ESTUDIOS DOCTRINALES: EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: DOS COMPLEMENTOS DEL HOGAR: LA ESCUELA Y LA PARROQUIA

DOS COMPLEMENTOS DEL HOGAR:

LA ESCUELA Y LA PARROQUIA

Pío XII afirma en uno de sus discursos que el ambiente familiar, como nido ofrecido por la naturaleza… es el más apropiado para asegurar una buena e incluso perfecta educación.

Pero esta afirmación no es categórica sino condicional; entre las dos partes de la frase anterior introduce el gran Papa un inciso en el que dice que para que eso pueda afirmarse se requiere una doble condición: que ese ambiente sea complementado por la Iglesia e integrado por la Escuela (Discurso al Internado Nacional Masculino de Roma, del 20 de abril de 1956).

Los padres, según esta doctrina, deberían preocuparse de buscar estos dos complementos del ambiente y educación familiar si quieren que la educación de sus hijos sea buena y completa.

Digamos, pues, algo sobre estos dos ambientes complementarios del hogar, empezando por la Escuela.

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La Escuela

Bajo el punto de vista de instrucción o meramente cultural, es indiscutible que la Escuela es algo más que un complemento de la familia. En la inmensa mayoría de los casos la Escuela es la mandataria de los padres para la instrucción integral de los hijos.

En este aspecto, la acción enseñante del maestro y de la Escuela es fundamental y sustantiva, y lo que la familia puede hacer es relativamente poca cosa.

Pero si se trata, no de la instrucción científica e intelectual, sino de la formación humana, de la educación moral, social, cívica y religiosa, en una palabra, de la formación de la personalidad, indudablemente los términos se invierten y la parte principal corresponde a la familia, siendo la de la Escuela meramente complementaria.

No obstante los empeños de la pedagogía, demuestra la experiencia secular que sobre la formación de la personalidad infantil tiene mucha mayor influencia el medio ambiente familiar que el de la Escuela, habiendo de reservarse la influencia del maestro, en lo que concierne a la formación de la personalidad, a una acción complementaria del medio ambiente familiar.

Sea, pues, el hogar un templo para los hijos y la Escuela una prolongación de la casa paterna.

Esto hay que decirlo muy claro y muy fuerte en los tiempos actuales; pero no para oscurecer la nobilísima misión del magisterio y sacar de quicio lo referente a la dignidad paterna, sino para dejar las cosas en su sitio: para que los padres no exijan de los maestros lo que éstos no pueden dar, y para sacudir la conciencia dormida de muchos padres que abdican de los derechos y olvidan las sagradas obligaciones que tienen como educadores natos y primarios de sus hijos.

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Las razones y las sinrazones en favor de la Escuela

Normalmente, en una situación social normal, aunque se tratara de padres que tuvieran ciencia no común, cualidades de didactas y tiempo suficiente, es recomendable enviar los hijos para su instrucción a una Escuela o Colegio público para una más completa formación de su personalidad.

Aunque la educación individual, hablando en general, tiene una gran superioridad sobre la educación colectiva, bajo algunos aspectos, ésta supera a la anterior.

Sería, pues, prudente tratar de obtener los beneficios de ambas, uniendo a la acción formativa que se da en el hogar la que se da en una Escuela o Colegio.

La Escuela pone mejor en contacto al niño con el mundo y la sociedad; le inicia en el difícil arte de conocer a los hombres al hacerle convivir con una multitud de condiscípulos; educa y desarrolla más pronto el sentido de adaptabilidad; hace conocer experimentalmente al niño que además de la autoridad paterna existen en el mundo otras autoridades dignas del mayor respeto; acostumbra al alumno a una puntualidad, a una disciplina externa, a un orden colectivo que difícilmente se pueden practicar en el hogar.

Por eso, la educación colectiva de la Escuela debería ser un hermoso complemento de la que se recibe en el hogar. Esta sin aquélla fácilmente resultaría excesivamente individualista, parcial y hasta egoísta; ésta con aquélla constituye la mejor solución para una educación integral que se acerca al ideal.

Estas son las verdaderas razones de la conveniencia de la educación de los hijos en la Escuela, y no las que no raramente mueven a los padres a llevarlos a ella.

Algunos conciben la ‘Escuela como una guardería infantil, mientras están bajo la autoridad del maestro pueden ellos verse libres del Cuidado de sus hijos para, ganar el sustento de la familia o para aligerar simplemente su carga.

Esta visión de la Escuela es raquítica, miope, egoísta.

Otros padres procuran que sus hijos frecuenten alguna Escuela para que en ella se dé a su hijo una educación moral que ellos no saben, o no quieren, o no pueden dar; o sea, conciben la Escuela como un sustitutivo de la educación familiar.

Es un error craso.

Si el llevar sus hijos a algún Centro docente es para inhibirse los padres en las tareas educativas y formativas de la voluntad y del carácter de la prole, bien podemos decir que quedarán frustrados sus planes, pues más perjudicará a los niños la inhibición de sus padres que les beneficiarán los desvelos de sus nuevos educadores.

