LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA: DIOS, PRIMER MOTOR DE LOS CUERPOS Y DE LOS ESPÍRITUS – CAPÍTULO UNO

LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA PROVIDENCIA

CAPÍTULO PRIMERO

DIOS, PRIMER MOTOR DE LOS CUERPOS Y DE LOS ESPÍRITUS

En Dios tenemos la vida, el movimiento y el ser (Act. 17, 28)

Antes que declaremos el sentido y el alcance de las pruebas de la existencia de Dios y de la Providencia, bueno será indicar un argumento general que virtualmente los comprende todos. Y es como sigue: El más no sale del menos, lo más perfecto no puede venir de lo menos perfecto, que es incapaz de producir nada que le aventaje.

Ahora bien, existiendo en el mundo seres vivientes y dotados de razón, que llegan a la existencia y luego desaparecen, síguese que los tales, sean de ahora o de tiempos pretéritos, no existen por sí mismos.

Luego, esos seres que decimos requieren una causa existente por sí misma. Es, pues, necesario que ab æterno, de toda la eternidad, exista un Primer Ser, que a nadie le deba el ser, sino a sí mismo, y sea poderoso para darlo a otros, un Primer Viviente, una Primera Inteligencia, una Primera Bondad y Santidad. De otra suerte, jamás habrían existido la vida, la inteligencia, la bondad y la santidad que en este mundo admiramos.

Tan sencillo argumento, asequible a la razón natural, puede tratarse a la manera propia de los filósofos; que no se hallará defecto en él.

El más no puede salir del menos, como de su causa plenamente suficiente y eficaz; si ello fuera posible, ese más de perfección carecería de causa, de razón de ser, sería en absoluto ininteligible. Gran absurdo es buscar el origen de la inteligencia o de la bondad de Jesucristo y de los santos, de un San Juan, de un San Pablo, o de un San Agustín, en la materia vacía de inteligencia, en la fatalidad material y ciega.

Esta prueba general que acabamos de señalar se especifica y declara mediante otras pruebas particulares, de las cuales la primera está tomada de la consideración del movimiento de los cuerpos y de los espíritus, por el cual se demuestra ser Dios el motor primero de todos los seres, así espirituales como materiales.

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Trató ya en su tiempo esta prueba sacada del movimiento el filósofo Aristóteles, y la expone el Doctor Angélico, Santo Tomás, en la I, q. 2, a. 3 de la Suma Teológica, en la forma que a continuación se declara.

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En todos los seres del mundo hay movimiento,

desde los inferiores hasta los más elevados

El punto de partida de la argumentación de Santo Tomás es el hecho cierto y comprobado de la existencia del movimiento en el mundo: movimiento local de los cuerpos inanimados; movimiento cualitativo del calor que aumenta o disminuye; movimiento progresivo de las plantas; movimiento del animal que apetece el alimento y tras él corre; movimiento de la inteligencia humana que pasa de la ignorancia al acto de entender, primero de una manera confusa, y por fin distintamente; movimiento de nuestra voluntad espiritual, que, no queriendo primero un objeto, luego lo apetece, y lo desea con ardor; movimiento de nuestra voluntad, la cual, queriendo el fin, quiere luego los medios que a él conducen.

Estamos ante un hecho universal; hay movimiento en los seres del mundo, desde la piedra lanzada en el espacio, hasta nuestro espíritu y nuestra voluntad. Y podemos añadir que acá en la tierra todo está sometido al movimiento o a la mudanza, no solamente los individuos, mas también las naciones, los pueblos, las instituciones. Y cuando un movimiento llega al límite, viene otro a sucederle, como una ola del mar es seguida por otra, como una generación desplaza a otra: lo cual los antiguos significaron en la rueda de la fortuna, que abate a unos para ensalzar a otros.

¿Sera quizá que todo pasa y nada permanece? ¿que la inconsistencia es ley sin excepción? ¿o habremos de decir que nada hay estable y absolutamente fijo?

