ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LA EDUCACIÓN INTELECTUAL (CONTINUACIÓN)

LA EDUCACIÓN INTELECTUAL DE LOS HIJOS

Continuación…

En cuanto a los medios que deben emplear los padres para la educación intelectual de los hijos, no se trata ya de enseñarles cosas para almacenar ideas en su memoria, sino de formar su entendimiento para que sepan discurrir y juzgar por cuenta propia.

Ahora bien, para ello ayudarán los siguientes medios:

a) Fomentar en los hijos la lectura… y la reflexión.

Primero, fomentar en ellos la lectura, facilitándoles libros instructivos y amenos acomodadas a su edad con abundantes grabados en los comienzos —los grabados son para los niños, y a veces para los mayores, el anzuelo con que el libro pesca a un lector— y poco a poco de mayor densidad y contenido: lecciones de cosas, historias amenas, etc., etc.

En cambio, no se les deben dar a leer novelas: aun siendo moralmente limpias, cosa poco frecuente, las novelas llevan a una hipertrofia de la imaginación y de la sensibilidad y embotan el entendimiento y la reflexión. Niño acostumbrado a devorar novelas está condenado a ser un soñador que no toca con los pies en el suelo y un atrofiado mental.

En cambio, se aconseja que, tanto para que descansen del duro trabajo mental como para que se formen, se les haga leer a los poetas: Sus obras son un manantial de palabras escondidas y preciosas y de figuras de todo género, y aun el lenguaje común está en ellos lleno de claridad y precisión.

Pero no basta con que lean; es preciso ayudarles a que reflexionen.

Para ello estará bien ya dirigir a los hijos algunas preguntas sobre lo que han leído para ver si lo han entendido y qué lecciones prácticas han sacado, ya hacerles acotar o subrayar los pensamientos que más les hayan llamado la atención; ya acostumbrarles a que anoten lo que más les haya gustado.

b) Contarles cuentos y parábolas con su moraleja.

A través de la imaginación se llega al entendimiento. Este camino es el más adecuado en la tierna edad. Las moralejas sacadas de una fábula, parábola o cuento que haya impresionado y agradado a los niños, quedan impresas en su alma y serán, en lo futuro, criterio práctico de su manera de obrar.

Narrar y, sobre todo, narrar con amenidad, de suerte que se despierte el interés en los pequeños oyentes, es un arte difícil. Para ello bien harán las madres en leer algún modelo de narración para niños.

c) Ponerles en contacto con la naturaleza y hacerles observar y reflexionar.

Para formar eruditos, almacenistas de ideas, bastan los libros. Para formar hombres que sepan el arte de vivir, esto es, enfrentarse con los problemas diarios de la vida, y resolverlos serenamente según los rectos dictámenes de la razón, no basta leer en los libros; hay que haber leído primero mucho en la naturaleza.

El cielo, las nubes, la lluvia, la nieve, el granizo, el sol, las estrellas, el viento, el frío, el calor: he ahí un hermoso e inagotable material pedagógico a disposición de todos los padres y de todas las madres educadores.

El jardín, con sus flores, plantas, árboles, hierbas, pájaros: un nuevo e inagotable arsenal de material de enseñanza familiar. El pequeño gallinero o granja doméstica, con las diversas especies de aves y animales… Y por si todo esto fuera poco, el campo, el bosque, el río, la huerta, el prado, las montañas, el mar…

Cada una de estas cosas puede ser fuente de interesantes conocimientos.

La intuición es el fundamento absoluto de todo conocimiento y el punto de partida de la enseñanza. Pero no debe terminar la cosa ahí, en esa simple presencia de los objetos exteriores delante de los sentidos; debe seguir el estudio de las relaciones.

El padre o madre que ponen a su hijo en contacto con la naturaleza, harán que vaya adquiriendo un caudal no pequeño de conocimientos de suma utilidad para la vida.

d) Ponerles en contacto con la vida.

No basta el contacto con la naturaleza; se impone, además, el contacto con la vida.

Ha muerto un vecino que deja varios niños huérfanos: los padres procurarán que el niño presencie el entierro y vean el estado en que quedan los huerfanitos. De estos hechos harán los padres que el niño saque, mediante la reflexión, las consecuencias oportunas: aprecio de sus padres, agradecimiento a Dios por los beneficios que por medio de ellos nos hace, veneración que se les debe, etcétera, etc.

Hay un pobre enfermo que necesita ayuda: los padres procurarán que su hijo lo vea y le entregue el socorro oportuno, sacando también las debidas lecciones: caridad, beneficio de la salud, etc., etc.

