ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: LA EDUCACIÓN INTELECTUAL

LA EDUCACIÓN INTELECTUAL DE LOS HIJOS

Después de la educación de los sentidos y de la voluntad, finalmente viene la etapa en que debe formarse la inteligencia.

Su educación tiene, a su vez, sus etapas.

En primer lugar, y desde pequeño, sin esperar llegar a los catorce años de los que habla Santo Tomás, es necesario que el niño fije su atención en la realidad, en los objetos que tiene ante sí; de otro modo será superficial y pasará frente a la realidad sin apreciarla, con tendencia a la fantasía y al idealismo.

Hay que ayudarle a concentrar su esfuerzo sobre un objeto, a conocerlo y a descubrir el uso del mismo.

Llega luego el momento no sólo de aprender a hablar, sino también, y fundamentalmente, de adquirir un amplio vocabulario, rico en sinónimos y matices.

Etapa previa ciertamente a la formación y educación propiamente dicha de la inteligencia; pero los padres deben ser conscientes de que las palabras son expresión de los conceptos, de las ideas; las cuales, a su vez, expresan la realidad.

Cabe destacar aquí, que la televisión es una gran deformadora del vocabulario y, por lo mismo, de la realidad.

Para conocer la realidad de las cosas es preciso el conocimiento sensible. Por lo tanto, resulta lo más normal que el niño quiera tocar, mirar, oír. Como hemos visto, es importante que adquiera las sensaciones básicas: frío, calor, humedad, sólido, blando, etc.

Una vez más, insistimos sobre la necesidad del juego y del contacto con la naturaleza.

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Llega la edad de los por qué y de los cómo de las cosas. Etapa de capital importancia para la formación posterior profunda del juicio.

Hay que evitar dos errores: por un lado, el de tomar a la ligera o en broma sus preguntas; por otro, no tomarse el tiempo para escucharlo y responderle.

Si no se responde a sus problemas, el niño quedará librado a sí mismo y, sin experiencia ni conocimientos, tenderá a exacerbar su imaginación, su fantasía, su ensoñación.

En las respuestas, el educador debe decir siempre la verdad, aunque adaptada al alcance y a la conveniencia del niño. No decir toda la verdad no es mentir; y a veces se hace mucho daño adelantando una información o un conocimiento.

Cuando el niño pronuncia por vez primera una palabra, refiriéndola con constancia a un objeto determinado, en su alma ha sucedido un gran acontecimiento: ha brillado por primera vez la luz de una idea.

La palabra no es sino la expresión de una idea. La palabra sale al exterior por la boca; la idea queda dentro iluminando el entendimiento.

Poco a poco el niño va aprendiendo nuevas palabras refiriéndolas siempre a objetos constantes. Su inteligencia se va enriqueciendo; prueba de ello es que se enriquece su lenguaje.

Pronto, hacia los cinco o seis años, el niño se preocupará no sólo de aprender más nombres, sino de saber el por qué, las razones de las cosas.

A veces esas preguntas son ingenuas, incoherentes; otras veces esas preguntas tienen su pequeña filosofía y desconciertan a las personas mayores.

Cuando vuestros pequeños os empiecen a acosar con sus preguntas, ¡alegraos! Dios en aquel mismo momento extiende a vuestro favor el título de Maestro o Profesor… de vuestros hijos.

Contestando a esas interrogaciones contribuiréis eficazmente a la educación de la inteligencia de vuestros hijos, tanto o más que los demás profesores y catedráticos que acaso tengan más adelante. Vosotros sois los profesores natos de vuestros hijos, asignados a ellos por el mismo Dios.

Vuestro hijo tiene una vaga intuición de la obligación que tenéis de enseñarle y de la ciencia que hay en vosotros. Es en el niño un instinto providencial el solicitar por sí mismo la educación que Dios quiere que se le dé.

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Son todo un programa de educación intelectual para los padres estas palabras que les dirige Pío XII: «Educad la inteligencia de vuestros niños. No les deis falsas ideas o explicaciones de las cosas; no respondáis a sus preguntas, cualesquiera que sean, con bromas o con afirmaciones no verdaderas, ante las cuales rara vez se rinde su mente; aprovechadlas para dirigir y encauzar, con paciencia y amor, su entendimiento, ‘que no desea sino abrirse a la posesión de la verdad y aprender a conquistarla con los pasos ingenuos de la primera razón y reflexión. ¿Quién sabrá decir lo que tantas magníficas inteligencias humanas deben a las largas e ingenuas preguntas y respuestas, propias de la niñez, que se suceden en el hogar doméstico?». (Discurso a las mujeres de Acción Católica de Roma, 26-10-1941)

Por eso los padres deben armarse de paciencia y contestar las preguntas de sus hijos lo mejor que puedan, seguros de que así cumplen la gran misión de llenar de sabiduría la inteligencia de su hijo.

