LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS
R. P. Réginald Garrigou-Lagrange, O. P.
LA PROVIDENCIA, LA JUSTICIA
Y LA MISERICORDIA
CAPÍTULO V
LA PROVIDENCIA Y LA COMUNIÓN
DE LOS SANTOS
Donde más resplandecen la grandeza y la bondad de la Providencia y del gobierno divino es en la Comunión de los Santos.
Como ya hemos dicho, la Providencia ordena inmediatamente todas las cosas, aun las más ínfimas; pero el gobierno divino, que viene a ser la ejecución del plan providencial, llega a los seres inferiores por intermedio de los seres más elevados (Cf. Santo Tomás, I, q. 22, a, 3), y ayuda de esta manera a los hombres en su viaje hacia la eternidad y a las almas del Purgatorio por medio de los Santos del Cielo y de los Ángeles.
Todo lo cual se declara en el dogma de la Comunión de los Santos: «Credo in Spiritum Sanctum, sanctam Ecclesiam Catholicam, sanctorum communionem»
Significa este dogma que entre los diversos miembros de la Iglesia militante, purgante y triunfante existe una comunión o relación mutua, que todos ellos participan de los méritos de Cristo y de los Santos. Existe intercambio de méritos entre los justos.
Atacaron los protestantes este dogma por redundante; y algunos sostuvieron que los católicos incurrimos en una especie de politeísmo dando culto a los Santos y considerándolos como dioses. Otros han creído descubrir en la comunión recíproca de los méritos de los justos un sistema mecánico por medio del cual los pecadores podrían ser justificados sin cooperar en ello.
Basta exponer este dogma para entender cómo lo desfiguran quienes así lo explican. Lejos de ser una redundancia, es la síntesis de las principales verdades de la fe, de los dogmas de la Trinidad, de la habitación de las Personas divinas en los justos, de los dogmas de Cristo Cabeza de la Iglesia militante, purgante y triunfante, de la gracia, del valor de las obras meritorias y satisfactorias y de la oración.
Veamos primero en qué consiste la Comunión de los Santos según la Escritura; luego examinaremos particularmente la relación de las almas con Dios y con Cristo y de las mismas entre sí.
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La Comunión de los Santos según la Sagrada Escritura
Esta verdad dogmática puede expresarse de la siguiente manera: Existe una Comunión de los Santos por la cual todos los miembros de Cristo están estrechamente unidos en Él y por Él y participan en diversos grados de los mismos bienes espirituales.
Claramente lo da a entender el Evangelio cuando habla del Reino de Dios, que, además de ser una sociedad exterior, visible, la iglesia militante, ordenada para la salvación de las almas, es también una sociedad espiritual que comprende los justos de la tierra, las Almas de los Fieles Difuntos, los Santos del Cielo y los Ángeles, unidos todos a Dios por medio de Cristo en la misma verdad y en la misma caridad.
La caridad aparece como el vinculum perfectionis, el lazo espiritual que, uniendo a todas las almas con Dios, las mantiene vinculadas entre sí.
El testimonio del Evangelio es clarísimo en este punto.
Primero anuncia Nuestro Señor, y prepara, y luego funda el Reino de Dios, cuyos miembros unidos por la caridad deben formar una verdadera familia, de la cual Dios es el Padre; a esta familia, pertenecen los Ángeles, que se alegran, según dice el Evangelio, de la conversión de los pecadores.
Basta recordar las palabras de Jesús referidas en San Mateo, y por lo general también en San Marcos y San Lucas.
Primero predica San Juan Bautista: «Haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos».
Luego Nuestro Señor, al enviar a sus Apóstoles a anunciar el Evangelio, les dice: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado».
Y un poco más tarde: «Sí yo echo los demonios en virtud del espíritu de Dios, síguese, por cierto, que ya el reino de Dios ha llegado a vosotros».
