ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: A MODO DE RESUMEN – CONFERENCIA DEL PADRE JOSÉ DE LABURU

LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

A modo de resumen

Conferencia del Padre José de Laburu

30 de marzo de 1935

El Fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole, en frase lapidaria con que el Derecho canónico resume los deberes conyugales.

Deber gravísimo de los padres es el de la educación de sus hijos.

Y a declarar este deber vamos a dedicar esta conferencia.

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Y ante todo, hay que inculcar este deber de los padres de educar a sus hijos.

Ellos han sido la causa de la existencia de sus hijos; a ellos les toca conducirlos a su debido perfeccionamiento, por medio de su educación.

Inerme la prole para proveerse por sí misma al sostenimiento de la misma vida natural, sin el concurso de sus padres, se encuentra también en absoluta incapacidad para proporcionarse a sí misma la formación y perfeccionamiento espiritual y sobrenatural.

Por eso es derecho y obligación gravísima de los padres, no dejar inacabada e imperfecta la obra que con la generación de la prole comenzaron, sin darle el perfeccionamiento que exige el fin para el que Dios instituyó el matrimonio.

Fin sublime el del matrimonio, que desgraciadamente ni lo conocen ni lo estiman los mismos padres católicos.

Qué contenga de grandeza este destino dado por Dios al matrimonio, vedlo cómo lo declara el representante suyo en la tierra (Pío XI, Encíclica Casti connubii):

Cuán grande sea este beneficio de Dios y bien del matrimonio, se deduce de la dignidad y altísimo fin del hombre. Porque el hombre, en virtud de la preeminencia de su naturaleza racional, supera a todas las restantes criaturas visibles. Dios, además, quiere que sean engendrados los hombres, no solamente para que vivan y llenen la tierra, sino, muy principalmente, para que sean adoradores suyos, le conozcan y le amen, y finalmente le gocen para siempre en los cielos; fin que supera, por la admirable elevación del hombre, hecha por Dios, al orden sobrenatural, cuanto el ojo vio y el oído oyó y ha subido al corazón del hombre. De donde fácilmente aparece cuán gran don de la divina bondad y cuán egregio fruto del matrimonio sean los hijos, que vienen a este mundo por la virtud omnipotente de Dios, con la cooperación de los esposos.

Tengan, por tanto, en cuenta los padres cristianos, que no están destinados únicamente a la propagación y conservación del género humano en la tierra; más aún, ni siquiera a educar cualquier clase de adoradores del Dios verdadero; sino a injertar nueva descendencia en la Iglesia de Cristo, a procrear conciudadanos de los Santos y domésticos de Dios, a fin de que crezca cada día el pueblo dedicado al culto de Dios y de nuestro Salvador.

Ante la grandeza sublime de este fin, se comprende cuál sea la trascendencia de la educación de los hijos, toda ella encaminada a proporcionarles el máximo bien posible.

Educar a los hijos es formarles hombres en toda su perfección terrena, encaminada a proporcionarles la consecución del Bien Supremo.

Educar; esa es la suprema misión de los padres para con sus hijos.

Proporcionarles el sumo de perfeccionamiento, formar a los hijos para que puedan conseguir la eterna felicidad a la que Dios les ha destinado.

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Cuentan de Carlos V que, visitando un día el estudio de Tiziano, se le cayó a éste uno de sus pinceles al suelo, que al instante se lo recogió el misino Emperador, quien se lo devolvió diciendo: Tiziano, tal pintor bien merece tener por recogedor de sus pinceles a un emperador.

Señores, ¡qué grande es un artista verdadero!

Impone; cautiva la admiración un gran escultor, un gran pintor.

El Moisés de Miguel Ángel, los cuadros de Murillo, de Velázquez, de Tiziano, son algo que nos hacen sentir hondamente y admirar intensísimamente.

Bembo, el gran poeta del Renacimiento, compuso este dístico para el sepulcro del inmortal Rafael: Ille hic est Raphael. Timuit quo sospite vinci rerum magna parens. Et moriente mori.