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Elección de la Escuela para los hijos

El primer trabajo que los deberes sagrados de la educación exigen a los padres es el de la elección de Escuela.

Esta elección no se ha de hacer en abstracto, sino en concreto, es decir, más que plantearla entre diversas instituciones, hay que hacerla teniendo en cuenta las cualidades personales de los profesores que están al frente de dichos establecimientos o de cada una de sus clases.

Nunca como al plantearse la presente cuestión es tan verdadero aquel axioma de que la Escuela es el maestro.

Ahora bien, esta elección hay que hacerla con arreglo a unos criterios aceptables y por razones de peso.

Entre estas razones o criterios hay algunos fundamentales y sustantivos, que pueden reducirse a estos tres:

* Espíritu cristiano del maestro o institución.

* Eficacia del mismo en orden a la educación moral y formación del carácter.

* Cualidades o métodos didácticos en relación con la instrucción intelectual.

En estas razones ha de apoyarse principalmente la elección.

Hay otros criterios de importancia secundaria, que sólo en caso de igualdad o mucha semejanza de las circunstancias anteriores pueden tener peso decisivo, entre los que se pueden enumerar los siguientes:

* Categoría o nivel social del Centro.

* Gravamen económico que supone para la familia.

* Proximidad o lejanía entre la escuela y el domicilio familiar.

* Relaciones personales de los padres con el maestro o profesor.

* Inclinación y simpatía del alumno hacia tal o cual institución o pedagogo.

Las razones económicas no debieran contar en esta materia. Desgraciadamente no sucede así; en muchos casos gravitan sobre los padres con tal fuerza, que llegan incluso a imposibilitar el ejercicio del derecho de elección.

Los padres, por otra parte, deben saber que no hay necesidad, si tienen varios hijos, que todos acudan al mismo Centro docente. Las razones secundarias que hemos indicado, y otras que puede haber, pueden ser diversas para cada hijo.

Por lo que se refiere a las condiciones económicas, muy bien pudiera suceder que una familia de posibilidades muy limitadas sólo pudiera hacer dispendios para un hijo y que, por otra parte, entre los diversos hermanos uno descollara evidentemente sobre los otros en capacidad intelectual. En este caso no sería ninguna injusticia por parte de los padres elegir una Escuela de pago para éste y enviar los demás a otros Centros docentes de menor prestigio.

En cada caso los padres deben sopesar las razones y decidirse por una u otra llevados por rectos criterios.

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Edad para el ingreso de los niños en la Escuela

Mientras los niños necesiten los cuidados personales de la madre y mientras ésta no haya terminado su labor específica con sus hijos, no conviene, que éstos sean enviados a una Escuela.

Las guarderías infantiles para niños de dos, tres y cuatro años siempre serán un mal, comparadas con el ambiente y los cuidados que podrían tener en el hogar, si éste fuera el que debe y la madre pudiera permanecer en él.

Para fijar la edad en cada caso concreto hay que mirar todas las circunstancias del mismo.

Como norma general parece puede establecerse que la ida del niño a la Escuela no debe retrasarse hasta los siete años. En los casos ordinarios, oscilará entre los cinco y los seis años cumplidos.

Una de las circunstancias que hay que tener presente es la de la salud y desarrollo físico de los posibles escolares, así como también si tienen o no otros hermanos y si su madre puede dedicarles los suficientes cuidados.

Cuando se trata de un hijo sólo o de un hijo muy distanciado en edad de sus hermanos, cuanto antes vaya a la Escuela, mejor.

Cuando son varios los hermanos, con edades parecidas y su madre puede atenderlos, tal vez la mejor edad sería a los cinco años.

Cuando los hijos son muchos y la madre no puede educarlos a todos con el desagobio conveniente, aquéllos han de ir pronto a la Escuela. Pero que esto no sirva de pretexto para desentenderse de los hijos y convertir a las Escuelas en guarderías para niños.

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Los padres y la Escuela

Ante todo debe quedar bien claro que una vez los niños han sido matriculados en una Escuela, los padres no han terminado su misión, ni pueden dar por terminada su actuación, aunque se trate de prestigiosos Centros de enseñanza.

Este es un error muy extendido en todas las clases sociales.

Los deberes de los padres para con sus hijos matriculados en alguna Escuela podemos reducirlos a los siguientes:

1°) Velar por la asistencia de sus hijos a la Escuela.

2°) Participar activamente con el maestro en la formación del carácter y la personalidad del niño y en la aplicación acorde de las medidas disciplinarias útiles para corregir sus defectos, encaminar sus hábitos y estimular en él el gobierno de sí mismo.

3°) Informarse periódicamente del aprovechamiento escolar de sus hijos mediante relación directa con los maestros.

4°) Notificar a la autoridad las anomalías de orden moral o profesional que fundadamente advierta en los educadores de sus hijos y apelar en su caso a las autoridades superiores.

5°) Presentar a sus hijos con el debido aseo en sus personas y decorosamente vestidos.