Hay un accidente en la carretera. Los padres inculcarán a su hijo las lecciones de prudencia, precaución y moderación correspondientes.

No aprendemos para la escuela, sino para la vida, dice un antiguo proverbio latino. Por eso conviene hacer de la misma vida una escuela para los hijos.

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Ver, juzgar y actuar….

Ver. Se trata de captar la realidad tal cual es, ya sea en general, ya acerca de algún caso concreto. Para ello hace falta la intuición directa de las cosas y la observación atenta de las mismas.

Los cuatro modos que acabamos de indicar según los cuales los padres pueden contribuir a la educación intelectual de los niños no son, en fin de cuentas, sino medios de desarrollar la intuición y la observación.

De la exactitud y objetividad de esta visión y observación depende, como de su fundamento, el juicio que luego el niño se formará de las cosas.

Hay que fomentar en los niños este espíritu de observación. A ello conducirá el que con frecuencia se pregunte al niño por lo que ha visto en tal o cual lugar, e incluso ayudará el hacerles alguna vez preguntas con «trampa». Si el niño reacciona prontamente y responde con la realidad, la mamá le alabará por haberse fijado bien y le dirá que le había hecho esa pregunta para ver si era buen observador. Si cae en la trampa, por el contrario, la mamá le hará ver que no se fija bien en las cosas y le exhortará a que en adelante observe mejor para no ser víctima de algún engaño.

Juzgar. A la intuición u observación ha de seguir la reflexión sobre los hechos que han sido objeto de las miradas.

Por medio de preguntas, se acostumbrará a los niños a reflexionar, a juzgar los hechos que han visto, a enjuiciarlos rectamente, y con ello les acostumbraremos a ser hombres de criterio práctico para la vida, lo cual es de suma importancia.

El hombre, sin criterio es llevado por los acontecimientos, navega a la deriva. El hombre de criterio, por el contrario, sabe sustraerse a la presión de los hechos tal cual son, para influir sobre ellos y lograr que lleguen a ser tal cual deben ser.

El hombre sin criterio es una veleta que es orientada por el viento y qué cambia con él; el hombre de criterio es una flecha que si no logra Orientar al viento en su dirección, al menos sigue su rumbo contra él; es un remero que si ve que no es aceptable la corriente, sabe remar y avanzar contra ella.

Actuar. Hemos recordado poco ha el refrán latino de que no aprendemos para la escuela, sino para la vida. Por eso, estas enseñanzas por medio de la observación y el juicio, no deben terminar en puras disquisiciones, sin orientación vital, sino que deben culminar en algún acto.

Si se deja todo en pura teoría, la lección se esfumará pronto de la memoria del muchacho. En cambio, si la mamá orienta las cosas hacia la práctica, sin duda sucederá, de manera muy diferente: aquellas ideas y criterios prácticos para la vida se grabarán más profundamente y llegarán al alma del niño no sólo por vía de entendimiento, sino, además, por la de una emoción vivida.

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Para enseñar a pensar bien, enseñad a hablar bien. Entre las ideas y las palabras hay una relación íntima.

Para poner en circulación una idea, se la embarca en la nave de una palabra; y al revés: donde circula mucho una palabra, allí navega una idea.

Por eso, ¿queréis, padres y madres, que vuestros hijos se acostumbren a observar con atención y a juzgar con rectitud? Enseñadles a hablar con propiedad y corrección.

No basta con que el niño se dé a entender; es preciso que objetivamente sus palabras sean adecuadas y sus giros correctos. No permitáis que el niño, por pereza mental, use constantemente las palabras que indican el género, sino, si es posible, la especie: esto es, que no llame simplemente a la golondrina «pájaro», ni a la higuera «árbol»; sino golondrina e higuera.

Ello le acostumbrará a observar mejor y a enriquecer su cultura con más palabras, lo cual, en definitiva, es enriquecer su entendimiento con más ideas.

Que no se acostumbre a decir muchas frases sueltas, sino a relacionarlas con corrección sintáctica.

Si el niño dice: «Luisito no se ha sabido la lección y el maestro le ha castigado», expresa simplemente dos hechos. En cambio, si le acostumbráis a decir: «El maestro ha castigado a Luisito por no saberse la lección», entonces no solamente narra dos hechos, sino que los encadena y establece entre los mismos relación de causa y efecto, lo cual es ya empezar a discurrir y filosofar.

