
LA TAREA PATERNAL DE SAN JOSÉ
San Lucas parece complacerse en dar a San José el nombre de Padre de Jesús y unirle al de María Santísima bajo la apelación común de «sus padres»... Sin embargo, este Evangelista, que había sido confidente de María Virgen, conocía más que ningún otro todo lo concerniente al nacimiento del Mesías y sabía perfectamente que San José no era padre por generación carnal.
Así pues, sólo por inspiración especial de Dios usó esos términos. Por otra parte, la expresión de que se sirve San Lucas la encontramos también en labios de María.
Cuando encuentra a Jesús en el Templo, la oímos pronunciar estas palabras: ¿Por qué nos has hecho eso? Tu padre y yo, llenos de angustia, te andábamos buscando. Al hablar de su castísimo Esposo, no vacila en darle el título de «padre». Era, sin duda, el nombre que utilizaba habitualmente en la intimidad de su hogar de Nazaret, y que no teme —ella, Virgen Prudentísima— pronunciarla públicamente ante los doctores de la Ley.
Y es que, profundamente iluminada sobre el misterio de la Encarnación, no se cree con derecho a ocultar, en ocasión tan solemne, esta verdad: que San José debe ser llamado, con toda sinceridad, Padre de Jesús.
Conviene que sepamos de qué manera le corresponde este título y tratemos de descubrir la realidad oculta bajo esa palabra.
Se distinguen habitualmente dos clases de paternidad: la natural, que lleva consigo la transmisión de la vida, de la que resulta la venida al mundo de un nuevo ser, y la adoptiva, que es una simple atribución por la cual un hombre se compromete a reconocer y aceptar legalmente como suyo un niño engendrado por otro.
Sin embargo, ninguna de estas dos paternidades convienen en absoluto a San José. La primera dice demasiado y la segunda poco.
Es histórica y teológicamente cierto que San José, según el modo ordinario y natural, no fue padre de Jesús, el cual no tuvo padre humano.
¿Quiere decir esto que fue solamente su padre adoptivo o putativo, según la expresión consagrada por el uso y sancionada por la liturgia de la fiesta del 19 de marzo?… Es el mismo término que utilizan los soberanos Pontífices en numerosos documentos oficiales.
Sin embargo, los teólogos se inclinan cada vez más unánimemente a declarar que las expresiones corrientes —-padre adoptivo, padre putativo, padre nutricio— no dicen más que una verdad incompleta. Esos títulos, por honorables que sean, sólo expresan una paternidad ficticia, prestada; una especie de simple protección.
Ahora bien, la realidad sobrepasa esos calificativos. La adopción, por ejemplo, supone esencialmente que un extraño, por afecto, escoge al que trata como un hijo.
Pero en ningún momento San José fue un extraño para Jesús, ni Jesús para José: desde que se encarnó en María, al hacerse divinamente fecunda, Jesús perteneció legítimamente a José, ya que el esposo y la esposa, según el orden querido y establecido por Dios, son una sola cosa y sus bienes comunes.
No es fácil desde luego, calificar la paternidad de José de una manera precisa; representa, si se puede decir así, un caso único en la historia de la paternidad, que requiere, si el vocabulario ofrece la posibilidad, un título nuevo, adaptado a la función ejercida.
Recordemos que la generación humana de Jesús, en la genealogía que nos dan los Evangelios, es la de San José. El hecho merece ser subrayado.
No dudemos en repetir la expresión de Bossuet, tomada por él mismo de San Juan Crisóstomo: Dios ha dado a José todo lo que pertenece a un padre, sin detrimento de la virginidad.
Dicho de otra manera: San José no tuvo ninguna participación en la concepción natural de Jesús, pero exceptuando eso, su paternidad implica todos los privilegios, todos los deberes, todos los derechos que normalmente tiene en el hogar un padre de familia, de tal forma que el título que le conviene mejor es el de padre virginal.
