LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA: EL ORDEN DEL UNIVERSO Y LA PROVIDENCIA

LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA

CAPÍTULO II

EL ORDEN DEL UNIVERSO Y LA PROVIDENCIA

Los cielos pregonan la gloria de Dios (Salmo 18, 12)

Hemos especificado la prueba general de la existencia de Dios «el más no salé del menos» mediante el examen del movimiento.

Hemos visto que todo movimiento, corpóreo o espiritual, exige un motor, y, en último análisis, un motor supremo, porque en la serie de las causas actualmente subordinadas (la tierra atraída por el sol, el sol a su vez por otro centro superior) es preciso detenerse en un motor supremo que no necesite ser movido, que posea el obrar por sí mismo, para poder comunicarlo a los demás.

En otros términos: un ser que sea su acción misma y no la haya recibido, un ser que obre sin que se le haya dado el obrar.

Y como el obrar presuponga el ser, y el modo de obrar sea consecuencia del modo de ser, preciso es que el Motor supremo de los espíritus y de los cuerpos sea el Ser por esencia, según la expresión bíblica: Ego sum qui sum: Yo soy el que soy.

Pasemos ahora a examinar una prueba que nos manifiesta a la vez la existencia de Dios y su Providencia. Está tomada del orden del mundo y es la más popular de todas. Fácilmente accesible a la razón natural, trátase también con método filosófico; y aplicada del orden físico al orden moral puede conducir a altísima contemplación. Hállase formulada en el Salmo 18, 12: los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Veamos primero el hecho que es punto de partida de la prueba, para luego pasar al principio que permite ascender del simple hecho al conocimiento de la existencia de Dios y de la Providencia.

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El hecho: el orden del universo

Es un hecho haber en los seres desprovistos de inteligencia medios admirablemente ordenados a determinados fines. Ello es evidente, dice Santo Tomás (I, q. 2, a. 3), porque los seres privados de razón, como son los astros, las plantas, los animales, obran siempre, o por lo menos comúnmente, para producir lo mejor.

La finalidad o el orden aparece primero en la atracción universal de los cuerpos, ordenada para la cohesión del universo, en el movimiento de traslación del sol, que arrastra consigo el sistema solar, y en el doble movimiento de la tierra: de rotación en torno de su eje en 24 horas, que da origen al día y a la noche, y de traslación alrededor del sol en 365 días, de donde resulta la variedad de las estaciones.

Esta regularidad constante del curso de los astros es argumento de que existen medios ordenados a fines determinados, como lo han hecho notar los astrónomos más ilustres, extasiados ante las leyes por ellos mismos descubiertas.

Sin la diferencia del día y de la noche y sin la variedad de las estaciones, necesaria para la germinación y el desarrollo de las plantas, ¡qué de cosas excelentes dejarían de producirse en la tierra!

Si subimos un grado y consideramos el organismo de las plantas, lo hallamos admirablemente dispuesto para absorber los jugos de la tierra y transformarlos en savia; por donde viene a nutrirse el vegetal y propagarse de una manera regular y constante. Basta ver un grano de trigo sembrado en la tierra para asegurarse de que está destinado a producir una espiga de trigo, y no de cebada o de maíz.

Con sólo examinar la encina, se echa de ver la utilidad de sus raíces y de su savia para la vida de las ramas y de las hojas. Basta observar los órganos de la flor, para ver que concurren a la formación del fruto que ella está destinada a producir: una cereza, una naranja. Cada flor produce determinado fruto, y no cualquiera. ¿Cómo no ver en ello una idea directriz?

Y si ascendiendo todavía más consideramos el organismo de los animales, ya inferiores, ya superiores, echamos de ver que en conjunto está ordenado para las funciones de nutrición, respiración y reproducción. El corazón hace circular la sangre roja por todo el organismo para nutrirlo; la sangre negra, cargada de anhídrido carbónico, se trasforma en sangre roja al contacto del aire oxigenado de los pulmones. Es evidente que el corazón y el pulmón son órganos dispuestos para la conservación del animal y del hombre.

Ciertas partes del organismo animal son, a la verdad, maravillosas: así las articulaciones del pie, que permiten la diversidad de posiciones que requiere la marcha; las articulaciones de la mano, dispuestas para los movimientos más variados; las alas de las aves hechas para el vuelo, que no hay avión que las iguale.

Otra obra maestra es la célula, por pequeña que sea, relacionada con millares de otras del mismo organismo.

Particularmente bella es la armonía de las múltiples partes del oído, las cuales todas concurren a percibir el sonido: y no lo es menos la estructura complicadísima del ojo, donde la visión presupone un conjunto de trece condiciones, cada una de las cuales a su vez requiere otras muchas, todas ellas ordenadas al acto tan simple de la visión. En este órgano aparece una ordenación admirable de cantidad prodigiosa de medios encaminados al mismo fin; y el ojo se forma siempre o por lo general para producir lo mejor.

