LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD
Continuación…
La siguiente norma dada por el Cardenal Gomá es de una prudencia exquisita: Aquí está la sabiduría del educador: en dejar al educando la suficiente libertad para manifestarse, y en quedarse el educador con bastante autoridad para imponerse.
Tan antipedagógico es ahogar la libertad de los hijos con un excesivo rigor, como dan rienda suelta a sus instintos con una falta total de disciplina. Los padres procurarán encontrar ese difícil justo medio en el que, sin presionar violentamente la voluntad de los hijos, se consigue que éstos lleguen a querer libremente, pero de una manera eficaz, el cumplimiento de su obligación.
Para educar la libertad de la voluntad sin ahogarla, para inducir suave y eficazmente a los hijos a andar libremente por el camino del deber, pueden utilizar los padres los siguientes medios prácticos:
1º)
El ejemplo. Las palabras atraen, pero el ejemplo arrastra, dice un antiguo refrán. Y si esto es verdad siempre, lo es sobre todo cuando se trata de los padres con relación a sus hijos. Los padres son como el espejo dado por Dios a los hijos para que se miren en él. Los niños tienen, por otra parte, el instinto de imitación y tienden a reproducir en sus acciones cuanto ven en las personas mayores.
Esto impone una doble responsabilidad a los padres y educadores. La obligación de velar sobre sí se hace más urgente por cuanto su presente conducta no sólo determina su propia vida, sino la de la generación siguiente.
2º) La disciplina. En un sentido amplio podría decirse que la disciplina es la acción formativa que el educador ejerce sobre la voluntad del educando; en un sentido más estrecho indica el régimen que se impone a éste.
La disciplina supone una autoridad que impone un orden determinado (disciplina preventiva), o que restaura, mediante el castigo, el orden violado (disciplina represiva).
La disciplina es a la educación lo que la corteza al árbol. Es la corteza la que retiene la savia, la conserva, dirige y obliga a subir al corazón del árbol y a extenderse por sus fibras y sus ramas para nutrirlas con los jugos más puros de la tierra. De la savia contenida y dirigida de ese modo se forma un tronco sólido y fuerte, cuyas ramas dan hojas, flores y frutos en su tiempo oportuno. Quitad la corteza a una de esas ramas y la rama se secará pronto… La corteza no parece más que una envoltura grosera; pero conserva al árbol, todas sus partes, su fuerza y su vigor. De igual modo, para la educación parece alguna vez la disciplina una corteza un poco áspera y dura; pero es la que todo lo conserva, eleva y fortalece.
Concretando ya, la disciplina supone ante todo un orden. Los padres procurarán que la vida de sus hijos discurra por cauces ordenados.
Orden en el descanso, empezándolo en el momento oportuno y terminándolo a su hora, sin condescendencia con la pereza.
Orden en las comidas, no comiendo a cualquier hora, sino en las establecidas.
Orden en los juegos, no prolongándolos al arbitrio, sino hasta el tiempo prefijado.
Juntamente con el orden, y como parte del mismo, la disciplina impone puntualidad. Sólo los hombres de voluntad firme son puntuales.
Hay que exigir esa puntualidad sobre todo para terminar el descanso y el juego y para empezar el trabajo. En esto los padres han de ser inexorables.
Por la mañana, a los hijos hay que llamarlos una sola vez; si en esta primera vez no se obtiene el efecto deseado, hay que imponerlo por la fuerza.
Es fundamental en esta materia, también, la obediencia. Los padres deben exigirla a sus hijos no con grandes voces ni con amenazas, sino con una serena y suave energía.
Antes de mandar algo piensen no sea excesivamente difícil o costoso, y no multipliquen excesivamente los mandatos; pero una vez dada la orden, hay que exigir el cumplimiento de lo mandado, sin dialogar ni parlamentar sobre ello. Con ello se afirma la autoridad de los padres y se educa la voluntad de los hijos.
3º) La exhortación. A las voluntades irresolutas se las impulsa por medio de la exhortación.
La exhortación es la acción del educador que por medio de la palabra propone al educando motivos, ventajas, etc., y le hace suave violencia para que se decida a obrar, y a obrar con constancia.
Podríase decir que la exhortación es un suplemento de voluntad añadido por el educador a las voluntades débiles o irresolutas.
Los padres han de usar, pero no abusar, de la exhortación para formar la voluntad de sus hijos.
El frecuente recurso a la exhortación mermará la eficacia de la misma, y cuando sea necesaria resultará por ello inútil.