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Todo movimiento exige un motor

¿Cómo explicar el hecho del movimiento, ya corpóreo, ya espiritual?

¿Se explicará acaso por sí mismo? ¿Estará por ventura en él mismo su razón o causa?

Para responder a esta cuestión es ante todo necesario notar dos cosas:

1ª) en el movimiento aparece algo nuevo que exige explicación. ¿De dónde viene ese algo nuevo que antes no existía? Y no hay por qué distinguir los movimientos pasados de los actuales.

2ª) El movimiento sólo existe en un móvil que se mueve, y tal movimiento es individual por ser movimiento de tal móvil. No hay movimiento local sin un cuerpo que cambie de lugar, ni flujo sin fluido, ni corriente sin agua; no hay vuelo sin ave, ni sueño sin soñador, ni movimiento voluntario sin un ser inteligente.

Pero si no hay movimiento sin un móvil, ¿podrá éste al menos moverse él mismo y de por sí solo sin causa alguna?

¿Puede la piedra de por sí ponerse en movimiento, sin que alguien la arroje en el espacio, o sin que otro cuerpo la atraiga? ¿Puede el metal frío de por sí adquirir temperatura más elevada, sin un foco de calor que efectúe dicha transformación térmica?

El ser viviente, me diréis, tiene la propiedad de moverse por sí mismo. Cierto. Pero ¿no hay en el ser viviente una parte móvil y otra motriz? Si la sangre corre por las arterias del animal, ¿no es acaso porque la hace circular el corazón con sus contracciones?

Y viniendo al hombre, si se mueve la mano, ¿no es por ventura la voluntad quien la mueve? Y si a su vez la voluntad se mueve, si pasa de la indeterminación a la determinación, ¿no será indispensable que sea movida por algo, por algún bien? ¿Bastará quizá para ello que el tal bien le sea presentado? ¿No será necesario que ella vaya, o sea llevada, hacia dicho bien?

De hecho la voluntad se mueve en busca de los medios, porque primero quiere el fin; pero si se trata del primer acto volitivo del fin, como sucede al iniciarse nuestra vida racional, o por la mañana al despertar, cuando comienza a actuar la voluntad, ¿no se requerirá una moción superior que haga entrar en ejercicio nuestra actividad volitiva, una moción que haga pasar nuestra voluntad del estado de reposo, de la inactividad, a su primer acto, causa de los siguientes? Aquí hay algo nuevo, que requiere una causa; y no poseyendo todavía nuestra voluntad esa nueva perfección, no puede ella dársela a sí misma. El más no sale del menos. (Santo Tomás, Ia-IIæ, q. 9, a. 4; q. 10, a. 4).

¿Diremos que la causa de tal movimiento particular de un cuerpo o de un espíritu es otro movimiento anterior?

Pero si se considera el movimiento como tal, ya se trate del actual, ya de los precedentes, échase de ver que consiste en el paso de la potencia al acto. Ahora bien, la potencia es menos perfecta que el acto; de donde ella no puede dárselo a sí misma. El más saldría del menos, si para todo movimiento no hubiera motor.

La piedra puede cambiar de lugar, moverse; si realmente se mueve, no es sin un motor que la arroje en el espacio o la atraiga.

La planta pasa de la potencia al acto cuando crece; mas ello no sucede sin la influencia del sol, del aire, y de los jugos de la tierra.

El animal pasa de la potencia al acto al ir hacia la presa que le atrae; mas ello no sucede sin el influjo superior del instinto, que le impulsa a alimentarse de esto y no de aquello.

El hombre pasa de la potencia al acto, de la ignorancia al conocimiento; su inteligencia se enriquece paulatinamente. Mas no es ella quien se da a sí misma estas nuevas riquezas que antes no poseía.

