ESTUDIOS DOCTRINALES: EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LA FORMACIÓN DEL CORAZÓN – 3º PARTE

LA FORMACIÓN DEL CORAZÓN

LA VIDA SOCIAL

Continuación

LA EDUCACIÓN SOCIAL PROPIAMENTE DICHA

Tanto los jóvenes que unen sus vidas con los vínculos indisolubles del matrimonio como los que se entregan al servicio de Dios en el sacerdocio o en el estado religioso, entran en una fase de vida social, al integrarse en la sociedad familiar natural o en esa otra sociedad familiar sobrenatural que es la Diócesis o Congregación religiosa. Prepararles para esa vida es ya darles una educación social.

Pero esas mismas sociedades familiares, se integran a su vez en otras sociedades mus amplias: el Estado y la Iglesia. Ambas tienen como fin procurar el bien común, natural o sobrenatural.

De ahí que se imponga el dar a los jóvenes una buena formación social estrictamente dicha, encaminada a procurar el bien de la sociedad.

Por otro lado, la educación debe orientarse a la vida del joven en su época y para su época. Y en el mundo en que nos ha cabido en suerte vivir tiene la máxima actualidad, y la seguirá teniendo mucho tiempo, lo social. Vivimos y viviremos bajo el signo de lo social.

Se impone, por consiguiente, dar a los jóvenes una educación social íntegra en sus tres aspectos fundamentales: educar para la sociedad, educar en las virtudes sociales y educar el sentido social.

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Educar para la sociedad

Los padres y demás educadores, al tratar de modelar la futura personalidad de sus educandos, no deben tener presente únicamente el bien individual y personal de los mismos, sino que, además, deben proponerse hacerles aptos para fomentar el bien de la sociedad.

Citemos nuevamente el hermoso texto de Pío XII:

La educación sería incompleta si no consiguiese sino una parte de su fin, es decir, si se limitase a procurar el bien personal, físico y moral, temporal y eterno de los alumnos. Debe, además, formarlos y prepararlos para ejercitar sobre su tiempo y sobre su generación y aun sobre las generaciones futuras, una acción saludable, de tal manera que atraviesen el mundo, dejándolo mejor detrás de sí, más dulce y más bello que el que habían encontrado.

Entre los ideales del joven, debe, pues, figurar el de contribuir al bien común, trabajar para el bien de la sociedad, fomentar la prosperidad pública, en una palabra: dejar en pos de sí un mundo más dulce, más bello que el que habían encontrado, como dice el Papa.

No basta tener como meta el bien del propio educado, ni siquiera el de la su familia presente o futura. Hay que elevar las miras y ensanchar el corazón. El hombre recibe constantemente benéficos influjos de la sociedad; sin la cooperación de la misma no podría desenvolverse, realizar ninguna empresa, conseguir su propia perfección. Si, pues, recibe constantemente bienes de la sociedad, justo será que procure contribuir al bien de la misma.

Hacer bien a la sociedad, fomentando todo lo que sea creación de nuevas fuentes de riqueza, establecimiento de sistemas de más justa distribución, elevación del nivel cultural de los humildes, armonía entre las diversas clases sociales… es un bien tanto mayor cuanto que alcanza a un número de beneficiarios mucho más elevado. Pero eso no se logrará sin que haya en el corazón de los hombres, sobre todo de aquellos que tienen cualidades y posición para regir al mundo, un alto ideal y un firme propósito de trabajar por la sociedad; y ese alto ideal y ese firme propósito no nacerán en los corazones sin una educación conveniente.

Pío XI al final de su gran encíclica social Quadragesimo anno, después de decir que los apóstoles del mundo obrero, industrial y comercial tienen que salir de entre los obreros, comerciantes e industriales, añade que hay que buscar esos apóstoles y luego instruirlos y educarlos convenientemente. Y aunque él dice que eso compete principalmente a los Obispos y Sacerdotes, también, evidentemente, los padres y madres pueden echar las primeras semillas.

