ESTUDIOS DOCTRINALES: LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: INDICACIONES SOBRE LA EDUCACIÓN FÍSICA

INDICACIONES SOBRE LA EDUCACIÓN FÍSICA

En el niño que acaba de nacer, los padres no pueden cuidar directamente su alma y sus potencias; pero pueden y deben hacer una cosa: cuidar su cuerpo para que sea un firme y robusto pedestal del alma.

Esa es la primera posibilidad y obligación de los padres: esforzarse por ayudar a su hijo recién nacido a conseguir un cuerpo sano y apto, mediante una adecuada educación física.

En ese camino de la educación física, de un hombre de cuerpo sano y robusto, el primer paso y la primera obligación se refiere directamente a la madre, y es el de alimentar a su hijo con la leche de sus propios pechos.

Fray Luis de León ha escrito sobre esto páginas hermosas. Dirigiéndose a la perfecta casada le dice que «no lo será si no cría a sus hijos y que la obligación que tiene por su oficio a hacerlos buenos, esa misma le pone en necesidad a que los críe a sus pechos. Porque con la leche no digo que se aprende, sino que se bebe y convierte en sustancia y como en naturaleza todo lo bueno y lo malo que hay en aquélla de quien se recibe. Porque el cuerpo ternecico de un niño, y que salió como comenzado del vientre, la teta le acaba de formar. Y según quedare el cuerpo bien formado, así le avendrá al alma después».

Por eso reprueba la costumbre de recurrir a las nodrizas. «Si los hijos salen a los padres de quien nacen, ¿cómo no saldrán a las amas, con quien pacen, si es verdadero el refrán español?… De arte que si el ama es borracha, habernos de entender que el desdichado beberá con la leche el amor al vino; si colérica, si tonta, si deshonesta, si de viles pensamientos y ánimos, será el niño lo mismo… De la casada es engendrar hijos legítimos, y los que se crían así, mirándolo bien, son llanamente bastardos… Porque la madre en el hijo que engendra, no pone sino una parte de su sangre… Pues el ama que cría pone lo mismo: porque la leche es sangre: la diferencia es ésta: que la madre puso éste su caudal por nueve meses, y el ama, por veinticuatro; y la madre cuando el parto era un tronco sin sentido alguno, y el ama cuando comienza ya a sentir y reconoscer el bien que recibe; la madre influye en el cuerpo; el ama en el cuerpo y en el alma. Por manera que echando la cuenta bien, el ama es la madre, y la que le parió es peor que madrastra, pues enajena de sí a su hijo y hace borde lo que habla nascido legítimo».

Duras podrán parecer acaso a algunos las palabras del maestro salmantino; pues todavía lo son mucho más otras que quedan por transcribir. Pero la ciencia moderna las suscribe planamente, al decir que el recurrir, sin causa suficiente, a la lactancia artificial o a una nodriza, es desertar de un aspecto de la maternidad; o al llamar a la lactancia en la propia madre «cordón lácteo», por comparación al cordón umbilical, y asegurar que la alimentación que ese cordón lácteo suministra es la mejor protección contra la mayoría de las agresiones patógenas de la primera edad y constituye el primer fundamento equilibrado sobre el que se apoyarán las edades posteriores.

El atleta que se prepara para la lucha, de todo se abstiene, ha escrito San Pablo. Con estas palabras ha formulado una ley de la educación física: la abstinencia.

La madre ha de formar al futuro atleta sometiéndole a su tiempo debido a un sacrificio costoso: el destete.

Este primer sacrificio que hay que imponer a los niños tiene su importancia.

Tanto destetar prematuramente a los niños, por comodidad de la madre, como prolongar excesivamente la lactancia, por condescendencia con los hijos, tiene malos resultados.

Con serenidad y energía, sin contemplaciones sensibles, la madre debe imponer a su tiempo debido al hijo de sus entrañas ese primer ejercicio de ascetismo, que contribuirá eficazmente a liberarle de la libido acaparadora de la primera infancia.

Al endurecimiento físico del niño pueden y deben contribuir dos cosas, ya desde el período de la lactancia: la regularidad y la austeridad.

Se regularán y dosificarán, con suave y delicada firmeza y con materno tesón, las comidas y el sueño, sin hacer demasiado caso de lloriqueos y chillidos precozmente caprichosos.

