SAN JOSÉ, MODELO DE PIEDAD
Viviendo bajo el imperio de los prejuicios y de las ilusiones, gran número de personas piadosas no consideran apreciable la perfección, sino por aquello que tiene de exterior y de extraordinario.
Unos la suponen contraria a las conveniencias y a las reglas que deben observarse en la sociedad; otros la creen opuesta al estricto deber y a sus particulares empeños; otros la hacen consistir en ciertos medios a los cuales se limitan, olvidando sus fines, y otros la reducen a ideas indefinidas que se proponen, dejando de lado los medios para alcanzarla.
Pero la piedad que santifica y que nos consagra enteramente a Dios, consiste en hacer todo lo que Él quiere, y cumplirlo en el tiempo, el lugar y las circunstancias en que su Providencia nos coloca.
Así fue como San José llegó a un grado de virtud tan eminente.
Siempre dispuesto a sacrificar al beneplácito de Dios cuanto tenía de más precioso y querido: sus acciones, su tiempo, su libertad, su reputación y la vida misma; se contentó con hacer todas sus acciones con un gran espíritu de caridad, no mirando el número ni la calidad de las obras, sino que fueran gratas a Dios.
Aprovechemos el ejemplo de San José, para convencernos de que la verdadera piedad no consiste precisamente en hacer muchas cosas, sino en hacer lo que Dios quiere de nosotros en la condición en que nos hallemos.
Abuso de la devoción es multiplicar de tal modo las prácticas de piedad, que apenas alcance el día para cumplirlas. Y eso ocurre porque a las ya aprobadas se van agregando otras nuevas, con lo que se tortura el espíritu y se lo priva de la libertad, con detrimento de los deberes del propio estado.
Se deja la acción por la oración, con peligro de hacerlo todo mal, porque se quiere hacer lo que no se puede. La precipitación, hija del amor propio, no atiende sino a los movimientos de la naturaleza, a los brillantes atractivos que encantan en el momento. Se quiere tener parte en todas las buenas obras, figurar en todos los ejercicios de piedad; se aspira a ser perfectos en un día, sin tener en cuenta nuestra nada y nuestra miseria.
He aquí el motivo por el cual no se llega a nada, porque se corre demasiado, lo cual trae luego las inquietudes, los escrúpulos y el desaliento.
Una de las cosas más admirables en San José es precisamente la vida común y ordinaria que vivió y que tan grato lo hizo a los ojos de Dios; muy al contrario de lo que creemos nosotros, que juzgamos que sólo puede ser santo aquello que hiere nuestra imaginación, esto es, actos extraordinarios, austeridades, ayunos y largas vigilias.
San José se santificó ejerciendo un arte modesto, escondido en un taller, viviendo del trabajo de sus manos, sin dejar traslucir lo que era, ni los privilegios con que Dios lo había adornado.
Vestía sencilla y pobremente, sin afectación. Su manera de andar y de hacer, su conversación., su persona toda, nada ofrecía de particular; y después de haber pasado treinta años en compañía de Jesús y de María, era considerado siempre un pobre obrero, en quien no había nada de notable.
La vida común está perfectamente de acuerdo con el espíritu de oración, con el recogimiento habitual, con el desapego de las cosas creadas, con la unión con Dios, con la caridad hacia el prójimo, con las más sublimes virtudes del cristianismo.
Las almas interiores tienen por lo general una gran propensión a la vida común, y muy a su pesar se sustraen a ella; tienen mucho temor de ser singulares, y cuando Dios les pide algo extraordinario, saben ocultarlo perfectamente a las miradas de los demás.
San José observaba exactamente el sábado, sin llegar al extremo de la precisión farisaica; iba regularmente a Jerusalén en el tiempo prescrito, pero se preocupaba especialmente de adorar a Dios en espíritu y en verdad dentro de su corazón.
Sufría sin quejarse las privaciones inherentes a la pobreza, los rigores del destierro, las fatigas de los viajes, sin hacer ostentación de mortificaciones y austeridades fuera de lo común; se alimentaba parcamente, como la gente de su condición, y los Evangelistas no nos hablan de sus rigurosos ayunos. Los fariseos procedían de un modo muy diverso.
Debemos, sin duda, guardarnos de criticar las penitencias prodigiosas a que, inducidos por la gracia, se entregaban ciertos santos; pero tampoco debemos llevar nuestra admiración, ni dejarnos impresionar hasta el punto de proponernos su imitación, ni menos creer que sin esto no podríamos ser santos. Sea que practiquemos o no mortificaciones corporales, que deben ser siempre reguladas por la obediencia, no olvidemos que debemos atender particularmente a las virtudes interiores, que son esenciales a la santidad: todo lo demás es accesorio, y tanto, que puede ser suprimido sin perjudicar lo esencial. Más docilidad, más negación de nuestro propio juicio, nos hará morir a nosotros mismos mejor que cualquiera otra austeridad. En una palabra, debemos preferir las mortificaciones comunes que encontramos en el cumplimiento de los deberes de nuestro estado, porque esas son las que cada día nos proporcionan la ocasión de negarnos a nosotros mismos; y menos nos expondremos a las ilusiones de la vanidad.
Las ocasiones de practicar las mortificaciones ordinarias, se presentan a cada-momento; nos ponen de continuo en guerra contra nuestra soberbia, nuestra pereza vanidad; son, en una palabra, las que consiguen vencer todas nuestras inclinaciones sin excepción.
Por ejemplo, responder con dulzura a quien nos reprende sin razón y con aspereza; callar; sufrir en silencio; obrar contra el propio gusto; cumplir con la voluntad’ de Dios, adaptándose a la del prójimo: he aquí las señales de una verdadera piedad, que se considera afortunada en llevar la cruz que Dios en su amor nos hace cargar con su propia mano.
