LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA
CAPÍTULO III
DIOS, SER Y VERDAD SUPREMOS
Las pruebas de la existencia de un Primer Motor de los espíritus y de los cuerpos y de una Inteligencia suprema ordenadora del universo nos disponen para mejor comprender otras tres pruebas tradicionales de la existencia de Dios, Ser y Verdad supremos, Soberano Bien, fuente de beatitud y fundamento supremo del deber.
La exposición de las mismas nos ayudará no poco para adquirir idea justa de la Providencia.
Siguiendo a Platón, Aristóteles y San Agustín, expone Santo Tomás en la Suma Teológica (I, q. 2, a. 3, 4ª vía) la primera de estas tres pruebas, que se dice de los grados de perfección. Y así se la llama, porque toma su origen en la consideración de la mayor o menor perfección, siempre limitada, de los seres del universo, la cual trae a nuestro espíritu la certeza de la existencia de la Perfección, de la Verdad y de la Belleza supremas.
Consideremos primero el fundamento de la prueba, el hecho sobre que se apoya, para luego declarar el principio por el cual nuestro entendimiento sube hasta la existencia de Dios.
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El hecho: los grados de perfección
El punto de partida de la prueba es el hecho siguiente: en el universo hay cosas más o menos buenas, más o menos verdaderas, más o menos excelentes o nobles.
En otros términos: en el mundo de los cuerpos y de los espíritus existen en diferente grado la bondad, la verdad y la nobleza, desde la fuerza y resistencia del mineral, que notamos en el hierro, hasta los grados superiores de la vida intelectual y moral, que resplandecen en los grandes genios y en los grandes santos.
Cada momento experimentamos los diferentes grados de bondad de las cosas: decimos que una piedra es buena, como tenga solidez y resistencia y no sea friable; la fruta es buena por sus propiedades nutritivas y refrescantes; el caballo es bueno por su resistencia para largas carreras; un maestro es muy bueno, cuando a la competencia une el don de enseñar; el hombre virtuoso es bueno, porque ama y practica el bien; él santo es aún mejor, porque tiene pasión ardiente del bien.
Pero el santo, por extraordinario que sea, tiene sus límites; y aun habiendo hecho mucho bien, pasa horas de profunda tristeza y de impotencia, como acontecía al cura de Ars, al considerar el bien que resta por hacer; los santos precisamente conocen más a fondo que nadie sus miserias.
Es, pues, un hecho que la bondad existe en la naturaleza en grados diferentes. Lo mismo cabe decir de la nobleza: el vegetal es más noble o excelente que el mineral; el animal lo es más que la planta; y el hombre supera a todos en nobleza. Todavía entre los hombres hay algunos extraordinarios, que sobrepujan a los demás en nobleza de espíritu y de corazón.
Pero también estos últimos tienen sus límites, sus tentaciones, sus flaquezas y grandes imperfecciones. La nobleza admite grados; pero aun los grados superiores son muy imperfectos.
También la verdad tiene sus grados. Y la razón es, que lo más rico en cuanto ser, en cuanto realidad, es también más rico en verdad. Sobre el oropel, que es aleación de cobre, está el oro legítimo, y sobre el falso diamante, el auténtico; sobre el espíritu falso está el recto; sobre el entendimiento que conoce una sola ciencia, la física, está el que se apacienta en las ciencias del mundo espiritual, la psicología, las ciencias morales y políticas.
Mas ¡cuán limitada es todavía la verdad de estas ciencias superiores!
En frase de los sabios, cuanto más se sabe, tanto más dilatado se ofrece el espacio de lo desconocido y tanto más exiguo parece el acervo de los conocimientos conquistados; y los santos, cuanto más obran el bien, tanto más extenso ven el campo del bien que les resta por hacer.
Mas ¿cómo explicar entonces los diferentes grados de bondad, de nobleza y de verdad, y también de belleza? ¿Por ventura esta gradación ascendente queda trunca y sin remate, sin punto culminante y sin ápice? ¿Existe acaso la barrera de una ciencia limitada y mezquina, la psicología o las ciencias morales y políticas, pongo por caso, ante la cual debe detenerse la carrera ascendente de nuestro espíritu hacia la verdad? ¿Habrá quizás de cortarse el vuelo de nuestra voluntad ante un bien imperfecto, mezclado siempre con miseria e impotencia? ¿O es que el entusiasmo por el ideal va siempre en nosotros seguido de cierta desilusión, que, de no existir una perfección última, sería irremediable?
¿Cómo se explican estos grados de bondad, de excelencia, de verdad y de belleza? ¿Habremos de admitir el fracaso de la carrera ascendente? ¿Será verdad que tras las intuiciones geniales de los pensadores o los ejemplos sublimes de los santos no hay otra cosa que el vacío y la nada?
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El principio:
Los diferentes grados de perfección presuponen la Perfección misma
Siguiendo a Platón, Aristóteles y San Agustín explica Santo Tomás el hecho de los diferentes grados de perfección mediante el siguiente principio: Se dice que los seres son más o menos perfectos, según se acerquen más o menos al ser que es la perfección misma.
