EL EXPERTO ROMANO Y MONS. FELLAY:¿Meras Coincidencias?

L’OSSERVATORE ROMANO

En el quincuagésimo aniversario de su convocación

Sobre la adhesión al Concilio Vaticano II

El texto del siguiente artículo está disponible en la página web de L’Osservatore Romano (www.osservatoreromano.va):

http://www.osservatoreromano.va/portal/dt?JSPTabContainer.setSelected=JSPTabContainer%2FDetail&last=false=&path=/news/religione/2011/278q11-Nel-cinquantesimo-anniversario-dell-indizio.html&title=Sobre%20la%20adhesi%C3%B3n%20al%20concilio%20Vaticano%20II&locale=es

Vale la pena leer y meditar bien este alegato.

El quincuagésimo aniversario, ya próximo, de la convocatoria del Concilio Vaticano II (25-XII-1961) es motivo de celebración, pero también de renovada reflexión sobre la recepción y aplicación de los documentos conciliares. Además de los aspectos directamente más prácticos de esta recepción y aplicación, con sus luces y sombras, parece oportuno recordar también la naturaleza de la debida adhesión intelectual a las enseñanzas del Concilio. Aún tratándose de doctrina bien conocida y de la que se dispone de abundante bibliografía, no es superfluo recordarla en sus rasgos esenciales, teniendo en cuenta la persistencia de perplejidades manifestadas, incluso en la opinión pública, en relación con la continuidad de algunas enseñanzas conciliares respecto a las precedentes enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.

Ante todo no parece inútil recordar que la intención pastoral del Concilio no significa que éste no sea doctrinal. Las perspectivas pastorales de hecho se basan en la doctrina, como no podría ser de otro modo. Pero sobre todo es necesario recalcar que la doctrina se orienta a la salvación; su enseñanza es parte integrante de la pastoral. Además, en los documentos conciliares es obvio que existen muchas enseñanzas de naturaleza puramente doctrinal: sobre la Revelación divina, sobre la Iglesia, etcétera. Como escribió el beato Juan Pablo II, «con la ayuda de Dios, los padres conciliares, en cuatro años de trabajo, pudieron elaborar y ofrecer a toda la Iglesia un notable conjunto de exposiciones doctrinales y directrices pastorales» (Constitución Apostólica Fidei depositum, 11-X-1992, Introducción).

La debida adhesión al Magisterio

El Concilio Vaticano II no definió ningún dogma, en el sentido de que no propuso mediante acto definitivo ninguna doctrina. Sin embargo, el hecho de que un acto del Magisterio de la Iglesia no se ejerza mediante el carisma de la infalibilidad no significa que pueda considerarse «falible» el sentido de que transmita una «doctrina provisional» o bien «opiniones autorizadas». Toda expresión de Magisterio auténtico hay que recibirla como lo que verdaderamente es: una enseñanza dada por los Pastores que, en la sucesión apostólica, hablan con el «carisma de la verdad» (Dei Verbum, n. 8), «revestidos de la autoridad de Cristo» (Lumen gentium, n. 25), «a la luz del Espíritu Santo» (ibid.).

Este carisma, autoridad y luz ciertamente estuvieron presentes en el Concilio Vaticano II; negar esto a todo el episcopado cum Petro y sub Petro, reunido para enseñar a la Iglesia universal, sería negar algo de la esencia misma de la Iglesia (cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 24-VI-1973, nn. 2-5).

Naturalmente no todas las afirmaciones contenidas en los documentos conciliares tienen el mismo valor doctrinal y por lo tanto no todas requieren el mismo grado de adhesión. Los diversos grados de adhesión a las doctrinas propuestas por el Magisterio fueron recordados por el Vaticano II en el n. 25 de la Constitución Lumen gentium, y después sintetizados en los tres apartados añadidos al Símbolo niceoconstantinopolitano en la fórmula de la Professio fidei, publicada en 1989 por la Congregación para la Doctrina de la Fe con la aprobación de Juan Pablo II.

Las afirmaciones del Concilio Vaticano II que recuerdan verdades de fe requieren, obviamente, la adhesión de fe teologal, no porque hayan sido enseñadas por este Concilio, sino porque ya habían sido enseñadas infaliblemente como tales por la Iglesia, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal. Así como requieren un asentimiento pleno y definitivo las otras doctrinas recordadas por el Vaticano II que ya habían sido propuestas con acto definitivo por precedentes intervenciones magisteriales.