Todos los fieles son hermanos, por ser hijos de Dios, a quien deben rogar de esta manera: «Padre nuestro que estás en los cielos…»
Nuestro Señor nos dice también: «Orad por los que os persiguen y calumnian: para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos».
El dogma de que hablamos se manifiesta aún más a las claras en el sermón que Nuestro Señor hizo después de la Cena, como se lee en San Juan: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien está unido conmigo, y yo con él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer».
Y más abajo: «Pero no ruego solamente por éstos (por los Apóstoles), sino también por aquellos que han de creer en mí por medio de la predicación de éstos, para que todos sean uno, como tú, ¡oh Padre!, estás en mí y yo en ti».
Por lo cual dice San Juan en su Primera Carta: «Lo que vimos y oímos, es lo que os anunciamos, para que tengáis también vosotros unión con nosotros, y nuestra unión sea con el Padre, y con su Hijo Jesucristo»
He aquí, pues, el dogma de la Comunión de los Santos.
San Pablo habla a menudo de él y lo explica probando que Cristo, resucitado y vivo para siempre, es la cabeza de un cuerpo místico cuyos miembros somos nosotros.
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Relaciones de los miembros con Cristo Mediador y con Dios
Así como en nuestro organismo físico la cabeza influye en los demás miembros y les comunica por medio de los nervios el movimiento conveniente, así también en el Cuerpo Místico la humanidad del Salvador influye sobre todos los fieles, que son los miembros de ese Cuerpo, y les comunica la vida de la gracia, la fe, la esperanza, la caridad, y a los Bienaventurados del Cielo da la gracia consumada e inamisible que se llama la gloria.
De esa manera el Salvador nos aplica los frutos de sus méritos transmitiéndonos todas las gracias que nos consiguió en la Cruz. Su Humanidad nos las transmite como instrumento siempre unido a la divinidad, que es manantial de toda gracia; los Sacramentos nos las transmiten como instrumentos separados, que vibran en cierto modo pulsados por Cristo, para llegar a nuestras almas y vivificarlas.
Esta comunicación de gracias se realiza cada día principalmente por medio de la Santa Misa, que perpetúa sustancialmente en el Altar el Sacrificio de la Cruz, nos aplica sus frutos y nos permite participar de él por medio de la Comunión. De este modo nuestra alma en viaje hacia la eternidad puede crecer todos los días en la vida de la gracia.
La influencia, sobrenatural de Dios y de Cristo en nosotros es ante todo y principalmente de luz y de amor, porque transmite a los fieles de la tierra y a las Almas del Purgatorio la luz de la fe y de los Dones del Espíritu Santo y el amor de caridad, de la misma suerte que a los Bienaventurados del Cielo comunica la lumbre de gloria, principio de la visión beatífica, y el amor de caridad que nada ni nadie podrá ya destruir ni aminorar.
Los miembros del Cuerpo Místico, al influjo sobrenatural de luz y de amor, deben elevar hacia el Altísimo esta vida sobrenatural, este conocimiento y este amor que cantan la gloria de Dios, reconociendo su infinita bondad.
De esta manera, de todas las almas justas de la tierra, del Purgatorio y del Cielo se eleva hacia Dios un acto de amor por el cual el Bien soberano es preferido a todas las cosas. Este acto de amor, a la luz de la fe, inspira a los fieles de la tierra el culto de adoración, de súplica, de acción de gracias y de reparación, sobre todo durante la Misa; son los cuatro fines del Sacrificio.
El amor de Dios inspira a las Almas del Purgatorio el culto de adoración y de reparación. Cuanto a los comprensores, dotados de la lumbre de gloria, el amor de Dios les inspira el culto de adoración y de acción de gracias que durará eternamente.
Por consiguiente este influjo sobrenatural de luz y de amor que por medio de Cristo redentor baja de Dios a las almas de la tierra, del Purgatorio y del Cielo, vuelve a subir en cierto modo hacia Dios como un himno de reconocimiento, que da la paz a las mismas almas, manteniéndolas bajo la influencia de la bondad divina.
