LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA: DE LA NATURALEZA DE DIOS

LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA

CAPÍTULO VI

DE LA NATURALEZA DE DIOS

Yo soy el que soy. Éxodo, 3, 14

Las pruebas clásicas de la existencia de Dios expuestas por el Doctor Angélico muestran, como se vio, que existe un primer Motor de los espíritus y de los cuerpos, una Causa primera de los seres que llegan a la existencia, un Ser necesario del cual dependen los seres contingentes y perecederos, un Ser supremo, Verdad primera y Soberano Bien, una Inteligencia ordenadora, causa del orden del universo, que justamente designamos con el nombre de Providencia.

Por estos cinco atributos: primer Motor, Causa primera, etc., concebimos a Dios; por ahí hemos establecido su existencia.

Tócanos ahora declarar qué cosa es Dios; en otras palabras, qué es lo que constituye formalmente su naturaleza.

Ello es necesario para adquirir una idea exacta de la Providencia.

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El problema

Acá en la tierra, ciertamente, no podemos conocer la esencia divina como es en sí misma; sería para ello preciso verla inmediatamente, como en el Cielo la ven los bienaventurados.

Aquí sólo conocemos a Dios como por reflejo en las perfecciones de las criaturas; y siendo éstas tan imperfectas, no nos le dan a conocer tal cual es en sí.

En lo que mira al conocimiento de Dios, como declara Platón en la alegoría de la caverna, nos asemejamos a un hombre que nunca hubiese visto el sol, sino sólo el reflejo de sus rayos en los objetos que ilumina, o a quien nunca hubiera alcanzado a ver la luz blanca, sino solamente y por separado los siete colores del arco iris: violeta, añil, azul, verde, amarillo, naranja y rojo. Nadie en tales condiciones podría formarse idea exacta de la luz blanca, ni concebirla, sino negativamente y de una manera relativa, como un foco luminoso inaccesible.

De igual suerte nosotros no podemos formarnos idea apropiada y positiva de la naturaleza divina por las criaturas, donde resplandecen por partes las perfecciones que en Dios forman un todo absolutamente simple.

No podemos, pues, conocer la naturaleza divina tal cual es en sí misma. De poderla contemplar, veríamos cómo en ella se identifican realmente y sin destruirse todas las perfecciones divinas: ser infinito, sabiduría, amor, justicia y misericordia.

El único recurso que nos queda es deletrear, enumerar, una tras otra todas sus perfecciones, añadiendo que todas ellas se funden e identifican en una simplicidad eminente, en la unidad superior de la Deidad o Divinidad; pero la Deidad o la esencia de Dios (aquello por lo que Dios es Dios) será siempre misterio impenetrable, hasta que le veamos cara a cara en el Cielo.

Es algo así como si viéramos los lados de una pirámide cuyo vértice estuviera fuera del alcance de nuestros ojos.

Siendo, pues, imposible conocer la naturaleza divina tal cual es en sí, ¿no se podrá, al menos en la medida que nuestro entender alcanza, determinar lo que la constituye formalmente?

En otros términos: entre las perfecciones que atribuimos a Dios, ¿no habrá una que sea primordial y como la fuente de todos los atributos divinos y el principio de la distinción entre Dios y el mundo?

¿No habrá en Dios cierta perfección radical que sea en Él lo que es la racionalidad en el hombre? Porque el hombre es un ser racional; y esta cualidad de ser racional le distingue de los seres inferiores y es el principio de las demás cualidades. Por ser racional, el hombre es libre, responsable de sus actos, sociable, religioso, habla y sonríe: cualidades todas ellas ajenas al irracional. Las cualidades, del hombre se deducen a la manera de las propiedades del círculo o del triángulo.

¿No habrá también en Dios una perfección radical que permita definirle, a la manera como definimos el hombre, el círculo o la pirámide?

En otros términos: ¿no existirá en las perfecciones divinas algún orden que permita deducirlas de una perfección primera?

Tal es el problema que tratamos de resolver.

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Las distintas soluciones

Así planteado el problema, ha recibido diversas soluciones, que vamos a examinar comenzando por las más imperfectas, para elevarnos por grados hasta la más acabada.