6°) Proporcionarles los elementos materiales indispensables para la enseñanza, salvo los casos de carencia de recursos económicos suficientes, en que serán suplidos por la Escuela.

7°) Vigilar el cumplimiento de las disposiciones legales que regulen el debido funcionamiento de las Escuelas.

8°) Procurar, incluso con su aportación económica o personal, el establecimiento de las instalaciones complementarias para la orientación e iniciación profesional.

9°) Cooperar al fomento y desarrollo de las instituciones pedagógicas, sociales y benéficas, complementarias de la Escuela.

Para el cumplimiento de estos deberes bueno será indicar algunos medios concretos y prácticos que hacen posible y fácil esa cooperación de los padres con los maestros y educadores.

El primero de ellos es visitar personalmente durante el curso escolar al maestro o profesor para establecer ese contacto personal, recibir sus impresiones y suministrarle los oportunos informes relacionados con el hijo. Las fiestas o exposiciones escolares ofrecen una buena oportunidad.

Esta visita puede ser completada con el boletín escolar de notas que semanal, quincenal o mensualmente los maestros envían a las familias. Los padres deben prestarle toda la atención que se merece y actuar luego sobre su hijo en consonancia con las datos de estos boletines, ya sea felicitándole por los éxitos obtenidos, ya reprendiéndole por sus fracasos, ya estimulándole a un mayor esfuerzo, ya sosteniendo su espíritu abatido.

Si el Centro docente en el que cursa algún hijo publica o edita, ya sea una Memorial anual, ya alguna hoja periódica con datos sobre la marcha del Establecimiento, muy bien harán los padres leyéndolos con interés para conocer más a fondo el ambiente en que se forma su hijo, con todas sus ventajas o deficiencias.

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Importancia extraordinaria de la colaboración de los padres

Esta colaboración entre padres y maestros es tan importante que a su falta atribuye Pío XII gran parte de los fracasos o falta de fruto de la educación:

¿Por qué razón tantos esfuerzos de los profesores, tantas horas y tantos años de constante entrega dan a veces tan escasos frutos, si no es precisamente porque la familia, con su falta de acción educativa, sus errores pedagógicos, sus malos ejemplos, destruye día a día lo que el profesor se esfuerza penosamente por construir? Es inadmisible que tantas familias crean haber cumplido con sus deberes hacia los hijos por el hecho de enviarlos a las Escuelas, sin preocuparse de colaborar íntimamente con los profesores, sobre los cuales piensan erróneamente que pueden descargar toda una parte de sus obligaciones.

Esto es cierto sobre todo para la enseñanza elemental, pero también para la enseñanza media, puesto que en este momento, al crecer los adolescentes comienzan a emanciparse de la sujeción de los padres y ocurre a menudo que ellos oponen el profesor al padre, la Escuela a la casa… La familia no puede y no debe abdicar de su oficio de dirección; la colaboración es natural y necesaria, pero supone, para que sea fecunda, mutuo conocimiento, relaciones constantes, unidad de miras, rectificaciones sucesivas. Sólo entonces los profesores podrán hacer efectivo su ideal. La familia debe ser el más sólido apoyo del profesor en todos los grados (Discurso a la Unión Católica Italiana de Profesores de Enseñanza Media, del 5 de enero 1954).

No se pueden encontrar palabras más contundentes, decisivas y apremiantes, y al mismo tiempo más autorizadas, para mover la conciencia de los padres de familia a esta colaboración íntima y estrecha con los maestros o profesores de sus hijos en la tarea educadora y docente.

En este mismo sentido se expresa también un Cardenal español: Seguid paso a paso la ruta de vuestro hijo, interrogad a sus maestros, vaciaos en ellos, para hacer una acción conjunta, a fin de que no se pierda un solo elemento de educación (Cardenal Goma: La familia, cap. VII).

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La educación de los hijos en internados

Al hablar de las Escuelas y también de los Colegios en cuanto atienden a la educación de niños en plan de externado, hemos afirmado categóricamente la conveniencia suma, la necesidad moral, de que los padres enviaran a ellos sus hijos para su educación e instrucción, prefiriéndolos a una enseñanza familiar, aun en el caso de que se la pudieran dar perfecta dentro del mismo hogar.

¿Hay que decir lo mismo de la educación dada en plan de internado en cualquier Centro de formación, alejando a los niños de su propia familia? ¿Hay que preferir el internado, al menos cuando es en un Colegio dirigido por religiosos? Hablando en general y en teoría, no.

Por muchas razones, el ambiente educativo de la familia es superior y preferible al de los internados, aun tratándose de los que son dirigidos por sacerdotes o religiosos.

Los ojos de una madre prudente, tierna y cristiana son mucho más perspicaces que los de cualquier otra persona… Debemos tener en mucho la educación en los buenos internados; pero debemos apreciar mucho más la de una buena madre que pueda aplicarse libremente a esta obra. Por consiguiente, los hijos estarán mejor al lado de su madre que en el mejor internado que se pudiera escoger.