Aquí yace Rafael. Cuando vivía, la gran madre de las cosas temía ser vencida. A su muerte, tuvo miedo de morir.

Perfectos, insuperables, las esculturas y los lienzos de los grandes artistas, parecen realidades vivientes; pero lo parecen, no son vivas.

Grandes los artistas, admirados justamente los artistas, en todas las culturas honrados los artistas, por esas obras llenas de colorido, de movimiento, de vida, pero de vida que es mármol frío, y lienzo inerme; de vida pintada o esculpida; de vida que, al fin de cuentas, no es vida, es imitación de la vida.

Carlos V, honrándose en recoger del suelo los pinceles de Tiziano. Símbolo de la honra que tributa lo grande más grande de la tierra al artista que copia, que imita la vida, en la muerte de sus obras.

¿Qué tributo de honra y de admiración no deben merecer los padres educadores de sus hijos en el concepto real y cristiano de su misión, al ver en ellos, no a los grandes artistas en mármol y lienzos muertos, sino a los escultores de templos vivos de Dios, a los que van, secundando a la gracia divina, modelando en las almas de sus hijos la imagen real y viviente de Jesucristo, con lo que llegan a hacer a sus hijos carnales hijos de Dios por adopción, y a los herederos de sus posesiones y bienes terrenos herederos también del Reino de los cielos?

Sublime misión la misión educadora de los padres, y, por desgracia, tan ignorada en su excelsa dignidad por los mismos que tienen que ejercerla.

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Padres, aceptad esa gran misión vuestra de educadores, no como carga, sino como la mayor honra de la paternidad.

Vosotros fuisteis el principio de la generación de vuestros hijos; a vosotros os pertenece la educación y el perfeccionamiento de la vida de los mismos.

Padres, transmitido inmediatamente de Dios os viene el derecho y la estricta obligación que concreta la Iglesia Santa en esta fórmula jurídica: Los padres están gravísimamente obligados a procurar con todo su empeño la educación, ya religiosa y moral, ya física y civil, y a proveer al bien temporal de la misma prole (Código de Derecho Canónico, canon 1133).

No dejéis que nadie os arrebate ese derecho; no lo podéis consentir.

Deben, pues, los padres esforzarse y trabajar enérgicamente por impedir en esta materia todo atentado y asegurar de manera absoluta que quede en ellos el poder educar como se debe cristianamente a sus hijos, escribía León XIII (Encíclica Sapientia christiana).

La patria potestad es de tal naturaleza, que no puede ser ni suprimida ni absorbida por el Estado (el mismo León XIII, Encíclica Rerum novarum).

No dejéis de cumplir esas vuestras gravísimas obligaciones de ser educadores de vuestros hijos.

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Y empezad por la educación de vuestros hijos por el ejemplo.

Sin discusión, en todas las distintas escuelas psicológicas se admite la trascendencia básica del factor ambiental en la educación de los niños, Y es que hay un hecho psicológico indiscutible, que es el de la tendencia a la imitación en el niño.

Tendencia, primero, innata e inconsciente, por la que, sin darse cuenta, copia el niño todo cuanto le rodea: gestos, mímica, expresiones, tonos de voz, conducta.

Tendencia, luego, atenta y consciente, por la que el niño fija expresamente su atención en el ambiente que le rodea, para asimilarlo y reproducirlo en sí.

Momentos de trascendencia tal vez definitiva en la formación del futuro hombre de mañana.

Se abre el psiquismo infantil, como el objetivo de una cámara fotográfica, para copiar consciente e inconscientemente todo cuanto le rodea.

¿Qué importancia no tendrá ante ese poder asimilador infantil el ambiente familiar en que vive? Enorme responsabilidad la de los padres en su vida de hogar, en cuanto a la educación de sus hijos.