El niño obediente, el alumno dócil, el hombre enérgico, el cumplidor fiel de su deber, empiezan a formarse en la cuna.

También en este primer período se impone cierta austeridad en las manifestaciones de cariño. Los excesivos besuqueos, los frecuentes abrazos, las reiteradas caricias, aun cuando sean por parte de personas de la familia, predisponen eficazmente a la molicie, a la sensualidad, al enervamiento de la voluntad por el predominio de lo sensible.

Esta regularidad en el sueño y en los alimentos hay que continuarla y conservarla en las sucesivas etapas de la vida infantil, como parte importante de la educación física y moral.

A tres reglas prácticas se reducen la regularidad y austeridad en materia de comida:

1ª) No condescender con el capricho de «esto me gusta y esto no me gusta». Hay que oponerse resueltamente a tales exigencias y decir: «Si no tienes ganas, no comas; pero si quieres comer has de comer de eso». ¡Y a buena hambre no hay pan duro!

2ª) Prevenir la saciedad; no hacer comer al niño hasta que diga basta. Es un buen refrán antiguo: Hay que dejarlo cuando sabe mejor.

3ª) No dar de comer fuera de tiempo.

En su célebre cántico al sol, San Francisco de Asís, dedica una estrofa al agua, y dice: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil, y humilde y preciosa y casta».

Útil y preciosa es el agua entre otras muchas cosas para la limpieza del cuerpo humano. Uno de los servicios que la madre ha de prestar con más asiduidad y frecuencia a su hijo es el de la limpieza. Ha de limpiarle en los primeros tiempos, y acostumbrarle cuanto antes a limpiarse y a ser amante de la limpieza corporal y, por consiguiente, a amar el frecuente contacto con el agua.

Un cuerpo sórdido es campo abonado para toda clase de enfermedades e infecciones; sobre un cuerpo limpio, en cambio, resbalan de ordinario los ataques de los microbios portadores de enfermedades y de epidemias.

Pero hay más: un cuerpo sórdido es como una especie de reclamo de la sordidez moral. En cambio, un alma limpia, no se resigna a morar en un cuerpo sucio; la limpieza de alma y de corazón anhela la limpieza del envoltorio del alma, que es el cuerpo. No en vano dijo el pobrecillo de Asís que el agua, además de útil, humilde y preciosa, es… ¡casta!

Cuando el niño empiece a ser mayorcito, por ningún concepto hay que dispensarle del contacto diario matinal con el agua, aunque esté fría. Esa agua fría, si por una parte tonifica el organismo y estimula la circulación, por otra templa la voluntad y la curte, al acostumbrarla al vencimiento propio cada día.

La ducha y el baño son dos prácticas higiénicas de importancia extraordinaria para la higiene corporal y aun espiritual. En ellos la hermana agua… y el hermano jabón limpian el cuerpo y estimulan para la limpieza del alma.

El espíritu de limpieza exterior e interior tienen estrecha conexión con el pudor y el honor; no pocas veces acompañan a la suciedad exterior la interior y la falta de veracidad y honradez.

Por tanto, la temprana costumbre de la limpieza es por demás importante, principalmente para los posteriores años críticos.

En el primer período de la vida del niño, la madre debe protegerlo contra la intemperie. La gran superficie cutánea de su cuerpo origina una enorme pérdida de calor fisiológico. Por otra parte, el sistema térmico regulador, músculos e hígado, funciona muy imperfectamente, si es que funciona. Se impone, pues, abrigar bien al niño.

No obstante, poco a poco hay que acostumbrarle al contacto directo con el aire libre y aun con el sol. La piel, al contacto con el aire y el sol, o al menos la luz, adquiere tono y color.

Además, el ejercicio corporal es una necesidad fisiológica. Por esta razón, aun en los primeros meses, los vestidos de los niños deben ser holgados para que ellos puedan mover libremente sus pies y sus manos.

La educación física, ha escrito un autor, es posible desde los primeros momentos de la vida. El ejercicio corporal activa las funciones vitales.

Por eso los niños, una vez mayorcitos, no deben permanecer mucho tiempo dentro del hogar; deben salir al aire libre y, si es posible, al campo para realizar un moderado ejercicio corporal y tener contacto directo con la naturaleza.