El Congreso nacional celebrado del 1º al 9 de agosto de 1955 en el Oratorio de San José de Mont-Royal, en Canadá, formuló el siguiente voto: «que además de las fórmulas tradicionales de «padre putativo» y de «padre nutricio», no se tema utilizar la expresión «padre virginal», empleada en la oración aprobada por San Pío X».
San José es Padre de Jesús por derecho de matrimonio. María, a consecuencia del contrato matrimonial, reconocido por la ley y sancionado por Dios, era de José y, por lo tanto, todo lo que le podía suceder eventualmente a María, incluso milagrosamente, se convertía inmediatamente en propiedad de José, su esposo.
En consecuencia, Jesús, nacido de la carne de su Esposa, la cual le pertenecía en razón del sagrado lazo y de la donación propia del matrimonio, tenía un necesario parentesco con José, y al revés.
Además, al ocupar José un lugar insustituible al lado de María, había sido ese instrumento considerado indispensable por Dios para que el misterio de la Encarnación pudiese insertarse en el seno de una familia compuesta por las tres unidades habituales.
No convenía que el hogar donde había de nacer el Niño se viese desprovisto de su cabeza.
Junto a ese papel que se puede considerar negativo, José tuvo también otro activo en el nacimiento de Jesús. ¿No fue acaso el Hombre-Dios fruto de la virginidad de María? ¿No fue grata al Señor a causa de su pureza, por la que el Espíritu Santo pudo realizar en Ella su divino designio? En cierto sentido, fue su virginidad lo que la hizo fecunda.
Ahora bien, ¿no fue San José el que, al respetar la virginidad de María Purísima, había como preparado las vías al Espíritu Santo y hecho posible esa fecundidad milagrosa?… Fue Él, en efecto, quien conservó la virginidad de su Esposa, estimada por Dios indispensable; y los dos, de común acuerdo, la habían ofrecido al cielo como un bien que fue aceptado, a cambio del cual recibieron ambos un hijo que les pertenecía por igual, ya que era como el fruto de su alianza virginal.
José, indudablemente, no dio a ese Hijo su sangre, pero esa sangre tenía que ser alimentada, mantenida, enriquecida. Y fue el humilde carpintero quien, con el sudor de su frente, se encargó de hacerlo. Jesús comerá el pan que José ganará con su trabajo y gracias a él alcanzará la talla humana que necesitaba para salvar al mundo al ser clavado en la Cruz.
Con ese alimento, adquirido gracias al duro trabajo de José, Jesús llenará sus venas con la Sangre generosa que derramará hasta la última gota y correrá hasta la consumación de los siglos en nuestros altares durante el Santo Sacrificio de la Misa. Así, José tuvo su parte activa en la Sangre de la Redención.
Tenía, pues, derecho a llamar a Jesús hijo suyo y a considerarle como tal. Por eso los Padres de la Iglesia no dudan en verle junto a Jesús, como «la sombra de Dios Padre», según una expresión consagrada.
Y porque el verdadero Padre de Jesús, que lo engendra desde la eternidad según su naturaleza divina, confió a José la misión de ser en la tierra su vicario, tuvo, al mismo tiempo, que poner en él algo del amor infinito que tiene al Verbo.
El Ángel había precisado: Le pondrás por nombre Jesús. Dicho de otra manera: «El padre de este Niño es Dios, pero Él te transmite sus derechos. Eres tú el designado para hacer de Padre. Tendrás con Él un verdadero corazón paternal y ejercerás sobre Él tus derechos de padre».
José pues, cuidó de Jesús, amándole a la vez como su hijo y adorándole como su Dios. Y el espectáculo —que tenía constantemente ante los ojos— de un Dios que daba al mundo su amor infinito era un estímulo para amarle más y más y entregarse cada vez con más generosidad.
Amaba a Jesús como si realmente le hubiera engendrado, como un don misterioso de Dios otorgado a su pobre vida humana. Le consagró sin reservas, de forma total, sus fuerzas, su tiempo, sus inquietudes, sus cuidados. No esperaba otra recompensa que poder vivir su consagración cada vez mejor.
