ESTUDIOS DOCTRINALES: LA CORRECCIÓN DE LOS HIJOS (NUEVA SERIE)

LA CORRECCIÓN DE LOS HIJOS

Extractos del Libro Corrija a su hijo

Por Monseñor Álvaro Negromonte

Tomado del excelente blog A Grande Guerra

http://a-grande-guerra.blogspot.com/2010/03/correcao-das-criancas-primeira-parte.html

Traducción de Radio Cristiandad

PRIMERA PARTE

Necesidad de la corrección

Piensan los naturalistas, y los padres más ingenuos o enceguecidos por un mal entendido amor, que los niños no tienen defectos.

Por buen dotados que sean, los tendrán siempre. Si son muy son fuertes, las propias cualidades los traen consigo. Por lo tanto, es necesaria la corrección.

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Dios lo ordena

Quien escatima la vara, odia a su hijo, quien le tiene amor, le castiga. (Proverbios 13, 24).

No tomemos la palabra literalmente, como justificación del castigo físico… hablando con el lenguaje de los hombres de su tiempo, la Biblia desea inculcar la necesidad de la corrección, que es lo esencial en su pensamiento, siendo el medio la parte accesoria.

Aquí, como en muchos otros pasajes de la Escritura, debemos recordar su propia advertencia: La letra mata, pero el espíritu vivifica.

No ahorres la corrección del niño (Ver Proverbios 13, 24).

El que ama a su hijo, le azota sin cesar, para poderse alegrar en su futuro (Eclesiástico 30, 1).

Y San Pablo, escribiendo a los efesios, dice: Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor (Ef. 6, 4).

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La razón lo requiere

La situación del hombre frente a la moral no es tan sólo un dato de la fe. Es parte de la Revelación, es básico al cristianismo, porque vino el Señor para restituir la gracia perdida en la caída del padre de la humanidad.

San Pablo dice que no hace el bien que desea, y sí el mal que no desea; y siente en el cuerpo una fuerza que lucha contra la fuerza del espíritu (cf. Rm. 7, 19-23).

San Pedro, en su primera Epístola, habla igualmente de los deseos de la carne que luchan contra el alma (2, 11).

La razón nos muestra la verdad de esta situación. Cada uno de nosotros puede repetir con el poeta francés que sentía dos hombres en sí mismo, uno que él anhela como ideal, otro que se inclina para los instintos, arrastrándose a sí mismo por los desvíos que requieren la corrección.

Corrección mayor o menor, propia o ajena, como el caso lo requiera.

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El niño lo exige

Sin el uso de la razón, o con este solamente comenzado, movido por la sensibilidad por completo, el niño no tiene capacidad de discernir el bien del mal, ni suficiente voluntad para detenerse frente a las solicitudes instintivas.

Es el educador el que debe dirigirlo para que haga el bien y para que evite el mal, corrigiéndolo, cuando él incurra en una equivocación.

Sin esta corrección, el niño corre el riesgo de confundir nociones contrarias, cuya distinción es esencial para la vida moral.

Para el niño el bien es lo que los padres le permiten; el mal lo que ellos le prohíben.

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La experiencia lo confirma

En todos nosotros se encuentran los gérmenes de las virtudes y de los vicios, lanzados por la propia naturaleza.

En los cristianos, el Bautismo infundió las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Pero es necesario cultivar el campo, en orden a que la buena semilla brote, crezca y lleve fruto, y que sea suprimida la cizaña.

Abandonado a sí mismo el terreno, nacen más fácilmente las espinas que la buena semilla.

Esta es la lección de la experiencia: sin la orientación y la corrección, los niños crecen deformes y viciosos; mientras que los frutos de las virtudes abundan en aquellos que han tenido el cultivo de los educadores.

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Finalidad de la Corrección

Es triple el propósito de la corrección, cada uno marcado por valores, ligado al orden social.

Para restaurar el orden moral

Esencial para cualquier persona, este aspecto es aún más importante para los niños, cuyo criterio para distinguir el bien y el mal es, a veces, exclusivamente la manera de obrar de los educadores.

Si cometió una falta contra la moral −un pequeño robo, una desobediencia, una mentira, etc.−, y no le exigimos la reparación, puede parecerle no ser malo lo que hizo. O si se lo exigimos algunas veces y otras no, le provocamos confusión; por lo tanto, no sabe si su acto fue bueno o malo.

