EL ATELIER DE SAN JOSÉ: LA MUERTE DE SAN JOSÉ Y LA NUESTRA

LA MUERTE DE SAN JOSÉ Y LA NUESTRA

La vida de San José fue, después de la de María Santísima, la más santa y la más perfecta; su muerte, como último privilegio que selló todos los que había recibido, fue el galardón de la más dulce recompensa de su caridad.

San José se consideró afortunado de poder ofrecer a su divino Salvador, a quien amaba mil veces más que a sí mismo, el sacrificio de su propia vida, en el momento en que debía salir de la obscuridad y manifestar al mundo su divinidad y su gloria. Pudo decir con más verdad aún que el santo Precursor: Ha llegado el momento en que Jesús debe levantarse, y yo debo desaparecer y ser olvidado enteramente.

Deseo ardientemente morir, para estar con Jesucristo, decía el gran Apóstol. San José estaba de tal modo muerto a sí mismo, que, al igual que los Ángeles del Cielo, más se alegraba por el cumplimiento de la voluntad divina en Él, que de su elevación a la gloria; estaba tan trasformado en Dios, y tan estrechamente unido a su adorable querer, que más por amor a Dios que por amor a sí mismo se gozaba de la felicidad de convivir con el Salvador; de consiguiente, se sintió afortunado al separarse por algún tiempo de Jesucristo, por amor a Él.

¿Qué muerte fue más preciosa a los ojos de Dios que la muerte de José? ¡Qué consuelo para Él, el haber vivido tan santamente! La gracia —decía San Pablo— no ha sido inútil en mí. Y esta seguridad constituía su gloria y su felicidad; pero San José podía decir con verdad que la gracia había sido siempre en Él operante, y que todos los días y todos los momentos de su vida habían sido llenos, porque el amor a la virginidad, a la humildad, a la santa pobreza y a todas las virtudes no disminuyó ni un solo momento en toda su vida; llenos, porque, correspondiendo siempre a la gracia, aumentó constantemente el tesoro de sus méritos.

Más ferviente que la esposa de los Cantares, cuyos sentimientos se suspendían durante el sueño, su Corazón vigilaba incesantemente, permaneciendo siempre en el ejercicio de la más viva caridad, no habiendo sido jamás interrumpido su amor, siempre unido con Dios, único objeto de sus pensamientos y de sus acciones.

Y pues que la muerte es semejante a la vida, no deben sorprendernos las inenarrables delicias que inundaban en aquel momento a este Santo, que había vivido siempre en Dios, con Dios y por Dios.

La muerte de los Santos está representada en la Escritura semejante a un sueño suave y pacífico en el seno de Dios; pero estas palabras no tuvieron jamás un cumplimiento más perfecto que en la persona de San José.

Sé que mi Redentor vive, y que le veré en el último día, exclamaba Job, y esta esperanza lo consolaba en medio de las penas más crueles.

Es a Vos, oh Bienaventurado José, a quien corresponde hablar de esta manera; a Vos, que habéis visto al Redentor apenas nacido; a Vos, que le habéis criado y alimentado, que le salvasteis la vida sustrayéndole al arma sacrílega de un perverso tirano; a Vos, que le habéis estrechado en vuestros brazos, y más feliz que el patriarca de Idumea, la esperanza del Redentor no solamente reposa en vuestro seno, sino que expiráis dulcemente sobre el suyo.

Partid, alma santa y bienaventurada; romped sin esfuerzos ni dolores los vínculos que os atan al cuerpo mortal; id a cambiar en certidumbre la esperanza de los antiguos justos, que desde hace tantos siglos suspiran por la venida del Libertador; id como bella aurora a anunciar el divino Sol de justicia que dentro de poco resplandecerá a sus ojos, refulgente de viva luz; id sin dolor, sin pena, que no estaréis privado de la presencia sensible de vuestro Amado sino por breve tiempo. Vuestra carne virginal, consagrada tantas veces por sus divinos abrazos, está por detenerse breve tiempo en la esperanza; pero ello será como un sueño que pasará, que antes bien la hará revivir con más fuerza, y vos seréis el primero en participar de la gloria de la resurrección triunfante de vuestro Redentor.

San Bernardino de Siena, considerando la afortunada muerte de San José, asistido por cuanto hay de más grande en el Cielo y en la tierra, no sabe cómo expresar los consuelos celestiales, las luces que colmaban dulcemente a esa alma bendita entre todas las almas.