Cuando el niño, ya un poco desarrollado, sabe andar solo, experimenta una necesidad vital: jugar. El niño viene al mundo con sus facultades necesitadas de desarrollo. Ese desarrollo no puede obtenerse más que por el ejercicio. Y como él, por las escasas fuerzas, no puede realizar ese ejercicio que se llama trabajo, no tiene otra vía de expansión vital que la del juego.

¿No habéis visto los cachorrillos y los gatitos pequeños que saltan, corren, se mueven constantemente en torno a sus madres que permanecen quietas y sosegadas? Es el impulso de la naturaleza el que les mueve a ese ejercicio de sus facultades. ¿No habéis visto nunca al tierno recental de blanca lana que trisca y retoza en el prado mientras su madre, la oveja, pace tranquilamente en el prado? Es una interna inclinación vital la que le empuja a ello.

De una manera semejante el niño, al tener unos miembros capaces de moverse y que necesitan hacerlo para su desarrollo, tiene necesidad imperiosa de jugar y debe hacerlo. Mientras dure el desarrollo de sus miembros, la naturaleza misma le impele al juego y le inclina a él.

Aunque esto produzca ruido en el hogar, los padres no deben oponerse al juego de sus hijos.

¡Estáte quieto! ¡No enredes! ¡No hagas ruido! ¡No molestéis! Estas y muchas otras frases que los padres dirigen a sus hijos, mientras éstos se entregan a sus juegos, son antinaturales y antipedagógicas.

Antinaturales, porque van contra un impulso vital necesario para el desarrollo.

Antipedagógicas, porque, al pretender un imposible fisiológico y psicológico, gastan inútilmente la autoridad paterna que debe reservarse para otros momentos en que será necesaria.

Acepten los padres gustosos el sacrificio que los juegos de los niños, mientras sean razonables, traigan consigo, como aceptan el sacrificio de alimentarlos, limpiarlos y educarlos.

Y aún hay que decir que demostrarían muy poco amor a sus hijos los padres que nunca quisieran presenciar y aun tomar parte en sus inocentes juegos infantiles.

Una advertencia deben tener presente los padres con relación a los juegos y ejercicios físicos de sus hijos, y es que hasta que se acerquen a la pubertad les convienen juegos que entretengan y ejerciten, pero no que produzcan cansancio y fatiga excesivos: ni tienen fuerzas para derrocharlas ni sus miembros todavía tiernos pueden soportar fácilmente el agotamiento que producen los ejercicios violentos.

Cuando los hijos sean mayorcitos muy bien harán los padres, si tienen para ello los conocimientos indispensables, en acostumbrar a sus hijos a realizar diariamente y con las ventanas abiertas un poco de gimnasia. Ello tonificará su organismo; desentumecerá sus miembros y fortalecerá su voluntad.

Más adelante podrán permitirles y aun recomendarles la práctica de algunos deportes, aconsejándoles no los más violentos ni los que más excitan el amor propio y apasionan, sino los que ejerciten más armónicamente todos los miembros.

Los paseos por el campo y los moderados ejercicios de alpinismo son también, bajo todos los puntos de vista, aconsejables: tienen, además de las ventajas de las demás prácticas deportivas, la de que ponen a los niños y jóvenes en contacto directo con ese hermoso libro que escribió Dios, llamado naturaleza, que tan fácil y suavemente eleva el alma hacia el creador.

No podemos terminar este capítulo dedicado a la educación física sin consignar unas luminosas orientaciones de Pío XII sobre esta materia:

«La sana doctrina enseña a respetar el cuerpo, pero no a estimarlo más de lo justo. La máxima es ésta: cuidado del cuerpo, fortalecimiento del cuerpo, sí; culto del cuerpo, divinización del cuerpo, no; como tampoco divinización de la raza y de la sangre y de sus principios somáticos o elementos constitutivos. El cuerpo no ocupa el primer lugar en el hombre, ni el cuerpo terreno y mortal, como es ahora, ni el cuerpo glorioso y espiritualizado, como será un día» (Discurso al Congreso Nacional Italiano de Deporte y Educación Física, 8 octubre 1952).

