EL ATELIER DE SAN JOSÉ: SAN JOSÉ SE GANA LA VIDA CON EL TRABAJO

SAN JOSÉ SE GANA LA VIDA CON EL TRABAJO

No hay precepto en torno del cual se forjen más ilusiones en una cierta clase de la sociedad, que el que nos obliga a todos al trabajo.

En él estamos incluidos todos, después del pecado de nuestro primer padre, condenado a comer el pan con el sudor de su frente.

Si la necesidad de vivir no obliga a todos los hombres, necesidades de orden superior imponen su obligatoriedad: la de someterse al castigo que nos fue impuesto; la de obedecer a la Ley de Dios, que no admite excepciones; en fin, la de asemejarse a Jesús, a María y a José, si queremos ser del número de los predestinados.

Representémonos el interior de Nazaret. Un pobre artesano, que trabaja desde la mañana hasta la noche, para proveer a las necesidades primordiales de su familia. Una Esposa, cuya perfección y méritos sólo Dios conoce, ocupada en cuanto hay de más ordinario en los trabajos domésticos. Un Niño en quien están encerrados todos los tesoros de la Ciencia y la Sabiduría del Padre celestial, que ayuda primero a su Madre, y a medida que crece en edad y fuerzas, ayuda a su padre en los trabajos de su oficio. ¡Qué espectáculo! ¡Qué tema para meditar!

Es un espectáculo digno de los Ángeles, y si no estamos realmente conmovidos, es que nos falta la fe y no sabemos ver las cosas como las ve Dios.

Meditemos atentamente la vida laboriosa de San José, muy a propósito para avergonzar nuestro orgullo y condenar nuestra delicadeza.

Ante todo, ¿quién es este que así trabaja?… El heredero de David, descendiente de reyes y de los más ilustres patriarcas, el Esposo de la Madre de Dios, de la Reina de los Ángeles, el Padre adoptivo del Verbo encarnado, el depositario de los secretos y los designios de la adorable Trinidad, en cuyas manos se hallan los destinos del mundo, los más preciosos tesoros del cielo y de la tierra…

¿Con qué ojos se mira en el mundo la suerte de un obrero? ¿Qué compasión no inspira un hombre a quien un revés de fortuna le obliga a descender a tan baja condición?

Trabajo de San José, trabajo asiduo, continuo, desde la juventud hasta la muerte, como los pobres que ganan cada día de su vida.

Trabajo penoso, oscuro, humillante; volver a comenzar cada día los trabajos apenas interrumpidos por un frugal almuerzo, hecho apresuradamente, y por un breve sueño.

Expuesto a todas las pobrezas de una condición despreciable a los ojos de los hombres, San José se consideraba feliz de encontrar a quien quisiera utilizar sus servicios. Nadie lo compadecía; era tratado, no hay duda, como a uno de esos pobres artesanos.

Tal es la condición de San José; en esta forma se cumple en su persona la palabra del real Profeta, uno de sus ilustres antepasados: «Yo soy pobre, y me dedico al trabajo desde mi juventud».

No dejemos pasar ejemplos tan saludables, sin sacar alguna práctica provechosa para nuestra conducta. Toda persona sólidamente piadosa, aprecia el trabajo, se lo impone como deber y aprovecha todos los momentos, huyendo con diligencia de la ociosidad.

El trabajo nos mantiene dentro de nosotros mismos; nos aleja de los raciocinios. En el tiempo de las consolaciones impide que nos abandonemos, y en el de la aridez es alimento del alma. En las tentaciones y en las pruebas, una persona piadosa no podría sostenerse si no tuviera trabajo.

Toda alma interior es activa por naturaleza, necesita siempre de alguna ocupación, ya material, ya espiritual; y si no tiene suficiente con los deberes de su estado, debe ingeniarse buscando las tareas que lo mantengan ocupado. Debe, empero, evitar con el mayor cuidado el abandonarse sin discreción a las buenas obras y darse por entero a una gran actividad natural: la multiplicidad de obras y la premura le harán perder la paz interior, que bien puede no hallarse en la agitación de un corazón ardoroso.

Aprendamos también de San José, que no hay ocupación honesta, por despreciable que sea a los ojos del mundo, de la cual un cristiano deba avergonzarse; antes bien, pensar que tiene sobrados motivos para estimarse honrado, siendo que su condición lo acerca más y más a Jesús, a María y a José; y para tener una conformidad más perfecta con ellos, debe aceptar, por amor al trabajo, el oficio a que su condición lo sujete.

Como San José, hagamos todos estos trabajos con Jesús, por Jesús y con el mismo espíritu que Jesús, y nunca nos acontecerá de realizarlos con negligencia o con precipitación, sino que siempre los haremos con alegría y consuelo, aunque sean largos y penosos.

Pero si queremos que nuestros trabajos sean realmente medios de santificación, no basta que sean honestos o convenientes, conformes con los designios de Dios y hechos con rectitud de intención, sino también que estén acompañados con el espíritu de oración.

Entremos en el Corazón de José; la oración está constantemente unida al trabajo de sus manos; en las fatigas bendice a Dios, que ha condenado al hombre a trabajar con el sudor de su frente la tierra que ha de proporcionarle el pan que come.