En el alma de esos hijos quedará impresionado, como en placa fotográfica, el ambiente familiar en el que se desenvolvió su vida infantil.

Futuras desgracias irremediables, no tienen otro origen, muchísimas veces, que el ambiente familiar asimilado en la infancia.

Por eso es necesario que reforcéis vuestros cuidados y vuestra vigilancia sobre el ambiente familiar que proporcionáis a vuestros hijos.

Cuadros, estatuas, revistas, periódicos, conversaciones; vuestros gestos y vuestros tonos de voz; vuestras iras o vuestras delicadezas; vuestros egoísmos o vuestras abnegaciones; vuestras pasiones o vuestra piedad; vuestra vida entera familiar, la que sea, ése será la que tenga influjo por vía mimética en el psiquismo de vuestros hijos.

Lo que sea el ambiente familiar, eso será lo que asimile el psiquismo infantil.

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A esa educación de vuestros hijos por el ejemplo, en que vosotros mismos os presentáis como modelos que han de copiar aun sin ellos saberlo, se ha de añadir la educación que les habéis de dar por vía
intelectual y volitiva.

El niño, en sus primeros años, vivía su vida sumergida en el oleaje de sensaciones momentáneas que eran su único mundo de vida; no sentía necesidad de controlar sus pensamientos, absorbido por las percepciones inmediatas que en el momento presente actuaban en el campo de su conciencia; entregado por entero al mundo exterior, que le absorbía con sus cargas afectivas, no se adentró jamás en el interior de su conciencia para analizar sus actos; carente de introspección, guiado tan sólo por la afectividad, sin interesarle la causalidad ni la lógica, vivía el niño en aquellas edades de simbolismo y de precausalismo.

Desaparecieron estas edades infantiles: el choque con la realidad, la convivencia con compañeros algo mayores, la evolución natural del psiquismo, han sacado a los niños de aquel mundo infantil en que se hallaban tan a gusto sumergidos.

Y al sacarlos de los mundos infantiles, se encuentran los niños con que en ellos comienza a esbozarse una vida de introspección y de curiosidad lógica sobre las realidades que les rodean.

Época de la vida del hombre de excepcional importancia para su futuro.

En esa época en que vuestros hijos comienzan a sentir inquietud de espíritu, y un como desasosiego por conocer la realidad que les rodea; en esa fase típica del querer saber y de buscar la objetividad de las cosas; la época en que el niño pasa a joven; la época en que se interesa por saber la verdad de las cosas…, es el momento trascendente, por esencia, en la educación de los hijos.

Cuando el niño está inquieto y desasosegado por la realidad, y se empieza a interesar por la verdad; cuando precisamente no tiene su capacidad lógica completamente formada, y cuando su juicio aún está indeciso y oscilante, se comprende el influjo que pueda ejercer en la mentalidad infantil la formación intelectual a base de realidad y de verdad.

Es la hora decisiva, en que se puede actuar sobre las estructuras psicológicas todavía en estado naciente.

Padres, es el momento de cumplir vuestros gravísimos deberes de educar a vuestros hijos.

Tenéis que injertar verdades en el psiquismo de vuestros hijos.

Injertad verdades en ese psiquismo naciente, que de ellas dependerá el porvenir de ese futuro hombre de mañana.

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Precisamente por la decisiva trascendencia de estos momentos en el futuro del niño de hoy y hombre mañana, se comprende bien la táctica de los enemigos jurados de Jesucristo y su doctrina.

¡Con qué dogmatismo, con qué desprecio de los demás, con qué infatuación se clama y se repite apodícticamente: No hay que imponer nada a la conciencia del niño. Hay que dejar que él se elija para sí mismo las verdades que le plazcan para norma de su vida. No imposición, sino libre elección por el niño de su decálogo de conducta y de sus normas morales!

¡Falsarios!

¿Y vosotros, científicos?

Hasta los labradores del campo lo entienden al momento.

¡Falsarios!