Las demás enseñanzas doctrinales del Concilio requieren de los fieles el grado de adhesión denominado «religioso asentimiento de la voluntad y de la inteligencia». Un asentimiento «religioso», por lo tanto no fundado en motivaciones puramente racionales. Tal adhesión no se configura como un acto de fe, sino más bien de obediencia no sencillamente disciplinaria, mas enraizada en la confianza en la asistencia divina al Magisterio y, por ello, «en la lógica y bajo el impulso de la obediencia de la fe» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum veritatis, 24-V-1990, n. 23). Esta obediencia al Magisterio de la Iglesia no constituye un límite puesto a la libertad; al contrario, es fuente de libertad. Las palabras de Cristo: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16) se dirigen también a los sucesores de los Apóstoles; y escuchar a Cristo significa recibir en sí la verdad que hace libres (cfr. Jn 8,32).

En los documentos magisteriales puede haber también – como de hecho se hallan en el Concilio Vaticano II – elementos no propiamente doctrinales, de naturaleza más o menos circunstancial (descripciones del estado de las sociedades, sugerencias, exhortaciones, etc.). Tales elementos deben acogerse con respeto y gratitud, pero no requieren una adhesión intelectual en sentido propio (cfr. Instrucción Donum veritatis, nn. 24-31).

La interpretación de las enseñanzas

La unidad de la Iglesia y la unidad en la fe son inseparables, y esto comporta también la unidad del Magisterio de la Iglesia en todo tiempo en cuanto intérprete auténtico de la Revelación divina transmitida por la Sagrada Escritura y por la Tradición. Ello significa, entre otras cosas, que una característica esencial del Magisterio es su continuidad y homogeneidad en el tiempo. La continuidad no significa ausencia de desarrollo; la Iglesia, a lo largo de los siglos, progresa en el conocimiento, en la profundización y en la consiguiente enseñanza magisterial de la fe y moral católica.

En el Concilio Vaticano II hubo varias novedades de orden doctrinal: sobre la sacramentalidad del episcopado, sobre la colegialidad episcopal, sobre la libertad religiosa, etc.

Si bien ante las novedades en materias relativas a la fe o a la moral no propuestas con acto definitivo es debido el religioso asentimiento de la voluntad y de la inteligencia, algunas de ellas fueron y siguen siendo objeto de controversias sobre su continuidad con el Magisterio precedente, o bien sobre su compatibilidad con la Tradición. Frente a las dificultades que pueden encontrarse para entender la continuidad de algunas enseñanzas conciliares con la Tradición, la actitud católica, teniendo en cuenta la unidad del Magisterio, es la de buscar una interpretación unitaria en la que los textos del Concilio Vaticano II y los documentos magisteriales precedentes se iluminen recíprocamente.

No sólo hay que interpretar el Vaticano II a la luz de documentos magisteriales precedentes, sino que también algunos de éstos se comprenden mejor a la luz del Vaticano II.

Ello no representa ninguna novedad en la historia de la Iglesia. Recuérdese, por ejemplo, que nociones importantes en la formulación de la fe trinitaria y cristológica (hypóstasis, ousía) empleadas en el Concilio I de Nicea se precisaron mucho en su significado por los Concilios posteriores.

La interpretación de las novedades enseñadas por el Vaticano II debe por ello rechazar, como dijo Benedicto XVI, la hermenéutica de la discontinuidad respecto a la Tradición, mientras que debe afirmar la hermenéutica de la reforma, de la renovación en la continuidad (Discurso, 22-XII-2005).

Se trata de novedades en el sentido de que explicitan aspectos nuevos, hasta ese momento no formulados aún por el Magisterio, pero que no contradicen a nivel doctrinal los documentos magisteriales precedentes, si bien en algunos casos – por ejemplo, sobre la libertad religiosa – comporten también consecuencias muy distintas a nivel de las decisiones históricas sobre las aplicaciones jurídico-políticas, vistos los cambios en las condiciones históricas y sociales.

Una interpretación auténtica de los textos conciliares puede realizarse sólo por el propio Magisterio de la Iglesia. Por ello en la labor teológica de interpretación de las partes que, en los textos conciliares, susciten interrogantes y parezcan presentar dificultades, es preciso sobre todo tener en cuenta el sentido según el cual las intervenciones magisteriales sucesivas hayan entendido tales partes.