Este es el fin de la creación: el Señor creó todas las cosas para su gloria, que consiste en la manifestación esplendorosa de su bondad.
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Relaciones de los miembros entre sí
Si tales son los lazos que unen todas las almas de la tierra, del Purgatorio y del Cielo con Cristo Mediador, y con Dios, causa primera de la gracia, se comprende cuáles serán los que vinculan, los miembros entre sí, y en particular la Iglesia triunfante con la purgante y la militante.
Los Bienaventurados interceden en el Cielo por los fieles de la tierra y por las Almas del Purgatorio, y nosotros podemos acudir con toda confianza a su intercesión, sobre todo a la de María Mediadora, como lo hace sin cesar la Iglesia en el Ave Maria y en las Letanías Lauretanas. San Pablo escribe a los Hebreos: Mas vosotros os habéis acercado al monte de Sión y a la ciudad de Dios vivo, la celestial Jerusalén, al coro de muchos millares de ángeles, a la Iglesia de los primogénitos, que están alistados en los cielos, y a Dios, juez de todos, y a los espíritus de los justos ya perfectos, y a Jesús, mediador de la nueva alianza, y a la aspersión de aquélla su sangre, que habla mejor que la de Abel.
Todos los Santos, en unión con Cristo, interceden por nosotros cuando les invocamos. Si pedimos a los santos de la tierra que rueguen por nosotros, como se lo pedían al Cura de Ars, con cuánta más razón, aunque otra cosa digan los protestantes, habremos de pedir a los Sancos del Cielo que intercedan por nosotros, porque gozan ya de la luz definitiva y saben mejor que nosotros lo que nos conviene.
Los Ángeles, subordinados a Cristo, vienen también en nuestra ayuda. San Pablo se complace en decir a los Colosenses que todas las criaturas, aun las más altas, están subordinadas al Verbo hecho carne: los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades, todas las cosas fueron por Él y para Él creadas… Él es la cabeza, del cuerpo de la Iglesia; y a la Iglesia triunfante pertenecen los mismos Ángeles, a quienes Jesús y María sobrepujan por la intensidad de la caridad y por la lumbre de gloría.
También existen lazos muy estrechos entre la Iglesia militante y la purgante. Roguemos por las Almas del Purgatorio, procuremos que se celebren misas por su libertad; ganemos indulgencias por ellas, es decir, procuremos conseguir que les sean aplicados los frutos de los méritos del Salvador y de los Santos.
Y ciertamente Dios nos recompensa los actos de caridad que hacemos en favor de estas Almas rogando por ellas y aceptando para aliviar sus penas las contrariedades que se nos presentan.
Siempre ha existido en la Iglesia esta oración por los difuntos. San Pablo implora la misericordia de Dios por el descanso del alma de su amigo Onesíforo, como lo dice en la Segunda Carta a Timoteo.
Lazos no menos estrechos unen entre sí a los fieles de la tierra. Pueden ayudarse mutuamente por la oración, por las buenas obras meritorias y satisfactorias, ya que el justo puede, en sentido amplio, merecer y expiar o cargar sobre sí la pena debida por el prójimo.
En efecto, Dios tiene misericordia de los pecadores en atención a las oraciones, a los méritos, a los sufrimientos de los justos unidos a Cristo.
El Señor dijo a Abraham: Si encuentro diez justos en medio de la ciudad de Sodoma, perdonaré a toda la ciudad; por amor de ellos, no la destruiré.
San Pablo nos habla de las relaciones espirituales de los fieles de la tierra entre sí, cuando dice:
Hay diversidad de dones espirituales, mas el Espíritu es uno mismo; hay también diversidad de ministerios, más el Señor es uno mismo; hay asimismo diversidad de operaciones, mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas en todos.
No hay sino un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fuisteis llamados por vuestra vocación a una misma esperanza. Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo. Uno el Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y obra por todos; y está en todos.
