SAN JOSÉ,
CON EL NIÑO JESÚS Y MARÍA SANTÍSIMA,
REGRESA A NAZARET
El Evangelio de San Mateo sólo dedica unas palabras para hablarnos de la estancia de la Sagrada Familia en Egipto. Allí permaneció —escribe— hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el ministerio del profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi hijo. No se puede imaginar mayor laconismo.
¿Cuánto tiempo duró su estancia? Sólo podemos hacer conjeturas. En este punto, las opiniones varían mucho.
San Buenaventura llega a proponer siete años, mientras que algunos Padres de la Iglesia hablan de unos cuarenta meses.
Los evangelios apócrifos suponen que la estancia fue de tres años. Pero los exegetas tienen razones bastante serias para limitar el exilio a un tiempo no superior a uno o dos años.
Como Herodes murió en la primavera del año 750 de Roma, siete días antes de la Pascua; y como no se puede retrasar la fecha de la Natividad del Señor más allá del año 747, todos los acontecimientos narrados por San Mateo y San Lucas en sus primeros capítulos, comprendida la estancia en Egipto, tuvieron que ocurrir en el espacio de tres o cuatro años, siempre que la Sagrada Familia recibiese la orden de volver a Palestina inmediatamente después de la muerte del tirano.
Pocos días después que el cruel Herodes hizo ejecutar la matanza de los niños, experimentó los efectos de la cólera de Dios; pues, atacado por una horrible, enfermedad, murió súbitamente, en medio de atrocísimos dolores.
En efecto, cinco días después de la matanza de los Inocentes por él ordenada, Herodes fue atacado de intensa fiebre, tos persistente, disentería, hidropesía y podagra; devorado su cuerpo por los gusanos, en putrefacción algunos miembros, con asma sofocante y despidiendo un hedor tan insoportable, que había intentado suicidarse; exhaló al fin su alma perversa.
Después de su muerte, el país fue dividido entre sus tres hijos. A Arquelao, Augusto le asignó Judea, Samaría e Idumea; a Herodes Antipas, Galilea, y a Felipe, Iturea y Traconítide.
Muerto ya Herodes —leemos en San Mateo— el Ángel del Señor se apareció en sueños a San José en Egipto y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño. Levantándose, tomó al Niño y a la Madre y partió para la tierra de Israel.
Destaquemos, en primer lugar que, una vez más, es por intermedio de un Ángel como Dios hace conocer a San José su Voluntad. Los negocios secretos que este gran hombre tenía que tratar con el augusto senado de la adorable Trinidad —escribe San Leonardo de Puerto Mauricio— ponen constantemente en movimiento a los mensajeros celestes. Es, en efecto, la tercera vez que el Evangelio atribuye a San José la visita de un Ángel. Una cuarta, en el camino de vuelta, recibirá la misma embajada de manera análoga.
Puede uno preguntarse por qué San José recibió durante el sueño los avisos de Dios, mientras otros personajes, como Zacarías y los pastores de Belén, vieron a los Ángeles en estado de vigilia. Suele responderse que los sueños que tuvo San José se vieron acompañados del sentimiento seguro de que Dios se había servido de ese medio para manifestarse a él, y que, si Dios utilizó con San José esa manera modesta y sin brillo de darle a conocer su voluntad, fue porque quería subrayar a nuestros ojos la viveza de su fe: le bastó el menor signo, el toque más secreto, para ponerse en movimiento. Era un servidor fiel, cuyo espíritu, en constante acecho de la gracia, esperaba la manifestación de la voluntad divina.
Su sumisión nos resulta más bella, más grande, por el hecho de que su mismo sueño se nos aparece como una especie de estado de vigilia durante el cual su lámpara permanece encendida en espera de la llegada del Maestro…
Cuando San José recibió la indicación de que podía regresar a Palestina —pues el peligro había cesado—, se estremeció de alegría. Miró a Jesús con amor, con un amor enriquecido por el temor que había tenido de perderle. Sin duda, tanto María Santísima como él habían sentido que su corazón se desgarraba al tener conocimiento de la matanza de los Inocentes.
Habían sabido también que una terrible enfermedad hacía estragos en el cuerpo de Herodes, que una úlcera devoraba su carne, llenando todo su palacio de un olor insoportable. Los gusanos no esperaban a la muerte para cebarse en su cuerpo. El desgraciado había tratado de quitarse la vida, pero se lo habían impedido, y de buena o mala gana, acababa de sufrir el castigo de sus crímenes: había muerto a poco de ordenar que ejecutaran a su propio hijo, Antípater.
La alegría de San José al saber que podían regresar a su patria no fue, sin embargo, completa. El Ángel nada le había revelado sobre el lugar en que deberían establecerse y no sabía dónde ir. Se preguntaba también cómo encontraría su casa y su taller y lo que respondería cuando le preguntaran sobre su ausencia y los motivos de su exilio.
Deseoso como siempre de hacer la voluntad de Dios, apresuró los preparativos del viaje y abandonó enseguida la tierra de Egipto, donde había sufrido más por su atmósfera de idolatría que por las privaciones propias y de los suyos.
Antiguas tradiciones dicen que el regreso lo hicieron por vía marítima. Era, en efecto, el viaje más corto, por lo que es probable que tomaran pasaje en un navío en algún puerto egipcio, quizás Alejandría, si hacemos caso de los relatos que corrieron durante mucho tiempo entre los coptos.
Durante la travesía, que duraría tres o cuatro días, José, consciente de sus responsabilidades, estaría atento a las conversaciones de los pasajeros, e incluso les preguntaría también sobre la situación del país.