Pío XII hablando sobre el particular dice también que la educación de un niño en un Colegio lejos del hogar «es necesariamente imperfecta» (Discurso al Internado Nacional Masculino de Roma, del 20 de abril de 1956), por carecer de las saludables influencias del ambiente familiar.

Una de las razones de la inferioridad de los internados, en general, es el mayor y más profundo conocimiento que los padres y, sobre todo, las madres tienen de sus hijos, comparados con el que tendrán de éstos sus nuevos educadores. La naturaleza ayuda a los padres con misteriosas intuiciones para penetrar el corazón de los hijos.

Chesterton, con su característico y desconcertante estilo, escribió:

— Para enseñar latín a Juan, ¿qué es necesario saber primeramente?

— Es necesario saber latín.

— ¡No! Es necesario conocer a Juan.

Si aun tratándose de mera enseñanza de un idioma tiene razón el irónico escritor inglés, ¿cuánto más no la tendrá tratándose de enseñarle la ciencia difícil de ser hombre y conducirse como tal en la enmarañada selva de la vida?

Lo que acabamos de decir no es debido a que sintamos poco aprecio por la benemérita labor que desarrollaban tantos sacerdotes, religiosos y religiosas en los internados que dirigían con celo y competencia y con una dedicación llena de entrega.

Los apreciamos como la Iglesia los apreció, tanto más cuanto que son con frecuencia objeto de críticas despiadadas y de censuras injustas, o se les echa en cara cualquier desviación de algún antiguo alumno al correr de los años. Como si la educación, aun la mejor, hiciera impecables a los educandos o como si esos fallos y mayores no los hubiera en los que han recibido la más esmerada educación familiar, que teóricamente es la que más hondo cala.

Fallos y deficiencias en todas las instituciones humanas los hay y los habrá, porque son consecuencia de la necesaria limitación de las facultades y recursos de los hombres. Pero, si se hace una comparación objetiva y desapasionada de esos Centros de educación dirigidos por sacerdotes o religiosos con los demás, se concluirá que no había ninguna pedagogía que, en conjunto, haya producido mejores frutos, ni siquiera iguales.

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En la práctica

A pesar de las excelencias del ambiente familiar para la educación, en concreto y en la práctica, muchas veces será preferible enviar al hijo a un internado para su más cabal educación.

A menudo
—dice Pío XII— las circunstancias de lugar, de trabajo, de personas, impiden a la familia atender por sí sola a tan ardua tarea. En estos casos el Colegio viene a ser una institución providencial, sin la que muchos jóvenes quedarían privados de grandes bienes» (Discurso al Internado Nacional Masculino de Roma).

Unas veces no reina entre los padres la armonía que fuera de desear; otras, se ven absorbidos por los negocios y no saben encontrar tiempo para cuidar de la educación de su hijo; otras, carecen de la entereza y energía suficiente para imponerse a sus hijos; otras, la muerte ha arrebatado al padre quedando la madre sin el apoyo de la autoridad del varón; otras, el niño tiene que trasladarse a la ciudad lejos del hogar para asistir a las aulas de algún Centro docente… En la casi totalidad de estos casos la mejor solución práctica, si es viable económicamente, será recurrir a un internado.

En muchas otras ocasiones falta a los padres verdadera voluntad de tomarse en serio y con todas sus consecuencias la educación de sus hijos.

Ello no significa que la educación en régimen de internado carezca de dificultades y peligros.

Al separar de la familia, el internado resulta un clima o ambiente artificial al que no es fácil dar siempre la dosis de calor, cordialidad, sinceridad y confianza necesarios para la formación.

Al contener una gran masa de educandos, la educación es más bien colectiva e igualitaria, sin que se pueda prestar a veces la debida atención a cada uno de los internos, a sus necesidades y características peculiares, para la formación de su carácter.

La misma multitud de alumnos tiene el peligro de una facilidad mayor para el contagio moral; como en un montón de manzanas, bastan uno o dos corrompidos para inficionar a muchos otros. Para evitar o conjurar este peligro se impone una continua y eficaz vigilancia; pero esta vigilancia fácilmente puede tener como consecuencia un ambiente de cuartel.

Por eso los padres, al tratar de elegir el internado donde han de llevar a su hijo, han de informarse bien sobre el grado en que reina en los diversos Establecimientos entre los que pueden optar ese clima de confianza entre los alumnos y los directores, sobre si se atiende suficientemente a la formación individual de cada interno, sobre si se ejerce de hecho la vigilancia necesaria para evitar los peligros morales y sobre si esta misma vigilancia se lleva a cabo con la debida discreción, de suerte que no degenere en un clima de represión policíaca.

Aquel Centro en donde vean que se armonizan mejor estas cualidades es el que debe ser preferido.

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La solución ideal

Ante estas dificultades reales de los internados, los pedagogos han intentado encontrar una solución más perfecta, en la que se reúnan las ventajas de la educación familiar y pública.

Por eso se ha dicho, y con razón, que frente al externado de eficacia superficial, por ser su radio de acción muy limitado, y frente a las deficiencias de los internados, la solución ideal es el semi-internado o mediopensionado.