La palabra humana ha sido, es y será la gran palanca para mover a los hombres. Haced poderosos a vuestros hijos acostumbrándoles a hablar con propiedad, con corrección y con elegancia. El poder de su inteligencia conseguirá muy poco si no va acompañado por el poder de su palabra.

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En la inmensa mayoría de los casos, dadas las presentes circunstancias, el padre y la madre en su tarea de educar la inteligencia del niño, de informar y formar su entendimiento, de darle cultura y criterios, no podrán realizar por sí solos esta labor.

Se impone, por consiguiente, la necesidad de buscar auxiliares; para esa misión tan importante y tan delicada.

Auxiliares vuestros: no otra cosa son los maestros en la escuela primaria, los profesores de los colegios de Enseñanza Media y los catedráticos de la Universidad. Auxiliares vuestros y continuadores de vuestros esfuerzos por formar la inteligencia de los hijos.

Los preceptores, que podemos llamar secundarios, los preceptores delegados de la juventud, aun aquellos que, en virtud de la más generosa vocación y de la elección más honrosa, se hallan destinados a ejercer la grande obra de la educación, no tienen para ello derecho natural ninguno: sólo por voluntad del padre y de la madre pueden asociarse a la autoridad, a la solicitud paterna y materna.

Ningún poder humano puede imponer un preceptor a un niño contra la voluntad de su padre y de su madre. Habría, en semejante violencia, algo que ofendería a la naturaleza misma.

Es de los padres y de Dios que reciben el derecho de educar la infancia; pero ese derecho lo han recibido los padres directamente de Dios.

El uso de ese derecho es un deber y constituye la fuente de una gran responsabilidad.

Los estudios primarios dejan una huella profunda en los niños. Muchachos de magníficas dotes intelectuales se resienten largos años —a veces en toda su carrera— de los defectos de su instrucción primaria. Esta constituye como el estrato sobre el que descansan la enseñanza media y superior, y ya sabemos que mal anda el edificio cuando flaquean los cimientos.

Los padres deben procurar para sus hijos una instrucción primaria lo más esmerada y completa posible.

La enseñanza media, tanto como preparación para los estudios universitarios como bajo el aspecto de ampliación de la cultura primaria, tiene una innegable importancia.

A ella se refería Balmes cuando en el Criterio decía que en manera alguna juzgaba conveniente emancipar a la juventud de la enseñanza de los elementos; muy al contrario, opino que quien ha de aprender una ciencia, por grandes que sean, las fuerzas de que se sienta dotado, es preciso se sujete a esta mortificación, que es como el noviciado de las letras. De esto procuran muchos eximirse apelando a artículos de diccionario que contienen lo bastante para hablar de todo sin entender de nada; pero la razón y la experiencia manifiestan que semejante método no puede servir sino a formar lo que llamamos eruditos a la violeta.

Muy cuerdamente obrarán, también los padres procurando a sus hijos en esta materia los profesores más excelentes que estén a su alcance. Pero, ténganlo presente, no más excelentes por su saber, sino por sus cualidades como pedagogos.

Hecha por los padres la elección de los profesores de su hijo, o, lo que en la mayor parte de las ocasiones es igual, la elección del colegio, no pueden desentenderse en absoluto de la formación intelectual do su hijo.

Este estímulo de los padres es un acicate extraordinario para los hijos y una espuela que les anima para no ceder al cansancio o a la pereza.

Este contacto directo de los padres con los profesores evitará sorpresas desagradables de fin de curso, cuando ya no tienen remedio, y desenmascarará las vanas excusas de los hijos para justificar sus malas notas.

Dios reparte sus dones con mucha variedad. Las necesidades de la sociedad son muy diversas, y muy diversos suelen ser también los dones de talento que Dios da para hacer frente a esas necesidades. Por eso, de ordinario, los niños normales suelen tener una aptitud, más que suficiente, especial para algo. El problema es averiguar cuál es ese algo.

Incluso entre los que tienen capacidad para los estudios en general, se da con frecuencia el caso de que tengan mucha mayor aptitud para unas ciencias que para otras.

Ya en el mismo Bachillerato antes de terminar hay que optar por Ciencias o por Letras.

De ahí la importancia de la elección de carrera y de la orientación profesional.

Respecto de la elección de carrera, Balmes tiene observaciones muy atinadas.

Empieza afirmando la existencia de talentos específicos: Un hombre puede ser sobresaliente, extraordinario, de una capacidad monstruosa para un ramo, y ser muy mediano y hasta negado con respecto a otros. Los padres, los maestros… deben fijar mucho la atención en este punto para precaver la pérdida de un talento que, bien empleado, podría dar los más preciosos frutos, y evitar que no se le haga consumir en una tarea para la cual no ha nacido.