No habrá solución del problema social si no hay primero educación social, inclinando a los hombres al amor practico y positivo de sus semejantes y de la sociedad.

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Lucha contra el egoísmo

En el fondo, la educación para la sociedad es una lucha profunda para desarraigar o neutralizar en el niño una de las inclinaciones y tendencias más enraizadas y desordenadas en la naturaleza humana caída: el egoísmo.

Este egoísmo se manifiesta ya en los primeros años de la vida del niño, en los cuales éste es ávido de recibir, avaro para dar y muestra una acusada tendencia a adueñarse y apropiarse de las cosas. Contra él han de luchar los padres de una manera prolongada y tenaz. La vida en familia, la convivencia con varios hermanitos presenta muchas ocasiones para ello.

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Los «nostrismos» o egoísmos de grupo

El egoísmo tiene la cara demasiado fea para que se atreva a mostrarse en público. Por eso, no pocas veces se disfraza con una careta y se presenta como lucha desinteresada por el interés de una colectividad. Entonces tenemos «nostrismo».

Defender los intereses comunes de un grupo no es pecado ni defecto; pero intentar hacerlos prevalecer contra una colectividad superior o contra el interés común, sí. Es un egoísmo larvado y… elevado a una potencia de subido exponente. O, lo que es lo mismo, un «nostrismo».

Estos egoísmos colectivos son tan numerosos que pueden subdividirse y clasificarse.

Tenemos en primer lugar los egoísmos familiares. Al llegar la hora de dividir la herencia paterna, las diversas familias que han nacido de un tronco común, con demasiada frecuencia chocan entre sí encendiéndose entre ellas la enemistad. ¿Causa de todo? El egoísmo familiar.

Los que llevan un apellido ilustre, heredado de antepasados esclarecidos, en vez de tomar de ello pie para emular las proezas y glorias de sus mayores, añadiendo cada día otras nuevas, encuentran en ello pretexto para un mal disimulado orgullo y unas ilimitadas pretensiones de honores, exenciones y privilegios. ¿Causa? La misma: el egoísmo familiar.

Capítulo aparte merecen los egoísmos profesionales. El que se consagra a una profesión, tiene derecho a vivir de ella: eso es de justicia. Pero el que vive de una profesión no tiene derecho por ello a hacerla parapeto contra la sociedad: eso es una flagrante injusticia.

Las Entidades, Corporaciones o Colegios profesionales deben servir para estimular, perfeccionar y también para defender a sus miembros; pero en manera alguna para amparar su ambición desmedida o hacer prevalecer los intereses de su grupo sobre los de la sociedad.

¡Lástima que no se encuentre la manera de fundar colegios para educar Colegios! Esta educación debería consistir únicamente en quitar el egoísmo colectivo y meter en la médula de los huesos de esas entidades el amor al bien común.

Más funestos son todavía los egoísmos de clase. La médula de la llamada cuestión social no es, en definitiva, más que el resultado del egoísmo desmedido y no pocas veces injusto del capital que se enfrenta con el interés de la mano de obra que, a veces, exacerbada por las injusticias sociales, tiene también pretensiones excesivas.

La enumeración de estos egoísmos colectivos podría alargarse y los ejemplos o manifestaciones de cada uno de ellos podrían multiplicarse. Pero no interesa. Mucho más práctico es dedicarse con ahínco a luchar contra todos esos egoísmos mediante una profunda y bien orientada educación social de los hijos.

Esta educación tiene que ser tanto más profunda cuanto que todos llevamos dentro de nosotros la raíz íntima de todos los desórdenes sociales que es el egoísmo. El egoísmo es la ley de la gravedad de la persona humana: si no hay un esfuerzo positivo en contra, todas las acciones las orientamos y dirigimos a nosotros mismos.

Se impone, pues, la lucha contra ésa tendencia; y no sólo una lucha en un momento o período de la vida, sino el hábito adquirido de una lucha constante contra ese desorden, en virtud de la cual los hijos sepan elevarse majestuosamente sobre las rastreras regiones del propio interés y volar por las serenas alturas de su antípoda, el altruismo.

