando en él una actitud interior, profunda, personal.
Ella desea un cambio, determinado por el propio educando, que se convence de que actuó mal, se arrepiente y se dispone a reformarse.
El educador tiene su papel, importantísimo, imprescindible (porque el niño solo es incapaz de tarea tan grande); pero él es solamente un auxiliar.
Su función, no siempre agradablemente recibida, es ayudar.
El trabajo decisivo es del educando. Nadie lo delibera, arrepiente, modifica; es él el que delibera, se arrepiente y se modifica.
No lo obtendrá sin nuestra ayuda; pero el trabajo para corregirse está en él, en su comprensión, su conciencia, sus esfuerzos.
Nuestra gran virtud consiste en obtener que él desee corregirse.
***
Los padres y la corrección
Respecto de la corrección de los niños, podemos clasificar a los padres en cinco categorías:
– los ciegos: no ven las faltas de sus encantadores hijos;
– los débiles: no tienen valor o autoridad para corregir;
– los negligentes: no se preocupan de la corrección de los niños;
– los ignorantes: rectos, bien intencionados, pero no saben, sin embargo, cómo proceder;
– los acertados: gracias a Dios, los tenemos.
Para curar a los ciegos, sólo Cristo, multiplicando las piscinas de Siloé, puede hacer que ellos se laven y vean (cf. Juan 9, 7).
En cuanto a los demás, que los ayude y los ilumine la gracia de Dios, que otro propósito no tenemos sino animar a los débiles, despertar a los negligentes, enseñar a los de buena voluntad, y estimular a los acertados.
***
Desear corregir
Parte esencial de la educación, y grave deber de los padres, es la corrección.
Algunos, sin embargo, si niegan a cumplirlo olvidados que, más que a sí mismos, dañan a los pobres niños, cuyo futuro comprometen seriamente.
Recuerden las severas advertencias de la Biblia.
Destacamos el capítulo 30 del Eclesiástico, en sus primeros 13 versículos, por ser el pasaje que habla más densamente sobre el tema:
El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro. El que enseña a su hijo, sacará provecho de él, entre sus conocidos se gloriará. El que instruye a su hijo, pondrá celoso a su enemigo, y ante sus amigos se sentirá gozoso. Murió su padre, y como no hubiera muerto, pues dejó tras de sí un hombre igual que él. En su vida le mira con contento, y a su muerte no se siente triste. Contra sus enemigos deja un vengador, y para los amigos quien les pague sus favores. El que mima a su hijo, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido, sale libertino. Halaga a tu hijo, y te dará sorpresas; juega con él, y te traerá pesares. No rías con él, para no llorar y acabar rechinando los dientes. No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño, no sea que, volviéndose indócil, te desobedezca, y sufras por él amargura de alma. Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces por su desvergüenza.
***
Conocer a los niños
Determinados a corregir a los niños, sincera y eficazmente decididos, la primera medida es tomar cuidado de conocerlos, para saber lo que tiene que corregir.
El conocimiento de la psicología infantil es necesario a los padres, sobre todos a las madres.
Es una pena que los colegios femeninos no den a sus alumnas, junto con otros elementos, los necesarios para ser buenas madres de la familia.
Para suplir esta deficiencia deplorable, procuren los padres conocer las características del alma infantil en las etapas del desarrollo, así como en la adolescencia. Esto facilitará suficientemente el tratamiento de ellos con los niños.
Más allá de este conocimiento genérico, hay otro, más inmediato, más concreto y práctico, que deseo encarecer.
Es necesario conocer a cada niño, en su realidad. Para esto es de máxima importancia que los padres tengan ojos para ver y oídos para oír.
***
Ojos para ver
Hay padres que solamente exageran las cualidades de sus hijos.
Sin duda, es necesario resaltarlas, para estimular su desarrollo; nada es tan beneficioso como un sano optimismo.
Pero es también necesario ver los defectos, para corregirlos.
Otros padres son peores: no desean ver. Incluso cuando les señalan un defecto del niño, se niegan a reconocerlo. No es defecto: ¡es una cualidad!
Ejemplo: El muchacho de 11 años llega jactándose de haber engañado en el intercambio de las bolitas del juego. Llamé la atención a la madre sobre la falta de honradez del hijo, y me contestó: Todos son así… ¡Tienen una habilidad para los negocios! Sobrepasarán al padre…
***
Oídos para oír
La convivencia permanente a veces hace difícil el buen conocimiento. Una mirada extranjera observa mejor, máxime si fuese la de un educador, acostumbrado a la observación interesada de las cualidades y defectos.
Llamando la atención de los amigos sobre las cualidades y defectos de sus hijos, me han respondido que todavía no los habían notado, teniendo, sin embargo, cuidado en la educación.
Algunos agradecen la indicación. Otros, sin embargo, no desean oír, piensan (y dicen) que estamos acusando a los «hijitos de mamá»; toman una actitud defensiva (cuando no es ofensiva…), justifican los defectos más evidentes, establecen comparaciones con otros niños, ante los cuales sus niños son muy buenos.
***
Algunos ejemplos
De mi larga experiencia podría citar centenares de casos.
– Aconsejé cuidados especiales, inclusive medicinales, para un muchacho con las señales evidentes de afeminado; la madre pronto lo defendió: ¡Él es tan cariñoso!