También nuestra voluntad pasa de la potencia al acto, y en él se afirma en ocasiones hasta el heroísmo. ¿De dónde le viene esta nueva perfección? No teniéndola anteriormente, no ha podido dársela a sí misma.

De donde, todo movimiento, ya corpóreo, ya espiritual, necesita una causa; el móvil no se mueve sin motor.

El motor puede ser interno, como el corazón del animal; pero si a su vez el motor es movido, necesita otro motor superior; el corazón que cesa de latir en la muerte, no puede de nuevo ponerse en movimiento. Sería preciso que interviniera el autor de la vida, que le dio y conservó el movimiento hasta el desgaste del organismo.

Todo movimiento exige un motor: tal es el principio mediante el cual esclarece Santo Tomás el hecho general del movimiento.

Los animales, privados de inteligencia, ven los movimientos sensibles; mas no pueden comprender que todo movimiento exige un motor. No aprehenden el ser inteligible, las esencias inteligibles, ni las razones de ser de las cosas, sino solamente los fenómenos sensibles: color, sonido, calor, etc. Por el contrario, el objeto de nuestra inteligencia es el ser y las razones de ser de las cosas; por eso comprendemos que sin motor no hay movimiento.

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Todo movimiento exige un motor supremo

Todavía un paso más. Si todo movimiento, corporal o espiritual, exige un motor, ¿existirá por necesidad un motor supremo?

Muchos filósofos han afirmado con Aristóteles la posibilidad de una serie infinita de motores accidentalmente subordinados en lo pasado; por ejemplo: que no haya tenido principio la serie de generaciones animales; que no haya existido una primera gallina ni un primer huevo, antes bien, sin comienzo ninguno, de siempre haya habido gallinas ponederas; que el movimiento circular del sol no haya tenido comiendo ni haya de tener fin.

Imaginémonos el ciclo de fenómenos meteorológicos constituido por la evaporación del agua de los ríos y del mar y por la lluvia, en serie indefinida, sin una primera lluvia que inicie la serie de ciclos.

Nosotros, los cristianos, sabemos por la Revelación que el mundo ha comenzado, que ha sido creado, no ab æterno, sino en el tiempo. Es artículo de fe definido en los Concilios.

Y precisamente por ser artículo de fe, y no sólo preámbulo de ella, sostiene Santo Tomás que no se puede demostrar con la sola luz de la razón que el mundo haya comenzado (I, q. 46, 2).

¿Por qué sobrepuja esta verdad las fuerzas de nuestra inteligencia? Porque ese comenzar del mundo depende de la libre voluntad de Dios.

De haberlo querido, habría Dios creado el mundo miles y millones de años antes, y todavía con mucha mayor anterioridad, sin que hubiera un primer día del mundo, sino sólo una dependencia del mundo respecto del Creador: como la huella del pie en la arena depende del pie, y no habría comenzado, de haber el pie siempre permanecido fijo.

No parece, pues, imposible, dice Santo Tomás, que el mundo haya existido siempre, dentro de la dependencia del Creador; si bien la Revelación nos enseña que de hecho el mundo ha tenido principio.

Pero si la serie de motores accidentalmente subordinados en lo pasado puede ser infinita y no exige por necesidad un primero en el tiempo, no acontece lo mismo con la serie de motores necesaria y actualmente subordinados en el momento presente.

En este caso es imprescindible llegar a un motor supremo actualmente existente, el cual no sólo haya dado el impulso inicial de mundo, mas también mueva ahora todas las cosas.

Un ejemplo: la barca conduce al pescador; las olas arrastran la barca; la tierra lleva consigo las olas del mar; el sol atrae la tierra; un centro desconocido atrae el sol.

¿Y después? No se puede proceder en infinito en la serie de causas actualmente subordinadas. Se requiere una causa suficiente primera y suprema, no sólo en lo pasado, mas también en lo presente; y es necesario que dicha causa suprema obre, influya actualmente, sin lo cual no obrarían las causas subordinadas, que lo hacen sólo movidas por otra.

