SUGERENCIAS SOBRE
LA EDUCACIÓN DE LOS SENTIDOS
Ante todo, debemos tener en cuenta que el bebé está dotado de una sensibilidad exquisita: es muy sensible al placer y al dolor, y sus primeras reacciones tienden a rechazar las sensaciones desagradables y a buscar lo que le proporciona placer sin distinguir entre lo útil y lo nocivo, lo normal y el exceso.
No debemos abandonar al bebé a su instinto, porque está sometido a desviaciones, consecuencias del pecado original. Los padres deben controlar, dirigir y reprender los instintos egoístas y caprichosos del bebé: regular su alimento y su descanso, por ejemplo, sin dejarse dominar por sus llantos y gritos.
El niño recién nacido no tiene el uso expedito de ningún sentido, si se exceptúa el tacto, y aun éste muy rudimentario y localizado en determinadas partes de su cuerpo.
Poco a poco van apareciendo y haciendo acto de presencia en el niño los demás sentidos por el orden que sigue: gusto, olfato, oído y vista.
Cuando termina el primer año de vida, período que se denomina lactancia, ya todos esos sentidos, al haberse desarrollado los respectivos órganos, pueden empezar a ser educados de una manera gradual.
A medida que el niño va creciendo, hay que educar sus sentidos y su cuerpo. El dominio y la disciplina de la sensualidad son indispensables para desarrollar bien más tarde las facultades superiores.
Padres y, sobre todo, madres, vuestro campo de acción se va ensanchando. Sin dejar vuestra tarea de desarrollar el cuerpo de vuestro niño, podéis empezar ya la de modelar y educar sus sentidos.
No dejéis pasar inútilmente un tiempo precioso. La educación de los sentidos ha de procurarse desde los primeros años, sopena de llegar tarde.
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El niño, poco a poco, perfecciona el oído. Al terminar el primer año de su vida, sonríe ante los sonidos que le son desconocidos y, pocos meses después, distingue los sonidos musicales y los cantos.
Podéis, pues, madres, empezar a educar el oído de vuestro hijo con vuestros cantos de cuna. Cuando ya sea mayor, debéis pasar más adelante, esforzándoos porque aprenda él mismo algún cantar, aunque sea balbuceando y acompañándoos a vosotras.
Esos cantos educarán su oído, estimularán el uso de sus cuerdas vocales y harán su alma sensible a la música. Más todavía; esos cantos imprimirán fuerte huella en el alma infantil. Por eso decía Platón: «Los niños deben aprender algunos cantos para que su alma adquiera la idea de ritmo y armonía. Así serán más moderados para hablar y obrar».
Si acostumbráis a vuestros pequeñuelos a oír de vuestra boca suaves y devotos cantos piadosos, la emoción de lo religioso impresionará su alma por la vía de los sentidos antes de que pueda llegar por la de la inteligencia y el discurso.
Cuando en su entendimiento penetre por vez primera la idea de Dios, hallará su corazón abonado para que germine, gracias a esos piadosos cantos maternos.
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Para desarrollar el tacto del niño, se puede hacerle reconocer y ordenar diversos objetos, palpándolos ligeramente con la punta de los dedos y con los ojos cerrados, para así aprender a distinguir los elementos que le rodean: madera, piedra, telas finas, tapices, etc.
Esto es, sin duda, interesante. Pero creo lo es más todavía acertar en la orientación general de la educación del sentido del tacto. Interesa acertar en un justo medio.
Esta primera educación no debe ser ni muy muelle (porque desarrollaría desmedidamente el principio de molicie y sensualidad que más tarde resiste a todos los esfuerzos de una educación seria, y aun de la misma gracia divina); ni tampoco debe ser muy dura (¡son tan delicados los sentidos y los órganos del niño!).
No prodiguéis ni dejéis prodigar abusivamente caricias, halagos, cosquilleos ni besos a vuestros hijos. Ello conduce irremisiblemente a una anormal superexcitación de la sensibilidad que puede crear serios problemas morales en los años futuros.
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Una buena manera de educar el gusto de los niños es acostumbrarlos a comer de todo lo que por su edad y salud puedan comer.