A ello conducirá la educación en las virtudes sociales.

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Las virtudes sociales

Nadie negará que meta y fin de la educación sea la adquisición por parte del educando de las virtudes convenientes. Pues bien; entre las diversas virtudes naturales y sobrenaturales hay algunas que por sus benéficos influjos en la sociedad, bien pueden calificarse como sociales. Sin esas virtudes, jamás los hombres de quienes depende su recta solución se decidirán a enfrentarse resueltamente con el problema social.

Los documentos pontificios nos indican en particular algunas de esas virtudes.

Ante todo, el desinterés, como contrario al egoísmo. La aplicación de las normas de la doctrina social católica exige de los grandes industriales, ha dicho Pío XII, una reacción radical contra la tentación de buscar cada uno su propio provecho a costa de los demás participantes, cualquiera que sea la naturaleza y la forma de la participación y en detrimento del bien común.

Esto quiere en fin un desinterés tal, que sólo puede inspirarlo una auténtica virtud cristiana sostenida por la ayuda y la gracia de Dios (Disc. a los Congresistas de la Unión Internacional de Asociaciones Patronales Católicas, del 7-V-1949).

Vienen a continuación dos virtudes tan eminentemente sociales que en un documento pontificio se las considera como síntesis de la educación social: son la justicia y la caridad.

La educación moderna debe ser completa. No debe limitarse a simple instrucción ni tampoco a sola formación religiosa. La buena educación abarca hoy, además de otros aspectos…, la educación social, que inculca en el ánimo de los jóvenes el amor sincero de la justicia y de la caridad, base del verdadero orden nuevo (Carta de la Secretaría de Estado a la IV Semana Social Portuguesa,

16-X-52).

No basta lo dicho; hay que afirmar, además, que no es suficiente educar para el cumplimiento de la justicia estrictamente tal, llamada conmutativa, sino que es necesario también el cumplimiento de la justicia social, de la cual es propio exigir a los individuos cuanto es necesario para el bien común, ordenar una más equitativa distribución de las riquezas y prohibir que una clase social excluya a la otra de la participación en los beneficios.

Sólo después que se han cumplido los requisitos de la justicia es lícito acudir a la caridad para enjugar lágrimas, remediar miserias o atender necesidades ajenas.

Bien puede alargarse el catálogo de las virtudes sociales con la del respeto a la persona humana, en la cual tanto ha insistido la Santa Sede, frente a las violencias de los modernos estados totalitarios y omnipotentes, y frente al egoísmo de los potentados y poderosos del mundo. A este respeto viene a reducirse la benevolencia, virtud en la cual, según algunos autores, convergen y se resumen todas las virtudes sociales.

De esta benevolencia nacerá necesariamente la generosidad cuando se trate de socorrer al prójimo o de distribuir los bienes adquiridos justamente con la colaboración del trabajo ajeno o de ayudar al sostenimiento de establecimientos benéficos o instituciones sociales. Esta generosidad dista mucho de ser prodigalidad.

Dos características tiene aquella virtud que hacen que no se la pueda confundir con este vicio: la primera es que la generosidad da, y da con abundancia, pero también con prudencia, de suerte que no se agoten las fuentes mismas de la generosidad; la segunda es que esta generosidad se muestra espléndida cuando se trata de fines que miran a los otros y es más bien remisa cuando se trata de expensas o gastos que miran a su propia comodidad o interés.

Por eso la generosidad, cuando es verdadera, va acompañada de la sobriedad. Ser parco en la comida para poder ser espléndido en dar de comer al que tiene hambre; ser moderado en el vestir, para poder mejor vestir al desnudo; quitar superfluidades y lujos excesivos en la propia casa para poder ofrecer un techo en que se cobije el desvalido: esa es la verdadera generosidad.