Querer prescindir del origen, es substituir el resorte del reloj por un juego de ruedas, en número infinito. Para que ande un reloj, poco importa que miles y millones de veces en lo pasado, y aun siempre, se le haya dado cuerda; lo que importa es que el reloj tenga resorte.

De igual modo, poco importa que la tierra haya comenzado a girar en torno del sol; lo importante es que actualmente el sol la atraiga, y que sea a su vez atraído por otro centro superior actualmente existente. Es necesario en último término llegar a un primer motor que obre por sí mismo y no por otro más elevado. Es necesario llegar a un motor primero que pueda plenamente responder del ser mismo o de la realidad de su acción.

Empero responder del ser de su acción sólo podrá quien de suyo la posea, no sólo en potencia, mas también en acto, quien sea su acción misma, su actividad misma, quien sea la Vida misma, sin haberla recibido de otro.

Un motor de esta naturaleza ha de ser en absoluto inmóvil, es decir, ha de tener de suyo lo que los demás adquieren por el movimiento; ha de ser, por consiguiente, esencialmente distinto de todos los seres móviles, sean cuerpos o espíritus.

Con esto cae por tierra el sistema panteísta: no puede Dios confundirse con el mundo, siendo Él inmutable, y el mundo sujeto a mudanza; el cambio, la mudanza, exige un primer motor inmóvil o inmutable, el cual sea su propia acción ab æterno y no pase de la potencia al acto; un primer motor que sea el Ser mismo, pues el obrar presupone el ser, y el modo de obrar es consecuencia del modo de ser: Ego sum Dominus et non mutor (Malach. 3, 6).

No es verdad que todo pase y nada permanezca, que todo sea inconsistente, y ninguna cosa estable. Existe de necesidad un primer motor absolutamente inmóvil.

Negar la necesidad de una causa suprema sería admitir que el movimiento se explica por sí mismo, que un móvil, por sí mismo y sin motor, puede pasar de la potencia al acto y darse a sí mismo el acto, la perfección que no poseía.

Prescindir de una causa suprema es, como se ha dicho, pretender que un pincel pinte solo, a fuerza de mango largo. Es sostener que el más sale del menos.

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Puede aducirse otro ejemplo, sacado del orden del movimiento espiritual, para demostrar la necesidad de un motor supremo, no sólo en lo pasado, mas también en lo presente.

Nuestra voluntad comienza a apetecer cierta cosa; un enfermo, pongo por caso, desea llamar al médico. ¿Por qué? Porque quiere curarse y porque la curación es un bien. Ha comenzado por querer este bien, y tal querer es un acto distinto de su facultad volitiva; nuestra voluntad no es de suyo un acto eterno de amor del bien; no contiene su primer acto sino en potencia; y cuando el acto se manifiesta, ha nacido en ella algo nuevo, una nueva perfección.

Para hallar la última razón de ser del cambio, de la realidad misma de este primer acto volitivo, es preciso ascender a un primer motor de los espíritus y de las voluntades, a un primer motor que no haya recibido influjo para obrar, sino que obre sin habérsele dado el obrar; a un primer motor a quien no se pueda decir: «¿Qué cosa tienes, que no la hayas recibido?» Es preciso llegar a un primer motor que sea su propia actividad, que obre y exista por sí mismo, porque el obrar presupone el ser, y el modo de obrar es consecuencia del modo de ser.

Sólo el Ser por esencia, el que es por sí mismo, puede en último análisis responder del ser o de la realidad del devenir, que no es por sí mismo.

¿No se hace patente a nosotros la existencia de un primer motor cuando, hallándonos frente a un deber urgente e indeclinable, por ejemplo, la familia o la patria que salvar, sentimos profundamente nuestra debilidad e impotencia para pasar al acto? Lo que importa entonces son las obras, no las palabras. ¿Y quién nos hará pasar de la potencia al acto, sino Aquel que nos ha dado la voluntad y puede moverla, porque es más íntimo a ella que ella misma?