Si cuando el niñito se muere agarrotado por la difteria, nada ha de imponérsele hasta que él conscientemente elija el que se le aplique el suero antidiftérico…, hasta los labradores lo entienden… que se mueren los niños.

Si para la salud corporal, aunque el niño no lo entienda ni lo pida, os apresuráis todos a aplicarle el remedio que sabéis es eficaz, ¿cuánto más es lógica la conducta de los padres que aplican remedios para vida y salud más trascendentes?

Estamos padeciendo una epidemia de falsificadores de la Ciencia.

Hombres engreídos y suficientes, petulantes y despectivos, que con dos obras leídas y unas conferencias oídas y unas clases mal digeridas, se consideran, no lo escogido, sino lo único de la intelectualidad.

Hombres psicológicos equivalentes a los pueblerinos, que, al volver al pueblo después de unas horas de estancia en la capital, no hay quien los aguante, por su ridícula altanería con sus infelices convecinos.

Falsificadores de la ciencia, que claman que nada hay que imponer a las inteligencias de los niños, al mismo tiempo que ellos mismos imponen en las clases y las escuelas —y en ello nada malo hacen— los kilómetros cuadrados que tiene el planeta, y la distancia de la Tierra a la Luna, y el diámetro del Sol, y los habitantes de cada país.

Y es que no les importa que a los niños se les impongan verdades que a lo sumo les hagan listos; lo que a todo trance quieren evitar es que se les impongan verdades que les hagan buenos.

No les importa imponer verdades para instruir; pero odian la imposición de verdades para educar.

Y puede la sociedad existir sin el barniz de diletantismo en que consiste gran parte de la instrucción actual, pero no puede existir la sociedad sin hombres de arraigada y práctica moralidad.

¡Cuántas veces los hombres instruidos y no morales son los que emplean su instrucción en perjuicio de la sociedad! Porque es instruido, y no es moral, ha podido aquél fabricar explosivos y matar con ellos a víctimas infelices.

Porque es instruido, y no es moral, puede el otro con su pluma hacer más estragos en las inteligencias que las bombas en los cuerpos.

Porque es instruido, y no es moral, puede éste azuzar las pasiones y llevarlas a la exaltación, con la palabra en el mitin, con la pantalla en el cine.

Y es que la sola instrucción, sin educación, puede degenerar en perversión y malicia refinada.

Instrucción diletante, ella sola da, por lo menos el petimetre engreído e insoportable.

Instrucción sólida, con educación verdadera, da el hombre recto y honrado.

Pero los falsificadores de la ciencia, son además los envenenadores de la juventud.

Conocen bien la trascendencia decisiva de los momentos en que el niño está formando sus estructuras psicológicas, y por eso le quieren a toda costa tener sometido a su influjo.

Esta es la única razón verdad del por qué quieren el monopolio de la escuela los enemigos de Jesucristo.

De tal manera quieren envenenar, en el nacimiento de la vida consciente, las almas de los niños, que les sea, si no imposible, sí dificilísimo desintoxicarse durante el resto de su vida.

Quieren marcar el sello del error en el psiquismo virgen del niño, porque así será difícil borrarlo del alma del hombre futuro.

Padres, defended a vuestros hijos; que si los arrancaríais de quienes les quisiesen dar puñaladas en sus cuerpecitos, más criminales son los que asestan navajazos en sus almas. Los primeros les quitan la vida terrena; los segundos les amargan la presente y les arrancan la felicidad de la eterna.

Campaña activa, campaña sin tregua para desenmascarar públicamente a los falsificadores de la ciencia, y para barrer de la enseñanza a vuestros hijos a los envenenadores de su moral y de sus conciencias.

La causa y origen de tantas perturbaciones y crímenes horrendos sociales, aquí la tenéis en estos falsificadores de la ciencia y envenenadores del corazón y de las inteligencias.

Tengamos compasión de los envenenados, y trabajemos con toda energía contra los criminales envenenadores.