Así se consigue en educar el gusto sin fomentar los gustos de los hijos.
Que no se pervierta el apetito con golosinas. No permitir a los niños el admitir o rechazar a su antojo lo que les gusta o no les gusta.
Sin embargo, nunca hay que forzar a los hijos a comer un plato que se presenta a la mesa… Pero si no lo quieren comer, todos deben saber que se ha terminado, irremisiblemente, para ellos la comida; y que al llegar la hora de sentarse de nuevo a la mesa, el primer plato será, infaliblemente, el que han rechazado…
Es evidente que hay que proceder con prudencia y asegurarse de que la comida que se impone al niño no le pueda ser perjudicial por razones fisiológicas; pero, comprobado esto, hay que mantenerse inflexible.
No hay mejor educación del gusto que acostumbrar al niño a que todo le guste.
Así se educa al mismo tiempo el gusto y la voluntad.
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De todos los sentidos, el más espiritual, el menos material y grosero es, indiscutiblemente, el de la vista. Mucho interesa, pues, educarlo en el niño.
También existen procedimientos ingeniosos para la educación de este sentido.
Se les entregan unas cuantas fichas de tamaño y formas geométricas diferentes y un tablero en que están dibujadas: el niño debe buscar el lugar de cada una en el tablero y colocarla allí.
Se da también al niño un buen número de bobinas de hilo de diferentes colores: el niño debe clasificarlas, agrupándolas por colores y matices.
Si con el primer ejercicio se educa el sentido de la vista en cuanto a las figuras, con éste se educa en cuanto al color. Ambos ejercicios se pueden combinar.
Se pone, también, a disposición del niño una colección de cubos de diferentes tamaños, y el niño debe construir con los mismos una torre en sentido ascendente o descendente; empezando por el cubo menor y terminando por el mayor, o viceversa.
A falta de estos elementos, una madre puede lograr resultados semejantes con diversos trozos de tela de varios colores, con figuras de cartón o cartulina y con trocitos de madera o de baldosa.
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El juego es muy importante en esta edad para adquirir agilidad, habilidad, destreza, poder de observación, inventiva.
Al final de este período pueden ya ponerse en manos de los niños ciertos juguetes que contribuirán eficazmente a la educación de los sentidos.
Hay en cualquier bazar unos juegos infantiles de arquitectura: una caja que contiene diversas piezas de madera de diferentes colores y formas. Con ellas puede el niño pasar largas horas provechosamente entretenido, ya sea ordenando o agrupando las piezas según sus colores, ya según sus formas y tamaños, ya imitando algunas construcciones sencillas arquitectónicas, torres, paredes, etcétera. Andando los años puede el niño llegar a realizar con esas piezas interesantísimas construcciones infantiles, que acaso despierten la vocación del futuro arquitecto o constructor.
Fácilmente se encontrarán también en el comercio los juegos llamados rompecabezas: una colección de cubos de cartón que llevan en sus caras fragmentos de dibujos, cuyos modelos se acompañan en hojas aparte. El niño debe reconstruir con los cubos los diversos modelos. Este juego desarrolla extraordinariamente el sentido del color y de la figura.
Hay también hojas de cartulina con figuras recortables impresas. En cuanto el niño pueda manejar sin peligro las tijeras —y ello será muy pronto si se escoge una de puntas redondeadas— pasará largos, ratos entretenido en esta sencilla ocupación que educará sus ojos y adiestrará sus manos.
En cuanto el niño pueda tomar en su mano un lápiz, muy bueno será darle facilidades para ello y poner papel a su disposición.
Los disparatados monigotes que vaya dibujando educarán y desarrollarán el sentido de la vista. Hay niños que entre los tres y cuatro años ya empiezan a dibujar de una manera rudimentaria.
Si se pone en manos del niño una colección de lápices de color tendrá con ello una gran alegría al poder empezar a usar de ellos.
Se encontrará también en las librerías unos cuadernos con dibujo en doble página, en una de las cuales aparecen coloreados y en otra, no; el niño debe colorear el dibujo que no lo está siguiendo el modelo del otro, lo cual educa simultáneamente su capacidad, perceptiva de la figura y del color.