Las mortificaciones que nosotros elegimos, no hacen morir el amor propio como las que Dios nos manda cada día. Estas, por lo común, no tienen nada que pueda halagar nuestra voluntad; y como todo lo que viene directamente de la divina Providencia, tiene en sí una gracia proporcionada a nuestras necesidades.
San José nos enseña también con su conducta a no descuidar los deberes de nuestro estado, para atender las obras que Dios no nos pide. En efecto, ¿quién podrá referir las alegrías que gustó este gran Santo en compañía de Jesús y de María, y cuan feliz era de entretenerse con Ellos hablando de las cosas de Dios y de su alegría en servirle?… Pero sabía sustraerse a las dulzuras de la contemplación para apartarse de Jesús y de María, y dedicarse, por amor a ambos, a un duro y penoso trabajo, para ganarles la subsistencia.
San José no ignoraba que la verdadera caridad se alimenta tan sólo de sacrificios, y que, como reina de todas las virtudes, debe estar por sobre todos los gustos de la piedad sensible. Por lo tanto, para seguir los movimientos de la piedad que lo animaba, no había cosa que no estuviera dispuesto a sacrificar, aunque ella hubiese sido esta unión tan íntima con Dios.
Pero ¿no habría sido esto dejar a Dios?… No —responde el autor de la Imitación—, sería dejar a Dios por Dios, para agradarle.
En las prácticas de piedad es necesario, a ejemplo de San José, ceder prudentemente a las necesidades y a las conveniencias. Es devoción mal entendida la que pospone el deber, la obligación del propio estado a las obras supererogatorias.
No deben seguirse los consejos sino después de haber cumplido con los deberes; ni se debe ejercer la liberalidad sino después de haber pagado las deudas.
Toda condición tiene sus obligaciones y los medios propios para su santificación; limitémonos, pues, a los de nuestro estado, y no deseemos obtener otros frutos que no nos corresponda conseguir, por cuanto entonces no haremos la voluntad de Dios.
El medio principal para llegar a la perfección es la caridad. Ninguna obra exterior vale sin la caridad —afirma el autor de la Imitación—; pero todo lo que se hace por la caridad, aunque sea vil y pequeño, produce abundantes frutos, porque Dios no mira tanto la acción, cuanto la intención y los motivos por los cuales se obra.
Hace mucho el que ama mucho. Hace mucho el que hace bien lo que hace, y sabe subordinar su propia voluntad al interés común.
San José mereció en su vida mortal un grado de gloria muy elevado, no por la obra extraordinaria que hizo, sino por haber obrado siempre por Jesús y en unión de Jesús. En efecto, si trabajaba, era para alimentar a Jesús; si emprendía largos viajes, era por el interés de Jesús; si consintió vivir en el destierro, sólo fue por salvar y conservar a Jesús; si se imponía privaciones y daba a su familia lo que le era necesario para él, era siempre por Jesús, y murió contento cuando la gloria de Dios así se lo exigió.
San José encontraba en las manos de Jesús la gracia de trabajar sólo por Él; en los ojos de Jesús, la luz que incesantemente le hacía penetrar los divinos misterios; en el Corazón de Jesús, las llamas del amor que lo encendían a cada instante en una caridad siempre más viva y más ardiente.
Obrar por Dios, referirlo todo a su gloria, trabajar por principio de caridad, es lo que hace, santos a los hombres. Todas las cosas vienen de Dios, de su amor, y todo debe ser referido a Él por amor. Por su naturaleza, todas las cosas son pequeñas delante de Dios; pero todo se hace grande por el aprecio que Dios hace de todo, y por la recompensa que tiene destinada a las acciones comunes.
¡Oh!, cuán útil es meditar en las palabras del Apóstol: Todo lo que hacéis, hacedlo de corazón, como para Dios y no para los hombres, pensando que recibiréis de Dios la recompensa.
Si queremos que todas nuestras obras sean agradables a Dios y acreedoras a la vida eterna, debemos, como San José, tener el cuidado de hacerlas por Jesucristo, con Jesucristo, y en unión de Jesucristo.
Nuestras acciones no unidas a Cristo, no son siempre malas, pero son siempre inútiles para el Cielo; mientras que un suspiro, una oración, una práctica de piedad, una mortificación hecha con Jesucristo y por Él, cambia su naturaleza y adquiere, por así decirlo, un valor infinito.
Entonces todas nuestras acciones se hacen semejantes a esas víctimas espirituales de las que habla el Apóstol, las cuales son aceptables al Eterno Padre.
Dios nos mira y nos escucha con complacencia. Ya no es un hombre, es Jesucristo, con Él y en Él, quien reza, trabaja, sufre.
Antes de esta unión con Jesucristo, nuestras obras no tienen más que imperfecciones: son como los hermanos de José, que no pueden merecer gracias, pero son tiernamente abrazados cuando los acompaña Benjamín.
Oh gran San José, Padre virginal de Jesucristo, vos sois un modelo admirable de esa virtud espiritual, interior y escondida, a la que aspiramos de todo corazón. Sois el protector especial de todos los que quieren imitar esa vida humilde y oscura, que forma el carácter especial de vuestra santidad.
Obtenednos del divino Salvador la fortaleza, y la vigilancia necesarias para seguir vuestras huellas, a fin de que habiendo tenido la gracia de participar de la felicidad de vivir escondidos, ignorados por el mundo, pero siempre estrechamente unidos a Jesús, podamos también tener parte en la gloria de que gozáis reinando en el Cielo. Amén