Y José, al cubrirle de tiernas caricias, se maravillaría precisamente de ver dormir al custodio de Israel, siempre vigilante, de ver llorar al que es la alegría de los elegidos, de ver jugar como un niño al Creador del Universo.
En la casa de Dios hay oficios tan sublimes, empleos tan importantes, que no pueden ser ocupados más que por santos, superiores en méritos y en gracia a todos los demás hombres. Tal es la dignidad de María y de José. Ser la Madre de Dios es la primera de las dignidades; ser el Padre virginal de Dios es la segunda.
Para ser la Madre del Hijo de Dios, es menester acercarse a la grandeza de Dios en cuanto le es posible a una criatura. Para ser el tutor, el jefe; en una palabra, para tener autoridad sobre el Rey del cielo y de la tierra, precisa tener una dignidad superior a la de los Ángeles cuanto el Señor es superior a sus siervos.
Que los hombres ocupen el lugar de Dios al gobernar a los súbditos, es una gran cosa; pero que un hombre ocupe el lugar de Dios para gobernar a un Dios, es algo que sobrepasa a todas las grandezas. Que los Sumos Pontífices sean los Vicarios de Jesucristo, los depositarios, los dispensadores de sus tesoros, es cosa muy grande; pero que José sea el gobernador, el Custodio de Jesucristo, es maravilla incomparable.
San José tiene el lugar de Dios, y está revestido de su autoridad para gobernar a su propio Hijo, de manera que el Eterno Padre lo hace partícipe de su propia voluntad.
El poder soberano del Padre no comenzó sino con la Encarnación, antes de la cual el Verbo era igual al Padre. Es cierto que desde toda la eternidad le ha engendrado y le es en todo igual; le reconoce como a su Padre, pero no por su Soberano. Este origen divino no indica el carácter de imperio por parte del Padre, ni dependencia por parte del Hijo.
Pero cuando el Verbo se unió a nuestra naturaleza, entonces se hizo súbdito del Padre y le reconoció como a su Soberano y a su Dios, y se convirtió, por así decirlo, en súbdito y siervo de José, a quien el Padre Eterno hizo partícipe de la nueva autoridad que adquiría sobre su Hijo por el misterio de la Encarnación.
Después de esto, ¿podremos creer que San José no fuera, después de María, el más grande en dignidad entre todos los santos, cuando vemos a Dios confiarle el más divino de todos los oficios?
¡Qué gloria, por lo tanto, significa para José el haber sido elegido para Padre del Hijo único de Dios!…
Se confunde nuestro pensamiento al considerar que la Sabiduría infinita está sometida a una débil criatura, que el Hijo del Padre Eterno se pone bajo la dependencia de un pobre obrero.
Toda la grandeza de los demás santos, durante su vida en este mundo, consistió en no tener más voluntad que la de Dios, y en haber hallado el secreto de reinar sirviendo a Dios; pero la de San José es más admirable aún, pues se diría que Dios no tiene con Él sino una misma voluntad.
Toda la grandeza de los demás santos —dice San Agustín— consiste en haber vivido bajo Jesucristo; mas la de José, en haber vivido por Jesucristo y sobre Jesucristo; de haber sido destinado a asistir en esta tierra a la Persona del Hijo de Dios y mandarle como señor.
Ventura inefable fue para vosotros, oh Apóstoles de Jesucristo, el haber sido elegidos para gobernar y dirigir la Iglesia, que es su Cuerpo Místico; pero ¿no es acaso gloria mayor la de San José, a quien se encargó de tomar bajo su cuidado su Cuerpo Natural y su Santa Humanidad?
Y para vosotros, Ángeles del cielo, es una grande recompensa la de poder seguir al Cordero doquiera vaya; pero ¿puede compararse vuestro privilegio al de San José, el cual no sigue al Cordero de Dios, sino que le guía y le lleva adonde a Él le place; conduce en sus brazos al que sostiene el universo, y da órdenes a Jesús, a cuyo solo Nombre se arrodillan el cielo, la tierra y los abismos?