Por otra parte, si se repite con demasiada frecuencia acostumbrará al niño a no saberse decidir sino mediante ese suplemento de voluntad.
Por eso los padres deben usar de este medio sólo en las circunstancias en que la dificultad de la empresa o la magnitud de los atractivos contrarios aconsejen prestar esta ayuda a la tierna voluntad de los niños o adolescentes. Y deben orientar esta exhortación a que el niño aumente su poder de decisión y su fuerza de voluntad, de suerte que en las circunstancias ordinarias se baste a sí mismo.
4º) El trabajo. El trabajo es el ejercicio de la actividad humana encaminado a obtener un fin útil. El trabajo lleva consigo mismo la idea de algún sacrificio; por ello es sumamente útil para ejercitar la voluntad y educarla.
Una vida orientada toda ella al placer, a la comodidad y al juego, enerva nuestra voluntad y la despoja de todas las energías que contiene. El trabajo viene a contrarrestar ese peligro y a educar la voluntad.
Los padres han de procurar que haya en el hogar un poco de trabajo para los hijos. Con ello se logrará no sólo ejercitar la voluntad de los hijos, y curtirla en el esfuerzo, sino además un efecto de trascendencia social.
En ese trabajo, para que sea educativo, hay que dejar al niño alguna iniciativa, pero debe exigírsele el que lo lleve a feliz término. Las cosas sin terminar no sólo hacen que se pierda más tiempo, sino que dejan en el alma un verdadero malestar. Únicamente el trabajo realizado lealmente deja en el espíritu un sentimiento de contento y, en cierto modo, de apetito satisfecho.
5º) El juego. El juego se diferencia del trabajo únicamente en que en éste, mediante la actividad humana, se persigue un fin utilitario, mientras que en aquél, no. El juego es una actividad espontánea y desinteresada; se juega por el placer de jugar, no por conseguir un fin determinado.
En el período de edad que nos ocupa —de los siete a los doce-catorce años—, el juego es una verdadera necesidad vital para el desarrollo del organismo. Pero interesa aprovechar esa actividad para formar la voluntad.
Ante todo, si se trata de juegos de competición, el niño ha de ejercitarse en la lealtad y nobleza en la lucha, no recurriendo nunca al fraude ni a la trampa.
Esto es de suma importancia; pero aún lo es más otra cosa que el niño debe aprender en estos juegos: el saber perder.
Aceptar la derrota con sinceridad y sin descorazonarse es un arte necesario y hermoso en la vida. Todo hombre se encontrará en muchas ocasiones frente a resultados no previstos y que disgustan: si en los juegos ha aprendido a saber perder, reaccionará ante estas situaciones no amilanándose, sino tratando de encontrar un medio de superarse a sí mismo y a las circunstancias adversas, volviendo a ganarle la partida a la vida en mejor ocasión.
Para que los juegos produzcan saludables efectos en la voluntad de los niños, los padres deben vigilarlos, dirigirlos y, a veces, escogerlos.
Por eso mismo, hay ciertos juegos que los padres deben prohibir a sus hijos. Tales son, por ejemplo, los juegos de azar, los cuales crean en el niño una especie de mentalidad fatalista que tiene el peligro de paralizar la actividad y la iniciativa del niño.
También prohibirán que en los juegos infantiles se mezcle el interés, aunque sea pequeño. Este quita al juego su característica específica, que es el desinterés y el no perseguir ningún fin utilitario. El interés acostumbra al niño a aquella especie de angustia agridulce que experimenta el jugador profesional empedernido, la cual tanto poder tiene para esclavizar la voluntad.
6º) El examen particular. El examen no sólo sirve para educar la conciencia, como antes se ha dicho; sirve también, y mucho, para fortalecer la voluntad. El acto de dolor o arrepentimiento y de propósito, hacen que la voluntad reaccione contra lo malo que ha admitido y que adopte una actitud más enérgica contra él en el futuro.
Sobre todo sirve para este fin el llamado examen particular, que se lleva para desarraigar una mala costumbre o para adquirir un hábito concreto.
Cuando los padres ven en el hijo alguna inclinación torcida profundamente arraigada, pueden recurrir a ese medio. En concreto tomarán una hoja de papel o una cartulina y harán que el niño anote allí, día por día, las veces en que se ha manifestado esa tendencia o cometido esa falta. Luego harán que el niño se imponga una pequeña penitencia, proporcionada al número de veces en que ha caído, y que la cumpla sin excepción. En poco tiempo pueden desaparecer así hábitos peligrosos que empezaban a adueñarse de la voluntad de los hijos.