Si consideramos la actividad instintiva de los animales, sobre todo la de algunos de ellos como la abeja, hallaremos nuevas maravillas. Sólo un matemático genial podría idear y construir una colmena; y en cuanto a la miel, todavía no ha nacido el químico que sepa extraerla del jugo de las flores. Y, sin embargo, no está dotada de inteligencia la abeja, que no sabe variar su trabajo ni perfeccionarlo; lleva en sí algo que la determina a hacer por instinto natural siempre la misma cosa desde el comienzo del mundo, y la hará siempre igual sin perfeccionarla; mas el hombre perfecciona de continuo los instrumentos de trabajo por él mismo inventados, porque los sabe relacionar con el fin de los mismos. La abeja obra por un fin, sin saberlo; pero obra de una manera maravillosa.

¿Dirá alguno que es obra del acaso este orden admirable de los astros, del organismo vegetal y animal y del instinto de los animales? Empero lo que sucede por un feliz acaso, no siempre sucede, ni con frecuencia, sino muy rara vez. Es una casualidad que un trípode lanzado en el aire caiga al suelo sobre sus pies; es una casualidad hallar un tesoro al cavar una fosa. Por el contrario, el orden admirable de la naturaleza que acabamos de considerar es el orden de las leyes fijas, inmutables, que siempre se cumplen; es una armonía constante y una sinfonía perpetua del universo para aquellos que tienen oídos, es decir, para los grandes artistas, los grandes pensadores y las almas sencillas, a quienes la naturaleza habla de Dios.

¿Se dirá que de entre multitud de organismos inútiles un feliz acaso formó unos cuantos admirablemente constituidos, aptos para la vida, los cuales se perpetúan, mientras desaparecen los inútiles? Es la teoría evolucionista de la supervivencia de los más aptos.

Mas esto equivale a afirmar que el acaso es la causa primera de la armonía del universo y de sus distintas partes. Lo cual es imposible, Basta para ello considerar qué cosa sea el acaso. El acaso y su efecto son algo accidental, casual; es casual la caída sobre sus pies de un trípode lanzado en el aire; es casual el hallar un tesoro al cavar y una fosa. Ahora bien, lo accidental supone lo no accidental, o sea, lo esencial, lo natural; como lo accesorio supone lo principal.

De no existir la ley de la gravitación, ni siquiera accidentalmente caería el trípode sobre sus pies. Si, quien accidentalmente halla un tesoro no hubiera tenido la intención de cavar la fosa, jamás se habría realizado aquel hecho casual.

El acaso es el encuentro o concurso accidental de dos acciones, cada una de las cuales, sin embargo, no es accidental, sino intencional, por lo menos con inclinación natural inconsciente.

Sostener, pues, que la causa primera del orden del mundo sea el acaso, equivale a explicar lo esencial por lo accidental, lo primordial por lo accesorio; es destruir lo esencial, lo natural, toda la naturaleza y las leyes del mundo físico. El universo se reduciría a encuentros fortuitos, sin tendencias necesarias de los seres a encontrarse; lo cual es absurdo. Buscar la, explicación en el acaso es afirmar que el orden admirable del universo y de sus partes ha salido del desorden, de la ausencia de orden, del caos, sin causa alguna; es buscar el origen de lo inteligible en lo ininteligible, y el de nuestro cerebro y nuestra inteligencia, en la fatalidad material y ciega; es afirmar que el más sale del menos, lo perfecto, de lo imperfecto; es el absurdo en substitución del misterio de la creación: misterio que, ciertamente, tiene sus oscuridades, pero está conforme con la recta razón.

Queda, pues, en pie el hecho de donde arranca nuestro argumento: en el mundo hay orden y finalidad, es decir, medios ordenados a determinados fines, puesto que seres desprovistos de inteligencia, como las plantas y los animales, obran siempre o por lo general para producir lo mejor.

De la atracción universal nace la cohesión del universo; del germen del grano de trigo se desarrolla la espiga; de la flor sale el fruto; el pie del animal sirve para caminar; las alas del ave son para volar; el pulmón para respirar, el oído para oír, el ojo para ver. El hecho de la finalidad es innegable; hasta el positivista Stuart Mili lo admite.

Y no es sólo un hecho obrar todo agente natural por un fin; tampoco puede ser de otra manera: todo agente debe obrar por un fin, porque, para el agente, obrar es tender hacia algo determinado que le acomoda, es decir, hacia un fin. Y si el agente no obrase por un fin determinado, nada determinado podría realizar: esto con preferencia a aquello; ni habría razón para que el ojo viese en vez de oír, y el oído oyese y no viera. (Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 1, a. 2).