1º) Los unos, llamados nominalistas, dicen no haber en Dios una perfección primordial de donde deducir lógicamente las demás. Para ellos la esencia divina es la reunión de todas las perfecciones; y no hay por qué buscar orden lógico entre ellas, como sean sólo nombres diversos de una misma realidad superior.

Esta opinión nominalista conduce a afirmar que Dios es incognoscible, por cuanto no es posible deducir sus atributos de una perfección fundamental. Es imposible decir por qué razón es sabio, justo y misericordioso; es preciso afirmarlo, sin saber el porqué.

2º) Otros, inspirándose en Descartes, dicen que la esencia divina consiste formalmente en la libertad. Dios es ante todo una voluntad soberanamente libre. Descartes sostiene que, de quererlo, Dios puede hacer círculos cuadrados, montañas sin valles, seres existentes sin existencia, efectos sin causa; y Ockam, en la Edad Media, llegó a afirmar que, de quererlo, Dios habría podido imponernos el precepto del odio, y no el del amor, y aun el de odiarle a Él mismo, y no el de amarle.

En otros términos: del libre albedrío de Dios dependería la verdad del principio de contradicción y la distinción entre el bien y el mal. Dios es, pues, ante todo y sobre todo libertad absoluta.

Filósofos modernos, como el suizo Secretán, han dado de Dios la siguiente definición: Yo soy lo que quiero. Yo soy lo que libremente quiero ser.

Pero no se concibe la libertad anterior a la inteligencia.

Libertad sin inteligencia es imposible; se confundiría con el acaso.

La libertad no se concibe sin la inteligencia que la dirija; sería la libertad sin regla alguna, sin verdad y sin bondad.

Decir que Dios, de quererlo, habría podido imponernos el precepto de odiarle, equivale, en frase de Leibnitz, a decir que no es necesariamente el soberano Bien y que, de haberlo querido, habría podido ser el principio del mal que defendían los maniqueos.

Sostener esto es insensato.

Es «deshonrar a Dios», dice el mismo Leibnitz, afirmar que haya establecido por decreto arbitrario la distinción entre el bien y el mal y que Él sea la Libertad absoluta sin regla alguna.

Es cosa clara que no se concibe la libertad sin la inteligencia y la sabiduría que la dirijan; se concibe en cambio la inteligencia como propiedad anterior a la libertad y guía de ella. El conocimiento de la verdad y del bien es antes que el amor del bien, el cual, de no ser conocido, no puede ser amado.

La inteligencia es, de consiguiente, primera, y la libertad, derivada.

3º) ¿Quiere esto decir que la Inteligencia o el Pensamiento siempre actual, el conocimiento eterno de la Verdad en su plenitud, constituya formalmente la esencia divina? Es, ciertamente, una perfección divina; pero ¿es la perfección radical?

Así han opinado muchos filósofos y teólogos, para los cuales Dios es puro destello intelectual eternamente subsistente.

Obsérvase a veces en horas nocturnas de tempestad cruzar el firmamento súbito fulgor. Es una imagen muy remota de Dios. Se habla también de los destellos del genio que descubre, como un Newton, las grandes leyes de la naturaleza, destellos fugaces y muy restringidos, que revelan una verdad parcial, como es la ley de la gravitación universal.

Pues bien, Dios es puro destello intelectual, eternamente subsistente, que contiene la verdad infinita y la visión de todos los mundos actuales y posibles con sus leyes. Dios es sin duda el Pensamiento mismo eternamente subsistente y la Verdad misma siempre conocida.

¿Por qué? Porque la vida intelectual es la forma superior de la vida, más noble que la vegetativa de las plantas y la sensitiva de los animales, y porque la inteligencia es anterior a la voluntad y a la libertad, de las cuales es guía indicadora del bien digno de ser querido y amado.

Todo ello es cierto; pero ¿es la intelección subsistente la perfección absolutamente primera de Dios? Por alta que parezca esta concepción de la naturaleza divina, no parece ser la más elevada.

Los que sostienen esta opinión, sacan argumento de la gracia santificante, la cual, por estar esencialmente ordenada para la visión beatífica, es vida intelectual. Y como, por otra parte, la gracia es una participación de la naturaleza divina, síguese que la naturaleza divina debe ser ante todo la vida intelectual suprema, el Pensamiento eternamente subsistente y no el Ser por esencia.