Pues ni tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino el conjunto de muchos. Si dijere el pie: Porque yo no soy mano, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? Y si dijera la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? … Ni puede decir el ojo a la mano: No he menester tu ayuda; ni la cabeza a los pies: No me sois necesarios… Por donde si un miembro padece, todos los miembros se compadecen; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros unidos a otros miembros.
Llevad los unos las cargas de los otros, y con eso cumpliréis la ley de Cristo… Mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, y mayormente a aquellos que son, mediante la fe, de la misma familia que nosotros.
Si ver el Cuerpo Místico fuera como ver en la plaza la muchedumbre, descubriríamos una multitud inmensa de hombres, mujeres y niños, en los cuales echaríamos de ver en diversos grados el hambre de Dios, más o menos consciente, y las tentaciones y los trabajos. Por acá almas generosísimas en el sufrimiento; por allá cristianos ordinarios; por un lado almas en peligro de sucumbir a la tentación de los sentidos; por otro lado almas próximas a perder la fe, ancianos al borde de la tumba. Entonces comprenderíamos que el verdadero cristiano que vive de la oración debe inclinarse hacia esas almas como una madre hacia el hijito que descansa en la cuna.
Reflexionemos también que, como dice Santo Tomás (Ia-IIæ, q. 89, a. 6), cuando el niño, aun el no bautizado e infiel, llega al uso de razón, debe escoger entre el bueno y el mal camino, entre el deber y el placer, entre su verdadero fin último, confusamente conocido, y lo que se opone al mismo; si no resiste a la gracia que se le ofrece entonces, por encima de todo ama a Dios confusamente conocido, y por lo tanto está justificado, entrando así a formar parte del Cuerpo Místico.
Si vero ordine seipsum ad debitum finem, per gratiam consequetur remissionem originalis peccatti.
Ahora bien, el Salvador nos dio su Sangre preciosa para que pudiéramos ofrecérsela, en unión con Él, por tantas almas que no le conocen aún o qué se han alejado de Él.
Entre todos los fieles debe reinar la caridad, vinculum perfectionis, que nos une con Dios, con Cristo Mediador, con María Mediadora y, por medio de ellos, con todas las Almas del Cielo y del Purgatorio.
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En estos tiempos de revolución mundial, cuando las ligas ateas de los sin Dios, nacidas en el seno del bolcheviquismo ruso, se propagan por diversos países, y se prepara un terrible conflicto entre el espíritu de Cristo y del demonio, es preciso vivir más que nunca de este misterio de la Comunión de los Santos.
Se advierte la apremiante necesidad de elevarse por encima de la violenta oposición que existe entre el comunismo internacional, de inspiración materialista, que suprime la dignidad de la persona humana, de la familia y de la patria, y el nacionalismo, que, cuando de defensivo pasa a ser ofensivo, se convierte en diversos aspectos en culto idolátrico de la nación.
Es absolutamente necesario que, sin perjuicio del amor verdadero y hasta heroico, si es preciso, de la propia patria, pensemos todavía más en la Ciudad de Dios, que comienza acá en la tierra y termina en la Patria definitiva, donde deberían unirse algún día todas las almas de todos los pueblos.
Las almas creyentes de los diferentes países de Europa y del mundo entero deben unirse sin demora en ferviente oración, sobre todo en el Santo Sacrificio de la Misa, para obtener que la paz de Cristo reine entre las naciones.
El mismo Cuerpo y la misma Sangre del Salvador se ofrecen en todos los Altares de la tierra, en Roma, en Jerusalén, en todas las iglesias católicas de las cinco partes del mundo. La misma oblación interior siempre viva en el Corazón de Cristo es el alma de todas las Misas que se celebran todos los días por millares dondequiera que nace el sol.