***
Según las costumbres judías, el niño, en el hogar, estaba al cuidado de su madre hasta la edad de cinco años. Luego, el padre empezaba a ocuparse de él más activamente, enseñándole la Ley de Dios y los preceptos mosaicos. Grande seria la alegría de San José cuando llegara el momento de realizar esa función paternal, constatando que su hijo crecía en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres.
Una vez crecido el Niño Jesús, después de ayudar a su Madre en las pequeñas tareas del hogar, fue pasando insensiblemente a depender de San José, con quien sus relaciones fueron cada vez más directas y frecuentes.
Ahora pasa el día en el taller de José. Ha empezado por ver cómo trabaja su Padre y ayudarle en pequeñas tareas. Por fin llega el día en que José le permite utilizar sus herramientas. Su ancha mano cubre la del joven aprendiz para guiarlo con habilidad y precaución. Y bajo su dirección, el que había creado el Universo esplendoroso, aprende a cortar planchas de madera, a ensamblar las piezas, a pulir los objetos.
En adelante trabajarán desde el alba al ocaso codo a codo, haciendo los mismos trabajos. Al despuntar el día, ya están en el taller. Abren de par en par la puerta para que entre la luz del sol; reina allí un penetrante y saludable olor a madera y a resina. El banquillo ocupa el centro, las herramientas están colgadas de las paredes.
Casi siempre trabajan en silencio. De vez en cuando, entonan un salmo cuyos versículos alternan, como un oficio recitado a coro. Pero no hay que pensar que su taller fuera de una especie de celda monástica. Está abierto a todo el mundo.
Los viandantes y los vecinos entran con frecuencia. Sus lenguas volubles se entregan a interminables lamentaciones sobre los tiempos que corren, e informan a los dos artesanos —ajenos a esos comentarios— de lo que se dice en el pueblo o en los pueblos vecinos, así como de los rumores políticos.
Jesús y José escucharían todo sin interrumpir su tarea y sin perder la serenidad. El Padre dejaría hablar al Hijo, ya que había en sus palabras una profundidad inaudita que asombraba a los visitantes y les dejaba desconcertados.
Cuando los clientes se llevaban los yugos, los arados o los toneles, ni siquiera sospechaban que habían sido hechos por las mismas manos que forjaron la bóveda de los cielos.
Debemos representarnos el taller de Nazaret como prolongación de Belén y preparación del Calvario. Se trata del mismo misterio y de enseñanzas que se complementan. En Belén aprendemos la necesidad del desprendimiento y la renuncia, en Nazaret la dignidad del trabajo, su valor santificador y redentor.
Y los dos artesanos se afanan serenamente en su taller. Suelen permanecer en silencio, porque no tienen necesidad de palabras para hacerse comprender y sentir su corazón y su alma en armonía. Jesús admira a quien honra como Padre; detiene su mirada complacido sobre este hombre justo que trabaja junto a Él y que es la más hermosa expresión de esa santidad que viene a traer al mundo.
Le ve prudente, paciente, buen consejero, previsor, entregado; su alma es impermeable al orgullo y su corazón caritativo le empuja a darse constantemente a los demás. Interiormente repite lo que se dijo en los días de la Creación: Y vio Dios que era bueno…
Jesús ve que José es una obra maestra, y da gracias a su Padre celestial por la grandeza moral y religiosa que se esconde en este justo, totalmente adaptado a la función que le ha sido encomendada y cuya alma es tan dócil y abierta a la gracia.
En el taller, Jesús es el aprendiz y José es el patrón, pero, a menudo el patrón contempla a su aprendiz para aprender. Viéndole inclinado sobre el banquillo evoca las palabras del Ángel en la Anunciación, que María le ha repetido tantas veces: Será grande y se llamará Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos de, los siglos. Y su reino no tendrá fin…
Quizá le desconcierta que el Hijo del Altísimo se conforme con la oscura tarea de un artesano pueblerino. Sin darse cuenta claramente de su misión entre los hombres, adivina que lo que hace Jesús está relacionado con el nombre que él mismo, por mandato de Dios, le ha puesto: Jesús, es decir, Salvador, que coincide con lo que los Profetas, especialmente Isaías y Zacarías, anunciaron del Mesías: la dulzura, la humildad, la mansedumbre de este elegido de Yahvé que no gritará, no alzará la voz en las calles, no romperá la caña cascada ni apagará la mecha que todavía humea.