Injertad en las inteligencias de vuestros hijos, esculpid en sus almas esas ideas y esas verdades que proceden del que es la Luz, la Verdad y la Vida.

Sellad también vosotros con ellas el alma virgen de vuestros niños, que será también muy difícil que las lleguen a borrar las pasiones.

Pero injertad esas ideas y esas verdades, a base, no de sola imposición, como a la fuerza, sino cimentadas en la claridad del razonamiento.

Tanto más eficaces son las ideas, cuanto más claras y convincentes sean las razones en que se apoyan.

El influjo eficaz en las almas de vuestros hijos debe ser a base de verdad, para que, cuando hombres, y en pleno vigor intelectual y uso de raciocinio, se encaren con las ideas y normas de conducta impuestas por sus padres en la infancia, ellos mismos las vean razonables, verdaderas.

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Influid en las almas de vuestros hijos con verdades trascendentales.

Porque hay verdades y hay verdades. Hay verdades curiosas y hay verdades prácticas. Hay verdades de utilidad restringida y hay verdades de utilidad trascendente.

El que enseña el vivir de un infusorio, con su macronúcleo y micronúcleo y sus vacuolas pulsátiles, verdad impone y enseña.

El que enseña la estructura de las capas retinianas, verdad impone y enseña.

El que enseña la poesía lírica de una época, verdad impone y enseña.

El que enseña, no teorías e hipótesis vigentes hoy y mañana pasadas de moda, sino realidades objetivas en todas las ramas del humano saber, verdad impone y enseña.

Verdades todas, unas más útiles que otras, unas para unos, otras para otros, no todas para todos.

Enseñad esas verdades a vuestros hijos; con ellas les haréis instruidos.

Pero enseñadles, sobre todo las verdades que son para todos, y que a todos, si las practican, les hacen buenos y honrados.

Enseñad a vuestros hijos la verdad que es verdad, porque nace de Aquel que, como Dios, es la misma Verdad.

Ciertamente, quien penetre en el ideario del dogma católico y conozca el fundamento de su realidad objetiva, y los medios con que cuenta el católico para llevarlo a cabo, comprende su eficacia absoluta, si es practicado, para hacer a los hombres felices en esta tierra y en la vida futura.

Quien tuviera por idea directriz de toda su vida la del origen y fin del nombre en el dogma católico; quien en los acontecimientos todos de la vida creyese en el dogma de la Providencia, de un Dios que es Padre y que todo lo ordena para nuestro bien mayor; quien en los sufrimientos indeclinables de esta vida, viera semillas de goces eternos; quien, en el dolor que atenaza, mire a Cristo Crucificado y a una imagen de María Dolorosa y piense las realidades que representan; quien ante las oleadas de la soberbia, recuerde los preceptos y ejemplos de Jesucristo; quien, en las sacudidas de los instintos, ore y se conforte con los Sacramentos; un hombre tal, que esto hiciera, se comprende que ese hombre sería invulnerable en su obrar, sería perfecto.

Por eso, a vuestros hijos, desde el alborear mismo de su razón, inculcadle estas verdades, razonádselas a su alcance de niño, para que, de hombre en plenitud intelectual consciente, se abrace aún más estrecha y más amorosamente con ellas.

Inculcadle estas trascendentes verdades.

Son los valores sumos para la voluntad humana.

Los valores de máxima magnitud, de máxima duración, de máxima extensión, y estructurados con todo el humano vivir.

Son los valores de cauce amplísimo no desbordable por la afectividad.

Son los valores, intuitivos, en la persona de Jesucristo, de María y de los Santos.

Son los valores eficaces por excelencia, en toda raza, en toda edad, en todo sexo, en todo temperamento, en toda condición social, en toda capacidad intelectual.

Lo mismo sirven para las inteligencias cumbres como Tomás de Aquino y Agustín, como para las de los sencillos campesinos.

Como sucede con la luz solar, que podrá el astrónomo conocer más profundamente la constitución del sol, pero también el aldeano sencillo la ve y se aprovecha de sus rayos.