De esto se puede pasar poco a poco a ciertos trabajos manuales sencillos. Antes hemos hablado de figuras recortables. De ellas, se puede pasar a figuras que se deben recortar primero y pegar después. Con estos procedimientos, además de educar sus sentidos, el niño adquiere poco a poco numerosas imágenes, que más tarde servirán para elaborar las ideas.
Si la madre procura que algunos de estos dibujos y juegos sean sobre temas religiosos, prepara una buena base para la formación religiosa del niño. Un sencillo Belén recortable puede comunicar al niño una intensa vivencia religiosa del misterio de Navidad, mientras, por otra parte, le entretiene agradablemente y le educa provechosamente.
Cuando ya empiece a frecuentar la escuela, el aprendizaje de la caligrafía educará también el sentido de la vista. Si la madre tiene tiempo y amor suficiente, podrá anticiparse siendo ella la primera maestra del hijo de sus entrañas.
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Más que hacerle mucho, hacerle hacer mucho… Esta frase no es un vulgar trabalenguas, sino una hermosa norma de Pedagogía. Hay madres, y sobre todo abuelas, que llevadas de su amor sensible al niño, se complacen en hacerle multitud de cosas y en servirle como a un rey. Ello está muy bien mientras el niño no puede hacer aquello mismo por sí mismo; pero en cuanto ya sus fuerzas y desarrollo bastan para hacerlo él personalmente, al hacérselo su madre, más que prestarle un servicio le hace un deservicio.
Cuando ya puede empezar a vestirse solo el niño, es antieducativo vestirle; cuando ya puede lavarse solo, es antipedagógico lavarle; cuando ya intenta realizar cualquier acción que no excede sus fuerzas y su desarrollo, es antihumano intentar sustituirle, porque pone freno a su desarrollo vital, coarta sus iniciativas y retrasa el desarrollo de sus sentidos. Al contrario, acostúmbresele a él a lavarse, a abrocharse, a peinarse.
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Uno de los mejores medios de educar los sentidos del niño es ponerle en contacto con la naturaleza y hacérsela observar. Llevar al niño de paseo al parque y mostrarle allí las diversas clases de flores, hacerle notar las diferencias de color y forma, hacerle aprender sus nombres; invitarlo a admirar la hermosura de una puesta de sol con sus vivos y variados cambios de luz; procurar que eche de comer a las palomas de la ciudad o a las gallinas y pollitos de un gallinero; colocarle frente a la impresionante grandeza del mar con sus olas, sus bramidos, sus gaviotas; llevarle junto al lago del parque para que allí contemple los peces de colores que juegan en sus aguas tranquilas, etc., etc., es sumamente educativo, porque despierta la capacidad de observación, perfecciona los sentidos y aviva el sentido estético que duerme en el fondo del alma de ese artista en potencia que es el niño. El contacto con la naturaleza formará sus sentidos y desarrollará sus talentos sensitivos.
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El desarrollo de los sentidos del niño es lento. Su capacidad de observación, sobre todo en los primeros años, es muy pequeña.
Para él, un objeto cualquiera, por sencillo que sea, resulta una cosa complicada. Las observaciones del niño son lentas y requieren sosiego. Por eso son enemigos del sereno y armónico desarrollo de los sentidos infantiles, entre otros, el cine y la televisión.
Aun prescindiendo del aspecto moral, el cine es nefasto para los niños pequeños. Y lo mismo digamos de los programas de televisión, concebidos todos al ritmo de la vida agitada y trepidante de la moderna civilización.
Las imágenes de luz intensa que se suceden vertiginosamente en la pantalla, hacen que el niño no tenga tiempo de reaccionar psicológicamente. Mirará las cosas como embobado y quedará sin recordar ni compaginar nada de lo que ha visto.
En cambio, las imágenes fijas, y mejor aun los objetos, con buenas explicaciones y sucediéndose lentamente, pueden evitar todos los inconvenientes dichos y estimular el desarrollo de los sentidos.
