MUERTE DE SAN JOSÉ
Ya hemos hablado sobre la Muerte del Santo Patriarca. Pero conviene profundizar en este hecho admirable.
El Santo Evangelio, después de referirnos el regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, y que Jesús obedecía a las órdenes de José, nada más nos dice de Él; nada de lo que hizo desde entonces hasta la muerte, y nada de su misma muerte. Todo lo que sabemos de Él se ha recibido de la Tradición.
José vivía felicísimo junto con María y Jesús, y contaba, según se cree, sesenta y cuatro años, mientras María tenía cuarenta y cinco, y Jesús, treinta.
Jesús estaba por empezar su vida pública, su predicación y sus milagros, cuando un día José sintió una voz interior, que le dijo haber llegado al término de su vida. No era muy anciano, no padecía ninguna enfermedad, no tenía achaque alguno; pero ya había cumplido, y con perfección, el oficio de Padre para con Jesús, quien no tenía ya necesidad de su paternal asistencia.
Con santa calma manifestó a Jesús y a María su presentimiento acerca de su muerte próxima, y se dispuso a aquel trance feliz que le señalaba el Cielo, adonde iría a gozar para siempre.
María y Jesús, pesarosos de perder a un amigo tan querido, y reconocidos por los servicios y solicitudes que les había prestado José durante tantos años; viéndolo próximo a la muerte, rodean su lecho, lo asisten y lo confortan con santas palabras.
«¿Quién jamás podrá explicar —exclama san Alfonso— o entender las dulzuras, los consuelos, las esperanzas, los actos de resignación, las llamas de caridad que hacían brotar en el Corazón de José las palabras de vida eterna que ora Jesús, ora María, le decían en aquel trance postrero de su vida?»
Cúpole en aquellos instantes una hermosa suerte que no logró ningún otro; esto es, la felicidad de verse asistido por Jesús y por María. Él en verdad fue muy feliz, muy dichoso.
Cuando el Patriarca se vio en los últimos momentos de la vida, volvió su rostro hacia Jesús, lo miró, y exhaló un profundo suspiro. A esta mirada respondió Jesús inclinándose hacia Él, y estrechándole las manos entre las suyas divinas. José, entre tanto, lo miraba fijamente, como para decirle en aquel mudo coloquio todo el afecto de su Corazón.
¡Dichoso varón! Había trascurrido su vida junto al Hijo de Dios, recibido sus besos y caricias divinas, y ahora entre sus brazos entregaba el alma bendita.
Finalmente, volvió el rostro hacia María, para dirigirle una última, ternísima mirada; luego, miró de nuevo a Jesús, y en esa posición tranquila y feliz su alma salió del cuerpo, no tanto por efecto de la enfermedad, cuanto por el intenso amor a Dios.
Había vivido como justo, y murió como justo, con la sonrisa en los labios, respondiendo gozoso a la cita del Padre celestial, que lo llamaba al descanso y al premio eterno.
«¡Oh, muy feliz! —canta la Iglesia— ¡Oh, muy dichoso José, que en su última hora fue asistido con sereno rostro por Jesús y María!»
Según la mayor parte de los escritores sagrados, su muerte tuvo lugar el año 777 de Roma, el 19 de marzo, día en que la Iglesia celebra su fiesta.
María y Jesús le pagaron un justo tributó de lágrimas. Pues, si el Salvador lloró por la muerte de Lázaro, su amigo, a quién tanto amaba; sin duda, mucho más habrá llorado por la muerte de José, su ternísimo Padre. Gersón dice que Jesús mismo lavó el cuerpo virginal de José, y envuelto, en una sábana lo bendijo, para preservarlo de la corrupción del sepulcro. Luego, ayudado de María, lo llevó a enterrar.
Según, San Jerónimo, el Venerable Beda y otros, autores, el Santo Patriarca fue Sepultado en un paraje situado entre el monte Sión y el huerto de los Olivos, en la misma tumba donde más tarde fue depuesto el Cuerpo de la Santísima Virgen.
El Cuerpo de José se conservó allí incorrupto cerca de tres años; esto es, hasta la muerte de Jesús.
Su santa Alma, apenas salida de Cuerpo, no fue al Paraíso, porque éste estaba todavía cerrado, a causa del pecado de Adán, y Jesús no habido resucitado ni subido al Cielo.
No fue tampoco al Purgatorio; pues, sin duda, no tenía falta alguna que expiar, por pequeña que fuese.
Pero fue a un lugar de espera, denominado Limbo, destinado por Dios para las almas justas, antes del cumplimiento del misterio de la Redención. En aquél lugar descansaban ya las almas de los Patriarcas, de los Profetas y de todos los Santos varones y mujeres que habían fallecido antes, y allí suspiraban por la venida del Mesías, en Quien habían creído y esperado, para ser admitidas en el Paraíso.