Como medio para orientar a los padres acerca de la carrera de los hijos, propone el siguiente experimento: Sería muy conveniente que a la vista de los niños se ofreciesen objetos muy variados, conduciéndolos a visitar establecimientos en donde la disposición particular de cada uno pudiese ser excitada con la presencia de lo que mejor se le adapta. Entonces, dejándolos abandonados a sus instintos, un observador inteligente formaría desde luego diferentes clasificaciones. Exponed la máquina de un reloj a la vista de una reunión de niños de diez a doce años, y es bien seguro que, si entre ellos hay alguno de genio mecánico muy aventajado, se dará a conocer desde luego por la curiosidad de examinar, por la discreción de las preguntas y la facilidad en comprender la construcción que está contemplando. Leedles un trozo poético, y si hay entre ellos algún Garcilaso, Lope de Vega, Ercilla, Calderón o Meléndez, veréis chispear sus ojos, conoceréis que su corazón late, que su mente se agita, que su fantasía se inflama bajo una impresión que él mismo no comprende.

Para concluir acerca de esta materia de la elección de carrera, bien estarán estas tres reflexiones:

1ª) La garantía de acierto en el consejo que deis al hijo en la elección de carrera, será siempre proporcional al interés con que hayáis seguido su desarrollo intelectual y moral, en unión con los que hayáis escogido para educadores suyos.

2ª) La carrera elegida, de ley ordinaria, estará en razón directa de las aptitudes y aficiones del pretendiente, manifestadas en concreto por sus triunfos en las lides escolares.

3ª) Al dar vuestro consentimiento al hijo en la elección, no os guíe mira alguna egoísta, sino el deseo inspirado en vuestro amor de padres, de que vuestro hijo eche los cimientos de su futura felicidad y salvación de su alma.

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Cuando se trate de niños que por razones intelectuales o económicas no pueden cursar estudios superiores, o no tienen afición para ellos, hay que tomar también en serio su orientación profesional.

El éxito futuro en la vida dependerá, de ordinario, del acierto en esta orientación.

Acaso el estudiante que ha fracasado en su intento de abrirse paso hacia la Escuela de Arquitectura pueda prestar grandes servicios a la sociedad como empresario constructor. Por ventura, el que no da la talla mental suficiente para ingeniero se distinga, como un mecánico excelente.

No todo depende de la existencia de ingenieros, arquitectos, etc., sino también, y en grado muy elevado, de la existencia de número suficiente de obreros especializados y de técnicos de segunda categoría.

La orientación profesional no sólo favorecerá los intereses particulares de los adolescentes, al indicarles un camino conforme a sus aptitudes, sino también el bien común de la nación, al hacer fácil la formación de los mismos.

Los padres de posición acomodada cuyos hijos no tienen dotes brillantes para los altos estudios, más que empeñarse contra viento y marea en gastar dineros, energías… e influencias en hacer de sus hijos unos malos o menos que mediocres hombres de carrera, harán muy bien en orientarlos por otro camino para que lleguen a ser unos excelentes jefes administrativos, unos diligentes empleados, e incluso unos destacados obreros técnicos especializados.

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Aunque más adelante se hablará por extenso de la formación religiosa o sobrenatural, creemos que no debe terminar este capítulo sin adelantar que parte importantísima de esta formación intelectual de los hijos es su cultura religiosa.

Para orientar una vida se necesita una u otra Filosofía. Y no hay Filosofía más alta en sus verdades, y más profunda en sus aplicaciones prácticas que la Religión.

Cultura y criterios, hemos dicho que los padres han de dar a los hijos. Y no hay criterios más elevados y seguros, para enfocar y resolver los arduos problemas de la vida, que los grandes principios religiosos, acerca del origen y destino del hombre y de las normas supremas de moralidad.

Pero esta cultura religiosa no ha de ser meramente teórica o especulativa, sino orientada a que el niño la traduzca en actos, mediante una vida cristiana coronada por una muerte santa.

Esta es la ciencia más alabada de que nos hablan unos versos famosos, atribuidos a la gran Santa Teresa de Jesús que citaremos para terminar este capítulo dedicado a la formación intelectual:

La ciencia más alabada

Es que el hombre bien acabe;

Que al final de la jornada

Aquel que se salva sabe

Y el que no, no sabe nada.