– Otra madre, a quién hice notar que el hijo era demasiado indolente, respondió: ¡Quién me diera que todos fuesen tan sosegados como este!
Innecesario continuar. Todos, desafortunadamente, conocemos casos similares, también en gran número.
Es una pena, porque oyendo a los maestros, parientes, verdaderos amigos y entendidos en pedagogía, pueden los padres encaminar mejor la corrección, vale decir la educación de los niños.
Si no los conocen, ¿cómo corregirlos?
Desengáñense los que se niegan a ver y oír la verdad, bajo excusa de que «adoran» a sus hijos. El amor verdadero no es el que desea bien, sino el que desea el bien.
Cerrar los ojos sobre los defectos de los niños es prepararles una vida de tropiezos y disgustos, porque los extraños no tendrán con ellos la misma tolerancia de los padres; y más tarde los niños sentirán las dificultades, prácticamente insuperables, para corregirse.
No porque las faltas sean en sí mismas incorregibles, sino porque la persona no adquirió la capacidad de reformarse. Carece de fuerza de voluntad, incluso cuando reconoce los errores y la necesidad de eliminarlos.
Continuará…
***
Como complemento ilustrativo transcribimos la fábula creada por el Padre Leonardo Castellani y publicada en su libro Camperas:
LA PERDIZ TIERNA
Una Perdiz madre a quien la comadreja le sorbió tres huevos (y no le sorbió los cuatro porque Guañabéns, que andaba con la escopeta, de una perdigonada le quemó las ancas), con la aflicción de su desgracia, sobre que era cariñosa de por sí, empolló su huevo unigénito con cuadruplicado ardor.
Nació un lindo pichón color canela; y quiso, echar a correr como un pollito en la mañana fresca y húmeda. Pero su madre no quería ser menos que la Cardenala que tenía el nido en un naranjo y polluelos de quince días, que no dejaba salir sin embargo, hasta que no estuviesen volantones.
Y así le prohibió que saliese y le trajo gusanitos y lo calentó con sus alas, que para eso tenía él mamá de posición y no necesitaba ir a trabajarse el sustento por esos surcos de Dios, lleno en aquel momento de los silbos alegres y tímidos de los perdigoncitos pobretes sus vecinos, nacidos aquel mismo día.
Los pájaros del cielo, que anidan en los árboles, tienen que pasar antes de salir del nido por las cuatro edades, de tripón, pintón, plumadito y volantón; pero los pájaros de la tierra como la perdiz y el ñandú, apenas nacen, ya son volantones (y nunca salen de ahí en su vida), y se arreglan ya por sí solos, y andan, cazan y campan como mayores, y disparan (como decía Guañabéns, el fabricante de plumeros), «que el diablo que se los lleva».
Y éste fue el error de la joven madre. Quiso tener a su hijo al calorcito de su seno y de sus plumas —y eso que el muchachito quería irse con los otros cada día—; quiso alimentarlo con lombricita mascada, cuando el otro ya tenía pico duro; lo tuvo a la sombra y bajo sus alas, y no le dio jamás un mal picotazo porque lo quería mucho, cuando los otros tenían ya el lomo curtido de los golpes con que sus madres les enseñaban a no salir del matojo cuando se oye ruido, a acurrucarse inmóviles y a hacerse tierra y hojas secas cuando pasa el hombre, el zorrino o el lechuzón blanco.
Creció pues aquel perdigón de nido, perdigón de invernáculo, y salió lindo, pero fofo. Grandote y sin gracia, como flor de sótano, con las patas rosadas y flojas en vez de firmes y rojas; los ojos rojos en vez de negros y la plumazón albina y clara, que en vez del lindo percal rameado de los otros era fina seda gris.
Apenas salió al sol, grandote e inútil, parecía que se quería derretir; y la gente le cantaba:
La lechuza es batará
Y el tero picazo overo
y la perdiz es barcina, ay, ay, ay,
moteada de blanco y negro.
Eso sí, muy bien educado, y no como esa gentuza, decía la madre del zascandil aquel, que no parecía varón ni era hombre para nada, que lo reventaba un volido de treinta metros y no sabía disparar ni esconderse, ni aguantaba la luz del mediodía con sus ojos tiernos, ni veía el granito perdido en el surco, ni encontraba sustento.
Se le burlaban todos. No tenía resolución para nada, ni para irse de allí, donde era infeliz. Pasaba terrores y apuros sin cuentos, porque no sabía defenderse ni siquiera del gato, del cual las perdices se burlaban. Una paja lo cortaba, una espina lo mancaba, la escarcha lo, endurecía, un calorazo de enero lo ponía hecho una esponja.
Fue un día al Tero, y le dijo:
— ¡Son todos crueles conmigo, todos me persiguen, todos son enemigos míos no sé por qué!
— No, m’hijo, le dijo el Tero. Ninguno es cruel. La vida es cruel. ¿Querés saber quién fue cruel con vos? La verdad hay que decirla, aunque sea dura, y yo te la voy a decir, como se lo dije a ella muchas veces por más que lloraba cuando ya no había remedio. El enemigo tuyo ha sido finada tu madre, que de quererte tanto, tanto, te ahorró las molestias pequeñas, y te legó las grandes. Finada tu madre ha sido cruel (Dios le haya perdonado que la pobre no sabía), que con sus mimos te dejó en herencia buenos modales pero malas costumbres.