Al establecer el Doctor Angélico este principio, ¿alude acaso a alguna perfección ideal, concebida sólo por nuestra mente, o quiere significar alguna perfección real? Es claro que se refiere a una perfección real; porque ésta, y no aquella otra, puede ser causa de los diferentes grados de perfección que hemos descubierto.
El principio de Santo Tomás quiere decir: Cuando una perfección cuyo concepto no implica imperfección alguna, como la bondad, la verdad, la belleza, se encuentra en los distintos seres en diferentes grados, ninguno que la posea en grado imperfecto basta para dar razón de ella; es pues, necesario que la causa de ella resida en otro ser superior, que sea la perfección misma.
Para mejor comprender el sentido del principio, detengámonos a examinar la fórmula que lo enuncia.
Cuando una perfección absoluta se halla en distintos seres en grados diferentes, ninguno de los que la poseen en grado todavía imperfecto es suficiente para dar razón de ella.
Bueno será considerar aquí dos casos: primero, lo múltiple; segundo, lo imperfecto.
1º) Lo múltiple supone lo uno. En efecto, como dice Platón (Fedón, 101, a), Fedón, su discípulo, es bello; pero la belleza no es propiedad de Fedón, también Fedro es bello.
La belleza que se encuentra en un ser finito cualquiera es hermana de la belleza que se halla en los seres semejantes. Ninguno de ellos posee la belleza, sino participa de ella, tiene una partecita o un reflejo de la belleza.
De donde la razón de ser o el principio de la belleza de Fedón no puede estar en Fedón, como tampoco la de Fedro; y si ninguno de los dos puede dar razón de la belleza limitada que en ellos reside, preciso es que la hayan recibido de algún principio superior, el cual sea la Belleza misma. En una palabra: toda multiplicidad de seres más o menos semejantes presupone una unidad superior. Lo múltiple supone lo uno.
2º) Lo imperfecto supone lo perfecto. Tanto más evidente aparece a nuestro espíritu el principio que explicamos, cuanto más acompañada de imperfecciones se halle la perfección que echamos de ver en los seres; no se puede afirmar que la nobleza y la bondad de un hombre carezcan de límite; el hecho es que van siempre acompañadas de flaquezas, estando el hombre sujeto a la distracción y al desconcierto.
De igual suerte la ciencia humana, va acompañada de ignorancia y aun de errores; participa de la verdad, posee una partecita de ella, muy débil por cierto. No siendo, pues, la verdad, la tiene recibida de una causa superior.
En pocas palabras: El ser imperfecto es compuesto, y todo compuesto requiere una causa que haya reunido los diferentes elementos que lo integran. Lo diverso supone lo idéntico; lo compuesto, lo simple. (Santo Tomás, I, q. 3, a. 7).
Todavía se comprende mejor la verdad de nuestro principio observando que una perfección de suyo limitada, como la bondad, la verdad o la belleza, queda de hecho limitada por la capacidad restringida de quien la recibe; así, la ciencia está en nosotros limitada por nuestra capacidad restringida de saber; la bondad lo está por nuestra capacidad restringida de obrar el bien.
Es entonces manifiesto que, al no existir en un ser perfección de esta especie sino en estado imperfecto, dicho ser participa de ella, la ha recibido de una causa superior que debe ser la perfección, misma sin límites, el Ser por esencia, la Verdad y la Bondad misma, que comunica a otros seres un reflejo de tales perfecciones.
Entre los filósofos antiguos, ninguno como Platón ha sabido exponer la verdad que tratamos, en una de las páginas más hermosas que haya salido de la pluma de los pensadores griegos.
Debemos aprender, viene a decir en sustancia, a amar los bellos colores, la belleza de la salida y puesta del sol, el esplendor de las montañas, del mar y del cielo estrellado, el encanto de una figura noble; mas es preciso elevarse por encima de la belleza de las cosas materiales hasta penetrar en la de las almas, bellas por sus acciones; y remontarse luego, de las acciones mismas a la belleza de las máximas que las inspiran, a la belleza de las ciencias; y de ciencia en ciencia se ha de elevar uno hasta la sabiduría, que es la ciencia más excelente, ciencia del ser, de la verdad y del bien. Entonces surge en nosotros el anhelo de conocer el Bien, cual es en sí mismo, se despierta el ansia de contemplar, son palabras de Platón, aquella belleza sin creciente ni menguante, belleza que no lo es a medias: bella en tal parte y fea en tal otra, bella por un concepto y fea por otro, bella en un sitio y fea en otro, bella para unos y fea para otros…; belleza que no reside en algún ser distinto de ella misma, en un animal o en la tierra, en el cielo o en otro objeto cualquiera, pero que existe eterna y absolutamente por sí y en sí misma; de la cual participan todas las demás bellezas, sin que el nacimiento ni la destrucción de las mismas le reporten incremento, mengua o mudanza (Banquete, 211, c.).
Las desilusiones que acá en la tierra experimentamos, son otros tantos motivos para dirigir con más frecuencia nuestro pensamiento hacia la Belleza suprema y hacérnosla amar.
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Lo que Platón dice de la belleza se aplica igualmente a la verdad.
