SAN JOSÉ PIERDE, BUSCA
Y ENCUENTRA A JESÚS

Según lo prescrito en la Ley, todos los israelitas debían realizar una peregrinación al Templo de Jerusalén en cada una de las fiestas anuales de la Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos. Cuando vivían lejos, bastaba con que acudieran durante una de las tres fiestas. La Ley no decía nada de las mujeres, pero la costumbre era que acompañasen a su marido. Ni qué decir tiene que San José y María Santísima observaban puntualmente el precepto.
Cuando Jesús alcanzó la edad de doce años, convirtiéndose en hijo de la ley, tuvo que someterse también a esta observancia. Así pues, subió a Jerusalén con sus padres con ocasión de la solemnidad de la Pascua.
En Jerusalén, durante una semana, los tres miembros de la Sagrada Familia, confundidos entre la multitud, sin buscar el hacer prevalecer sus títulos para reclamar prioridades, aceptando más bien los empujones y los últimos lugares, asistieron a las ceremonias de culto en el Templo.
Nada de particular ocurrió, pues, ni en el viaje de ida, ni durante su permanencia en Jerusalén. Sin embargo, no fue así cuando salieron de la ciudad santa para regresar a Nazaret. Pues, mientras María y José dejaron el Templo para dirigirse a Nazaret, Jesús se quedó en Jerusalén, no advirtiéndolo sus padres, que no sólo se alejaron de la ciudad, sino que además caminaron un día entero sin notar que Jesús no los acompañaba.
Cuando llegaron a la primera estación, donde solían detenerse para descansar y restaurar las fuerzas, y donde debían encontrarse todos los compañeros de viaje, buscaron a Jesús, y entonces advirtieron que Él no estaba con ellos, y se había extraviado.
¿Cómo pudo ocurrir aquello? Era costumbre entre los hebreos, en los viajes largos, formar caravanas por separado: esto es, las mujeres con las mujeres, y los nombres con los hombres. En cuanto a los niños, solían viajar indiferentemente con el padre o con la madre, y a veces, con los parientes.
Ahora bien, cuando partió de Jerusalén, San José, no viendo a Jesús consigo, debió de pensar: Estará con María, y se alegraría por Ella. Del mismo modo, María pensó que estaría con José, y se imaginaría el gozo que sentiría al tener a Jesús junto a Él.
Así se explica cómo ni José, ni María, que no habían salido ni marchaban juntos, notaron la ausencia de Jesús durante un día.
Sea corno fuere, una pesada angustia se apoderó de ellos. Mil suposiciones pasarían por su mente. ¿Se habría extraviado y caído en manos de unos malhechores? ¿Les habría abandonado para emprender su misteriosa misión? ¿Habría sonado la hora de la espada predicha por Simeón?
Pero, aunque ello sucediera sin culpa propia, ¿quién podría expresar el dolor, la pena y la ansiedad que José experimentó por la pérdida de Jesús? Ver llegar a mujeres y niñas, hombres y niños, y no descubrir en ningún grupo a Jesús, lo llenó de suprema angustia.
Pide noticias a los parientes, a los conocidos, y nadie sabe dárselas. Tal vez oyeran murmurar a su alrededor: Si hubiesen estado más vigilantes, no le habrían perdido…
¡Oh, qué tormento experimenta su corazón! Mucho había sufrido cuando los soldados de Herodes buscaban a Jesús para darle muerte y debió huir a Egipto. Pero entonces, por lo menos, en la fuga tenía a Jesús consigo, mientras que ahora lo había perdido, y por esto sufría más.
Asimismo, padecía inmensamente al ver a María sumergida en dolor tan grande. Y notemos que esa pena indecible duró tres días.
Imaginemos a José que apenas advierte el extravío de Jesús, no obstante su cansancio y las sombras de la noche, acompañado de María, vuelve enseguida atrás, y rehace todo el viaje del día anterior.
Tienen el corazón en un puño. La pena de José es tan viva como la de María…
En el Paraíso Terrenal, Adán había acusado a Eva y ésta a la serpiente… Aquí, sin embargo, cada uno se acusa a sí mismo y excusa al otro. Ninguno de los dos piensa en hacer recaer en el otro la prueba que le humilla. José se pregunta si Dios no le ha castigado por cumplir mal su tarea, y se lo dice a María, la cual responde: ¡No, no!… ¡Soy yo la que debía haber tenido más cuidado!