En compañía de aquellas almas Santas bajó también la de San José después de la muerte, y permaneció allí cerca de tres años; esto es, hasta la muerte de Jesús.
En efecto, narra el Evangelio que apenas expiró Jesús en el Calvario, «los monumentos se abrieron, y muchos cuerpos de los santos, que se habían adormecido, resucitaron. Y saliendo de los monumentos después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y aparecieron a muchos».
Ahora bien, el primero en resucitar de tales justos, en opinión de los doctores católicos, fue San José, el cual permaneció todavía sobre la tierra por cuarenta días, viviendo como Jesús una vida misteriosa, entreteniéndose con Él, y apareciendo varias veces a María Santísima, a los Apóstoles y a otros.
Cuando, cuarenta días después de la resurrección, Jesucristo, desde la cima del monte de los Olivos, en presencia de sus discípulos, se elevó en los aires y ascendió al Cielo glorioso y triunfante; según Santo Tomás de Aquino, le hacían corona en cuerpo y alma todos aquellos que habían resucitado, con ocasión de su muerte sobre el Calvario. Sin duda, también San José estaba allí encabezando el séquito glorioso del Redentor formado por los justos, y podemos creer muy bien que fue arrebatado con Jesús al Cielo en cuerpo y alma, yendo a recibir el premio eterno a que se había hecho acreedor con su santidad.
«Algunos muertos resucitaron por virtud de Dios; pero fueron después, como Lázaro, nuevamente presa de la muerte. Ahora bien; aquellos cuya aparición en Jerusalén ilustró el triunfo de Jesús, resucitaron de la muerte para publicar la gloriosa resurrección de Cristo, y no debían después nunca, más morir» (Santo Tomás, Matth., cap. 27).
«Y para que fuesen verdaderamente testigos irrecusables de la resurrección de Cristo, fue conveniente que, libres de las ligaduras de la muerte, pudieran acompañar a Jesús en su ascensión al Cielo. No tanto por su propia gloria resucitaron, cuanto para dar un vivo testimonio de la fe del Nuevo Testamento». Sin duda, entre éstos estuvo también José.
«Nosotros leemos en el Santo Evangelio que a la muerte de Jesús, muchos santos resucitaron y aparecieron a los habitantes de Jerusalén. Y ¿por qué, me pregunto, no se habrá concedido a José que triunfara de la muerte, y apareciera a su Esposa y la consolara, y entrara también él con Jesucristo en la Gloria, para sentarse allá a la diestra de Jesús, y gozar de sus gracias más selectas?» (Gersón, Serm. de Nativ. Mariae, consid. 3).
La mayor parte de los Padres y los Doctores de la Iglesia creen que San José está en el Cielo en Cuerpo y Alma. En efecto, sería lógico pensar que el Señor, que obró insignes milagros para descubrir las reliquias de tantos santos venerados por los fieles, no habría privado, de idéntico honor a las reliquias de nuestro Santo Patriarca, en caso que su purísimo Cuerpo hubiera permanecido sobre la tierra.
San Bernardino de Siena no vacila en afirmar que «San José ha resucitado con su Hijo adoptivo, y está en el cielo en cuerpo y alma con Jesucristo; pues muy justo es que después de haber estado unidos sobre la tierra, se hallen ahora reunidos en cuerpo y alma en el cielo, y gozando los tres de la misma inmortalidad».
«Me parece —añade San Francisco de Sales, con San Bernardo y con San Bernardino de Siena— que de ningún modo puede ponerse en duda esta verdad; esta afirmación es de todo punto incontestable» (S. Fco. de Sales, Trat. XIX).
Afirman san Alfonso, san Francisco de Sales, Suárez y otros, que el Santo Patriarca, desde aquel día hasta que llegó su Santísima Esposa, ocupó en el Reino Celestial el primer puesto de gloria después de Jesús, quien se sentó a la diestra del Padre; y después de la Asunción de María al Cielo, Él le cedió la primacía, y pasó al segundo puesto de gloria, que conserva actualmente y conservará por toda la eternidad.
De tal modo, la Sagrada Familia, que nosotros hemos visto peregrinar sobre esta Tierra bajo la custodia y la defensa de nuestro glorioso Santo, continúa unida en el Paraíso, donde se la contempla en este orden: Jesús, como Dios y como Hombre, a la diestra del Padre; María, en alma y cuerpo, a la diestra de Jesús, y José, en alma y cuerpo, a la izquierda de Jesús. Unidos sobre esta Tierra, están y estarán unidos en el Paraíso por toda la eternidad.