De la misma suerte, el primer acto de nuestra inteligencia, sea al alborear la vida intelectual, sea por la mañana al despertarnos, supone un primer impulso de la Inteligencia suprema, sin cuyo concurso nada podríamos pensar.

Ese impulso, que para muchos pasa inadvertido, se manifiesta a veces de una manera palpable en los destellos del genio. Pero aun los mismos genios son sólo participes de la vida intelectual. Y todo lo que es por participación depende de aquello que es por sí mismo y no por otro.

¿No se manifiesta a las claras la existencia del primer motor de las inteligencias, cuando, en una grave situación donde no se ve cuál sea nuestro deber, nos recogemos en lo más íntimo de nosotros mismos hasta descubrir la luz que nos faltaba? ¿Cómo pasar de la potencia al acto, sin el concurso de Aquel que nos ha dado la inteligencia y es el único que puede enriquecerla con nuevas luces?

El primer motor no está, pues, en potencia para ninguna nueva perfección; es Acto puro, sin mezcla de imperfección.

Por donde se distingue real y esencialmente de todo espíritu limitado, que pasa de la potencia al acto, de la ignorancia al conocimiento, de todo espíritu angélico o humano. He aquí una nueva refutación del sistema panteísta.

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¿Habrá de ser necesariamente espiritual el primer motor de los espíritus y de los cuerpos?

Es evidente que, para mover las inteligencias y las voluntades, sin violentarlas, ha de ser espiritual. El más no sale del menos.

Pero también por ser motor de los cuerpos debe ser espiritual el primer motor. Porque, como ya se dijo, el primer motor es inmóvil, o sea, es su acción misma y su ser mismo; lo cual no se puede decir de los cuerpos: todo cuerpo es móvil, la materia está en perpetuo movimiento.

Aun supuesto que la materia primera estuviese dotada de energías primitivas esenciales, no sería un agente que diera razón por sí mismo del ser de su acción; para serlo, no sólo habría de tener su acción y su existencia, mas también ser su misma acción y su misma existencia; habría de ser absolutamente inmóvil o poseer de suyo toda la perfección, y no tender a ella. Ahora bien, no sucede esto con la materia, la cual, está en perpetuo movimiento y recibe constantemente perfecciones o formas nuevas, perdiendo al mismo tiempo otras.

Es, pues, cosa manifiesta, ser espiritual el primer motor de los espíritus y de los cuerpos.

De Él habla la Liturgia cuando dice:

Rerum Deus tenax vigor

Immotus in te permanens.

Dios, fuerza invencible que mueve todas las cosas y permanece soberanamente inmutable.

Pero ¿qué suerte de inmovilidad es la del Motor supremo de los espíritus y de los cuerpos?

No, ciertamente, la inmovilidad de la inercia, la del cuerpo inerte, que es todavía menos que el movimiento.

Por el contrario, es la inmovilidad de la actividad suprema, que nada tiene por adquirir, porque de suyo y sin esfuerzo posee cuanto puede tener, hasta rebosar.

En un navío van los marineros de una parte a otra a sus menesteres; mas, ¿quién los dirige y mueve? El capitán, inmóvil sobre el puente, el cual obra espiritualmente con su inteligencia y su voluntad.

La contemplación inmóvil de la verdad es incomparablemente más viviente que la agitación.

La inmovilidad del primer motor no es la inmovilidad de la piedra, sino la de la contemplación y del amor del Bien supremo.

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Propiedades del motor supremo

Síguese de cuanto llevamos dicho que el primer motor, por ser acto puro sin mezcla de potencia imperfecta, no es perfectible; antes bien es infinitamente perfecto; puro ser, pura intelección siempre actual de la verdad suprema, puro amor siempre actual de la plenitud del ser siempre actualmente amado.