Respondemos a esto que la gracia es participación de la naturaleza divina tal cual ella es en sí, y no según nuestro imperfecto entender. Es una participación de la Deidad, cuya razón formal es todavía superior a la de Ser e intelección. Dios concebido como Ser subsistente, contiene sólo «actu implicite», de manera implícita, las perfecciones divinas; mientras que la Deidad, tal cual en sí es y cual la contemplan en el Cielo los bienaventurados, contiene «actu explicite», de manera explícita, todos los atributos divinos. Los bienaventurados ven los atributos divinos en la Deidad, sin necesidad de deducción.

La Sagrada Escritura nos da otra muy superior, cuando nos dice que Dios es el Ser subsistente. El mismo Dios es quien nos ha revelado su propio nombre: El que es.

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Dios es el Ser mismo, eternamente subsistente

En el Libro del Éxodo (3, 14) se cuenta cómo Dios, hablando a Moisés desde la zarza ardiente, le reveló su propio nombre. No le dijo: «Yo soy la libertad absoluta, Yo soy lo que quiero.» Tampoco le dijo: «Yo soy la Inteligencia misma, el Pensamiento mismo eternamente subsistente.» Si no le dio esta definición: «Yo soy el que soy», o sea el Ser eternamente subsistente.

Recordemos el pasaje del Éxodo (3, 14): «Cuando vaya a los hijos de Israel y les diga: El Dios de vuestros padres me envía a vosotros, si me preguntan por su nombre, ¿qué les responderé?» Y el Señor a Moisés: «Yo soy el que soy.»

Así responderás, añadió, a los hijos de Israel: «El que es me envía a vosotros.»

El que es, en hebreo Yahvéh. «Este nombre tengo yo eternamente, y con éste se hará memoria de mí en la serie de las generaciones» (Ibíd. 5,15).

Se lee asimismo en el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis (1, 4-8): «Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor, el que es, era y ha de venir, el Todopoderoso.»

De la misma suerte se ha revelado a veces a los Santos, como por ejemplo a Santa Catalina de Sena: «Yo soy el que es; tú eres la que no es.»

Dios no es solamente espíritu puro; es el Ser mismo que subsiste inmaterial en la cumbre de todas las cosas, sobre todo límite que pueda oponerle el espacio, la materia o una esencia espiritual finita.

¿No es por ventura el Ser subsistente lo que a nuestro entender constituye formalmente la naturaleza divina? No parece difícil establecerlo.

En efecto, lo que constituye formalmente la naturaleza divina es aquello que concebimos como la perfección primordial que distingue a Dios de las criaturas y es fuente de los demás atributos.

Ahora bien, de las criaturas, tanto espirituales como corporales, se distingue Dios por ser el Ser subsistente, océano infinito del ser espiritual, ilimitado e incorpóreo.

Sólo la esencia divina es la existencia misma, sólo ella existe necesariamente; ninguna criatura existe por sí misma, ninguna puede decir: yo soy el ser, la verdad, la vida. Entre los hombres, sólo Jesús ha dicho: «Yo soy la verdad y la Vida.» Lo cual equivale a decir: Yo soy Dios.

En este vértice, en el Ser subsistente, concurren las cinco pruebas de la existencia de Dios expuestas por el Doctor Angélico: el primer Motor, la Causa primera, el Ser necesario, el Ser supremo y la Inteligencia ordenadora del universo; todas ellas terminan en el mismo Ser que subsiste inmaterial en la cumbre de todas las cosas.

Y de este punto culminante se deducen todos los atributos divinos, como de la racionalidad derivan las propiedades del hombre.

El Ser que subsiste inmaterial en lo más alto de todo debe ser absolutamente uno y simple, la Verdad misma siempre conocida, el Bien mismo siempre amado. Y porque es inmaterial, debe ser la Inteligencia, el Pensamiento mismo eternamente subsistente, la Sabiduría misma, la Voluntad, el Amor subsistente, la Justicia y la Misericordia.

Vemos también que la Justicia y la Misericordia suponen el amor del bien; el amor, la inteligencia que le ilumina; y la inteligencia, el ser inteligente e inteligible que ella contempla.