José no le comunica su asombro ante su tardanza en darse a conocer al mundo, ante el paso del tiempo sin que en apariencia aporte nada a la salvación anunciada. Sabe que todo lo que ve debe tener un sentido, y se entrega a la voluntad de Dios. No vive más que para Jesús. El es el objeto de sus aspiraciones y de sus deseos.
Y en la medida en que Jesús se le manifiesta, su obediencia a Dios se hace más sólida; su alimento, como el de Jesús, es hacer la voluntad del Padre.
Oh, decidnos, bienaventurado José, ¿cuántas veces, penetrado por los más vivos sentimientos de respeto y humildad, dijisteis a aquel amable Niño rendido por la fatiga: Oh, Jesús, Vos lo sabéis que más bien que mandaros querría obedeceros; pero debo necesariamente mandaros, para obedecer a vuestro Padre celestial. Adoro vuestra obediencia, y no me place mi superioridad, sino en cuanto os place dar al mundo el ejemplo sublime del Creador sometido a una pobre criatura?
Y Jesús, para consolar a José, le habrá dicho como a San Juan Bautista: Resignaos, querido Custodio de mi infancia; resignaos a los honores que os tributo, porque es necesario que ejerzáis a mi respecto el título de Padre, y yo debo estar sometido como un hijo respetuoso, y así daremos al mundo un ejemplo de toda justicia.
***
José mandaba a Jesús, porque ocupaba sobre la tierra el lugar de Dios, cuyos derechos ejercía sobre un Dios anonadado por su amor. ¡Qué virtud, qué muerte a sí mismo, qué sublimidad de gracia le eran necesarias para dar órdenes a Jesús en una forma digna de Él, y que mereciera la aprobación divina! ¡Qué admirable espectáculo a los ojos del Eterno Padre y de los espíritus celestiales!… La inteligencia humana se confunde, y no sabe qué pensar de tales cosas.
¡Qué grande es San José cuando manda a Jesús como a Hijo!… No precisamente porque ese Hijo es Dios, sino porque dándole órdenes practica las virtudes más admirables; porque no le manda sino para obedecer Él mismo con eso a la voluntad de Dios, pues nunca fue más humilde, ni más anonadado a sus propios ojos, que ejercitando semejante autoridad; porque seguía los movimientos de la gracia, y moría cada vez más a sí mismo ejerciendo esta autoridad que jamás consideró como propia, sino que siempre refería a Dios.
Admiremos e imitemos todo lo que nos sea posible este misterio. Dios merece que un Dios, para honrarle, se anonade hasta hacerse obediente a una criatura, que es nada delante de Él.
Si Jesús nos enseña a obedecer, San José nos enseña a mandar; lección tal vez más difícil que la de la obediencia.
Mandando, siempre que estemos obligados a hacerlo, debemos pensar que no tenemos para ello más títulos que los que Dios nos confiere; que el derecho que ejercemos es de Dios y no nuestro, y en consecuencia, es menester que lo ejerzamos con entera dependencia de la gracia, no dando oído a nuestro amor propio ni a nuestros caprichos. Es necesario que lo ejercitemos con dulzura, con caridad, con las mayores atenciones y respeto a la delicadeza de nuestros inferiores; que lo hagamos, en fin, sin perjuicio de la humildad, que no debe perderse jamás de vista, y menos cuando se ejerce la autoridad.
Es mil veces más ventajoso obedecer que mandar, y no sabremos mandar nunca, si antes no hemos aprendido a obedecer: tanto para mandar como para obedecer, todas las virtudes nos son necesarias, pero particularmente lo son la dulzura y la humildad.
