SAN JOSÉ
PATRONO DE LA IGLESIA CATÓLICA
En los años 1869 y 1870 se reunieron en Roma todos los obispos del mundo, para celebrar un Concilio general, que fue el primero Vaticano. En este Concilio se habló también de San José, y se hizo más solemnemente de lo que ya se había hecho en el Concilio de Constanza, el año 1414.
En dicho Concilio, Gersón había propuesto se invocara a San José como Patrono de toda la Iglesia. La propuesta fue bien acogida, si bien no pudo actuarse, por varias circunstancias.
En el Primer Concilio Vaticano fue presentada la misma petición por muchísimos obispos, no sólo en nombre propio, sino también en nombre de los feligreses confiados a su cuidado. El Concilio aplaudió la proposición, y el papa Pío IX, de felicísima memoria, con un Decreto que expidió el 8 de diciembre de 1870, Quemadmodum Deus, declaró solemnemente a San José, Patrono de la Iglesia universal.
Este glorioso título dado a San José es antiguo, si se considera el culto privado, porque desde muchos siglos venía siendo invocado como Patrono de la Iglesia universal por algunos cristianos; y es nuevo, si se atiende a la declaración pública y oficial, porque la Iglesia no lo saludó como a tal sino después de 1870.
Muy a propósito fue este Decreto del Sumo Pontífice, y muy propio de San José es el título con que se lo honra, pues Él desde el Cielo hace por todos los cristianos lo que los Santos Patronos locales o particulares hacen para con los cristianos de determinado país, de una provincia, de un reino; esto es, los asiste, los protege, los defiende, y se constituye en su abogado defensor y padre ante el trono de Dios.
Cuan oportuna fuese dicha Declaración lo demuestran claramente las circunstancias, ya que en la tierra se combate encarnizadamente a la Iglesia Católica. Las principales armas de los enemigos son la calumnia contra el sacerdocio, la irrisión de las cosas y prácticas más santas, la incredulidad, la indiferencia religiosa, la expoliación de la Iglesia, la prensa mala e impía, el atentado a la indisolubilidad del matrimonio y muchas otras. Y no pocos, aun de los que se llaman cristianos, con estas armas tratan de esclavizar a la Iglesia, y así destruirla, si fuere posible.
Oprimida por tantas angustias, amenazada por tantos enemigos, la Iglesia se dirigió a Dios implorando su ayuda, y Dios le ofreció un sostén y un defensor en la persona de San José. A Él, cuando estaba sobre la tierra, el Padre Celestial le había confiado la Sagrada Familia, y por su medio la había salvado de las persecuciones. Ahora bien, ¿quién más a propósito para custodiar y proteger la Iglesia de Cristo, que el que tuviera la sublime misión de custodiar y amparar la Familia de Nazaret?
Por esto podemos afirmar que Dios confió a San José en el Cielo, el mismo oficio que tenía cuando estaba en la Tierra. Aquí abajo fue el custodio del Cuerpo real de Jesucristo, y desde el Cielo es el custodio de su Cuerpo Místico, la Iglesia Católica.
Aquí fue el custodio y defensor de Jesús, a quien salvó de la muerte y mantuvo con sus trabajos, y desde el Cielo guarda y defiende al Papa, que representa a Jesús, como Jefe de la Iglesia.
Aquí salvó a la Sagrada Familia de las persecuciones, y desde el Cielo salvará a la Iglesia, que es la continuación de aquélla.
Aquí fue providencial Jefe de la Sagrada Familia, y desde el Cielo es poderoso Patrono de la Iglesia universal, de este gran Cuerpo Místico que une a los cristianos con su Jefe, que es Jesucristo.
El orden de la Divina Providencia nos lleva necesariamente a asignar este oficio a San José; no faltaba más que la voz de la Autoridad Suprema que lo promulgase en el cristianismo, y esta voz se hizo oír por boca de Pío IX el 8 de diciembre de 1870.
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He aquí las veneradas palabras del Decreto:
Como Dios constituyó al antiguo José, hijo del Patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no dejase faltar al pueblo el alimento que necesitaba; así, llegada la plenitud de los tiempos, cuando iba a mandar a su Hijo Unigénito Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era tipo y figura, y lo constituyó señor y príncipe de su casa y de su posesión, y lo eligió guardián de sus divinos tesoros. José, en efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Jesús, que se dignó ser llamado hijo de José, y a él estuvo sujeto.
Y este José, no sólo vio a Aquel a quien tantos reyes y profetas desearon ver; sino que conversó con Él, y con afecto paternal lo abrazó y besó; y hasta con diligentes cuidados nutrió a Aquel que debía ser el sustento espiritual y alimento de vida eterna para el pueblo fiel.
Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su Siervo fidelísimo, siempre la Iglesia honró con sumos honores y alabanzas al bienaventurado San José, después de la Virgen Santísima, su Esposa, e imploró preferentemente su mediación en casos angustiosos.
Viéndose, pues, en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes perseguida por sus enemigos, y oprimida de tan graves calamidades, hasta el punto que hombres impíos están persuadidos de que ha llegado la hora en que contra Ella prevalecerán las puertas del infierno; los venerables Prelados de todo el orbe católico presentaron sus preces y las de los fieles de Cristo encomendados a su cuidado, y pidieron al Sumo Pontífice que se dignara proclamar a San José, Patrono de la Iglesia Católica.
Habiéndose después renovado insistentemente las mismas súplicas y votos en el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santísimo Padre el Papa Pío IX, movido por la actual luctuosa condición de los tiempos, y queriendo satisfacer los votos de los obispos, y obtener para sí mismos y los fieles todos el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, lo declaró solemnemente patrono de la iglesia católica, y mandó que su fiesta, del 19 de marzo, se celebre en adelante con rito doble de primera clase, aunque sin octava, por razón de la Cuaresma.
Dispuso, además, que semejante declaración se promulgara por el presente Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, en este día consagrado a la Inmaculada Virgen Madre de Dios y Esposa del castísimo José.
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ORACIÓN A SAN JOSÉ DEL PAPA LEÓN XIII
A Vos recurrimos en nuestra tribulación, Bienaventurado José; y, después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio.
Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús
del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el Cielo la eterna felicidad. Amén.