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Como consecuencia del pecado original, han quedado en nosotros cuatro heridas y tres fuentes de desorden moral, contra las cuales tendrá que luchar constantemente la voluntad.
Las cuatro heridas son la ignorancia en la inteligencia, la malicia en la voluntad, la concupiscencia en el apetito concupiscible y la debilidad en el apetito irascible.
Las tres fuentes de desorden nos las indica San Juan, con aquellas memorables palabras: Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.
Todo esto es necesario tenerlo presente en la tarea educativa.
Esa sentencia nos indica los tres grandes manantiales de corrupción moral que hay en el mundo a los cuales se reducen todos los demás: concupiscencia de la carne o sensualidad, concupiscencia de los ojos o codicia, soberbia de la vida u orgullo.
Los padres que quieran verdaderamente educar y fortalecer el alma de sus hijos y dar temple de acero a su voluntad no se contentarán con la labor hasta ahora descrita; será preciso que se consagren a preparar el ánimo de sus hijos para la lucha concreta contra estos tres focos de desviación moral y a robustecerlo y endurecerlo contra ellos.
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Contra la concupiscencia de la carne: entre el placer y el deber
Lo que más veces pone a prueba la voluntad humana es, justamente, el ansia de placer que experimenta el hombre y que muchas veces está en oposición con el deber.
La piedra de toque de la educación de la voluntad y de la firmeza que ésta ha conseguido es justamente la aceptación y el cumplimiento del deber cuando éste se opone al placer o nos lo impide.
Por eso los padres han de frenar en los hijos el amor desmesurado al placer y han de acostumbrar su voluntad a escoger siempre el deber cuando entre uno y otro haya oposición y conflicto.
Tal es la educación que preconiza Pío XII: Oponed a la búsqueda inmoderada del placer y a la indisciplina moral, que por igual querrían invadir las filas de los jóvenes católicos, haciéndoles, olvidar que llevan en sí mismos una naturaleza caída, triste herencia del pecado original, la educación del dominio de sí mismo, del sacrificio y de la renunciación, comenzando por lo más pequeño para llegar después incluso a lo mayor; la educación de la fidelidad en el cumplimiento de vuestros propios deberes, de la sinceridad, de la serenidad y de la pureza, especialmente durante los años en que el desarrollo llega a la madurez (Discurso del 7 de octubre de 1948).
Esta sana austeridad en la educación dará temple de héroes a los hijos que se formen en ella; esta es, justamente, la meta que ansiaba el Papa que llegaran los educandos: Es preciso que vuestra educación les dé el temple duro del bronce o del granito de las montañas, y entonces, los continuos embates, los choques inevitables de la vida moderna, lejos de deformarlos, servirán, para perfeccionarlos y aparecerá el hombre cada vez más perfecto y acaso un santo que se pueda colocar en el altar. Tarea ardua y difícil que sólo puede llevar a término con felicidad una educación cristiana y católica que sepa aprovechar los progresos de la pedagogía analizando con buen criterio para distinguir el oro del oropel (Radiomensaje del 5 de agosto de 1951).
Dos manifestaciones de esa primera concupiscencia aparecen con frecuencia e insistencia en la primera edad: la gula y la pereza.
La gula es uno de los pecados capitales que más intensamente se manifiestan en los niños. La comida, los pasteles, las golosinas, ejercen en los niños un atractivo especialísimo. Si se permiten mentir y robar dinero es muy a menudo para satisfacer a ese pequeño demonio del vientre.
Los padres han de luchar contra esa tendencia de los hijos y han de castigar las faltas que de ella nazcan con energía y con privaciones en ese mismo campo.
Para ejercitarles en el dominio sobre sí mismos en esta materia, estará bien alguna vez dar a los niños varios caramelos con la obligación de no poder comer diariamente más que un número determinado, debiendo mostrar a la madre los que quedan cada día.
Al repartirles el postre será bueno obligarles a no poderlo comer enseguida, sino a esperar un poco para vencer la impaciencia.
Se les dejará escoger a veces entre diversos caramelos o postres; y luego se les obligará a cambiar mutuamente el que había sido su predilecto. De esta forma el comedor se convertirá en una palestra de ejercicio de austeridad y de dominio de sí mismo.
Bueno será también exhortarles a que se impongan a sí mismos, a veces, algunos sacrificios, e incluso probar su fuerza de voluntad para llevarlos a cabo; pero sin ponerles en pruebas que superen la capacidad de su voluntad.
