EL ATELIER DE SAN JOSÉ: EL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

EL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

La Iglesia no conserva ninguna tradición seria concerniente al lugar en que está enterrado San José, ni tampoco venera sus reliquias. Silencioso durante su vida y silencioso en la muerte, era lógico que también después se viera despojado de todo aquello que no es esencial a una verdadera gloria.

Era el santo por excelencia que había comprendido, en palabras de Bossuet, «que no hay mayor gloria que ocultarse en Jesucristo». Buscaba no lo que el mundo aplaude, sino lo que complace al Señor.

Si en ese desaparecer ante la voluntad divina encontró lo que procura al alma sus mayores alegrías, tal cosa no fue más que el preludio de las maravillosas recompensas con que Dios le coronaría. Su glorificación debía edificarse sobre su abajamiento.

Porque no había buscado aparentar, fue soberanamente exaltado.

Porque amó la oscuridad, Dios, según su promesa, le rodeó de luz y le propuso a la admiración de todo el Universo.

Pero, al mismo tiempo, quiso dejar a los hombres la tarea de descubrir su grandeza y adquirir una conciencia cada vez más luminosa de ella, como para verificar la profecía pronunciada por Jacob sobre el otro José del Antiguo Testamento: José está destinado a subir.

María, sin duda, hablaría a San Juan y a los demás Apóstoles de su querido Esposo, que la había rodeado de tanto cariño y dedicación, y que Ella había amado con toda su ternura virginal. Podría decirse que los primeros panegíricos de San José fueron pronunciados por Ella.

Sin embargo, hay que reconocer que su culto era casi inexistente en la primitiva Iglesia. Al menos, no han quedado huellas de esa devoción. Un velo cubre su nombre y su recuerdo durante los primeros siglos cristianos. Se diría que quien durante toda su vida se complació en el silencio deseaba continuar siendo desconocido, una vez en el seno de la bienaventuranza celestial.

Esta aparente desatención de los primeros cristianos tiene una explicación muy sencilla. Mientras la Iglesia estuvo en período de formación y de combate, importaba, más que promover el culto debido al Esposo de María, procurar que la virginidad de la Madre de Cristo fuese reconocida y honrada para que la divinidad de Nuestro Señor quedase firmemente establecida.

Favoreciendo la devoción a San José, la Iglesia corría el riesgo de que alguien se equivocase y pensara que esos honores se le tributaban como padre de Jesús según la carne.

En efecto: mientras se puede constatar que los primeros cristianos profesaban devoción hacia otros Santos, especialmente hacia Juan Bautista, los Apóstoles y los primeros mártires, parecen olvidar a San José.

No es que no se le mencione en las homilías o que los grandes Doctores oculten sus prerrogativas como Padre Nutricio de Jesús. En algunos de ellos, como Orígenes, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo y, sobre todo, San Agustín, encontramos ya el germen de lo que la mística y la teología desarrollarán más tarde. No se trata de la oscuridad absoluta, pero los elogios que se hacen de él no incluyen un culto de invocación.

Ese retraso contribuyó a rodear de un mayor brillo el trono de honor sobre el que se alzaría un día, pues Dios, que le había tratado en la tierra con tanta deferencia, no podía permitir que durara siempre el silencio en torno suyo.

En el siglo XII, San Bernardo orientó los espíritus y los corazones hacia el Santo Patriarca, subrayando su incomparable santidad. No invita todavía a los fieles a rezarle, pero establece las bases de su culto, proponiendo sus virtudes a la admiración de los cristianos.

Más tarde llegaron los grandes heraldos del culto a San José. En el siglo XIV, el Cardenal Pedro d’Ailly que fue el primero en componer un tratado de teología sobre Él, y su discípulo Gersón, canciller como su maestro de la Universidad de París, quien, en diversos tratados de rigurosa doctrina, enumeró las razones existentes para honrarle.

Luego, un franciscano, San Bernardino de Siena, gran predicador del siglo XV, Isidoro de Isolanis, dominico del siglo XVI, y la reformadora del Carmelo, Santa Teresa de Jesús, contribuyeron con la influencia de sus enseñanzas, de sus escritos y de su ejemplo, a hacer popular la devoción a San José.

San Francisco de Sales desde el pulpito, en el confesonario y en las conversaciones, encarecía su devoción de un modo admirable. En sus escritos, lo llama la criatura más amable después de María; en el Paraíso lo coloca, después de la Virgen Santísima, sobre todos los Santos, y califica de afortunado a todo el que merece su protección, porque logrará, sin duda, adelantar mucho en todas las virtudes.

El impulso dado por san Bernardino y san Francisco de Sales al culto del glorioso Patriarca, fue renovado por san Ignacio de Loyola, san Vicente de Paúl, san Alfonso de Ligorio y muchos otros.

A partir de esa época, el culto de los cristianos al Santo Patriarca no ha cesado de aumentar y de enriquecerse.

La Iglesia, por su parte, ha pagado con generosidad el tributo de homenaje que tanto tardó en concederle.