Se objetará quizá que no se ve la razón de ser de la víbora y de otros animales dañinos. Cierto; no alcanzamos muchas veces la finalidad externa de ciertos seres; pero la finalidad interna es evidente; vemos cómo los órganos de la víbora son útiles para la nutrición y conservación de su vida. Cuanto a la acción dañina, ello nos invita a vivir precavidos, nos recuerda que somos vulnerables, que no somos dioses; y la fe nos dice que, de no haber pecado, no tendría el hombre por qué temer el veneno de la serpiente. Sobrada luz hay para quienes quieren ver, a pesar de ciertas sombras y oscuridades.

Los materialistas dicen que en un escalfador hay tanta cantidad de calor, de movimiento o de energía calórica como en el águila de los Alpes.

Sí, responde el pintor Ruskin, pero nosotros, los pintores, reparamos en que el escalfador tiene tapadera, y el águila tiene alas… Y por eso el escalfador se queda junto al fuego, mientras el águila se cierne en los aires. Esta circunstancia es lo que nos interesa, no el grado de temperatura alcanzado durante el vuelo. (Ethics of the Dust).

El materialista no advierte que las alas son para volar y los ojos para ver; no quiere reconocer el valor o la finalidad de los ojos; va, no obstante, a casa del oculista, como los demás mortales; cuando nota que la vista le va fallando.

Con lo cual reconoce prácticamente que los ojos son para ver.

Hay sobrada luz para los que quieren ver, a pesar de ciertas sombras y oscuridades. La finalidad de la naturaleza es un hecho evidente, no para nuestros sentidos, que sólo perciben los fenómenos sensibles, pero sí para la inteligencia, que penetra la razón de las cosas. Para ella la función del ojo es ver, y la del oído, oír.

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Un medio no puede estar ordenado para un fin

sino por una inteligencia ordenadora

¿Cómo ascender del hecho del orden del mundo a la certeza de la existencia de Dios? Por el siguiente principio: Los seres que carecen de inteligencia no pueden tender hacia un fin si no van dirigidos por una causa inteligente, como la flecha por el arquero.

En breves palabras: un medio no puede estar ordenado para un fin sino por una inteligencia.

¿Por qué? Porque el fin que determina la tendencia y los medios, es el mismo efecto futuro que se trata de realizar. Ahora bien, un efecto futuro, que aun no tiene existencia actual, para determinar la tendencia necesita estar en cierto modo presente, y no lo puede estar sino en un ser inteligente.

Si nadie jamás conoció el fin para el cual existe el ojo, no se puede decir que el ojo se haya hecho para ver. Si nadie conoció jamás el fin del trabajo de la abeja, no se puede decir que sea la elaboración de la miel. (Si nadie jamás conoció el fin de la acción de los pulmones, nadie puede asegurar que sea renovar la sangre poniéndola en contacto con el oxígeno del aire.

Mas ¿por qué se necesita una inteligencia ordenadora? ¿Por qué no ha de bastar la imaginación? Porque sólo la inteligencia conoce la razón de ser de las cosas y, por consiguiente, la razón de ser de los medios. Sólo la inteligencia comprende que las alas del ave son para volar, y los pies para andar, y sólo la inteligencia ha podido ordenar las alas para el vuelo, los pies para la marcha, el oído para percibir el sonido, etc.

La golondrina que recoge del suelo la pajuela para fabricar el nido, obra sin ver que el nido es la razón de ser del acto que realiza. La abeja que liba el jugo de las flores, ignora que la miel es la razón de ser su faena. Sólo la inteligencia percibe, además del calor y del sonido, el ser y la razón de ser de las cosas.

Sólo una inteligencia ordenadora ha podido ordenar los medios para los fines. Sin ella, el más saldría del menos, el orden, del desorden.

Mas ¿por qué exigimos una inteligencia infinita, propiamente divina? ¿Por qué, pregunta Kant, no ha de bastar una inteligencia limitada, cual es la del ángel, para explicar el orden del universo?

¿Por qué? Porque una inteligencia finita, limitada, no sería el Pensamiento mismo, ni la Intelección misma, ni la Verdad misma. Ahora bien, una inteligencia que no sea la Verdad misma siempre conocida, está ordenada para conocer la verdad. Y esta ordenación pasiva supone otra ordenación activa, que sólo puede tener origen en la Inteligencia suprema, que es el Pensamiento mismo y la Verdad misma.

En este sentido Jesucristo declara ser Dios, cuando dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida: Ego sum via, veritas et vita. Como quien dice: no he recibido la Verdad, sino soy la Verdad y la Vida.