En cualquier caso, siguen siendo espacios legítimos de libertad teológica para explicar de uno u otro modo la no contradicción con la Tradición de algunas formulaciones presentes en los textos conciliares y, por ello, para explicar el significado mismo de algunas expresiones contenidas en esas partes.

Al respecto, no parece finalmente superfluo tener presente que ha pasado casi medio siglo desde la conclusión del Concilio Vaticano II, y que en estas décadas se han sucedido cuatro Romanos Pontífices en la cátedra de Pedro. Examinando el Magisterio de estos Papas y la correspondiente adhesión del Episcopado a él, una eventual situación de dificultad debería transformarse en serena y gozosa adhesión al Magisterio, intérprete auténtico de la doctrina de la fe.

Esto debería ser posible y deseable aunque permanecieran aspectos racionalmente no comprendidos del todo, dejando abiertos en cualquier caso los legítimos espacios de libertad teológica para una labor de profundización siempre oportuna.

Como ha escrito Benedicto XVI recientemente, «los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado» (Motu propio Porta fidei, n. 4).

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No faltará quien se pregunte sobre el autor de este escrito.

El mismo es Monseñor Fernando Ocáriz Braña, uno de los teólogos romanos que intervino en las discusiones doctrinales entre la Roma neomodernista y la FSSPX.

En su entrevista del 2 de febrero de 2011, Monseñor Fellay, haciendo referencia a los interlocutores romanos, expresó:

Son expertos, es decir, profesores de teología, que al mismo tiempo se desempeñan como consultores de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Se puede decir que son «profesionales» de la teología.

Uno, suizo, el Padre Morerod, es Rector del Angelicum; otro, jesuita, mayor que el anterior, el Padre Becker; un miembro del Opus Dei, en la persona de su Vicario General, Monseñor Ocáriz Braña; después está Monseñor Ladaria Ferrer, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe; y por fin, el moderador, que es el Secretario de la Comisión Ecclesia Dei, Monseñor Pozzo.

Se trata, pues, del Vicario General del Opus Dei… experto… profesor de teología… consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe… un «profesional» de la teología…

Dije al comienzo que valía le pena leer este documento.

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En su reciente entrevista del 28 de noviembre, Monseñor Fellay recurre a «otras voces»:

Estas conversaciones han permitido a nuestros teólogos exponer sin rodeos los puntos principales del Concilio que plantean dificultad a la luz de la Tradición de la Iglesia. Paralelamente, y tal vez gracias a estas conversaciones teológicas, durante estos dos últimos años, se han dejado escuchar otras voces además de las nuestras, formulando críticas que se unen a las nuestras sobre el Concilio. Por ejemplo, Monseñor Brunero Gherardini, en su libro Vaticano II, una explicación pendiente, ha insistido sobre los diferentes grados de autoridad de los documentos conciliares y sobre el «contra espíritu» que se deslizó en el concilio Vaticano II desde su comienzo. Igualmente, Monseñor Athanasius Schneider, durante un congreso en Roma a finales de 2010, tuvo el valor de pedir un Syllabus que condene los errores de interpretación del Concilio. En el mismo espíritu, el historiador Roberto de Mattei, en su libro Vaticano II, una historia jamás escrita, ha mostrado bien las influencias contrarias que se ejercieron sobre el Concilio. Habría que citar también la Súplica dirigida a Benedicto XVI por los intelectuales católicos italianos que reclaman un examen profundo del Concilio.

No cabe analizar aquí el libro de Monseñor Brunero Gherardini, ni la propuesta de Monseñor Athanasius Schneider. En cuanto al análisis del Concilio Vaticano II, siempre se podrá profundizar sobre su nocividad.

Pero es innegable que no se puede contraponer a Monseñor Fernando Ocáriz Braña argumentos de autoridades provenientes de la Iglesia Conciliar y que adhieren a la Roma neomodernista igual que él…

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Por otra parte, gracias a la Carta del Padre Bouchacourt del 12 de octubre, sabemos que el Preámbulo Doctrinal recibido por Monseñor Fellay se basa sobre el Protocolo de Acuerdo que en su momento se propuso a Monseñor Lefebvre, pero en forma más restrictiva.