Los padres educadores del cuerpo de sus hijos no deben olvidar esto. Ni ellos han de caen en esa idolatría del cuerpo de sus hijos, ni han de permitir que sus hijos caigan en ella.

Por otra parte, hay que tener presente que, como dice el Papa en ese mismo discurso:

«El deporte y la gimnasia no tiene nada que temer de los principios religiosos rectamente aplicados. La Iglesia bendice los deportes. Poned vuestro gozo en el correcto ejercicio de la gimnasia y del deporte. Llevad en medio del pueblo su benéfica corriente a fin de que florezcan cada día más la salud física y la psíquica y se vigoricen los cuerpos al servicio de espíritu. Sobre todas las cosas, finalmente, no olvidéis, en medio de la embriagadora y frenética actividad gimnástico-deportiva, aquello que vale más en la vida: el alma, la conciencia y, en la cumbre suprema, Dios».

Sería una lamentable equivocación, con motivo o pretexto de la educación física y de la higiene, acostumbrar a los niños pequeños, que todavía están lejos de la pubertad, al desnudismo del propio cuerpo y más todavía al de los demás niños, tendencia que desgraciadamente se ve a veces insinuada. No se puede aprobar esta tendencia, porque se ve en ella el desconocimiento craso de la naturaleza humana. Esta tiene sus santos secretos, que no pueden ser removidos ni descubiertos impunemente, como tampoco pueden sacarse las raíces del árbol a la luz del sol sin que el árbol se seque. Y tal sistema educativo suscitaría vanamente en el niño ciertas cuestiones cuya respuesta debe reservarse para la edad madura y del pleno desarrollo.

Mucho menos debe tolerarse el desnudismo en edades más avanzadas con pretexto de los deportes. Decía Pío XII:

«Hay ciertas formas de deporte que despiertan los instintos ya con fuerza violenta, ya con seducciones de la sensualidad. También, bajo el punto de vista estético con el placer de la belleza… el instinto puede inocular su veneno en las almas. Hay además en el deporte y en la gimnasia, en la rítmica y en la danza, un cierto desnudismo que no es ni necesario ni conveniente. No sin razón, hace algunos decenios, dijo un observador imparcial: «Lo que interesa a la masa en este campo no es la belleza del desnudo, sino el desnudo de la belleza». Ante una manera semejante de practicar la gimnasia y el deporte, el sentido religioso y moral pone su veto.»

En este discurso encontrarán los padres y educadores las normas más firmes y luminosas de la doctrina católica en materia de educación física, aplicables a sus hijos y educandos.

Para terminar este tema, transcribimos del importante Capítulo X del libro Iota Unum, de Romano Amerio: Somatolatría y Penitencia:

La somatolatría moderna y la iglesia

Si bien se considera frecuentemente a la sexualidad como la forma misma de la persona humana, mucho más general es secundar el culto de la corporeidad, convertido por la civilización contemporánea en una parte significativa de la vida del hombre.

Sé bien que el culto del vigor y de la belleza de la persona fue uno de los vínculos que unieron en la antigüedad a las ciudades helénicas en los anfictiones, y que recibieron en las fiestas nacionales su más elevada exaltación. Pero en él concurría toda la cultura de la estirpe griega, y los poetas, historiadores y dramaturgos no eran menos coronados que los atletas de la carrera o de la cesta: no hay sin embargo ningún Píndaro entre los campeones contemporáneos.

Las actitudes hoy llamadas deportivas eran una parte (sin duda importante, pero parte al fin y al cabo) de los valores celebrados en aquellos juegos; aun sabiendo esto, no puede ignorarse que la estima hacia tales valores desaparecía tan pronto como se separaban del compuesto en el que estaban integrados, y que la profesión pura del deporte era despreciada por los filósofos y objeto de burla en la comedia. Séneca, en Epist. ad Lucilium 88, 19, habla con desprecio de los atletas «quorum corpora in sagina, animi in macie et veterno sunt» («Cuyo cuerpo está lleno de vigor y cuya alma está demacrada y en letargo»); Epícteto sentencia que «abiecti animi esse studio corporis ímmorari» («Es propio de un ánimo abyecto dedicar demasiado tiempo al cuidado del cuerpo»); Persío III, 86, se burla de la «juventud muscular»; y Plutarco, en Quaestiones Romanae, atribuye a la gimnasia la decadencia de Grecia.