A cada paso San José espera encontrar a Jesús; a cada persona que ve, pide noticias de Jesús; pero queda siempre desilusionado. Jesús no aparece, no responde a su voz, que lo llama por su nombre, y ninguno sabe darle noticias. Quiere consolar a María; pero el dolor lo vuelve mudo.
Llega, entre tanto, a Jerusalén. Recorre las calles de la ciudad y callejas de la ciudad en una búsqueda punzante, una especie de Via Crucis que anticipa el que recorrerá su Hijo un día, con la Cruz en sus hombros…
Entra en las posadas y en las casas de los conocidos; por todas partes busca y pregunta por Jesús; pero nadie lo ha visto, nadie sabe nada.
Pregunta a los viandantes, describiendo a su hijo, pero nadie es capaz de informarle, nadie sabe nada… Y cuando divisan, aunque sea de lejos, un adolescente de la talla de Jesús, echan a correr para sufrir enseguida una nueva decepción.
Prosiguen su búsqueda —Él con el rostro contraído, Ella curvada por el dolor—, enseñando a las generaciones futuras cómo hay que comportarse cuando se tiene la desgracia de perder a Jesús.
Van ya tres días que lo ha perdido, y no lo encuentra. Su Corazón, lo mismo que el de María, ya no resiste a la intensidad del dolor. ¿Qué hacer?
Desconsolados entran en el Templo, y suplican al Padre celestial les devuelva el inapreciable Tesoro que Él se dignara confiarle.
Era la hora en que los ancianos del pueblo se reunían en la sala aneja al Templo, para leer y comentar la Sagrada Escritura. José y María entran también en aquella sala, y ¡oh, qué espectáculo se presenta a sus ojos! Ven a muchos doctores de la Ley, dispuestos en círculo, y en medio de ellos, a Jesús, el cual interroga a los doctores, y contesta a lo que éstos le preguntan; y demuestra tanta sabiduría en interrogar y en responder, que todos se quedan asombrados.
¡Oh! ¿Quién sería capaz de expresar el consuelo que experimentaron José y María a tal vista, cuando no sólo volvían a ver a su Jesús, sino que lo veían convertido en objeto de admiración para los mismos doctores de la Ley?
Ante tal espectáculo, María y José no pudieron ocultar su sorpresa. Era la primera vez que Jesús manifestaba un resplandor de su sabiduría increada.
Por otra parte, ¿cómo era posible que Él, que hasta entonces había dado ejemplo de todas las virtudes, se hubiera sustraído a su autoridad y guardara una calma tal, conociendo como debía conocer la terrible ansiedad de sus padres?…
Comprenden que deben decirle algo, pero José se coloca en un segundo plano, pensando que es María la que debe intervenir en este caso, por estar más comprometida que él en el misterio de la Encarnación.
Así, pues, Ella deja escapar una exclamación en la que se manifiesta toda su alma maternal: Hijo, ¿por qué has procedido así con nosotros? ¡He aquí que tu padre y yo te buscábamos llenos de inquietud!
Queja amorosa y afectuoso reproche. Deseo también de conocer el motivo de una conducta tan contraria a las costumbres de un hijo siempre respetuoso y sumiso.
Notemos bien estas palabras: Tu padre y yo. María lo llama su padre, pues lo era, en efecto. Como si dijese: No temo llamar a José tu padre, y no creo manchar la inmaculada pureza de tu nacimiento. Por su solicitud y por sus inquietudes, puedo decir que es tu padre, puesto que te ha mostrado un amor verdaderamente paternal.
En efecto, muy iguales fueron en el dolor, ya que sin tener Él parte en el nacimiento de Jesús, comparte, empero, con María la alegría de poseer a Hijo tan excelso, como el dolor de perderlo.
Por eso, María, cual esposa obediente y respetuosa, nombra primero a José, dispensándole el mismo honor, cual si fuese un padre como los otros.