En la Carta apostólica Inclytum Patriarcham, de 7 de julio de 1871, Pío IX declara: Los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, a fin de aumentar y promover cada vez más en el corazón de los fieles la devoción y la reverencia hacia el Santo Patriarca, y para animarles a recurrir a su intercesión con la mayor confianza, no se olvidaron, siempre que tuvieron ocasión, de otorgarle, bajo nuevas formas, señales de culto público. Entre esos Pontífices, basta con mencionar a nuestros predecesores de feliz memoria Sixto IV, que quiso que se incluyera la fiesta de San José en el Breviario y el Misal romanos; Gregorio XV, que decretó el 8 de mayo de 1621, que la misma fiesta se celebrara, bajo doble precepto, en todo el universo; Clemente X, que, el 6 de diciembre de 1670 concedió a esa misma fiesta el rito doble de segunda clase; Clemente XI, quien por un decreto de 4 de febrero de 1714 enriqueció dicha fiesta con una misa y un oficio propios; y, en fin, Benedicto XIII, que el 19 de diciembre de 1726 ordenó que el nombre de San José se incluyera en las letanías de los Santos.

El mismo Pío IX, el segundo año de su Pontificado, extendió a la Iglesia universal, con rito doble de segunda clase, la fiesta del Patrocinio de San José, que se celebraba ya en varios lugares por concesión especial de la Santa Sede. Luego, respondiendo a innumerables súplicas procedentes de todos los países de la Cristiandad, declaró expresamente a San José Patrono de la Iglesia universal el 8 de diciembre de 1870.

Así como Dios estableció al Patriarca José, hijo de Jacob, gobernador de todo Egipto para asegurar al pueblo el trigo que necesitaba para vivir —decía el Papa en el decreto—, así también, cuando se cumplieron los tiempos en que el Eterno decidió enviar a la tierra a su Hijo único para rescatar al mundo, escogió otro José, del cual era figura el primero, estableciéndole señor y príncipe de su casa y de sus bienes y constituyéndole guardián de sus más ricos tesoros.

León XIII, por su parte, en su Encíclica Quamquam pluries de 15 de agosto de 1899, desarrollaría las razones y los motivos especiales por los cuales José había sido designado protector de la Iglesia.

El patrocinio que le ha sido confiado le corresponde en razón de las funciones que ejerció junto a Jesús y María en la intimidad del hogar de Nazaret. Habiendo sido por voluntad de Dios el proveedor, el defensor de la Sagrada Familia, el guardián del Hijo de Dios y de su Madre, en quienes toda la Iglesia se encontraba presente en estado de germen, ¿cómo actualmente no continuará ejerciendo en el Cielo con la Iglesia adulta la misión que ejerció en su nacimiento? Le corresponde, en efecto, velar por este Cuerpo de Cristo que es la Iglesia como supo velar por el Niño Jesús, protegiéndola contra sus enemigos y procurando que crezca.

Actualmente, su culto florece en todo el pueblo cristiano. Pocas iglesias o capillas hay que no tengan un altar o una imagen suya. Innumerables son las casas religiosas, los hospitales, las Congregaciones, los colegios bajo su advocación. Le está consagrado un día a la semana, el miércoles, y un mes al año, el de marzo. Un número cada vez mayor de cristianos le reza con un fervor y una piedad que lleva a algunos a ofrecerse en holocausto para que le sean dados en el seno de la Iglesia honores cada vez más grandes.

Sobre el destino triunfal del humilde José planean las palabras proféticas que pronunció el Faraón refiriéndose a su primer ministro: Puesto que Dios te ha dado a conocer todas estas cosas, no hay nadie que sea tan inteligente y tan sabio como tú. Así pues, gobernarás mi casa y todo mi pueblo obedecerá tu voz…

Y el Faraón, quitándose el anillo, lo puso en el dedo de José, y le hizo revestir con trajes de fino lino y le puso en el cuello un collar de oro. Le hizo montar en el segundo de sus carros, y gritaban ante él: ¡De rodillas!

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Arrebatado hasta el tercer cielo, el Apóstol San Pablo dice que ojo humano no vio, ni oído oyó, ni corazón de hombre probó jamás felicidad que pueda compararse a la que Dios en su magnificencia ha preparado para los que le aman. Esto es cuanto el Apóstol sabe decir para darnos una idea de cuál es la altura, anchura y profundidad de ese misterio. ¿Cómo comprender, después de estas palabras, la grandeza del premio que Dios dio a San José, el cual supera a todos los bienaventurados por la sublimidad del título, y es tan eminente en virtud y tan rico en méritos?

La corte de Faraón se quedó maravillada cuando vio al antiguo José vestido de púrpura, con un anillo regio, coronada la frente con corona de oro, y sentado en el carro triunfal del mismo monarca. Y bien; toda esta gloria insigne y todos estos honores no eran sino una imagen de los que el Altísimo reservaba a este siervo sabio y prudente, que estableció como jefe de su familia, y que ejerció todas las obras de misericordia en la persona misma del Hijo de Dios.