Otro enemigo, aunque parezca paradójico y contrario a lo que antes hemos dicho, son los juguetes, si es que estos son muchos o muy complicados.
Cuando a un niño pequeño se le da un juguete sencillo, realiza con él una multitud de experiencias. Sólo después de muchos días el juguete deja de ser para él un desconocido.
Lo que los mayores desciframos en un solo golpe de vista, el niño tarda largo tiempo en penetrar. Y ése es el gran encanto de los juguetes para el niño. Mientras quede para él algún enigma en el juguete, conservará gran interés, y éste desaparece cuando desaparece el misterio.
Cuando los juguetes son muchos no sucede eso. El niño va tomando uno, dejando otro, mariposeando con su vista sobre el de más allá, sin detenerse en ninguno y sin profundizar, en ninguna observación.
Algo parecido acontece cuando el juguete, aun siendo uno solo; es excesivamente complicado para la edad del niño. Al no poder descorrer mediante sus observaciones el velo del misterio de tantos detalles, al no saberlo hacer funcionar por su complicado mecanismo, la observación del niño resbala de una parte a otra sin llegar al fondo de nada.
Los viajes, los desplazamientos frecuentes, llevan al niño al mismo desastre. Se ha podido decir con razón que el automóvil ha contribuido en gran parte a rebajar el nivel intelectual de la infancia. Transportado constantemente en el auto, el niño adquiere el hábito de mirar sin distinguir nada; las imágenes se suceden sin tiempo para pasar de la retina al cerebro; el relieve de las cosas se esfuma y se borra. Durante el trayecto el niño habla poco, observa todavía menos. Nada preciso se fija en él.
De lo dicho anteriormente se deduce que los mejores juguetes y las mejores diversiones para el niño no son los más caros, sino los que están más en consonancia con su desarrollo, excitan más su curiosidad y atraen más su atención.
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Las sensaciones que ha tenido el niño no se pierden en el vacío. Él conserva las imágenes de ellas en ese almacén que llamamos memoria sensitiva, que es un sentido interno.
Aunque hay que evitar excesos, es indiscutible que hay que cultivar la memoria sensitiva. Ello equivale a decir, que hay que acostumbrar al niño a almacenar ordenadamente las imágenes de las sensaciones en su memoria y a saberlas sacar de allí cuando convenga.
Hay que evitar el sobrecargar demasiado la memoria de los niños; pero también el otro extremo de no cultivarla. Sin una memoria sensitiva educada y desarrollada no será posible luego recordar el sonido de las palabras y, por consiguiente, aprender idiomas; ni recordar fechas, ni repetir cantos, etc., etc.
Es cierto que las lecciones de memoria se adhieren, pero no se asimilan; pero no lo es menos que el entendimiento sin memoria es una criba: lo entiende todo, pero no conserva nada.
Hay que educar, pues, el primero de los sentidos internos, que es la memoria sensitiva. Y esta educación han de empezar a darla los padres, y sobre todo las madres, antes de la edad escolar.
Para ello enseñarán a sus hijos los nombres de los colores, para que al oír el nombre de un color recuerden el mismo. Otro medio es hacerle aprender cantos sencillos: así el niño almacena imágenes de sonidos y se acostumbra a sacarlos cuando repite el canto.
También se ocupará la madre en enseñar a su hijo ciertas fórmulas o textos, aunque no entienda el sentido de las palabras.
‘Tales son, por ejemplo, las oraciones más comunes: Padrenuestro, Avemaria, etc. Aunque el niño no comprende su significación conviene sepa las palabras: más adelante, conservará todavía en su memoria las fórmulas, y su inteligencia más desarrollada le descubrirá automáticamente el sentido. Hay algunas de esas fórmulas que pueden orientar toda la vida del hombre, por ejemplo, el Decálogo.
El que haya quedado indeleblemente grabado en la memoria sensitiva aun antes de comprender a fondo su significado, es un gran bien que se hace al niño, pues la fórmula aprendida será para siempre como el anaquel donde conservará las más fundamentales ideas sobre la moralidad.