En la tradición de la pedagogía católica el cuidado del cuerpo formaba parte de las virtudes de ejercicio y alacridad, y se confundía (desde un punto de vista médico) con la higiene. En el difundidísimo Manuale dell éducazione umana (Milán 1834) del P Antonio Fontana, director general de instrucción pública en el Lombardo-Veneto, esta indistinción es todavía perceptible: de los cuatro libros de que consta, se dedica uno entero a la educación física; pero bajo ese título se trata del alimento, del sueño, de la limpieza, y un solo capítulo, Degli esercizi della persona, trata sobre la educación física.

La especialización en las disciplinas, la elevación del ejercicio corporal a ser una forma especial de la actividad humana, y finalmente su celebración y apoteosis, son un fenómeno del último medio siglo.

El deporte llena la vida de los deportistas profesionales, ocupa gran parte de la actividad y casi completamente el ánimo de los jóvenes, y ha invadido la mentalidad de masas enormes para quienes no constituye un ejercicio, sino un espectáculo fuente de inflamables pasiones de competición y rivalidad. Los periódicos dedican habitualmente una tercera parte de su espacio al deporte, han creado un estilo de metáforas grandilocuentes para describir las competiciones, exaltan a gestas y héroes con las formas de la epopeya, y confunden la victoria en un partido con la conquista de la perfección de la persona.

Cuando en 1971 se enfrentaron dos púgiles por el campeonato del mundo con arrebatos de bestialidad que llegaron al insulto personal, los cronistas deportivos (algunos de gran talento) adoptaron las palabras estilo e incluso filosofía para referirse a las diversas formas de aquella única rabia semi-homicida; profanaban así esas palabras de modo similar a como lo hacen con las de especulación y argumento para referirse al desarrollo de una jugada sobre el campo de fútbol.

Magistrados y autoridades exaltan en ocasiones especiales la significación espiritual del deporte y proclaman que «además de una sucesión de acciones disciplinadas dirigidas a un altísimo fin, el deporte tiene el valor de un noble certamen del pensamiento civil», y «frente a los odios que dividen a los pueblos, sólo el deporte puede reconciliarlos y hermanarlos» (Son palabras del alcalde de una ciudad suiza en la inauguración del campo de deportes. También JUAN PABLO II, recibiendo a los futbolistas del Varese, habló de este deporte como de «una noble actividad humana». OR, 5 de diciembre de 1982).

Esta exorbitancia del deporte más allá de su ámbito natural, atribuyéndose la dignidad de fuerza espiritual, no fue eficazmente refutada por la Iglesia; casi admitiendo la injusta y fatal acusación de destruir el vigor de los miembros con la carcoma del espíritu, temió no compartir (o que así lo pareciese) la exaltación de lo físico y añadió incentivos al movimiento somatolátrico del siglo; ¡como si a tal movimiento le hiciese falta su auxilio, y la pasión deportiva no estuviese ya lo bastante encendida entre los hombres!. El único signo de la permanencia de la Iglesia en su actitud de reservada aprobación es la ausencia de sección deportiva en el «Osservatore Romano». Pero la jerarquía ha pasado a posiciones de alabanza y participación.

Existieron siempre en la época moderna asociaciones deportivas y gimnásticas que se reunían bajo la enseña católica; pero la alusión a la religión era esa alusión genérica posible en cualquier género de actividad honesta. Hubo bancos católicos, ligas agrarias católicas, etc., pero más bien eran católicos en los bancos y en las ligas que bancos y ligas católicas.

El deporte como perfección de la persona

Los principales motivos del bautismo concedido por la Iglesia al culto del cuerpo son dos. Primero: la prestancia corpórea perseguida con los ejercicios deportivos es una condición del equilibrio y de la perfección de la persona. Segundo: al reunir a grandes multitudes diferenciadas por la lengua, el modo de vivir o la constitución política, las competiciones deportivas contribuyen al conocimiento mutuo de las gentes y a la formación de un espíritu de fraternidad mundial. Así describe estos dos motivos Gaudium et Spes 61: «Manifestaciones sportivae ad animi aequílibrium nec non ad fraternas relationes iftter homines omnium condícionum, nationum vel diversae stirpis statuendas adiumentum praebent» (Vid. el citado volumen de Discorsi al medid, Roma 1959, pp. 215 y ss.).