Pero, además, esta virtud tiene todavía otra faceta social: es que evita las agrias y violentas reacciones que el lujo y la ostentación provocan entre las clases humildes y que viven en la indigencia. Hay lujos que son una provocación y despilfarros que son una violenta llamada a la rebeldía social. La sobriedad evita ambas cosas y aproxima las vidas y los corazones de las clases sociales.

Acaso pueda también enumerarse entre las virtudes sociales el espíritu de cooperación, de ayuda mutua, de esfuerzo mancomunado o de trabajo en equipo, el cual tanto fomenta la solidaridad, estimula las energías y multiplica el fruto que se consigue.

Pero no hay que olvidar que más importante que enumerar estas virtudes sociales es afianzarlas en el corazón humano por medio de una recta educación social y de la repetición de actos de servicio a la comunidad.

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La familia, escuela de virtudes sociales

Complemento de lo dicho anteriormente es la afirmación de que la familia es escuela de virtudes sociales; y escuela no artificial, sino natural; no teórica, sino práctica; no convencional, sino insustituible.

La misma naturaleza ha establecido en la familia el vivero de las inclinaciones benévolas, la escuela de las virtudes sociales. Ella forma la íntima y estrecha comunidad de vida, fundada en los más fuertes apetitos naturales; ella ofrece las ocasiones más próximas y palpables para el ejercicio de las virtudes sociales.

Hay tres formas fundamentales de las relaciones que estriban en la benevolencia, las cuales responden a las tres posibles relaciones de los seres: del superior al inferior, del inferior al superior y de igual a igual. Las tres existen en la familia: la relación entre el superior y el inferior es la que media entre padres e hijos. La benevolencia tiene aquí la forma del amor que fomenta, sostiene y ampara. La relación del inferior al superior se halla en los hijos respecto de los padres. La inclinación tiene aquí la forma de adhesión agradecida, de reverencia hacia lo más alto. La relación de iguales es doble: entre esposos y luego entre hermanos. La benevolencia tiene aquí la forma de cordial reconocimiento y estima y de amor fraternal.

Los padres procurarán ejercitar a sus hijos en las virtudes sociales de una manera consciente y habitual. Para el desinterés, la convivencia con los hermanos puede presentar gran número de ocasiones.

En cuanto a la justicia social serán menos frecuentes los casos prácticos que se presenten. Pero siempre se podrá lograr fácilmente una cosa: hacer que el niño se fije en los millares de obreros desconocidos que trabajan para él. Para hacer una sencilla cerilla, ¡cuántas manos se han puesto a trabajar! El árbol cortado en los bosques de abetos, el caucho recolectado en los países cálidos, el azufre extraído en las minas de Sicilia, el fósforo cuidadosamente encerrado en los laboratorios. Y cuántos sufrimientos, cuántos accidentes en esos diversos tajos…

El plátano, la naranja que saborea el chocolate que cuscurrea, el pan que come, los trajes que le abrigan… todo se lo procura el trabajo ajeno. ¡Que en su pensamiento y en su oración se acuerde de esos bienhechores! Nada más propio para darle la idea de la verdadera fraternidad que debiera reinar entre los hombres en una caridad y ayuda mutuas.

A los hijos de las familias obreras hay que hacerles ver la necesidad de la colaboración del capital para la producción, así como también la de los técnicos, y cómo debe reinar entre éstos y los obreros una justa armonía, sin que ello signifique que no puedan reivindicar los derechos del trabajo y clamar contra los abusos del capital cuando éstos sean ciertos.

Más numerosas serán las ocasiones de practicar la caridad. Desgraciadamente, son frecuentes las noticias de catástrofes que sumen en la miseria, al menos de momento, a muchas personas. Hoy es una inundación la que deja sin hogar a innumerables familias, mañana una explosión la que sepulta vivos a varios obreros en una mina… Se organizan luego colectas en su favor… Los padres deben procurar que sus hijos se enteren de ello y contribuyan: si les acostumbran al ahorro de pequeñas cantidades, que en esas ocasiones sepan desprenderse de parte de ellos.