Inculcad, señores, en las almas de vuestros hijos esos valores de realísima existencia, no ya por la experiencia atestiguada por los millares y millones que los han vivido, ni por el estudio psicológico de la más pura y científica introspección, sino por proceder de la Suma Verdad y la Suma Bondad de Nuestro Señor Jesucristo.

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Educad a vuestros hijos con el ejemplo, con la formación intelectual y volitiva, y educadlos, además, corrigiéndolos.

La corrección es una cosa necesaria en la educación de los hijos.

No son los hijos como el bloque inerte que tiene delante el escultor.

Es el psiquismo infantil algo vivo y peculiar, que puede desviar o rechazar los golpes del cincel educador.

Y cada niño tiene su modalidad peculiar en su constitución temperamental.

Por eso no debe ser la educación, para ser verdadera, algo como estandarizado, y como a troquel; un como bazar de ropas hechas.

Debe ser la educación, para ser verdad, a base de la realidad.

Padres que no conozcan los temperamentos distintos de sus hijos, ¿cómo los van a poder educar adecuadamente?

Las grandes desviaciones en la anormalidad del psiquismo que se padecen irremediables en los adultos, tuvieron su iniciación en la infancia. De haber sido entonces conocidas, hubiera sido posible remediarlas.

Podéis tener hijos caprichosos o retraídos; tímidos o desvergonzados; sensibles o fríos; tercos o sumisos; huraños o agresivos; mentirosos o veraces. Y cada tendencia necesita su corrección y su encauce.

Solamente en latitudes envenenadas por el sectarismo cerril se puede oír la afirmación de que al niño no hay que desviarle de su modo de ser, no hay que corregirle.

Como hay defectos corporales, y para remediarlos se aplica la cirugía y la ortopedia; así, para los defectos psíquicos, es necesario la aplicación de la cirugía y de la ortopedia psíquica.

El cirujano no intenta dañar, sino sanar y beneficiar. El ortopédico no intenta molestar, sino corregir las desviaciones y curar.

Padres, os es necesario corregir a vuestros hijos; tenéis que ser sus cirujanos y sus ortopédicos psíquicos, no para amargarles la vida y molestarles, sino para hacerles felices y quitarles sus defectos.

Es un absurdo psicológico abandonar la corrección. Y es aún mayor absurdo moral.

Se cuenta en la Vida del Beato Padre Claret, que pasando por Villafranca del Panadas, después de su consagración episcopal en la catedral de Vich el 6 de octubre de 1850, fue llamado para asistir a cuatro reos condenados a muerte, que rechazaban la confesión e iban a morir impenitentes.

El celo y la santidad de aquel gran apóstol consiguió convertirlos.

Cuando, según la fórmula del Ritual, preguntó a los reos si perdonaban a todos, conmovió al público la respuesta de uno de ellos, que en voz alta contestó: Yo perdono a todos, excepto a mi madre; ella es la causante de que yo haya venido a acabar mi vida en trance tan horrible, por no haberme corregido cuando debía.

Se arrodilló el Padre Claret a los pies del infeliz, se los besó, le rogaba perdonase a su madre por Jesucristo; lloraban todos y el reo persistentemente repetía: A usted, Padre, nada le tengo que perdonar, pues en nada me ha ofendido; mi madre es la responsable de todo.

En el instante mismo de la ejecución se reconcilió este desgraciado criminal con su desgraciada madre.

Padres, meditad. No sea que el día de mañana revuelvan vuestros hijos en su corazón el odio contra vosotros, porque cuando debíais, no los corregisteis, y cuando aún era posible, no los enderezasteis.

Corregid. Pero para enmendar, no para mortificar y desfogar vuestra ira.

Padres que sabéis tantas cosas y al mismo tiempo ignoráis la psicología de la corrección. Aprended a corregir, y corregid.