Jesús no se excusa ni pide perdón, sino que a la legítima pregunta de su madre, responde: ¿Por qué me buscáis? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?
Son éstas las primeras palabras de Jesús que recoge el Evangelio.
Por esta respuesta, acompañada sin duda de una sonrisa, Jesús quiso, al salir de la infancia, recordar a sus Padres su filiación divina y la transcendencia de su misión.
Les advirtió que la obediencia que les tenía estaba subordinada a la que debía prestar a su Padre celestial. Era preciso que supieran que todo lo que sucediese en su vida estaría conforme con esa voluntad, en virtud de la cual se había encarnado.
Habrá, por eso, cosas que les sorprenderán; quiso, pues prevenirles y prepararles para el «escándalo» de la Redención por la Cruz.
Dichas palabras nos revelan, pues, dos cosas a la vez: su origen divino, y su misión. Antes de ser el hijo propio de María y el hijo adoptivo de José, Nuestro Señor Jesucristo es el Hijo de Dios; antes de consolar con su presencia a María y a José, conviene que cumpla con la voluntad de su Padre para con los hombres. El Evangelio no es sino el desarrollo de estas dos solemnes afirmaciones.
Sus palabras no significaban que quisiera eludir la tutela de sus padres. Al contrario, les tenía un amor y una sumisión incomparables. Por otra parte, ¿cómo un Dios que dictó a los hombres con tanta solemnidad el precepto de honrar padre y madre no habría comenzado Él mismo por subrayar con su ejemplo la gravedad del mandamiento?… Lo que quiso enseñar es que nuestras obediencias deben estar jerarquizadas y que el servicio de Dios debe anteponerse a los más legítimos afectos.
José y María no entendieron esa respuesta. Ciertamente, no podían engañarse en cuanto a su más profundo sentido; pero, aunque sabían muy bien que su Padre era Dios, no comprendieron, empero, cuáles eran las cosas en las cuales dijo que debía Él ocuparse.
Su humildad les hizo confesar que no acababan de comprender las palabras de Jesús. Comprenderlas plenamente hubiese sido abarcar todos los misterios de la Encarnación y de la misma Trinidad.
Pero José y María estaban sometidos, como toda criatura, a la ley del progreso. Jesús quería estimular su curiosidad religiosa y comprometerles en esa vía que señalará a quien quiera ser su discípulo: Buscad y hallaréis.
Por eso no le pidieron ninguna explicación; sino que, llevándolo consigo, llenos de júbilo retornaron a Nazaret.
***
En cualquier lugar se puede perder a Jesús: el ángel le perdió en el Cielo; Adán y Eva en el Paraíso Terrenal; José, en el Templo; pero esta pérdida no fue culpable, ni duró mucho tiempo, y después de tres días tuvo la alegría de hallarle.
Se puede perder a Dios de varias maneras, perdiendo la gracia con el pecado mortal, y así lo perdió el ángel por su soberbia, Eva por la curiosidad, Adán por la culpable condescendencia que tuvo con su mujer.
Se pierde a Jesús perdiendo las dulzuras y los consuelos de la verdadera y sólida piedad, por una demasiada libertad de los sentidos, por las disipaciones voluntarias del espíritu o por un secreto apego a las criaturas. Si las arideces son efecto de nuestra negligencia, hay que aceptarlas con espíritu de penitencia, y humillarse delante de Dios, sin dejarse abatir por eso, ni afligirse demasiado.
Finalmente, se pierde a Dios perdiendo la devoción sensible y el gusto de los consuelos celestiales, sin haber merecido tales privaciones, y así le pierden las almas generosas, a quienes Dios se oculta de vez en cuando, para poner a prueba su amor, aumentar sus méritos, hacerse buscar con mayor fervor, para darse luego con mayores dulzuras. Y es en esta forma como San José perdió a Jesús: se ocultó por tres días a su Padre, sin que por su culpa hubiera merecido José tal castigo.
Luego, cuando os encontréis en un estado semejante, debéis humillaros, y desde el abismo de vuestra nada elevar a Dios vuestra oración, esperando su vuelta con paciencia, sin turbaros ni inquietaros. Dios quiere esta demostración de vuestra entera dependencia, la obtiene y está satisfecho, y no tardará en volver a vosotros con sus gracias con más abundancia que antes.