Jesús, que en su infancia había recibido tantos besos, tantas caricias de José, padre tan puro y tan tierno, no habrá dejado, por cierto, en esa hora tan apropiada para las manifestaciones de ternura, de recompensar todas sus fatigas con torrentes de alegría interior, todas sus lágrimas con otras tantas consolaciones divinas, todas sus angustias con señales seguras de paz y de confianza. Con una mano sostenía su cabeza languideciente, y posando la otra sobre ese mismo corazón sobre el cual tantas veces había descansado en su infancia, lo saturaba con mil dardos de amor divino.

María, por su parte, agradecía a su casto Esposo los cuidados que le había prodigado y los servicios que con tanta bondad le había prestado. Y las palabras de María eran para José otras tantas saetas que lo consumían de amor.

¿Cuáles fueron, oh María, vuestros sentimientos, cuando os hallasteis presente a esa muerte tan preciosa? ¡Qué tiernas miradas os dirigía José moribundo! ¡Con qué indecibles consuelos pronunciaba vuestro nombre y el de Jesús!…

Si su santa alma hubiera debido hacer algún acto de resignación, ¿no habría sido el de no poderos endulzar, compartiéndolo con vos, el doloroso martirio que según la predicción del justo Simeón debía desolar vuestra alma de Madre?… Pero en el tiempo que con Vos había vivido, había podido conocer muy bien vuestro heroico valor.

Oh María, si en el curso de todos los siglos habéis cambiado tantas veces, en favor de vuestros siervos, las tinieblas de la muerte en un día sereno y puro, ¡qué dulzura, qué suavidad inenarrable no debió de infundir vuestra presencia santificante en sus últimos momentos, en el alma de una persona por Vos tan amada!

Moisés —dice la Sagrada Escritura— murió en el beso del Señor. El Espíritu Santo se sirvió de estas misteriosas palabras como de una figura para expresar la felicidad de ese sabio Legislador, que murió como había vivido, en la gracia y amistad de Dios; pero José murió verdaderamente en el ósculo del Señor, pues expiró en los brazos de Jesucristo.

Morir en la caridad es una suerte reservada a todos los justos; pero morir de amor y de un excesivo ardor de caridad, es un privilegio concedido tan sólo a algún Santo, en quien el amor es más fuerte que la muerte. Así murió el casto Esposo de María, como una llama que poco a poco se apaga, y al extinguirse produce una luz siempre más viva y más pura.

¡Oh, muerte de José, muerte más deseable que la vida más feliz! ¡Oh, quién me alcanzará de morir así, en la paz y en el beso de mi Dios!

Meditando en una muerte tan preciosa, brota del alma esta oración:

Que yo muera con la muerte de los justos, y termine mi vida en una forma semejante a la de San José.

El afecto del Hijo y de la Madre hacia José no se extinguió con Él. Con lágrimas cerraron sus ojos, y le tributaron el justiciero homenaje de su afecto. El amor de Jesús por José, su Custodio y Padre Adoptivo, era mucho más tierno y más vivo que el que tuvo después por su amigo Lázaro. Las personas que acompañaron a Jesús y a María en su dolor, se retiraban de la casa conmovidos por la tristeza y la ternura de aquellos, diciendo: Ved cómo le amaban.

La suerte de morir, como José, en el beso y en la paz del Señor, es la más preciosa y deseable de las ventajas de la vida interior. Nada reanima más la fe del cristiano moribundo, cuanto la santa costumbre que ha adquirido de ver en todas las cosas la mano de Dios. Sobre su lecho de dolor ve a este gran Dios glorificar su eternidad imponiendo a la criatura la muerte; y este pensamiento sublimó el alma de José moribundo.

De esta plenitud de fe resulta una plenitud de paz que sobrepasa todo sentimiento, según la expresión del Apóstol. El justo moribundo sabe muy bien que pecó; pero recuerda que Jesús murió por él, y que por su parte hizo todo lo que pudo por completar lo que faltaba a la Pasión del Salvador.

Tengo por Juez a mi verdadero y único amigo, decía al morir Santa Teresa de Jesús, plena de confianza en San José.

No he vivido tan mal como para temer la vida —repetía San Ambrosio—, y no temo morir, porque tengo un buen patrono.

Temo mucho a Dios, pero por su misericordia le amo más todavía, decía en el punto de la muerte un fiel devoto de San José.

¿Por qué lloráis? ¿Es acaso un pecado el morir?, decía un joven moribundo a sus familiares arrodillados junto a su lecho.