Fijaos mucho en el soñar despierto de vuestros hijos, no sea que queden a merced del automatismo inconsciente que los arrolle.

Fijaos mucho en la dirección y cargas de la vida afectiva de vuestros hijos, no sea que estructuren complejos en su infancia y pubertad, que los encadenen entre sus maromas tentaculares por toda su vida.

Fijaos en sus tendencias, no sea que, acentuadas en su desviación, les conduzcan de adultos a irremediables anormalidades.

Fijaos muchísimo, no se forme en vuestros hijos el sentimiento de inferioridad, raíz de las deformaciones futuras, de las tendencias y del carácter.

Corregid, padres, pero no a destiempo, no cuando más haga daño que cause enmienda.

Corregid, padres, con amor, con palabras reposadas, cariñosas, razonadas.

Corregid, padres, a vuestros hijos; así demostráis que los queréis de veras.

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Vuestros hijos tienen, por necesidad de las exigencias de la vida, que salir del estricto ambiente familiar. Tienen que alternar con compañeros, tienen que distraerse y tienen que estudiar.

En una palabra, además del ambiente propiamente familiar, han de vivir, no poca parte de su vida, colocados en otros ambientes.

Y todo cuanto hemos dicho de la copia por los niños del ambiente familiar, todo ello, y reforzado aún, se ha de aplicar al influjo del ambiente escolar y de compañeros en el alma de los jóvenes.

Es un hecho el de la existencia de las infecciones psíquicas. Las investigaciones hechas sobre los suicidios frustrados de los niños, dan por causa del atentado contra la propia vida, el contagio de lo visto en la pantalla del cine.

Y por otra parte, el 90% de las tendencias suicidas en los adultos, desaparecen en ambiente adecuado y con ideas religiosas.

La gran mayoría de las perversiones del instinto, son productos del ambiente. Reflejos condicionados, determinados por el ambiente escolar y juvenil.

Por eso es tan necesario para la educación de vuestros hijos, que vigiléis atentísimamente el ambiente que frecuentan, los amigos, las diversiones, las lecturas, los centros docentes.

Y como separáis a vuestros hijos de ambientes infectados bacteriológicamente, con mayor razón debéis evitar para ellos determinados ambientes recreativos, sociales y educativos.

Enorme, tal vez definitiva, la trascendencia de estos ambientes en la conducta de los jóvenes.

Pero entre todos campean por su influjo transcendente los centros de enseñanza.

Los centros de enseñanza son subsidiarios de la familia, y vienen a dar a vuestros hijos en formación cultural e intelectual lo que no les es posible adquirir en el recinto familiar.

Enseña Pío XI que la escuela, enfocada con criterio cristiano a la luz de la razón y de la fe, por lógica necesidad moral, debe, no solamente no contradecir, sino positivamente armonizarse con los otros dos ambientes en la unidad moral más perfecta que sea posible, hasta poder constituir, junto con la familia y la Iglesia, un solo santuario consagrado a la educación cristiana bajo pena de faltar a su cometido y de trocarse en obra de destrucción.

Esto lo ha reconocido manifiestamente aun un hombre seglar, Tommaseo, tan celebrado por sus escritos pedagógicos (no del todo laudables, porque están tocados de liberalismo), el cual profirió esta sentencia: La escuela, si no es templo, es guarida.

¡Ah, padres! Oíd de un hombre liberal la frase: La escuela, si no es templo, es guarida.

De aquí —continúa Pío XI— precisamente se sigue que es contraria a los principios fundamentales de la educación la escuela llamada «neutra» o «laica», de la que está excluida la religión. Tal escuela, además, no es prácticamente posible, porque, de hecho, viene a hacerse irreligiosa.

Y, hay que decirlo con entera claridad, eso es lo que precisamente se persigue: sembrar la irreligión en las almas de los niños, descristianizarlos, arrancarles el pudor y raerles la moral de Jesucristo.

No es ciencia, es irreligión y sectarismo.