Otro de los grandes defectos de los niños es la pereza matinal. Hay que luchar fuertemente contra ella. Sin concesiones a una falsa ternura, hay que conseguir que baste el sonar el despertador o el primer aviso de la madre para que el niño haga por su propia decisión todo lo que debe hacer en su hora.
¡Triste cosa es empezar el día con una derrota, con un acto de cobardía y de culto a la pereza!
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Contra la concupiscencia de los ojos
La codicia o concupiscencia de los ojos no se manifiesta de ordinario en los niños, como en los adultos, con el amor al dinero. Se manifiesta, mejor, con mil caprichos que tienen y con los cuales demuestran sus deseos de poseer las cosas que ven y les agradan. Más adelante, cuando la vida les haya demostrado que el dinero es el medio universal de conseguir esos caprichos, empezará en ellos el amor al vil metal.
No sean los padres fáciles en acceder a los caprichos de sus hijos, aunque les sobren medios de fortuna para ello. Hacerlo así, condescendiendo a todas las veleidades de sus hijos, es un error psicológico y moral: psicológico, porque, al aumentar el número de juguetes inconsideradamente, estorbamos su desarrollo intelectual; moral, porque con ello se consigue que el niño sea cada vez menos dueño de sí mismo y más exigente con sus progenitores.
Los padres que así proceden no saben que el niño, a cada capricho que satisface, se da más cuenta de su poder tiránico.
Puer nisi obediat imperat (Quintiliano): El niño, si no obedece, manda.
Lejos de condescender con esos caprichos del niño, deben los padres acostumbrarlo a un sano desprendimiento; así es como se contrarrestará esa fuente de pecado que hay en nosotros y que San Juan llama concupiscencia de los ojos.
Si el niño diere muestras alguna vez de envidia hacia algún hermanito u otro niño por algunos objetos que éste posee, los padres deben procurar desarraigar este vicio capital de su corazón y prevenir que jamás le induzca a recurrir al hurto para hacerse con los objetos que provocan ese innoble sentimiento.
Para conseguir estos efectos, los padres afearán ante el hijo envidiosillo este vicio detestable y procurarán que obre contra tal inclinación obligándole a dar al envidiado alguno de los objetos más estimados que el envidioso posea.
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Contra la soberbia de la vida
También la soberbia, en virtud del desorden introducido por el pecado original, hace acto de presencia en el corazón del niño y se enseñorea de él, si sus padres y educadores no le salen al paso.
Una de las manifestaciones de la soberbia u orgullo es la mentira.
Por temor a ser despreciado o reprendido, el niño recurre a veces a la mentira para ocultar sus faltas. Regularmente el temor es el primer sepulturero de la veracidad. Por eso los padres han de estar siempre preparados a intervenir con insinuaciones y avisos amorosos en las luchas entre la veracidad y el temor, que en ciertos casos ha de sostener el niño, y su intervención ha de ser en favor de la primera. Porque la primera mentira que dice el niño, estimulado por el temor, es una verdadera tragedia en su pequeño mundo.
Pero para educar a los niños en esta veracidad han de tener presente los padres que es condición indispensable ser ellos mismos siempre veraces en sus relaciones con sus hijos.
Pío XII dice, en su radiomensaje del 23 de marzo de 1952: Educad a los hijos en la veracidad. Pero sed veraces primeramente vosotros mismos y desterrad de la obra educativa todo lo que no es sinceridad y verdad.
Procedimientos insinceros o basados en la mentira son siempre fatales en la educación de los hijos.
Otras manifestaciones del orgullo son la impaciencia y la desobediencia.
Los padres deben procurar acostumbrar a su hijo a tener paciencia y a ser obediente.
La naturaleza se muestra inflexible frente al niño impetuoso; golpea él la madera y las piedras; la naturaleza permanece insensible frente al niño; y el niño no golpea más la madera ni las piedras. Ahora la madre es inexorable ante los extravíos de sus deseos; él se alborota y grita; ella sigue impasible; y el niño no grita más, se acostumbra a someterse a la voluntad de la madre: ha apuntado los primeros gérmenes de la paciencia, los primeros gérmenes de la obediencia.
Pero hace falta desarrollar esos gérmenes de paciencia y obediencia que educarán al niño en la humildad, frente a la soberbia de la vida.
La madre y el padre proseguirán ese camino de no transigir con los caprichos y veleidades del hijo y ejercitarán así su paciencia. Y si en alguna ocasión se desatare su ira, procurarán con entereza y suavidad reducirle a un mayor dominio de su apetito irascible, haciéndole ver lo feo de ese vicio y dándole a entender que por más que se exaspere no transigirán con sus deseos, si no son razonables.