Este sentido de la restauración del orden moral, superior a los hombres porque pertenece a la esencia de las cosas, es imprescindible a la pedagogía de la corrección.

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Para enmendar al niño

Lo más importante de la corrección radica en el interés personal del educando.

En lo que se refiere al orden moral y social, el trabajo sería más fácil.

El aspecto pedagógico es más delicado y complejo, porque se trata directamente del niño.

¿En qué consiste?

Hacer que el niño entienda el error cometido, y procure evitarlo en el futuro.

El aspecto pedagógico no desea castigar, sino mejorar. Si el niño no es todavía capaz de entender correctamente, se va amaestrando, cargando el subconsciente y canalizando las energías para el bien.

Si es capaz de entender, el trabajo del educador es moverlo hacia el deseo de corregirse, de obtener el arrepentimiento de la falta y la deliberación para prevenirlo y evitarlo.


Impedir los malos hábitos y facilitar los buenos.

Fomentando el desarrollo de los buenos gérmenes y combatiendo los malos, iremos separando al niño del vicio y aficionándolo a la virtud.

Por su natural inexperiencia, él errará muchas veces los caminos de la vida: lo haremos volverse sobre sí mismo para que emprenda las sendas seguras, hasta que él las aprenda, hasta que él puede hacerlas por sí mismo, sin necesitar de guía.

(Para la formación de los hábitos la repetición de los actos no es suficiente; ella no representa la educación. El hábito solamente es durable cuando viene del interior, cuando parte de la certeza y de la voluntad del sujeto. El trabajo del educador consiste en dar al niño la convicción de la necesidad y del deseo de realizarla).


Inclinar al deber.

La corrección no es trabajo de adiestramiento de animales: un mero repetir mecánico hasta adquirir el hábito, afirmado en los reflejos condicionales.

Tampoco se contenta en castigar, de modo que el niño evite el error por miedo.

Es, en verdad, un medio educativo: desear formar la conciencia, para afilar el sentido moral, enseñar a juzgar, dar autodisciplina, enseñar el cumplimiento del deber.


Enseñar cómo proceder bien.

La corrección tiene como objetivo el ideal: se orienta hacia él, y nunca se pierde de vista, como todo lo que es realmente educativo.

Pero camina gradualmente, paso a paso. Es un método: dice «cómo» actuar, enseña a hacer, facilita la tarea.

Es ayuda personal, de orden práctico, del maestro al aprendiz.


Crear facilidades para la virtud.

Puesto en condiciones favorables, el niño tendrá facilidades más grandes para el deber y la perfección.

Más que el adulto, él cede a las sugerencias del medio. Por lo tanto, tenemos mayor obligación de allanarle el camino del bien:

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ayudándole para superar los defectos, debilidades y otras tendencias naturales;

*
suprimiendo o debilitando las influencias dañinas a su formación, sea en el hogar, sea en la sociedad, sea en la escuela;

* dándole resistencia para las ocasiones inevitables de caer: en la calle, la escuela, las visitas…, porque son los peligros normales, a los que debe saber resistir.

No se trata de educar artificialmente, en una burbuja o invernadero, sino en el mundo, enseñándole a vencerlo, como Jesús hizo con sus discípulos: No pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal (Juan 17, 15).

* desarrollándolo en él la vida espiritual, de modo que, por la gracia, la oración , el temor de Dios, el ejemplo de nuestros mayores en la fe, él no se deje vencer por el mal, sino que venza al mal por el bien (Rm 12, 21), y, mejor aún, haga del mal una ocasión de apostolado.

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Para asegurar el orden

Una sociedad que no respete los principios morales, no subsistirá.

La impunidad de crímenes y de vicios es la gran responsable de los desórdenes que afligen nuestra época.

No corregir a los culpables es abrir el camino para nuevas faltas, propias y ajenas.

La experiencia nos es por demás clara y suficiente, y excusa de insistir en esto.

Si esto es cierto para los adultos, ¡cuánto más para los niños!

Descuidada la corrección, se abre la brecha: la nave de la disciplina comienza a hacer agua, y el naufragio no tarda, a menos que acudan al rescaten con trabajos redoblados.

Continuará…