Para el respeto a la persona humana ofrecerá más de una ocasión el personal de servicio de la casa, si le hay. Que los hijos sepan mostrar su gratitud a la sirvienta por sus desvelos, que la traten siempre con palabras de consideración y de respeto, que jamás abusen de su trabajo, que no le exijan nunca servicios que ellos pueden realizar por sí mismos, que le hagan algún obsequio con motivo de su fiesta onomástica, etc., etc. Que se acostumbren a saludar cariñosamente al portero de la casa, al barrendero que recoge la basura, a cualquier obrero que por el motivo que sea viene a trabajar en la casa.

En las familias de posición modesta se inculcará en los hijos agradecimiento y respeto a los profesionales que les atienden: médico, maestro, etc., etc.

Y si se trata de una familia de grandes o pequeños empresarios industriales, o de un negocio cualquiera que tiene a su servicio varios empleados u operarios, a medida que los hijos se van haciendo mayorcitos, que les hagan ver cómo sin el trabajo de éstos sería imposible sacar a flote la empresa, y cómo, por consiguiente, tienen derecho no sólo a un jornal remunerador, sino incluso a cierta participación en los beneficios, lo más amplia que permitan las circunstancias.

La médula de la reforma social es la reforma de la empresa; y si no se reforma la mentalidad de los empresarios, es muy difícil llegar a la reforma de la empresa como no sea por la violencia: todos los que contribuyen al éxito tienen derecho a alguna participación en los frutos; el salario más que participación es remuneración por el esfuerzo invertido y el desgaste de fuerzas; la participación en los beneficios empieza donde termina el salario.

Reformemos, pues, mediante la educación, la mentalidad de los futuros dirigentes de la industria y comercio para que sea fácil llegar a la reforma de las empresas, base de la reforma social.

También para la práctica de la cooperación en el trabajo podrán presentarse casos prácticos en la vida de familia. Ciertos quehaceres domésticos, por ejemplo, preparar el Nacimiento, quitar muebles y cuadros de una habitación que se ha de pintar, pueden dar ocasión a ejercitar simultáneamente el trabajo de hijos, hijas y criados, dando a cada uno su parte, y haciendo ver luego a los hijos cómo si se hubiera contado sólo con el trabajo de cada uno aisladamente hubiera sido mucho más ímprobo y difícil conseguir un resultado satisfactorio.

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Educación del sentido social

Fruto de esa orientación de la vida al servicio de la sociedad y de la práctica de las virtudes sociales, será la educación de lo que bien se puede llamar, con algunos documentos pontificios, sentido social o espíritu social.

Es una fina sensibilidad de las exigencias del bien social, de los excesos del egoísmo, propio o ajeno, de las injusticias sociales, de los sufrimientos o estrecheces de las clases humildes y de los medios de remediar los males de la comunidad.

El sentido social, dice un documento pontificio, da a los hombres conciencia de sus deberes de relación, les mueve a obrar teniendo en cuenta su pertenencia a una comunidad, les hace preocuparse del bien del prójimo y del bien común de la sociedad.

Actúa la conciencia social del hombre y, a manera de hábito virtuoso, le pone en condiciones de realizar los fines que Dios y la sociedad esperan de él (Carta de la Secretaría de Estado a la XVI Semana Social de España, del 8-V-56).

Parecida definición podría darse del «espíritu social», del que dice Pío XII que mitigando los contrastes de intereses y de clase, quita a los obreros el sentimiento de la segregación, con la experiencia confortable de una solidaridad genuinamente humana y cristianamente fraterna (Mensaje de Navidad de 1942).

Para la educación de este sentido social mucho ayudará, además de la práctica de las virtudes sociales ya indicadas, la consideración y meditación de la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, pues los sentimientos de verdadera fraternidad que de ella se derivan llevan hasta el sacrificio, toda vez que donde la doctrina de Cristo informa la inteligencia y los corazones y dirige las acciones de los hombres, allí el concepto de sacrificio y la consiguiente subordinación del propio interés a las necesidades y obligaciones de la comunidad forman parte de aquellas leyes y normas fundamentales a las que ninguna conciencia puede sustraerse (Pío II: Discurso al Embajador de Bolivia, del 16-VI-1939).