Aunque las respuestas paternas carezcan a veces de rigor científico, suministran al niño la única definición que por entonces puede comprender y con unos términos que le son asimilables.

Los padres no sólo no deben reprender a su hijo por estas preguntas, sino que deben exhortarle y animarle a que las haga: No te dé vergüenza preguntar lo que no sabes; el preguntar no es feo; lo feo es ignorar; ni quieras persuadir a otros que sabes lo que no sabes; te engañarías a ti mismo, no a los otros.

Esta libertad del niño de preguntar todo lo que quiere en su casa, que acaso no sentirá luego en la escuela, es la que hace que proporcional y relativamente aprenda mucho más en aquélla que en ésta.

Los padres, para contestar a sus hijos, además de paciencia han de tener veracidad. Si en alguna ocasión hace el hijo alguna pregunta que de momento no pueden contestar, que con cualquier pretexto aplacen la respuesta para otro rato, y que, mientras tanto, procuren la información necesaria para dar al hijo la contestación adecuada. Todo menos contestar con una información falsa que a la corta o a la larga se descubrirá y quitará a los padres toda autoridad moral.

La dignidad de los padres, el respeto debido al niño, lo mismo que los inconvenientes que a menudo se siguen de esa falta de franqueza, obligan a los padres a ser veraces.

La verdad, que es el pan del espíritu. Verdad que prevenga los posibles ataques del error, pues, como dice el refrán, «quien da primero, da dos veces».

Verdad sobre la religión y sus misterios, sobre la ley cristiana y los deberes que impone. Verdad sobre los hechos complejos de la vida, en lo que deban saberlos. Verdad en todo género de verdad. Verdad clara, verdad recta, capaz de formar en vuestros hijos una conciencia inviolable, cuando no una conciencia cuya voz clame a perpetuidad, durante toda la vida de vuestro hijo, contra las violencias que haya inferido a la ley moral.

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No basta con enriquecer su espíritu con conocimientos; hay que hacerle adquirir un juicio prudente, sereno, equilibrado; capaz de discernir entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia.

La inteligencia debe estar conformada a la verdad, y la verdad pasa por la realidad de las cosas. El arte del educador es inducir al niño a buscar la explicación de las cosas y a comprobar si sus explicaciones con verdaderas.

La educación del juicio se realiza enseñando al adolescente a no ceder a sus primeras impresiones o a sus pasiones; ayudándolo a pensar en las consecuencias; dándole el gusto y el respeto por la verdad y la belleza; combatiendo la mentira y la hipocresía. Hay que vigilar para que este juicio sea objetivo, es decir, que las pasiones o el interés no se infiltren en la apreciación de las cosas.

Las conversaciones de los padres con sus hijos tienen una importancia incalculable. ¡Cuántos padres se quejan de que tienen problemas de relación y de trato con sus hijos! ¡Cuántos adolescentes sufren la ausencia, si bien no física, al menos espiritual de sus padres!

«¡Es que no tengo tiempo!»… Maldito tiempo desperdiciado en tantas cosas sin importancias, cuando no en pecados…, en lugar de dedicarlo a los hijos. Maldita televisión, que ocupa el primer lugar durante las comidas, en lugar de aprovechar las mismas para sanas y constructivas conversaciones con los adolescentes.

A medida que va creciendo y a fuerza de observaciones, el joven podrá hacer reflexiones, inducciones, deducciones. Hay que ayudarlo a reflexionar, a buscar las causas, las relaciones, la explicación de las cosas.

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La facultad intelectiva del hombre tiene dos potencias: la memoria y el entendimiento.

El entendimiento elabora las ideas; la memoria, las almacena.

El entendimiento no puede trabajar para lograr una producción intelectual adecuada si no cuenta previamente con muchas ideas adquiridas por magisterio o enseñanza.