Desembarcarían en Ascalón, en Joppe o en Jammia. José pensó primero en volver a Belén, creyendo que así cumplía los designios de Dios y las profecías. Puede ser, incluso, que allí pensara encontrar más facilidades para ejercer su oficio…
Todavía dudó, al poner pie en tierra. Pero al llegar a la frontera de Palestina, se enteró de que Arquelao reinaba en Judea y temió establecerse en esa provincia. Digno hijo de su padre, acababa de mandar decapitar tres mil de sus súbditos en el mismo Templo. Pensó que era más seguro ir a Galilea que se encontraba bajo la jurisdicción de Herodes Antipas, el cual parecía mostrar intenciones pacíficas y benévolas. Un sueño confirmó a San José en su resolución.
Si la palabra profética de Miqueas parecía poner a Belén en primera fila de las ciudades privilegiadas, otro oráculo designaba también a Nazaret. De este modo se cumplió esa profecía sobre Jesús: Será llamado Nazareno, título que a su muerte fue fijado en la Cruz.
Para no fatigar al Niño y a su Madre, no avanzó a marchas forzadas como cuando huyeron. Viajaron en cortas etapas.
En Nazaret, encontró de nuevo a sus parientes y vecinos, que se asombrarían al verlos y les harían toda clase de preguntas embarazosas sobre los motivos de su ausencia. San José las esquivaría procurando no mentir y al mismo tiempo no decir nada que pudiera hacerles sospechar la verdad.
Encontraría su casa en un lamentable estado de abandono, pero no se entretendría en lamentarse, ni en invectivas contra los que la habían saqueado. Más bien los excusaría, alegando en descargo suyo que pensarían que sus dueños la habían abandonado.
¡Qué gozo inundaría el corazón de San José con poder besar de nuevo aquellas paredes visitadas por el Ángel, venerar aquella morada donde el Verbo se había hecho carne, habitar sin zozobras aquella santa casa, de donde había estado por tanto tiempo alejado!
Enseguida se puso a repararla. Tapó los agujeros de los muros, enjalbegó la fachada, reabrió su humilde taller de carpintero, para proveer el sustento necesario al Divino Niño y a su Santísima Madre y se aplicó a recobrar su antigua clientela.
Poco a poco, las herramientas volvieron a llenar su taller, y un letrero, encima de la puerta, anunciaría su oficio: José, carpintero.
Allí gozaría del trato familiar de Jesús, que si en todas edades y tiempos fue dulcísimo, seríalo muy particularmente en la niñez, que de suyo es edad mucho más tierna y amorosa.
En cuanto a Jesús, aunque, como Dios, sabía todas las cosas, no obstante José empezó a enseñarle las cosas más fáciles de entender y las más importantes que conocer, como solían hacer los padres respecto a sus propios hijos.
En los días festivos lo conducía consigo a la sinagoga, que era la única escuela pública de religión, y Jesús aprovechaba la instrucción que se le daba, ya por José y su Madre, ya por los ministros de la religión; y a medida que crecía en edad y estatura, progresaba también en las ciencias ante Dios y ante los hombres.
En este suavísimo trato hallaban José y María un manantial inagotable de sólida virtud, y en ella se deleitaban viendo crecer al Niño en edad, y que con la edad, aquella sabiduría y virtud divina que tenía encerrada en su Corazón iba redundando y trascendiendo fuera, con edificante admiración de cuantos le conocían.
Cuando fue capaz de ejecutar algún trabajo manual, San José puso en sus manos las herramientas de carpintero, le enseñó el modo de manejar el cepillo, e hizo que le ayudara en sus trabajos, como suelen hacer los artesanos con los jóvenes aprendices.
Jesús, el Hijo de Dios, bajo esa dirección aprendió el arte del carpintero, y con José lo ejerció por muchos años, por lo cual, cuando llegó a la edad de treinta años, era conocido y llamado con el nombre de hijo de José, el carpintero.
A este propósito, San Justino nos asegura haber visto con sus propios ojos y tocado con sus propias manos algunos yugos, estantes y pequeños arados, que decían ser fabricados por las manos de José y de Jesús.
A la sombra de Jesús iban también creciendo en santidad sus amantísimos Padres, entregados a la oración, al trabajo y al cumplimiento de todos sus deberes. Tenían, con todo, preferencia en su ánimo los deberes para con Dios, y por ello los alaba San Lucas, en especial por su observancia ejemplar de la divina ley, observancia digna de ser imitada de todos los cristianos.
Según prescribía la Ley, José iba cada año al templo de Jerusalén, para celebrar la solemnidad de la Pascua.
Entre los hebreos se celebraban cada año tres grandes solemnidades: la primera, la fiesta de Pascua, que recordaba su liberación de la esclavitud de Egipto; la segunda, la fiesta de Pentecostés, en memoria de la publicación de la ley de Dios a los pies del monte Sinaí; y la tercera, la fiesta de los Tabernáculos, denominada Escenopegia, en memoria de su ingreso en la tierra prometida.
Estas tres solemnidades duraban ocho días cada una, y en tiempo de José se celebraban en Jerusalén.
Pero de las tres, la fiesta más solemne y privilegiada era la Pascua; pues, mientras en las otras dos los hebreos que vivían en países lejanos estaban dispensados de ir al Templo de Jerusalén, y podían por comodidad celebrarlas en la sinagoga de su ciudad, en la Pascua todos estaban obligados a acudir a Jerusalén, con excepción de las mujeres y de los niños menores de trece años.
No obstante, muchas mujeres no dejaban de participar en dicha fiesta, movidas por su devoción. Así, María, que aventajaba a todas en la piedad, debió de acompañar a José cuando éste se trasladaba al Templo, y llevaban también a Jesús, pues no podían separarse de Él, ni confiar a otros la custodia de tesoro tan precioso.