También será recomendable para obtener el desarrollo de ese sentido social acostumbrar a los hijos jóvenes a ponerse en contacto con los ambientes obreros, a observar de cerca sus estrecheces, la dureza de su vida y sus ansias de elevación. La visita a zonas suburbiales de las grandes ciudades, la ayuda personal a los dispensarios parroquiales donde hacen acto de presencia muchas de esas miserias debidas a las estrecheces económicas, la lectura de algunas novelas donde se describe el ambiente obrero con cierta dureza siempre que, por otra parte, carezcan de reparos doctrinales o morales, podrán contribuir mucho a hacer más sensible el corazón del joven a las deficiencias sociales y a perfilar en él el sentido y el espíritu sociales.

Si se trata de familias que pertenecen a la clase trabajadora, este espíritu social debe comprender, por una parte, la idea de una estrecha colaboración con el capital y los técnicos y, por otra, la de una íntima solidaridad con los compañeros de trabajo.

Cuanto más elevada sea la posición económica y social de una familia, tanto mayor debe ser el esfuerzo de los padres en educar así a su hijo, primero, para que conozca la realidad social tal cual es y no tal cual se ve desde los cristales de una confortable casa; segundo, para acercar un poco las orillas de esa ancha sima que separa las clases sociales, y tercero, para que, cuando llegue a estar en puestos claves de las empresas, se decida a buscar el reino de Dios y su justicia… social, confiando que todo lo demás, incluso la prosperidad de esas mismas empresas, se le darán por añadidura.

No se trata con esta educación social de hacer demagogos ni agitadores sociales, sino de hacer vivir el cristianismo con todas sus consecuencias y de conseguir que en este mundo haya más justicia y menos odios, bases insustituibles de una duradera paz social.

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EL AMOR A LA PATRIA y LA EDUCACIÓN CÍVICA

El corazón de los hijos aún no estaría bien formado si no ardiera en él el amor sagrado de la Patria. Padres, si vuestros hijos son infieles al amor de Dios, Dios los sepultará en el infierno y estampará sobre su frente el estigma de la eterna condenación; si son traidores al amor de la Patria, su nombre será maldito y su cadáver pasto de las aves del cielo y de las fieras de la selva.

Pío XII dice que la educación que recibe la juventud debe tener también como fin preparar a la juventud para que cumpla con inteligencia, conciencia y valor aquellos deberes de noble patriotismo que da a la Patria terrestre la conveniente medida de amor, abnegación y colaboración (Encíclica Summi Pontificatus).

No es éste el único texto del Papa. En su discurso a la C. E. C. A., 4-XI-57, dijo que el amor de la Patria deriva directamente de las leyes de la Naturaleza, resumidas en el texto tradicional de los mandamientos de Dios: «Honra a tu padre y a tu madre».

Patria viene de padre y Nación de nacer, porque así como amamos a los padres de los cuales nacimos, también debemos amar a la Patria o Nación en la cual nacimos, nos criamos y educamos: la Patria es nuestra segunda madre. Y si tanto es el amor, obediencia, respeto y servicio que los hijos deben a sus padres, no es menos el que a la Patria le debemos; y el que así no lo entienda, será un egoísta, pero no un patriota.

Malo es tener un patriotismo de vía estrecha, cerrado a todo lo bueno que pueda haber más allá de las propias fronteras; pero peor es, sin duda, tener una predisposición a dejarse ofuscar por todo lo de fuera y a despreciar todo lo de dentro, ignorar grandes valores que se encuentran en casa y andar siempre en busca de las efímeras actualidades de ciertos pseudovalores ajenos, buscar constantemente el aspecto despreciable o ridículo de lo propio y no fijarse sino en lo bueno que tienen muchas cosas de fuera que en su conjunto distan mucho de ser dignas de elogio.