Se ha de pedir con insistencia que venga el Reino de Dios, y se ha de pedir por mediación de María, para que Ella presente esta oración a su Hijo, a quien el género humano fue consagrado por su Santidad León XIII al comenzar este siglo.
La consagración de todo el género humano, incluso de los infieles, atrae nuevas gracias sobre éstos. La vida íntima del misterio de la Comunión de los Santos y las Misas celebradas por la conversión de los infieles son la preparación más eficaz del apostolado de los misioneros.
Como lo comprendió el Padre Foucauld, es preciso preparar de antemano este apostolado, bañando, por decirlo así, las almas de los infieles en la Sangre de Cristo, que, entregada a nosotros, podemos en unión con Él ofrecer todos los días.
La Comunión de los Santos pone en nuestras manos el Cáliz de la redención superabundante, que por medio de la oración, y del sacrificio podemos hacer desbordar sobre las almas que, tal vez sin saberlo, tienen sed de Dios y se mueren lejos de Cristo.
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Se objeta contra la doctrina que estamos exponiendo: ¿cómo es posible que tantos miles de Santos estén en el Cielo confirmados ya en gracia y no consigan la conversión de más pecadores?
Un autor contemplativo ha respondido con precisión: El cielo y la Iglesia de la tierra, aunque no están, separados, son distintos. Así como en una sola estrella, hay calor para fundir todo el hielo de la tierra, y a pesar de ello seguimos padeciendo los rigores del invierno; así como para levantar una pesada carga con una poderosa palanca hace falta un punto de apoyo, así también Dios ha dispuesto que toda acción del Cielo sobre nosotros tenga un punto de apoyo en la tierra. Este punto de apoyo son los santos que continúan su peregrinación en esta vida. El poder inagotable del Cielo no tiene toda su eficacia en la tierra sino por alguien que se comunique realmente con Jesucristo, por alguien que esté en comunicación inmediata con el Calvario y la Cruz.
Como escribía el P. Foucauld:¿No es bastante rico y feliz el que posee a Jesús? Aunque estuviese abandonado de todos, tiene lo único necesario y puede comunicarlo a los demás por medio de la oración y del sacrificio.
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Las consecuencias prácticas del misterio de la Comunión de los Santos son innumerables. Bossuet las resume como sigue en su Catecismo de Meaux:
Síguese de aquí que todos los bienes espirituales son comunes entre los fieles: las gracias que recibe cada uno y las buenas obras que practica aprovechan a todo el cuerpo y a cada miembro de la Iglesia por la íntima unión en que viven. Si, pues, algún miembro de la Iglesia posee un bien, todos los demás deben alegrarse de ello, sin dejarse llevar de la envidia. Cuando un miembro está afligido, todos deben compadecerse de él, y no cerrar su corazón.
¿Qué vicios son incompatibles con la comunión de los fieles? La enemistad y la envidia. Los envidiosos pecan contra este artículo del Símbolo: creo en la comunión de los santos.
Comprendemos por fin por qué en este dogma los fieles son llamados santos: porque están llamados a la santidad y consagrados a Dios por el bautismo.
¿A quién conviene de modo especial el nombre de santos?
A aquellos que por medio de una fe perfecta llevan también una vida santa.
De ahí se deduce cuán gran desgracia sea estar privado de la comunión de los santos; la Iglesia, por medio de la excomunión, priva a los pecadores escandalosos de la fuente de vida, que son los sacramentos, hasta que se arrepientan sinceramente.
Nada prueba mejor que el misterio de la comunión de los santos que la vida cristiana es acá en la tierra un comienzo de la vida eterna, por encerrar la gracia santificante y la caridad, que verdaderamente son para nosotros el principio de la gloria. De esta manera se ve de un modo admirable el fin supremo para el cual ha ordenado todas las cosas la Providencia, y el sentido y alcance de aquellas palabras de Nuestro Señor en la Oración sacerdotal: «Que todos los que han de creer en mí sean uno, como tú, oh Padre, estás en mí y yo en tú.