El sistema de semi-internado reúne casi todas las ventajas de los dos sistemas anteriores y es, por tanto, preferible a ellos, pues dejando al educador medios de acción, no priva al niño de la influencia de la familia y queda exento de los mayores peligros a que el internado le sujeta.

Con este régimen se prolonga la vida de familia y los padres tienen una participación natural en la educación de sus hijos.

Este es el pensamiento magistralmente expuesto por Pío XII:

Entre la educación en familia, a menudo imposible, y la del Colegio, necesariamente imperfecta, hay un camino medio que está representado por el semipensionado, donde el joven obtiene las ventajas de la educación familiar con las propias de la vida de Colegio (Discurso al Internado Nacional Masculino de Roma).

El Papa no sólo sanciona con su autoridad esta doctrina, por otra parte común entre los pedagogos católicos, sino que a continuación pasa a enumerar las ventajas de este modo de educación:

Los principales méritos de ésta vida de Colegio son la formación del espíritu en una más austera conciencia del deber, en el sentido de la disciplina y de la precisión, en el hábito de ordenar más las propias ocupaciones, en el sentimiento de responsabilidad de sus propios actos. En el Colegio el joven aprende durante cierto tiempo a saber convivir en sociedad gracias a las diferentes relaciones en que viene a hallarse con sus superiores, con los condiscípulos y con los inferiores de edad. Es impulsado hacia una sana emulación, hacia el justo sentido del honor y a la aceptación de sacrificios necesarios. La posesión de estas dotes desde los tiernos años facilitará sin duda al joven su entrada en la vida, le ayudará a afrontar las dificultades y a cumplir las obligaciones del propio estado (lugar citado).

En no pocos Colegios se ensaya una forma intermedia entre el externado y el mediopensionado: es la de los alumnos vigilados.

Estos, además de las clases, tienen en el Colegio sus horas de estudio y algunos recreos comunes, pero van a comer a sus casas.

En realidad, esta forma no aventaja al externado sino en cuanto asegura el estudio de los alumnos y los libra de los peligros del juego fuera de la vigilancia de sus padres o educadores. Cuantas más horas los detiene en el Colegio, tanto menor lugar les deja para andar en ocasiones peligrosas.

Conviene advertir, no obstante, que no por ser el semipensionado la solución ideal en teoría, es la forma que hay que escoger siempre en la práctica. Aparte de los casos en que el semi-internado no es posible —por ejemplo, para los niños que han de abandonar el domicilio paterno para ir a estudiar a la ciudad—, quedan otros muchos en que convendrá elegir, si es posible, el internado.

Cuando en el hogar hay malos ejemplos, o falta alguno de los padres, o no se puede prestar la debida atención a los hijos, etcétera, el internado será la mejor solución en concreto.

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Colaboración de los padres con los directores

Cualquiera que sea la solución práctica que los padres adopten para la mejor educación de su hijo, tanto si es la del internado como la del mediopensionado, nunca deben olvidar que es imprescindible su colaboración con los directores de aquellos Establecimientos para el buen éxito de la obra que se lleva entre manos: la formación integral de sus hijos.

Para muchos padres, poner a sus hijos en el Colegio y no ocuparse más de ellos es una misma cosa: nada más funesto.

Pío XII reprueba también ese proceder y afirma que el que los hijos sean educados en un internado no exime a los padres del deber de ocuparse de ellos, antes al contrario, exige que su influjo se haga patente también en el Colegio, para integrar la obra de formación que se realiza lejos de su mirada (lugar citado).

La cosa es tan clara que no hace falta insistir. En cambio, sí que interesa concretar un poco en qué ha de consistir esa colaboración.

Ante todo hay una colaboración negativa, que consiste en no hablar mal del Colegio delante de sus hijos. Si los padres observan algunas deficiencias y después de haberlas indicado a los directores no consiguen que se remedien, son muy dueños de sacar a sus hijos del Establecimiento en que los internaron; pero mientras los tengan allí, hablar en presencia de sus hijos contra los directores o profesores del Colegio que los educan es quitarles a los ojos de éstos toda autoridad moral, sin la cual su labor será totalmente estéril.

Pasando a la colaboración positiva, hay que recordar, ante todo, que todos los medios que poco ha indicábamos al tratar de la Escuela, tienen aquí plena vigencia y resultan del máximo interés.

La lectura de los boletines quincenales o mensuales de notas deben hacerla los padres con toda atención, fijándose no sólo en las calificaciones escolares o académicas, sino, además, y con la mayor diligencia, en las de su conducta o comportamiento. Sería fatal para la formación del carácter de sus hijos que de palabra o con las obras les dieran a entender que las calificaciones escolares son las que verdaderamente les interesan y que a las otras les conceden muy poca importancia.

Al contrario, deben no solo prestarle gran atención, sino, además, indagar las causas de los fallos en el comportamiento, si los hubiere, para exhortar a su hijo a aplicar el remedio.