Recordemos que aquel documento, firmado por Monseñor Lefebvre y no solamente propuesto a él, expresaba lo siguiente:

Declaramos a aceptar la doctrina contenida en el número 25 de la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio eclesiástico y la adhesión que le es debida.

Quien haya leído con atención el artículo del Vicario General del Opus Dei… experto… profesor de teología… consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe… un «profesional» de la teología… Monseñor Fernando Ocáriz Braña…, tiene fundamentos para temer…

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Para profundizar en los motivos de aprensión, desconfianza y recelo vale recordar lo que escribiera Monseñor Fellay:

Esta carta os es enviada con mucho retraso. No queríamos enviárosla sin comunicaros noticias tan exactas como sea posible sobre el estado de nuestras relaciones con Roma.

Nos parece que ha llegado el tiempo de hacer un balance.

Muchos rumores han circulado, muchos falsos ruidos también.

Y entendemos que esta cuestión es extremadamente importante y puede determinar nuestro futuro.

Aquí os ofrecemos diversos aspectos de esta cuestión.

De nuestro lado, estamos marginados por las autoridades romanas, por no decir rechazados, debido a posiciones doctrinarias: el rechazo del Concilio Vaticano II y de las reformas postconciliares.

Cuando decimos rechazar el Concilio, no entendemos por esto rechazar totalmente la letra de todos los documentos conciliares, que en su mayor parte contienen simples repeticiones de lo que ya se ha dicho en el pasado.

Pero atacamos un lenguaje nuevo, introducido en nombre de la pastoralidad del Concilio. Este nuevo lenguaje, mucho menos preciso, difuso, vehiculiza otro pensamiento filosófico, fundamento de una nueva teología.

Usted tal vez se pregunta: ¿cuándo escribió esto Monseñor Fellay?

Y respondo: ¿tiene eso importancia, cuando se recurren a citas de Monseñor Lefebvre que otros textos y hechos suyos han dejado inoperantes?

De todos modos, le proporciono la cita. Se trata de la Carta a los Amigos y Benefactores Nº 60, de mayo de 2001.

Vale aclarar que este texto no ha sido retractado por Monseñor Fellay.

Sería interesante saber qué piensa Monseñor Fernando Ocáriz Braña de este escrito del Superior General de la FSSPX.

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Para terminar, recordemos que esta idea fue expresada de modo más claro por Monseñor Fellay en la entrevista publicada en el cotidiano suizo La Liberté, el día jueves 11 de mayo de 2001. Ella fue retomada por DICI Nº 8, pero existe sólo en papel.

Monseñor Fellay terminaba una respuesta de este modo: …los Obispos perciben muy precisamente en la libertad concedida a la antigua Misa una puesta en cuestión de las reformas post-conciliares.

La periodista lo interrumpió y le preguntó: ¿Puesta en cuestión con la cual usted desea continuar?

Y Monseñor Fellay respondió:

Esto da la impresión de que rechazamos todo el Vaticano II. Sin embargo, conservamos el 95%. Es más a un espíritu que nos oponemos, a una actitud ante el cambio presentado como premisa: todo cambia en el mundo, por lo tanto la Iglesia debe cambiar.

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Ahora que Monseñor Fellay ha depositado un nuevo documento que exigiría supuestas aclaraciones al Preámbulo Doctrinal, ante situación tan intrigante como vergonzosa, que se me permita recordar una vez más que antes de iniciar discusiones doctrinales con los anticristos que ocupan la Roma neomodernista hubiera sido necesario exigirles, no aclaraciones, sino una Profesión de Fe, el Juramento Antimodernista y la adhesión a todo el Magisterio de la Iglesia, especialmente desde la Revolución Francesa hasta el Papa Pío XII.

Sin esas condiciones previas, sin Preámbulo Doctrinal exigido por la Tradición a la Roma anticristo, ninguna discusión era posible.

¡Cuánta vergüenza, cuánta humillación de Nuestro Señor y de su Iglesia, cuántas divisiones entre sacerdotes y fieles podrían haberse evitado!

Por no haber seguido las consignas de Monseñor Lefebvre después de haber salido de la trampa ratzingeriana…, hoy debemos lamentar estos resultados.

Padre Juan Carlos Ceriani