Al mismo tiempo, pasado el arrebato de ira, le harán ver que esos ímpetus son inútiles y contraproducentes y que lo interesante es guardar esa energía de la voluntad para superar las dificultades en el cumplimiento del deber.
Para reprimir en los hijos las manifestaciones de ira, ayudará a los padres el imponerles algún acto externo que suponga la represión de esos sentimientos: estarse quieto, sonreír, besar la cosa o persona que ha excitado en ellos la ira.
No menos cultivarán los padres en sus hijos la virtud de la obediencia. Acostumbrarse a obedecer, sentirse bajo el dominio de una voluntad superior, es un buen camino para llegar a la humildad y a contrarrestar la soberbia de la vida.
No multipliquen los padres los mandatos a sus hijos; pero una vez hayan mandado algo, si la cosa es justa y hacedera, mantengan con tesón su primera voluntad; transigir en esas circunstancias es perder su autoridad y causar al hijo un grave daño, cual es privarle del sostén y guía de la autoridad paterna.
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Efecto y resultado final de esta ímproba tarea educativa de la voluntad será el que los hijos, así moldeados, resulten verdaderamente hombres de carácter.
Entendemos aquí por esta palabra la manera propia de ordenar habitualmente la actividad total del hombre, conforme a principios morales, fijos en su inteligencia y arraigados en su corazón.
Eso es lo que interesa, y eso es lo que hace al hombre verdaderamente grande: grande en su inteligencia, porque establece en ella las normas fundamentales e inmutables de la rectitud moral; grande en su voluntad, porque el adherirse libremente a esas mismas normas, hace al hombre dueño de sus pasiones e instintos y pone en sus manos todas las fuerzas del alma; grande en su corazón, porque éste acude siempre con sus ímpetus generosos a fortalecer la voluntad.
La verdadera educación de la voluntad tiende a formar, no cañas volubles, sino robles enérgicos, firmemente arraigados en el terreno de unos principios de rectitud moral y decididos a mantenerse en esa actitud erecta, sin doblegarse ni dar su brazo a torcer, no sólo ante las exigencias de los poderosos, sino, demás, ante los halagos de la pasión.
A eso ha de tender indudablemente la educación en su aspecto natural por encima de todo; ésa ha de ser la meta de la tarea educativa de los padres.
Que no se pueda decir de la educación paterna en el hogar lo que un gran pedagogo dijo de las escuelas de su país y de su tiempo: Tenemos escuelas de deletreo, escuelas de escritura…, pero carecemos de escuelas de hombres.
Ese es el héroe que tratamos de conseguir: el hombre de voluntad de acero que después de haber vencido sus pasiones y de haberse dominado a sí mismo, está presto a lanzarse a las mayores hazañas en el servicio de Dios y de la Patria.
Esta educación de la voluntad, tal como la hemos descrito, aunque realizada en un plano meramente humano, es una verdadera lucha ascética y constituye la mejor preparación para la educación religiosa.
Lucha ascética y educación moral vienen a ser lo mismo. La lucha ascética tiene como fin inmediato el robustecimiento de la voluntad, mediante ejercicios ordenados de esta misma facultad. Los enemigos que combaten al hombre en la lucha ascética son otros tantos escollos que la voluntad encuentra en su actividad.
Pío XII, en el discurso del 26 de octubre de 1941, urge a los padres la obligación de educar el carácter de sus hijos, con unas hermosas palabras que queremos ofrecer como colofón:
Educad el carácter de vuestros hijos; atenuad o corregid sus defectos; aumentad y cultivad sus buenas cualidades y coordinadlas con aquella firmeza que es el preludio de la seriedad de los propósitos en el curso de la vida. Los niños, al sentir sobre sí, a medida que con el crecer comienzan a pensar y a querer, una buena voluntad paterna y materna, libre de violencia y de cólera, constante y fuerte, no inclinada a debilidades ni a incoherencias, oportunamente aprenderán a ver en ella el intérprete de una voluntad más alta, la de Dios: así es como injertarán y arraigarán en su alma aquellos primeros hábitos morales tan poderosos, que forman y sostienen un carácter, pronto a dominarse en las alternativas y dificultades más variadas, intrépido para no retroceder ni ante la lucha ni frente al sacrificio, al hallarse penetrado por un profundo sentimiento del deber cristiano.
Razón de más para insistir en la importancia de la educación de la voluntad: ella forma héroes para la vida y prepara la formación de los que han de ser héroes para la Patria y para Dios.