Cuando recibe órdenes, adora en las criaturas el dominio supremo de Dios; si recibe un salario módico en recompensa de sus trabajos, da gracias a la divina Providencia, que vela sobre las criaturas y da sustento a todos los hombres.

¿Recibe repulsas, desprecios, injusticias, observaciones inmerecidas? Acepta todo en silencio, para reparar la gloria de Dios ultrajada por el pecado.

¡Cuántas y qué admirables virtudes ofrece a nuestro ejemplo San José, en medio de sus ocupaciones de cada día!

Trabaja, sí, pero sin afán de lucro: bástale cubrir las necesidades de Jesús y de María. Es asiduo en el trabajo, pero sin perder de vista a su divino Hijo, como lo hacen los Ángeles, los cuales, aun cuando nos vigilan, no por eso dejan de contemplar a Dios y de gozarse en su eterna beatitud.

Así debemos atender a nuestras ocupaciones y a los deberes de nuestro estado; de otro modo, el trabajo alimenta la actividad del carácter, las solicitaciones del amor propio, el malhumor; disipa el espíritu, seca el corazón, lo aleja poco a poco de la oración y lo envuelve en dificultades y distracciones innumerables.

Basta para ello estar unidos a Dios con un cierto afecto del espíritu y del corazón, que es la oración recomendada por el Santo Evangelio.

Por lo tanto, el amor nos enseña a hacer esta especie de oración durante el trabajo, y a no interrumpirla aun cuando estemos dedicados a otras cosas: este es el medio más seguro para conservar el espíritu de oración, y de pasar del trabajo a la oración y de esta al trabajo; de hacer, como dice San Francisco de Sales, el oficio de Marta y de María.

En una palabra, San José trabajaba para Jesús y para María. ¿Quién podría creerlo? ¡Un hombre gana con el sudor de su frente todo cuanto necesita para vestirse y alimentarse su propio Dios!

Manos sagradas, destinadas a conservar la vida de Jesús, ¡qué glorioso es vuestro ministerio! ¡Vuestra suerte es digna de los Ángeles! ¡Sudores verdaderamente preciosos, cuyo galardón ha de ser la conservación de un Hombre-Dios!

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ORACIÓN DE SAN PÍO X A SAN JOSÉ,

MODELO DE OBREROS

GLORIOSO SAN JOSÉ, modelo de todos los que se consagran al trabajo, otorgadme la gracia de trabajar con espíritu de penitencia por la expiación de mis numerosos pecados; de trabajar en conciencia, anteponiendo el culto del deber a mis inclinaciones; de trabajar con reconocimiento y con alegría, considerando como un honor poder emplear y desarrollar mediante el trabajo los dones recibidos de Dios; de trabajar con orden, paz, moderación y paciencia, sin retroceder jamás ante el agotamiento y las dificultades; de trabajar sobre todo con pureza de intenciones y con desapego de mí mismo, teniendo siempre presente la muerte y que tendré que dar cuenta del tiempo perdido, de los talentos inutilizados, del bien omitido y de las vanas complacencias en el éxito, tan funestas para la obra de Dios. ¡Todo sea por Jesús, todo por María, todo por imitaros, patriarca José! Este será mi lema en la vida y en la muerte. Amén.

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Retirado en su taller, o en las casas de donde era llamado, San José se dedicaba al trabajo desde la mañana hasta la noche, y a su lado tenía a Jesús, que lo ayudaba y que recibía dócilmente las órdenes y las indicaciones para su trabajo.

¡Qué gran gloria para el santo varón, ver al Hijo de Dios acatando sus órdenes! ¡Qué envidiable suerte trabajar con Él, enseñarle el oficio, verlo manejar la sierra, el cepillo y otras herramientas! ¡Y todo esto, hasta su muerte!

Sin duda, los habitantes de Nazaret quedaban admirados de aquel artesano de porte tan modesto que trabajaba silencioso e incansable, y reflejaba una bondad y dulzura inigualables.

Pero su admiración subía de punto cuando contemplaban al Divino Adolescente, que ellos llamaban el hijo del carpintero, ocupado en la humilde labor con una gracia y sumisión hasta entonces desconocida.

Junto a San José trabajaba también María Santísima, la cual empleaba el tiempo que le sobraba de la oración, de la contemplación de los divinos misterios y de los quehaceres domésticos, en coser, hilar y tejer, para ayudar así con algunas ganancias a su amadísimo esposo.

Así unidos en la oración, el trabajo, la comida y santas conversaciones, Jesús, María y José, los tres dechados más perfectos que conoció la Tierra, atraían sobre sí mismos las divinas complacencias y el regocijo de los Ángeles.

Y en la tierra, entre los míseros hijos de Adán, no se vio nunca una casa tan dichosa y ordenada como la de la Sagrada Familia.

Allí todo era paz, todo concordia, todo caridad, todo orden perfecto.

Allí nunca se oía una queja, jamás se veía un semblante alterado, jamás había que lamentar una falta.

Las horas estaban bien distribuidas, y comunes eran las penas y los consuelos. Oración, trabajo, refrigerio, descanso, todo era armonía.

Aquella casa era la imagen del Paraíso en la Tierra.