He aquí cómo muere el cristiano fiel: tranquilo, consolado, sin sorpresa, sin temor y en la paz de Dios, no viendo la muerte más cerca de lo que se acostumbró a verla en vida, y no muriendo a sí mismo más de lo que fue muriendo cada día. ¡Plenitud de paz, fruto de la plenitud del amor del cual está inflamado en el último momento de su vida!, exclama él, con el Profeta.

¡Ah, Señor, como el ciervo sediento busca las fuentes de agua, así mi alma inflamada en amor se lanza hacia Vos! Vos sois el Dios fuerte, el Dios vivo; siento en este momento que soy débil y mortal; pero me sostiene vuestra fuerza, vuestra vida me alienta. Lloré toda mi vida, diciéndome: «¿Cuándo gozaré de la visión de mi Amado?…» Ahora me llamáis, y yo respondo a vuestra invitación: cortad los vínculos que me unen a la tierra, y apresuraos a descubrirme vuestros eternos resplandores.

Sabiendo San Luis Gonzaga que su muerte estaba cercana, sintió un consuelo tan grande, que su confesor se vio obligado a tranquilizarlo del escrúpulo que sintió después.

No habría creído jamás que el morir fuera tan dulce, decía el sabio y piadoso Suárez, que escribió páginas tan hermosas sobre las prerrogativas de San José.

Finalmente., la plenitud del amor llega a su colmo por la visita de Jesús en la adorable Eucaristía. Entonces el alma se enciende toda en amor, y exclama con el Apóstol: « ¿Quién de ahora en adelante me separará de la caridad de Jesucristo, mi Salvador? … El viene a darse a mí, como sello a sus beneficios, para acompañarme hasta la casa de la eternidad».

Pero para merecer morir así, como los fieles siervos de San José, es menester haber vivido como ellos, en la santidad, en la inocencia y en el fervor; en una obediencia perfecta a la ley divina, en el santo ejercicio de la presencia de Dios, y en el amor de Jesús, María y José.

El que ama, muere cada momento, y el amor es una muerte voluntaria (San Agustín).

El placer de morir sin pena, vale la pena de vivir sin placer (Tertuliano).

Si supiéramos morir a nosotros mismos en nuestra vida, poco nos costaría morir en el último momento (Padre Grou).

Gloria de San José en el Cielo. Recompensa de las almas interiores.

Oh bienaventurado Padre, no es esta la vida que os ruego que me concedáis, sino la muerte interior; esa muerte que es una vida divina transformada en Cristo, prenda de la vida celestial. Es cierto que es una muerte, pero una muerte fácil y endulzada por la unción de la gracia, y muy distinta de la muerte natural. En ella nos vemos morir y resucitar al mismo tiempo; en una palabra, es una muerte que quita a la otra muerte cuanto tiene de horrible y amarga. Cuando esta atadura se suelta con violencia, ocasiona dolores terribles; pero si se hace tranquila y dulcemente, entonces la muerte es una liberación y la consumación de un holocausto. Oh, bienaventurado José, muera yo desde este momento a todo lo que no es Dios, para no vivir sino para Jesús, a fin de que mi muerte sea semejante a la vuestra. Así sea.

Poderoso patrono del linaje humano, amparo de pecadores, seguro refugio de las almas, eficaz auxilio de los afligidos, agradable consuelo de los desamparados, glorioso San José, el último instante de mi vida ha de llegar sin remedio; mi alma quizás agonizará terriblemente acongojada con la representación de mi mala vida y de mis muchas culpas; el paso a la eternidad será sumamente duro; el demonio, mi enemigo, intentará combatirme terriblemente con todo el poder del infierno, a fin de que pierda a Dios eternamente; mis fuerzas en lo natural han de ser nulas: yo no tendré en lo humano quien me ayude…

Desde ahora, para entonces, te invoco, Padre mío; a tu patrocinio me acojo; asísteme en aquel trance para que no falte en la fe, la esperanza y en la caridad.

Cuando tú moriste, tu Hijo y mi Dios, tu Esposa y mi Señora, ahuyentaron a los demonios para que no se atreviesen a combatir tu espíritu.

Por estos favores y por los que en vida te hicieron, te pido ahuyentes a estos enemigos, para que yo acabe la vida en paz, amando a Jesús, a María y a ti, San José. Así sea.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

Jesús, José y María, asistidme en la última agonía.

Jesús, José y María, recibid cuando muera, el alma mía.