De lo expuesto resulta que de los nombres de Dios el primero y más apropiado es Yahvéh, el que es. Es su nombre por excelencia, dice Santo Tomás (I, q. 13, a. 11); y ello por tres razones:

1ª) Porque expresa el ser mismo, y no una forma del ser, una esencia especial; ahora bien, sólo Dios es el ser por esencia, sólo Dios existe por sí mismo.

2ª) Es el nombre más universal, el que comprende el ser todo entero con todas sus perfecciones, océano sin riberas de la substancia espiritual, omnisciente y omnipotente.

3ª) Este nombre Yahvéh, el que es, significa además el ser siempre actual o presente, para quien no hay pasado ni futuro.

He aquí lo que constituye formalmente la naturaleza divina, según nuestra tosca e imperfecta manera de entender, que consiste en deducir de una propiedad primordial los atributos divinos y enumerarlos uno tras otro: unidad, sabiduría, amor, justicia, misericordia…, sin llegar jamás a ver cómo se funden e identifican en la vida íntima de Dios o en la Deidad.

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La Deidad

En lo que toca a la naturaleza divina, a la Deidad, tal cuál es en sí, no podemos acá abajo conocerla; sería preciso verla inmediatamente, sin mediación de ninguna criatura ni de ninguna idea creada, como la contemplan en el Cielo los bienaventurados.

Sólo en el Cielo veremos cómo se identifican la Sabiduría divina y el divino beneplácito; cómo el divino beneplácito, por libérrimo que sea, no es caprichoso, estando todo él penetrado de la Sabiduría.

Sólo entonces comprenderemos cómo la Justicia infinita y la infinita Misericordia se identifican en el amor del soberano Bien, el cual tiene derecho a ser amado sobre todas las cosas y a la vez tiende a comunicarse para hacernos felices.

La Deidad, tal cual es en sí, permanece oculta a nuestra inteligencia, envuelta en profundo misterio; los místicos la llaman «noche oscura», «tiniebla translúcida» y otros nombres semejantes que recuerdan «la luz inaccesible» que dice la Sagrada Escritura.

Pero si no podemos conocer la Deidad tal cual es, participamos de ella mediante la gracia santificante, que es realmente una participación de la naturaleza divina tal cual es en sí misma, y nos dispone desde ahora para ver y amar un día a Dios como Él se ve y se ama a sí mismo.

De aquí vemos el valor de la gracia santificante, muy superior a la vida natural de nuestra inteligencia, y aun a la vida natural de la inteligencia angélica. Esto es lo que hace decir a Santo Tomás: El grado ínfimo de gracia santificante que se halla en el alma de un neófito vale más que todo el universo, más que todas las naturalezas creadas juntas, corpóreas y espirituales (Ia-IIæ, q. 113, a. 9, ad 2).

Esto mismo declara admirablemente Pascal en una de las páginas más bellas de sus Pensamientos: Todos los cuerpos, el firmamento con sus astros, la tierra con sus reinos, no valen lo que el menor de los espíritus; porque el espíritu los conoce todos, y también a sí mismo; mas el cuerpo nada conoce. Todos los cuerpos juntos, y todos los espíritus reunidos, con todas sus producciones, no valen lo que el menor movimiento de caridad, que es de un orden infinitamente superior. De todos los cuerpos juntos no se logra sacar un solo pensamiento; ello es imposible y de otro orden. De todos los cuerpos y de todos los espíritus juntos no se puede arrancar un solo movimiento de verdadera caridad; es también imposible y de orden superior, de orden sobrenatural… Los santos tienen su imperio, su esplendor, su victoria y su brillo, y no han menester grandezas carnales o espirituales (intelectuales), que de nada les sirven; porque nada añaden ni quitan. Son vistos por Dios y por los ángeles, y no por los cuerpos ni por los espíritus curiosos: Dios solo les basta.

Tal es el galardón de la vida escondida.

La santidad, mejor que ninguna otra cosa, nos revela acá en la tierra, en la oscuridad de la fe, qué cosa sea la vida íntima de Dios, la Deidad; porque la santidad o perfección de la vida de la gracia es una participación real y viviente de la vida íntima de Dios, la cual nos dispone para verle más tarde en la gloria.

De ahí aquellas palabras del Salmista (Salmo 37, 36): Mirabilis Deus in sanctis suis. Admirable es Dios en sus santos.