Sobre las verdades particulares y contingentes, que podrían no ser, como por ejemplo: mi cuerpo existe en este momento, para quizá morir mañana, hay verdades universales y necesarias, como éstas: el hombre es por naturaleza un ser racional, capaz de discurrir, sin lo cual no se diferenciaría del animal, o bien esta otra: es imposible que una cosa exista y no exista a la vez. Estas verdades no han comenzado a serlo, sino que lo fueron siempre, y siempre lo serán.
¿Dónde hallar el fundamento de estas verdades eternas y necesarias? No, ciertamente, en las realidades perecederas, que dependen de aquellas verdades necesarias como de leyes absolutas e ineludibles.
Tampoco en nuestras inteligencias finitas, que están asimismo regidas y gobernadas por aquellas verdades eternas y necesarias como por principios superiores.
¿Dónde, pues, hallar el fundamento de éstas verdades necesarias y eternas, que dominan la realidad finita y la inteligencia finita? ¿Dónde, sino en el Ser supremo, en la Verdad suprema, conocida siempre por la Inteligencia primera, la cual de nadie ha recibido la Verdad, antes bien es ella la Verdad, la Verdad pura y sin mezcla de error e ignorancia, sin límite e imperfección?
En una palabra: las verdades, que cual leyes eternas y necesarias dominan la realidad perecedera y la inteligencia finita, deben tener su fundamento en una Verdad suprema, que es el Ser y la Sabiduría por esencia.
Mas decir el Ser por esencia, la Verdad misma o por esencia, la Sabiduría misma, vale como decir Dios.
Tal es la nueva prueba de la existencia de Dios, propuesta por Platón, San Agustín y Santo Tomás.
Ahora estamos en condiciones de penetrar el sentido y el alcance del principio en que descansa la prueba: Se dice que los seres son más o menos perfectos según se acerquen más o menos al Ser que es la perfección misma.
En otros términos: cuando una perfección cuyo concepto no implica imperfección alguna, como la bondad, la verdad, la belleza, se encuentra en diferentes grados en distintos seres, ninguno que la posea en grado imperfecto basta para dar razón de ella; antes bien es sólo de ella partícipe, y la tiene a la medida de su capacidad, y la ha recibido de un Ser superior, que es la perfección misma.
¿Qué conclusión práctica sacar de esta elevación? Aquella que Jesucristo declaró cuando dijo: Sólo Dios es bueno, es decir, sólo Dios posee la bondad sin mezcla; sólo Dios es verdadero, posee la verdad y la sabiduría sin límites y exenta de ignorancia; sólo Dios es bello, posee la belleza suma e ilimitada que algún día hemos de contemplar cara a cara, la belleza que ya acá en la tierra contemplaba la inteligencia humana de Jesucristo al hablar a sus discípulos.
Sólo Dios es grande, como responde al Arcángel San Miguel al grito de orgullo de Satán. Sirva este pensamiento para afianzarnos en la humildad.
Tenemos de prestado la existencia, que el Señor nos dio y nos la conserva, porque esa es su voluntad; nuestra bondad anda confundida con la flaqueza y la ruindad, y nuestra sabiduría rebosa de errores. Este hecho, que debe inclinarnos a la humildad, nos muestra por contraste la infinita grandeza de Dios.
Y tratándose del prójimo, si la desilusión invade nuestro espíritu al ver imperfecto a quien creíamos mejor y más sabio, acordémonos que también nosotros hemos desilusionado a muchos que eran quizás mejores que nosotros; que lo que tenemos de nosotros mismos, es decir, nuestra indigencia y nuestros defectos, es inferior a lo que el prójimo tiene recibido de Dios. Tal es el fundamento de la humildad con respecto al prójimo.
En lo que toca a las desilusiones, ora las experimentemos, ora seamos nosotros los causantes, esas desilusiones que nacen de la imperfección inherente a las criaturas, son permitidas para que con más ardor aspiremos a conocer y amar a Aquel que es la Verdad y J4 Vida, a quien un día hemos de contemplar tal cual Él mismo se contempla.
Entonces entenderemos el sentido de aquellas palabras de Santa Catalina de Sena: El conocimiento vivido de nuestra miseria y el de la grandeza de Dios crecen a la par. Son como los puntos extremos del diámetro de un círculo que fuera ensanchándose indefinidamente.
Y cada vez que profundizamos en nuestras imperfecciones, en nuestra limitación, vemos también más claramente que Dios, por su infinita sabiduría y bondad, debe ser amado sobre todas las cosas.
Y por último: la Verdad suprema nos ha hablado de sí misma, se nos ha revelado, aunque entre sombras; en Ella descansa nuestra fe cristiana. En nombre de esa Verdad hablaba Jesucristo cuando decía: En verdad, en verdad os digo…
Él mismo es la Verdad y la Vida, que hemos de vivir cada día con más perfección. Esta doctrina sobrepuja con mucho la de Platón; no es una ascensión abstracta, filosófica, hacia la Verdad suprema; es la Verdad suprema que se inclina hacia nosotros, para elevarnos hasta sí misma.