Pío XII expuso estos dos motivos, refutándolos o corrigiéndolos, en un importante discurso del 8 de noviembre de 1952 en el Congreso científico nacional del deporte. Las actividades del hombre se califican por su fin próximo; el deporte no pertenece a la esfera de lo religioso, pero aun siendo la conservación y el desarrollo del vigor físico el fin próximo del ejercicio corporal, dicho fin está ordenado al fin último de todos los fines próximos, la perfección de la persona en Dios. El Papa señala que entre los fines próximos del deporte está el dominio cada vez más ágil de la voluntad sobre el instrumento unido a ella: el cuerpo. Pero el cuerpo que se constituye en objeto del deporte es el cuerpo de muerte destinado a ser devuelto a la corriente de la mortalidad biológica, mientras que el cuerpo integrado en el destino sobrenatural del hombre es ése mismo, pero revestido de inmortalidad (a la cual nada añade el vigor adquirido aquí abajo).

Aquí observaré de pasada lo falsa que resulta la idea de que el ejercicio del cuerpo produce por sí mismo salud moral. Esta falsedad ya había sido denunciada por los antiguos. La frase de Juvenal mens sana in corpore sano, que ha pasado mutilada al habla coloquial, es en realidad una refutación del sentido que se le atribuye. No dice que un cuerpo sano implica una mente sana, sino que hay que orar a los dioses para que nos den uno y otra: «Orandum est ut sit mens sana in corpore sano» (Sat. X, 356).

El deporte está sujeto a la ley ascética que exige la ordenación racional de la totalidad del hombre; el uso intensivo del vigor físico no puede ser el fin del deporte: si se emancipa de la austeridad (es decir, del dominio del espíritu sobre los miembros), el deporte desenfrena los instintos mediante la violencia o las seducciones de la sensualidad.

La conciencia de la propia fuerza corporal y el éxito en la competición no son el elemento principal de la actividad humana (son ayudas apreciables, aunque no indispensables), ni una necesidad moral absoluta, ni mucho menos una finalidad en la vida.

Sin embargo, la deformación general del juicio de las masas sobre este punto era tal que el Papa creyó su deber reafirmar que ningún hombre queda mermado en su realidad humana por el hecho de no ser apto para el deporte. Dada la unidad de la persona, definida por su parte superior, no se puede hablar de personalidad física y de personalidad espiritual. También quien no puede practicar deportes cumple a pari un misterioso designio individual de Dios. (Hasta qué punto ha avanzado después de ese discurso la mentalidad somatolárrica, se ve en el hecho de que hoy parece que los inválidos quedan injustamente privados de su perfección de personas si no practican deportes).

Pero esta reserva ante el deporte impuesta por la razón teológica, que distingue la fuerza física de la perfección de la persona, se abandona a menudo bajo la influencia del entusiasmo de las multitudes. Cuando tuvo lugar aquel violento combate que hemos mencionado, el OR del 20 de marzo de 1971 (bajo el título La deslumbrante victoria de los puños) escribía que el interés universal por tal evento «podría ser considerado en cierto modo positivo» porque «pese a todo la humanidad tiene todavía la oportunidad de reaccionar, de concentrarse sobre un valor o un acontecimiento considerado como tal».

Es como si para el articulista el grado de actividad moral del hombre se midiese solamente por su activismo, y dedicarse a un valor o a un supuesto valor tuviese igual carácter positivo. Es la herejía del dinamismo moderno, para el cual la acción vale por sí misma independientemente de su objeto y de su fin. Es el dinamismo que hace al autor parangonar el interés mundial por el acontecimiento pugilístico con el de la conquista de la Luna en 1969, concluyendo que «el boxeo representa un gran momento de la vida», con la única reserva de que «no debe ser absolutizado».

Pero es demasiado evidente que tal reserva concierne al deporte como idea del hiperuranio, y no se refiere a la realidad del deporte en el mundo: éste tiende a su apoteosis, de la cual no quiere la Iglesia distanciarse mediante una condena.