Se impone, pues, una recta educación del espíritu patriótico de la juventud. Un pueblo en donde esté en crisis el patriotismo, está decrépito. Cuando se aflojan los vínculos del amor patrio que une a todos los ciudadanos en un ideal y en un destino común, ¡qué débiles son los vínculos jurídicos y hasta la misma fuerza de las armas!

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Medios de formación patriótica en la vida de familia

Cada individuo es hijo de sus obras, hechura de su propia conducta; cada nación es hija de su Historia. Desconocer la Historia de la Patria, al menos en sus líneas generales, es desconocer la Patria misma.

Por eso los padres procurarán con interés quo sus hijos conozcan la Historia de su Patria. No se puede amar lo que se desconoce y no se puede desconocer lo que se ama. Los grandes hechos, los momentos cumbres de nuestra Historia, de ninguna manera llegarán a calar tan hondo en el corazón de los hijos como si son narrados por la boca de sus madres. Los padres completarán esa formación proporcionando a sus hijos lecturas amenas e instructivas sobre la Historia patria.

Los grandes héroes, los grandes artistas, los grandes sabios y los grandes santos patrios son excelentes modelos y eficaces estímulos para la juventud.

Las fiestas nacionales o patrióticas ofrecen un nuevo medio a los padres de dar a sus hijos la educación patriótica. Dichas fechas no han de pasar inadvertidas. Que los hijos pequeños escuchen de los labios de la madre, sentados en su regazo, el significado de la fiesta y sus anécdotas más llenas de colorido; que los mayores encuentren a la hora de comer subrayada con algún comentario extraordinario la fecha que se conmemora.

En ningún hogar debe faltar una bandera nacional. Como símbolo de la Patria, de su Historia y de sus glorias, la bandera merece la más sincera veneración. Que vean los hijos que en las grandes fiestas, cuando los balcones y ventanas se adornan con colgaduras, la madre saca con alegría la bandera patria, y después de besarla y de hacérsela besar, la extiende con alegría para que luzca sus hermosos colores al sol.

Estos actos sencillos y al parecer intrascendentes se graban profundamente en las almas infantiles y juveniles y contribuyen a cultivar y fomentar un sano y robusto amor a la Patria.

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Los escollos que hay que evitar

En la educación patriótica, si se han de seguir con fidelidad las orientaciones pontificias, conviene evitar ciertos escollos que no sólo la desvirtúan, sino que la harían perjudicial.

El primero sería que, por dedicar excesivo interés a lo referente a la patria terrena, se olvidara o, peor, voluntariamente descuidara el orientar la mirada y el corazón de la juventud a la patria sobrenatural, con lo cual se cometería una injusticia contra la juventud, una injusticia contra los derechos y los deberes inalienables de la familia cristiana; y sería una desviación que habría que remediar enérgicamente, aun por el interés del bien del, pueblo y del Estado (Pío XII: Encíclica Summi Pontificatus).

También es censurable, en educación lo mismo que en política, un exagerado nacionalismo que fomenta el espíritu de violencia y pretende ordenar militarmente la educación física de los jóvenes (y a veces de las jóvenes, contra la naturaleza misma de las cosas humanas) y aun con frecuencia usurpando más de lo justo, en el día del Señor, el tiempo que debe dedicarse a los deberes religiosos y al santuario de la vida familiar (Pío XI, Encíclica Divini Illius Magistri).

Un tercer escollo sería dejarse llevar por un amor patrio desmesurado que fomenta las enemistades internacionales y olvida que todos los pueblos están unidos entre sí con vínculos de hermanos, como miembros que son de la gran familia humana, y que todas las naciones tienen derecho a vivir y a prosperar (Pío XI, Encíclica Ubi arcano).

No se puede fomentar el odio a ninguna nación, ni desfigurar o tergiversar los hechos históricos, ni fomentar o aplaudir la explotación de unos pueblos por otros. La justicia es una virtud fundamental también en las relaciones de las naciones entre sí, lo mismo que la verdad y la caridad.