Si los directores del Colegio dieren en alguna ocasión alguna queja a los padres sobre el niño y recabaren la colaboración positiva de aquéllos para corregir algún defecto del educando, deben los papas tomar al momento el aviso en consideración y reforzar la acción educativa del Colegio con las oportunas reprensiones o exhortaciones, sin admitir los pliegos de descargo que los hijos son tan duchos en presentar a los padres, a no ser que se trate de evidente y flagrante error o equivocación por parte de los directores del Colegio. Pero aun en este caso no deben dar la razón al hijo, ni menos tomar ninguna resolución antes de cambiar impresiones sobre el particular con los educadores de su hijo.

Si tras este cambio de impresiones decide sacarle del Colegio inmediatamente, dé en hora buena la razón al muchacho; en caso contrario guárdese muy mucho de hacerlo: ello sería empujar al hijo hacia la rebeldía, amargar la vida a los directores del Colegio y gastar inútilmente el dinero que importa la pensión.

Más todavía, los padres no deben jamás interrogar directamente a su hijo sobre la marcha del Colegio y sobre sus directores. Un padre o una madre tienen derecho a saberlo todo, pero de otra manera y por otros medios; y no debe ser preguntado el niño sobre sus maestros, presentándole la fácil tentación de ejercer sobre ellos su malignidad y viniendo a ofrecerle un recurso y un funesto asilo en la debilidad de sus padres contra la firmeza de sus educadores.

Esto es la ruina de toda autoridad y todo respeto y, por consiguiente, de la educación.

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Las vacaciones

En ninguna ocasión es más necesaria la colaboración de los padres con el Colegio o más fatal por sus resultados la falta de colaboración que en las vacaciones.

Por los fallos que hay en esta parte, la labor educativa de los internados es con frecuencia un tejer y destejer de varios años con unos resultados casi totalmente negativos.

Prescindiendo ahora del aspecto de formación intelectual o científica, bajo el cual la falta de estudio es más justificable y menos nociva durante las vacaciones veraniegas, fijémonos un poco en el aspecto de formación moral, religiosa y del carácter.

Tomemos como ejemplo a José Luis, alumno de tercero de Bachillerato.

Durante el año escolar asiste a la Santa Misa diariamente y comulga con frecuencia; se levanta venciendo su pereza matinal a las siete de la mañana; es puntual a todos los actos reglamentarios; aunque ello le supone no poco esfuerzo y vencimiento, acepta las correcciones del prefecto de su sección relativas a los defectos de su carácter; no asiste a otros espectáculos que a los que se tienen en el mismo Colegio o a algún espectáculo de excepcional interés y calidad, junto con sus compañeros y acompañados de un responsable; como miembro de un Centro interno, toma parte en algunos actos de apostolado y caridad en una zona suburbial próxima al Colegio…

Pero terminados los exámenes y llegado a su casa, la madre le dice que como está muy fatigado por los esfuerzos de final de curso no debe levantarse temprano para ir a Misa, sino descansar hasta las tantas; llega el domingo y como su padre no acostumbra a ir a Misa y su madre va, de ordinario, todos los domingos… que no hay un buen plan, el joven colegial se contenta con seguir la norma de su madre, aunque en su interior sienta los reproches de la conciencia; se levanta cada día a las mil, cuando se ha terminado por completo el sueño y la pereza, para luego navegar todo el día a la deriva sin plan ni horario alguno; como en su casa se come a la hora que llega papá, y papá llega cada día y cada noche a hora diferente, pierde totalmente el hábito de orden y puntualidad; cuando en alguna ocasión comete una falta y su madre le reprende, halla al punto un buen abogado en su padre, y viceversa, con lo cual no tiene estímulo alguno para formar su carácter y vencerse a sí mismo; a su padre le gusta mucho el cine, y cuanto más subidito de color tanto mejor, y por no ir sólo se lleva muchas veces al muchacho que sale de las sesiones con la conciencia turbada, la imaginación calenturienta y los nervios deshechos; una vez que se siente impotente para sobreponerse al ambiente familiar y al de la calle, todos los planes apostólicos que en el Centro interno del Colegio había formado le parecen ilusorios e irrealizables…

Para todo esto ¿vale la pena que los buenos directores del Colegio realicen un esfuerzo de nueve meses cuyos resultados no podrán sobrevivir dos semanas a ese ambiente familiar?

Y no es menos interesante el caso de Rosita, la hermana de José Luis, que tiene un año más que éste, se pasa también el curso junto a unas reverendas Madres y tiene fama de excelente colegiala.

Las buenas religiosas la obligan, como a las demás, al modestísimo uniforme; no permiten el acceso al Colegio ni a la sala de visitas de nada ni de nadie que tenga aire mundano; un día que le encontraron entre los libros una novela rosa se la quitaron y le dijeron que aquella lectura no le convenía a ella.