Cuando piensas que estás lejos de Mí —dice Jesús—, estoy más cerca de ti regularmente. Cuando piensas que está todo casi perdido, entonces muchas veces está cerca la ganancia del merecer. No está todo perdido cuando alguna cosa te sucede contraria. No debes juzgar como sientes ahora, ni embarazarte ni acongojarte con cualquier contrariedad que te venga, como si no hubiese esperanza de remedio. No te tengas por desamparado del todo, aunque te envíe a tiempos alguna tribulación, o te prive del consuelo deseado; porque de este modo se llega al reino de los cielos. Y sin duda te conviene más a ti, y a los demás siervos míos, ser ejercitados en adversidades, que si todo os sucediese a vuestro gusto. Yo penetro los secretos; y sé que te conviene mucho para tu bien, que algunas veces te deje desconsolado; para que no te ensoberbezcas en los sucesos prósperos, ni quieras complacerte en ti mismo por lo que no eres. Lo que yo te di, te lo puedo quitar, y volvértelo cuando me agradare. (Imitación de Cristo, Libro III, Capítulo XXX: Cómo se ha de pedir el favor divino, y de la confianza de recobrar la gracia).
Jesús estaba presente viendo cuanto pasaba en el Corazón de San José; se complacía grandemente contemplando su ternura para con Él, su afecto y su dolor por haberle perdido; y Él advierte también vuestra pena: cuanto mayor es esta, tanto mayor es su gozo, siempre que sea tranquila y aceptada como la de San José, y que su causa sea el haber perdido a Jesús, y no sus dulzuras.
A Jesús le gusta ser deseado. Y ¿cuáles no fueron las inquietudes, el celo y la preocupación de San José? ¿A quién no habrá preguntado por su Jesús?… Un alma que así le busca, no le ha perdido; antes bien, nunca le amó tanto como en esos momentos de desolación, en que se dirige a todos para saber de Él.
Entonces redobla sus oraciones, su recogimiento y su fidelidad; no se ocupa más que de Él; todo lo demás le cansa y le causa tedio.
A veces se busca a Jesús después de haberle perdido, y no se le encuentra, porque no se le busca como se debe. Dios quiere ser buscado, y no sé da sino a quien le busca con la misma fidelidad y perseverancia que San José.
Si se busca a Dios después de haberle perdido y no se le encuentra, es porque no se le busca cuando se le puede hallar. Dios quiere que aprovechemos el momento en que se presenta, y amenaza alejarse eternamente de aquellos que rehúsan abrirle su corazón.
Si apenas nos damos cuenta de que no estamos con Dios, volvemos atrás, nos es más fácil hallarle, porque entonces somos guiados por el arrepentimiento sincero; pero si dejamos pasar el momento de la gracia sin aprovecharla, nos exponemos a la separación eterna…
Finalmente, si se busca a Dios después de haberle perdido, y no se le encuentra, es porque se le busca donde no se le debe buscar. Fue en el Santuario donde Samuel mereció oír la voz de Dios; en el Templo, donde Ana tuvo la dichosa suerte de ver al Mesías; al pie de los Altares, donde el santo anciano Simeón recibió entre sus brazos al Salvador, y vio colmados sus deseos.
El mismo San José encontró a Jesús en el Templo, después de haberle buscado inútilmente entre sus’ parientes y por las calles de Jerusalén.
¿Queremos de veras hallar a Jesús? Busquémosle al pie de los Altares; en el recogimiento del Santuario nos dará lecciones admirables, y nos enseñará la ciencia de los Santos.
San José busca a Jesús con María Santísima, y lo mismo hagamos nosotros: por la mediación de esta divina Madre podremos tener la esperanza de hallarle cuando tengamos la desgracia de perderle. Ella, como una dulce estrella, alumbrará nuestras tinieblas y nos llevará a Jesús.
En nuestras pruebas y aflicciones debemos pedir prestada a María su voz, y pedirle también que presente Ella misma nuestros gemidos y nuestros deseos. Pasando por su Corazón Inmaculado y Doloroso, serán escuchados por el respeto y por el amor que a Ella son debidos.