Está presente en todas partes, habiendo de mover todas las cosas, que no se mueven sino por medio de él.

Es eterno, porque de siempre tiene todo su ser que de nadie ha recibido, y toda su acción de pensamiento y de amor, sin cambio ni mudanza. Posee su vida toda a la vez, en un instante único inmóvil, por cima del tiempo.

No comenzó la acción creadora de Dios al ser creado el mundo; es eterna, pero su efecto apareció en el tiempo, cuando Él quiso, en el momento fijado de toda la eternidad.

El primer motor es único; porque el Acto puro no ha recibido la existencia: es la existencia; es el Ser por esencia, que no admite multiplicidad:

Si hubiera dos primeros motores, cada uno de ellos no siendo el otro, sería limitado e imperfecto, y no podría ser el Acto puro y el Ser por esencia.

Además, un segundo acto puro sería superfluo, no pudiendo cosa alguna más que el primero. Y ¿qué cosa más absurda que un Dios superfluo?

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Si, pues, hay un primer motor de los cuerpos y de los espíritus actualmente existente, ¿qué consecuencias prácticas podemos sacar de ello?

1ª) Hemos de distinguir en la vida dos clases de inmovilidad: la de la inercia y la de la actividad superior. La inmovilidad de la inercia o de la muerte es todavía inferior al movimiento; pero le es superior la inmovilidad de la contemplación y del amor de Dios, que es origen de movimiento y sabe dirigirlo y encauzarlo.

Cuidemos de no disipar nuestra vida en la agitación, antes bien, de recogerla, para que nuestra acción sea más profunda, más continuada y duradera, orientada hacia la eternidad.

2ª) En el ápice de nuestra alma, entremos a menudo en comunicación con el Primer Motor de los espíritus y de los cuerpos, con el Dios vivo, autor de nuestra alma y de sus actos naturales, y también de la gracia y de la salud.

Sea nuestra primera comunicación por la mañana al despertar, porque entonces recibimos el influjo divino que pone en acción nuestra actividad; recibamos bien este primer impulso y seámosle dóciles, sin desviarnos desde el principio de la jornada.

Durante el día reanudemos nuestro trato con Aquel que es el autor de la vida, que no se limitó a dar el impulso inicial, como quien da un capirotazo, ni se contenta con movernos al principio del día, antes bien nos sostiene constantemente y actúa nuestro querer, por libre que sea, en todo lo que tiene de real y bueno, con la única excepción del mal.

Por la noche, antes de acostarnos, renovemos la comunicación con Él; entonces, todo cuanto la sana filosofía nos acaba de enseñar acerca del primer motor de los cuerpos y de los espíritus, se nos manifestará transfigurado, realzado, en el «Padrenuestro».

«Venga a nos el tu reino»: el reino de la Inteligencia suprema que dirige las demás inteligencias.

«Hágase tu voluntad»: la voluntad a la cual las demás deben subordinarse para alcanzar el fin verdadero.

«No nos dejes caer en la tentación», antes bien ampáranos con tu poder, mantén nuestra inteligencia en la verdad, nuestra voluntad en el bien.

Entonces penetraremos cada vez más el sentido de las palabras del Apóstol San Pablo en el Areópago (Act. 17, 24): «El Dios que creó el mundo y todas las cosas contenidas en él… de uno solo ha hecho salir todo el linaje de los hombres… queriendo que los hombres le busquen y como a tientas le hallen; por más que no está lejos de cada uno de nosotros; porque en él tenemos la vida, el movimiento y el ser», no sólo el ser natural, sino también el sobrenatural de la gracia, que es la vida eterna comenzada.

De este motor supremo, foco de donde brota la vida de la creación, sólo de una manera abstracta e imperfecta hemos podido hablar; mas le veremos cara a cara luego del término de nuestra carrera hacia la eternidad.