Al llegar a su casa de vacaciones contó el incidente a su madre y ella soltó una carcajada bromeando sobre lo cursis que son las monjitas y le dijo que durante el verano podría leer las que su madre había leído y guardaba en el estante, entre las cuales había no pocas azules, rosas… y de subido color granate. Como hacía tanto calor durante el verano, en seguida le cambiaron a la muchacha el uniforme por otros vestidos más en consonancia con la estación, con la moda y con los ligerísimos y atrevidos vestidos de la mamá. Y cuando la muchacha contó a su mamaíta ciertas palabras intencionadas y ciertas bromas que al encontrarla tan ligerita de ropa en la escalera le había hecho el hijo de los del piso de arriba, la inconsciente mamá se limitó a decir con una mal disimulada satisfacción interior que a ese paso pronto iba a encontrar novio.

No hace falta seguir con descripciones que ojalá en muchos casos no tuvieran más de real que de imaginario. Lo que sí estará bien decir es que en las familias más católicas del pueblo de José Luis y Rosita sin la menor duda se comentará el comportamiento de los dos hermanos y se afirmará por alguno, con unánime asentimiento de los demás, que parece mentira lo mal que educan los Colegios religiosos.

Otro error se comete con frecuencia por parte de los padres al terminar las vacaciones. Llevados por el afecto sensible a sus hijos, muchos retrasan más de la cuenta la fecha del regreso al Colegio, llenan los últimos días de lamentos por la proximidad de la separación y cuando llega el momento de la partida envuelven a los pobres niños —las madres sobre todo— en una tempestad de lágrimas y sollozos. Este proceder es totalmente reprobable.

Aparte de que nada hay más cruel en los niños que estas ternezas desesperadas del último momento, nada tampoco les enerva y consiente más.

Efecto de este indiscreto proceder de los padres, los hijos al llegar al Colegio sufren con frecuencia una terrible crisis de añoranza y de nostalgia que les cuesta mucho vencer, pasan varias semanas sin adaptarse de nuevo al ambiente colegial, siendo para el Centro una rémora y para los directores una verdadera pesadilla.

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El complemento sobrenatural de la familia: la Parroquia

Si la Escuela o el Colegio son un complemento natural de la familia, la Iglesia es un complemento sobrenatural.

El hijo nace a la vida natural gracias a la acción procreadora del padre y la madre en el seno de la familia; de una manera semejante, el cristiano nace a la vida sobrenatural en el seno de la Iglesia, que ha recibido de Dios la maternidad sobrenatural, gracias a la cual engendra, alimenta y educa a las almas en la vida de la divina gracia (Pío XI: Encíclica Divini Illius Magistri).

Por eso decía San Agustín que no puede tener a Dios por padre el que no tiene a la Iglesia por madre.

Por otra parte, como afirmaba Pío XII, la misión educativa de la Iglesia concuerda admirablemente con la misión educativa de la familia.

Más todavía; no sólo concuerda, sino que por ser la gran familia de Cristo es el ambiente educativo más estrecha y armoniosamente unido con el de la familia cristiana. Este ambiente educativo de la Iglesia no comprende solamente sus sacramentos, medios divinamente eficaces de la gracia, y sus ritos, todos de manera maravillosa educativos, ni tan sólo el recinto material del templo cristiano, asimismo admirablemente educativo en el lenguaje de la liturgia y del arte, sino también gran abundancia y variedad de Escuelas, asociaciones y toda clase de instituciones dedicadas a formar a la juventud (Encíclica Divini Illius Magistri).

Ahora bien, de entre todas esas instituciones que florecen, en el seno de la Iglesia hay una que por su importancia práctica destaca sobre las demás y que está en íntimo y permanente contacto con todas las familias en toda la tierra: es la Parroquia, célula insustituible de la comunidad cristiana, como ha dicho Pío XII (Carta al Obispo de Versalles, 30 de marzo de 1950).

Por otra parte, esa misma Parroquia viene a ser como una gran familia donde los hombres, hijos de Dios, viven entre sí como hermanos (Discurso a los predicadores cuaresmales de Roma, 28 de noviembre de 1954).

El Papa Pío XII subrayó muchas veces con complacencia este aspecto de familia de la comunidad parroquial. Y la Iglesia, en el Código de sus leyes, prescribe que se exhorte a los fieles a que, donde, pueda hacerse cómodamente, vayan con frecuencia a sus iglesias parroquiales y allí asistan a los divinos oficios y escuchen la palabra de Dios (canon 467, § 2).

Por eso la iglesia, y singularmente la iglesia parroquial, debe ser considerada como una especie de prolongación de la propia casa. Los padres han de ir a ella con sus niños, no sólo para oír Misa las fiestas de obligación, sino para acostumbrarlos a la frecuente recepción de los Sacramentos. Si no lo hace así, la familia quedará incompleta en su aspecto educativo y su ambiente estará falto de un elemento insustituible.

La crisis actual, que impide servirse de este medio, debe estimular a los padres a reemplazar este medio por otro con la misma finalidad.

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Dos medios de formación para los niños en la Parroquia

Para completar la obra educativa que se realiza en el seno de la familia, la Parroquia tiene dos medios principales: el catecismo parroquial y las asociaciones infantiles o juveniles.