Los padres, mientras por una parte fomentan el sano amor a la Patria, procurarán evitar éstas o cualesquiera otras desviaciones, que son una verdadera deformación de uno y de los más hermosos afectos que pueden anidar en el corazón humano: el patriotismo.

El odio y menosprecio de todo lo extranjero es una necedad, una ridiculez y una caricatura del patriotismo. Compaginar el amor a la propia Patria con la comprensión de todos los valores que encontremos en otras naciones, es fruto de una ponderada y equilibrada educación patriótica.

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Educación cívica

Íntimamente enlazada con la educación del sentimiento de amor patrio está la llamada educación cívica, que es la formación del hombre para el cumplimiento de los derechos y de los deberes de ciudadanía, según la ha definido un documento pontificio.

Tal educación está incluida en el programa y en la finalidad de la escuela católica, y, por consiguiente, también de la educación familiar, que debe ir paralela con aquélla.

Esta educación prepara al joven para la participación en la vida de la comunidad civil, en el grado y en la medida que lo permitan, por una parte, las leyes y la Constitución política del país, y por otra, la capacidad y vocación política del interesado.

Los padres procurarán ante todo una educación científica y técnica lo mejor posible para sus hijos, a fin de que el día de mañana puedan ser artífices de la prosperidad común. Por otra parte, se esforzarán por inculcar en su alma la idea de que en la medida de sus fuerzas deben contribuir al desenvolvimiento de la vida civil, dándoles de la política una idea elevada y muy superior a la de las luchas rastreras e intrigas de partido.

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Amor a la Humanidad y a la paz entre las naciones

Así como todas las familias se integran en la Patria, todas las patrias o naciones se integran en una gran familia de naciones, en la unidad superior de la Humanidad.

Por eso una educación completa debe no sólo formar a los hijos en el amor patrio, sino también en el amor a toda la Humanidad y a la paz y concordia entre todas las naciones y Estados que la forman.

Las madres pueden hacer mucho en este sentido. Ellas deben irradiar por todas partes el espíritu de moderación, el sentimiento de la fraternidad entre los hijos de Dios… y educar cristianamente a la juventud, según la visión cristiana del mundo que nos ha sido revelada por el Salvador, ha dicho Pío XII. Y prosigue: Cada generación, al nacer, debe pasar por la suave escuela de la mujer a fin de que adquiera de nuevo aquélla dulzura, aquella bondad, aquella piedad que en ella son connaturales. Sin esa vuelta periódica a la sana fuente, en breve tiempo, la humanidad, cediendo a las asperezas y a las duras luchas de la vida, iría a parar en el más miserable salvajismo. Enderezad, pues, vosotras, que por deber natural y por misión divina modeláis las almas de los jóvenes, la nueva generación hacia los sentimientos de fraternidad universal y al aborrecimiento de la violencia. Acción demasiado remota, dirá alguno acaso. No; es una acción que edifica sobre bases profundas y, por lo tanto, fundamental y urgente.

Así como las guerras, al menos las modernas, no estallan de improviso, sino que durante largos años van engendrándose en los corazones, del mismo modo, la paz verdadera, estable, justa, no brota al primer rayo de sol de un sentimiento o de una llamada (Discurso al XIII Congreso de la Unión Mundial de las Organizaciones Femeninas Católicas, del 24-IV-52).

Todas las madres tiemblan y lloran cuando su hijo marcha a la guerra; todas las madres deben educar a su hijo para la paz.

En alguna circunstancia extraordinaria, sin duda resulta sublime que una madre aliente a su hijo a marchar para defender la Patria y le ponga las armas en la mano; en las circunstancias ordinarias, más propio de las madres es poner el amor a la Humanidad y a la paz en el corazón.

De los odios, de las violencias, de las injusticias internacionales nacen las guerras; la paz nace de la justicia, de la comprensión y del amor.

Si todas las madres y los padres siembran esas semillas en el corazón de sus hijos, se habrá hecho sobre el mundo una fecunda sementera de paz.