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¿En qué fundamento científico puede fundamentarse el sistema de coeducación? No, no es ciencia, sino antagónico a lo que da la ciencia.

Pero sí es tendencioso, irreligioso y sectario.

¡Falsarios de la ciencia! Ni la conocen, ni les interesa.

Lo que sí les interesa es la promiscuidad de los sexos, precisamente en las épocas de la pubertad y de las pasiones más violentas, para atentar contra el pudor, y encender las pasiones azuzándolas con las burlas y desprecios irónicos a la religión y a la moral.

Esto es lo que interesa, descristianizar.

Descristianizar, ridiculizando la religión, proscribiéndola de la enseñanza, y desfogando las pasiones.

Son los enemigos jurados de Jesucristo.

Jesucristo, diciendo: Dejad que los niños vengan a Mí; y ellos, abusando de la astucia y de la fuerza, alejando de Jesucristo a la juventud con odio refinado.

Desgraciados, resuena contra ellos vibrante la palabra de Dios: ¡Ay de los que son tropiezo a esas almas infantiles poniéndolas en ocasión de pecar o de perderse!; más le valiera que con una piedra de molino colgada al cuello les arrojasen al profundo del mar.

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Trabajad; nunca trabajaréis lo bastante para cumplir con la gravísima y nobilísima obligación que como padres tenéis de educar cristianamente a vuestros hijos.

Trabajad en el seno de vuestros hogares por cumplir con estos vuestros sagrados deberes.

Trabajad socialmente, para que rectamente se eduque a la juventud.

En la escuela sin Dios y contra Dios, encubierta o descarada, se ocultan las fuentes que envenenan, sin defensa, a tantas conciencias juveniles.

En la prensa sin Dios y contra Dios, encubierta o descarada, se van diariamente intoxicando las inermes inteligencias de sus lectores.

En la pornografía, divulgada de modo increíble y sistemático, están contenidos los gérmenes corruptores del corazón, que conducen a la perversión de las inteligencias.

Trabajad en el fundamental y transcendente problema de la educación social.

Fundad escuelas. Sostened escuelas.

Que los niños no queden sin el pan de la doctrina de Jesucristo, más necesario a las almas que el pan de trigo a los cuerpos.

Fundad escuelas profesionales. Sostened escuelas profesionales.

Hay que darle al hijo del obrero una formación técnica y profesional. Hay que ponerle en contacto con la vida, preparándole para que pueda ganar un jornal con el que pueda llegar, con ahorro y trabajo a formar un hogar.

Fundad centros recreativos. Sostened centros recreativos.

Vuestros hijos y los de los obreros necesitan divertirse.

Que no se envenenen divirtiéndose. Que se eduquen sin saberlo, mientras se recrean.

Fundad centros de enseñanzas superiores. Sostened centros de enseñanzas superiores.

Que los hombres sean hombres de seria formación intelectual, y con una solidísima formación religiosa.

Trabajad, católicos, trabajad por todos los medios legales, para que la doctrina de nuestro Dios, única capaz de sostener en paz y en orden, en justicia y en amor a la sociedad, sea debidamente enseñada en las escuelas; porque, repito las palabras de un laico liberal, la escuela, si no es templo, es guarida.

Y repito, también, las palabras del Vicario de Jesucristo: Los católicos no trabajarán nunca lo bastante, aun a precio de grandes sacrificios, en sostener y defender sus escuelas y en procurar que se establezcan leyes escolares justas.

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Vosotros, iluminadas vuestras inteligencias con la doctrina de quien es la Luz, la Verdad y la Vida, ponedla en práctica en vuestros hogares, instaurando una vida familiar cristiana, y trabajad sin descanso por llevarla a la vida social.

El plan de la Revolución es el de arrancar y demoler la familia, para destruir la sociedad.

Sea el vuestro el de instaurar la familia en Jesucristo, para llevar la felicidad a vuestros hogares y la paz y el orden, la justicia y el amor a la sociedad.