Otra hermosa manera de cultivar la memoria es hacer aprender a los hijos, con motivo de la fiesta onomástica del padre por ejemplo, unas breves fórmulas de felicitación y hacérselas recitar o declarar con entonación oratoria. Con ello no sólo cultivan su memoria, sino que, además, educan su oído y lo acostumbran a las rimas del verso o a las cadencias de la declamación.
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Si la memoria sensitiva es un almacén de sensaciones, la imaginación penetra en ese almacén y hace con las imágenes de las sensaciones allí archivadas las combinaciones más inverosímiles.
También esa hermosa facultad o sentido interno, la imaginación, es susceptible de educación. Esa educación tiene dos finalidades principales.
La primera, contener y dominar a esa loca de la casa, que es la imaginación, para que no se exceda. Hay que tener dominio sobre las imaginaciones y rechazar las que nos estorben, intelectual o moralmente, reteniendo las que sean útiles.
Ello fomentará la atención, en el terreno intelectual, y evitará tentaciones en el orden moral.
La segunda finalidad de la educación de la imaginación es aprovecharse de sus energías para obtener resultados provechosos en el orden artístico o científico. El poeta, el pintor, el novelista, no son sino hombres de imaginación enérgica y cultivada que, combinando imágenes de sensaciones existentes en su memoria, crean metáforas, cuadros, personajes nuevos.
También la imaginación puede y debe cultivarse en el hogar paterno, antes de que el niño vaya a la escuela.
Un gran medio de educar la imaginación: los cuentos y narraciones.
La madre podrá ser la primera educadora de la imaginación de su hijo mediante cuentos infantiles apropiados.
La duración del cuento o narración debe ser corta, tanto más cuanto menor sea la edad. Hacia los tres años no debe exceder de tres minutos; hacia los siete u ocho años puede llegar a los quince.
No basta narrar; aunque toda narración es por sí misma un estímulo para la imaginación, y por ello educativa de ese sentido, hay que procurar que al mismo tiempo favorezca la educación integral del hombre y no dañe o perjudique algunos aspectos de la misma.
Uno de los defectos en que incurren los narradores de cuentos es el de exponer o describir escenas que producen en los niños sensación de miedo. Las descripciones macabras, las leyendas de fantasmas, de muertos, etc., etc., son antipedagógicas.
Igualmente lo sería entretener a los niños con narraciones que excitaran en ellos sentimientos de odio o de crueldad, o que avivaran su sensualidad.
Pero hay que procurar no sólo evitar estos defectos negativos, sino aprovechar positivamente los cuentos y relatos para fomentar los buenos sentimientos y cultivar en los niños la inclinación al bien.
Si se cuenta una fábula, nunca dejará el narrador de sacar de una manera explícita la lección o moraleja, y bueno será aplicarla a la vida concreta de los niños y aun a la situación particular del oyente.
Si se explica una parábola evangélica, nunca se omitirá desentrañar su sentido.
Si la madre o el padre han de dar una corrección al hijo y tienen imaginación y habilidad para ello, obrarán muy pedagógicamente preparándola por una narración de la que se desprenda como moraleja o lección la corrección que el niño necesita.
Por fin, no han de olvidar los padres y madres que en la Sagrada Escritura encontrarán modelos insuperables de narraciones llenas de colorido y al mismo tiempo preñadas de enseñanzas.
La historia de José siempre será la más enternecedora de todas las historias; la parábola del hijo pródigo, siempre será el cuadro en que más al vivo se encuentran pintados los hombres. La historia de Job siempre será el sublime modelo de resignación y grandeza de ánimo en las penas y dificultades. La vida de Cristo siempre será el modelo supremo de vida santa dado a los humanos.
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La educación de los sentidos externos e internos de vuestro hijo es el buril y el martillo con que debéis realizar vuestra obra.
Si lo conseguís, vuestro hijo será vuestro cantor y vuestro panegirista, como muchos artistas lo han sido de sus padres.
Y si no lo conseguís, después de haberlo intentado con los medios a vuestro alcance, Dios será vuestro premiador, como si lo hubierais realmente conseguido… o acaso todavía más.