He aquí el término y la meta de nuestra argumentación: una inteligencia ordenadora soberanamente perfecta, la cual es la Verdad misma y, por ende, el Ser mismo, ya que la verdad es el ser conocido. Y esta inteligencia es el Dios de las Escrituras: Ego sum qui sum. Es la Providencia o razón suprema del orden de las cosas, que ordena las criaturas todas a sus respectivos fines y las dirige hacia el fin último del universo, que es la manifestación de la bondad divina.

Y así, Santo Tomas» (I, q. 22, a. 1) se expresa en los siguientes términos: Es necesario que en Dios haya providencia. Pues, como se demostró, todo el bien que hay en las cosas ha sido creado por Dios. En las cosas se encuentra el bien no sólo en cuanto algo sustancial, sino también en cuanto que las cosas están orientadas a un fin, en especial el fin último que, como hemos sostenido, es la bondad divina. Así, pues, este bien que hay en las cosas ha sido creado por Dios. Como Dios por su entendimiento es causa de las cosas, y cualquiera de sus efectos precisa preexistir en Él como en su razón de ser, según se deduce de todo lo dicho; es necesario que la razón de orden hacia el fin que hay en las cosas preexista en la mente divina. Y esta razón de orden al fin, propiamente, es la providencia.

La providencia es, en la inteligencia divina, la razón del orden de las cosas al fin; y el gobierno divino, como dice Santo Tomás (Ibid. ad 2), es la ejecución de dicho orden.

Ahora se nos alcanza el sentido de las palabras del Salmo: El orden admirable del cielo estrellado pregona y canta la gloria de Dios y nos manifiesta la inteligencia infinita del Creador. La armonía del universo es como un poema sinfónico maravilloso, como el canto dulce y penetrante de Dios creador. Dichosos quienes saben escucharlo.

¿No descubres alguna lección moral en esta prueba de la existencia de Dios por el orden del mundo?

Sí, por cierto, y muy hermosa: aquella que nos enseña el Libro de Job, y con más claridad Jesucristo en el Sermón de la montaña.

Y la lección es ésta: Si en el mundo físico hay orden, con más razón lo ha de haber en el mundo moral, no obstante los crímenes que la justicia humana deja impunes, y los actos heroicos no recompensados en que se manifiesta ya acá en la tierra la intervención divina.

No es otra la respuesta del Señor a Job y sus amigos. El Libro de Job se propone responder a esta pregunta: ¿por qué a veces los justos acá en la tierra padecen más que los impíos? ¿Será siempre para expiar sus faltas, al menos las ocultas?

Así lo afirman los amigos de Job, echando en cara al desventurado paciente los lamentos que se le escapan del corazón atribulado. Niega Job que todas las aflicciones y tribulaciones tengan origen en los pecados ocultos. Y pregunta cuál sea la causa de los dolores que sobre él han recaído.

Al fin del Libro interviene el Señor (c. 32-42) declarando el orden maravilloso del mundo físico, desde la vida del insecto hasta el vuelo del águila; con lo cual viene a decir: si tal es el orden existente en las cosas sensibles, ¿cuál no será el de los designios de mi Providencia respecto de los justos, aun cuando son terriblemente castigados?

Mas ello es acá abajo un misterio oculto e inescrutable.

Con mayor claridad aun lo dice Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Matth. 6, 25): No os acongojéis por vuestra vida, qué habéis de comer o beber… Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y el Padre celestial las alimenta. ¿Pues no valéis vosotros mucho, más que ellas?… Contemplad los lirios del campo… no labran, ni tampoco hilan. Y sin embargo, yo os digo, que ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si una hierba del campo… Dios así viste, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?

Si en el mundo visible hay orden, y para las aves, providencia, ¿cómo no ha de haber orden en el mundo espiritual, y providencia para las almas inmortales de los hombres?

En cuanto a la cuestión propuesta en el Libro de Job, Jesucristo da la respuesta definitiva en el Evangelio de San Juan (15, 1-2): Yo soy la vid y mi Padre el labrador. A todo sarmiento que diere fruto, lo podará, para que dé todavía más.

Dios prueba al justo como a Job, para que dé grandes frutos de humildad, de paciencia, de abandono, en manos de Dios, de amor de Dios y del prójimo: los grandes frutos de la caridad, que es la vida eterna comenzada acá en la tierra.

Tal es la hermosa lección que fluye de la prueba de la existencia de Dios que acabamos de exponer: Si en el mundo visible hay un orden admirable, con más razón lo ha de haber en el mundo moral y espiritual, no obstante las pruebas y tribulaciones: hay sobrada luz para quienes quieren ver y caminar hacia la verdadera luz de la eternidad.