El catecismo parroquial es el medio ordinario establecido por la Iglesia para dar a los niños no sólo la instrucción catequística necesaria, sino, además, la formación religiosa completa, iniciándolos en las prácticas y en la vida, cristiana.

Para ello manda a los párrocos que además del catecismo general que se celebra en los días festivos a lo largo de todo el año, haya cada año un cursillo intensivo de catequesis para preparar a los niños que han de hacer su primera comunión. Y cuando se acerca el tiempo en que se ha de administrar la confirmación por el Prelado, ya sea en visita pastoral, ya fuera de ella, manda también la Iglesia haya sesiones especiales de catecismo para la oportuna preparación.

Por medio de estas diversas sesiones de catecismo el niño puede llegar a tener una instrucción religiosa completa. Para ello es indispensable que asista no sólo a la preparación que se hace para la primera comunión, sino luego también, hasta terminar la edad escolar, a la sesión dominical de catecismo y a las sesiones extraordinarias cuaresmales.

Es un error craso de los padres no preocuparse de la asistencia de sus hijos al catecismo después que han hecho su primera comunión.

¿Qué sucedería si a los siete años suspendieran su asistencia a la Escuela? Lo poco que habían aprendido en la clase de párvulos lo olvidarían en seguida, y aunque no lo olvidaran, sería una preparación cultural a todas luces insuficiente para la vida con sus actuales exigencias.

Eso mismo sucede en el orden religioso si los niños no reciben más formación catequística que la de la primera comunión. En cambio, si año tras año asiste a la preparación para la comunión pascual y luego al catecismo de perseverancia a lo largo del curso, su cultura religiosa irá aumentando juntamente con su edad, y su piedad irá siendo fomentada con los actos que suelen acompañar a la instrucción en las catequesis bien organizadas.

El niño va diariamente durante cuatro o seis horas a la Escuela, y va porque sus padres lo quieren; luego irá semanalmente al catecismo si los padres lo quieren.

En cuanto a las asociaciones infantiles o juveniles, ya hemos hablado suficientemente de ellas al tratar de la educación religiosa.

Lo interesante es que los padres tengan el suficiente amor a sus hijos y la necesaria docilidad a la Iglesia para aprovecharse también de este medio que solícita les ofrece, orientando y empujando suavemente a sus hijos por ese camino.

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Conclusión

Padres, educad. Educad a vuestros hijos, porque esa es vuestra obligación más grave, vuestra misión más sagrada, vuestra prerrogativa más excelsa.

Padres, educad. Porque educar al hijo es reengendrar su naturaleza, es fortalecer su cuerpo, es perfeccionar sus sentidos, es iluminar su inteligencia, es moldear su corazón, es esculpir su carácter, es orientar su vida, es asegurar su eternidad.

Padres, educad. Porque la educación de los hijos es el mayor timbre de gloria para vosotros, la mejor herencia para ellos, la empresa más útil para la sociedad, vuestro mejor acto de servicio para la Patria, vuestro mejor apostolado para la Iglesia.

Padres, educad. Educad aplicando a esta empresa todo vuestro ser y todo vuestro haber: vuestros sentidos, para la atenta y amorosa observación de los hijos; vuestros sudores y vuestro patrimonio, para que no os falten los medios necesarios para que la educación sea completa; vuestro trabajo, para que la obra no quede truncada por pereza o por desidia; vuestras ilusiones y vuestros sueños, para que el ideal y blanco al que apuntéis sea elevado y excelso; vuestra experiencia, para apartarle los escollos en que acaso vosotros tropezasteis; vuestra inteligencia, para que sea una empresa dirigida sabiamente, y vuestro corazón, para que todo en esa obra se haga con amor y por amor.

Padres, educad. Y para ello observad a vuestros hijos con cariño, vigiladles con diligencia, instruidles con asiduidad, guiadles con solicitud, frenadles con oportunidad, corregidles con benignidad, reprenderles sin aspereza, castigadles sin enojo, perdonadles sin resentimiento, amadles sin sensiblerías.

Padres, educad. Así vuestros hijos serán más hijos vuestros, hijos no sólo de vuestra arcilla, sino también de lo más noble de vuestro espíritu: hijos de vuestro amor, porque ése es el instrumento de este sublime arte; hijos de vuestros sacrificios, porque sin ellos no puede haber verdadera obra educadora; hijos de vuestras oraciones, porque la oración debe preceder, acompañar y seguir esta sagrada tarea; hijos de vuestras penas, porque quien no sufre al ver que el hijo se desvía del camino o se queda por debajo del ideal entrevisto en los más hermosos sueños, demuestra tener muy menguado caudal de amor; hijo de vuestras lágrimas, porque lo mismo que en el caso del hijo menor de la parábola evangélica y en el caso de Agustín de Hipona, las lágrimas de los padres, al caer sobre los grandes o pequeños pródigos, son un segundo bautismo que los regenera, después de haberlos devuelto al buen sendero.

Padres, educad. Que la educación de los hijos sea vuestra obra maestra en la vida, el más fundado motivo de confianza en la muerte y el precio con que compréis una corona inmarcesible en la eternidad.