El joven Tobías decía a su padre, hablando del ángel que lo había cuidado en el viaje, y a quien creía un hombre: Me guió y me trajo sano y salvo; me libró del monstruo pronto para devorarme, y gracias a él me encuentro colmado de toda suerte de bienes. ¿Qué podremos darle., por lo tanto, que compense los servicios y los beneficios que nos ha prestado? La mitad de nuestros bienes no bastarían para demostrarle nuestro reconocimiento.

Nos parece oír a Jesucristo, infinitamente superior al joven Tobías en riqueza y generosidad, decir a su Padre celestial, presentándole a José: He aquí al que consintió en ir al destierro por Mí, después de librarme de la crueldad de Herodes, y me llevó de Egipto a Nazaret, donde me prodigó toda suerte de cuidados, privándose muchas veces de lo necesario para proveer a mis necesidades. Tuve hambre, y me dio de comer; tuve sed, y me dio de beber; estaba desnudo, y trabajó de día y de noche, y con el sudor de su frente me vistió y me sustentó. ¿Qué recompensa le daremos?

Ninguna otra, Señor, más que Vos mismo —responde el siervo fiel—; ninguna otra, fuera del honor de haberos servido, de haber sido vuestro guía y de haber velado sobre vuestra adorable Persona.

Vuestro deseo será colmado, Bienaventurado José; el Señor será vuestra posesión y vuestra recompensa.

Y ¡qué parte ventajosa, qué herencia riquísima!…

Y pensemos cuál sería el ininterrumpido éxtasis de San José, cuando Dios, en recompensa de su fe, se le mostró en todo el esplendor de su divinidad, haciéndole ver la profundidad incomprensible de su divino Ser, la inefable grandeza de la unidad de su esencia. Unida estrechamente a su Creador, el alma de San José ve y contempla a Dios, pero sin velos, cara a cara, y en Dios ve todas las cosas: las leyes maravillosas que gobiernan el mundo, los misterios de la Providencia, las Tres Personas de la Trinidad Santísima, con sus inexplicables relaciones y sus operaciones divinas; ve a Dios, y esa contemplación lo trasforma en cierto modo en Dios mismo, según la palabra de San Juan: sabemos que cuando se mostrará, seremos semejantes a Él, pues le veremos tal como El es.

Si el patriarca Jacob se sintió feliz cuando vio a su amado hijo ensalzado a los honores y las dignidades reales, y juzgó hondamente compensado el amargo dolor de su ausencia e inundado su corazón por torrentes de gloria, ¿cómo podremos expresar la felicidad de José, cuando pudo contemplar en toda su gloriosa majestad al mismo Dios, que sobre la tierra le obedecía; a aquel Niño de Belén que llevó entre sus brazos en su fuga a Egipto?…

¡Oh, divino éxtasis de ese padre mil veces más tierno que Jacob, cuando vio sentado a la diestra del Padre celestial, Rey de reyes, Señor, de los señores, rodeado por todos los coros de los Ángeles, al amable Salvador que Él crío y alimentó sobre la tierra! Ya no tiene velos para él la majestad de ese Dios que con tanta frecuencia estrechó contra su pecho, que envolvió con sus manos en pobres pañales, y cuyas lágrimas enjugó más de una vez.

¡Qué satisfacción para José el contemplar la suave majestad de María, sentada sobre un trono de gloria, por sobre los querubines, a la diestra de su Hijo!…

Santa María Magdalena de Pazzis, viendo en éxtasis la gloria del Santo Patriarca, exclama: ¡Oh, Dios, qué parte tuvo San José en el cáliz de la Pasión de Jesús, por los servicios que prestó a su humanidad!… La pureza de nuestro Santo sirve en el cielo de compañía a la pureza de María; y en ese intercambio de esplendor que mutuamente se dan, la pureza de San José parece derramar, por así decirlo, nuevos brillos sobre la de María. José, unido a Jesús y a María, aparece como una estrella radiosa que ejerce una especial protección sobre las almas que combaten bajo la bandera de María.

Las tres adorables Personas de la augusta Trinidad, con las que San José tuvo relaciones tan inefables, contribuyen a su gloria y felicidad. El Padre Eterno, que lo estableció depositario de su autoridad sobre la tierra, puso sobre su cabeza la corona de la inmortalidad; el Hijo de Dios, que aquí sobre la tierra lo honró como a padre suyo, lo colocó sobre un trono de luz; el Espíritu

Santo, que lo colmó con sus dones, lo levantó a la sublime y altísima dignidad de patrono de las almas interiores; todos los coros de los ángeles a porfía le rinden homenaje y celebran sus grandezas.

Después de haber participado de los padecimientos y las adversidades que sufrieron Jesús y María, justo era que participara de su misma bienaventuranza, según la promesa del Salvador: Donde Yo estaré, allí estará también mi siervo.

¡Gloria al siervo fiel y prudente que Dios estableció como cabeza de su familia! ¡Gloria a José, a quien estuvo reservada la gloria de heredar todas las bendiciones de los patriarcas, y de verlas cumplidas en su santísima esposa, la Madre del Mesías, en quien son benditas todas las naciones de la tierra!