Formar el entendimiento es acostumbrarle a trabajar intelectualmente para producir nuevas ideas; informar al entendimiento es almacenar previamente en la memoria unas cuantas ideas que le sirvan de base y materia prima para el trabajo intelectual.

Se ha dicho, y en parte con verdad, que la educación intelectual debe tener más de formación que de información. O lo que es igual, que, más que a almacenar ideas en la memoria del que estudia, hay que aspirar a transformar su entendimiento en fábrica de ideas.

Por eso, la educación intelectual ha de tener una buena parte de información —-mediante ella se conserva el tesoro cultural de los que nos precedieron— y otra parte de formación, para descubrir los talentos privilegiados y enseñar a trabajar un poco por su cuenta a los no tan privilegiados.

Cultura y criterios son dos palabras que indican bien las dos partes que debe tener la formación que, bajo el punto de vista intelectual, han de dar los padres a sus hijos.

Primero, cultura. Al niño hay que darle por medio de la enseñanza aquel conjunto de ideas, datos y pequeñas técnicas que son el patrimonio común de la Humanidad en cada época y que se necesitan para desenvolverse en la propia esfera.

Esto se consigue mediante la información o enseñanza y tiene como resultado enriquecer, con datos abundantes, la memoria.

Pero esto no basta. Todos en su vida se han de encontrar en muchos casos prácticos en los cuales no se puede resolver la situación yendo a buscar una fórmula ya estereotipada en el almacén de la memoria; en esas circunstancias, hay que inventar una solución nueva.

Y para hallar esas soluciones a medida, que se necesitan en muchas coyunturas de la vida, y en los múltiples aspectos de ella, hacen falta criterios, o sea, principios y normas generales y habilidad práctica para aplicarlos a cada caso concreto, teniendo presentes sus múltiples circunstancias.

Esta es la verdadera educación intelectual según la cual está formado el que ha cultivado sus disposiciones intelectuales con los medios, que pusieron a su disposición la educación y la vida, de suerte que, dentro de su esfera, pueda tomar actitud respecto de las cosas, con juicio propio y seguro, y sepa resolver convenientemente los problemas que le propone la vida.

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Al hablar de la memoria sensitiva, en una entrega anterior, hemos recomendado a las madres que la cultivaran enseñando a sus hijos en sus más tiernos años ciertas fórmulas (oraciones, versos, etcétera) aun antes de que las pudieran entender perfectamente.

Entonces enseñaron a sus hijos los sonidos de las palabras; ahora han de enseñarles las ideas que encierran las palabras. Con aquello primero cultivaron la memoria sensitiva del hijo; con esto segundo cultivarán su memoria intelectual.

A un niño pequeñito se le entregan a veces unas avellanas en cascara para que juegue; cuando es mayorcito se le enseña a partir esas avellanas en cascara para que saque el meollo y se lo coma.

Las palabras que aprendió de memoria el niño, sin entenderlas, son avellanas en cascara. La idea que las palabras significan, son el meollo. Enseñar a los niños el significado de la palabra es hacer que saquen de dentro de la cascara el meollo intelectual para que alimente su inteligencia.

Acaso la primera labor de la madre cuando su hijo llegue a esta edad ha de ser repasar con el niño aquellas fórmulas para ver si las ha viciado, como sucede frecuentemente, y a veces, cambiando de una manera inverosímil el sentido.

Muy bien harán los padres en ejercitar la memoria de los hijos. El libro de los Proverbios y el Eclesiástico, en la Biblia, contienen multitud de sentencias breves y al mismo tiempo de profunda orientación para la vida, que son materia muy indicada para este ejercicio de memoria. Una frase repetida cada día, al final de la semana quedará grabada para mucho tiempo.

Lo que se haga aprender a los niños en este ejercicio ha de ser breve; no se trata de sobrecargar la memoria, sino de ejercitarla.

Otro consejo acertado: enseñar a leer y escribir a los hijos, para que en su madre tengan, a la vez, madre, ama y maestra, y la amen más y aprendan más rápidamente ayudándoles el amor que profesan a la que les enseña.

En cuanto a las hijas, que les enseñen además las tareas propias de su sexo. No deja de tener su actualidad este consejo en nuestros tiempos; con tanta cultura, tanta ciencia y tanta erudición se forman a veces muchachas que sirven para todo menos, para amas de casa, esposas y madres de familia.

Continuará