EL ATELIER DE SAN JOSÉ: LA HUIDA A EGIPTO

LA HUIDA A EGIPTO

El día de la Presentación, el anciano Simeón, mostrando a Jesús, había dicho: Este niño será signo de contradicción. San José no tardaría en experimentar la verdad de esta profecía.

Sin duda había oído hablar de Herodes, cuya vida estaba llena de escándalos, de abominaciones y de atrocidades. Tras asesinar a su mujer y a tres de sus hijos, una embajada judía fue a ver a Augusto y le dijo que la situación de los muertos era preferible a la de los vivos perseguidos por el tirano. San José, sin embargo, no podía siquiera imaginarse que su cólera y su sanguinaria envidia estaban a punto de volverse contra Jesús.

Los Magos, en efecto, habían sido avisados sobrenaturalmente para que no volvieran a ver a Herodes y regresaron por otro camino. Y San José, por su parte, recibió, una advertencia más grave: Un ángel del Señor —escribe San Mateo— se le apareció en sueños y le dijo: «Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te diga, pues Herodes va a buscar al Niño para matarle». Él, enseguida, se levantó, tomó al Niño y a su Madre durante la noche y partió hacia Egipto.

Leyendo este texto del Evangelio, que narra el suceso de la manera más sencilla, da la impresión de que se trata de la cosa más simple, más natural. Sin embargo, ¡qué fe y qué grandeza se deja entrever en San José!

Lejos de escandalizarse por la orden que acaba de recibir, no piensa más que en ejecutarla. Cualquier otra persona se hubiese visto turbada y desconcertada.

No era para menos. ¡El hijo de Dios huyendo ante los hombres! ¿Acaso no habían anunciado las Escrituras que haría reinar la paz? Pero nada más nacer, los hombres le persiguen…

¿Acaso no había dicho el Ángel que se llamaría Jesús, pues sería Salvador? ¡Extraño Salvador que tiene que huir y exiliarse aprovechando las sombras de la noche!

¿Qué hace, pues, su Padre, en lo alto de los Cielos…? El que es dueño del rayo y tiene a su disposición legiones de Ángeles, ¿podrá menos que un miserable reyezuelo de la tierra, orgulloso de su ridículo ejército…? ¡Qué incoherente parece todo esto!

Por otra parte, ¿no tenía derecho José a lamentarse diciendo que se le sacaba de su patria sin poder prepararse? No se le daba tiempo para organizar esta huida a una tierra extraña, se le avisaba en el último momento y se le ordenaba, con desenvoltura, que permaneciera en ella hasta nuevo aviso… José, sin embargo, no piensa ni dice nada de esto. Ha leído en Isaías (55, 9) una idea que hace suya: Cuanto son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros mis pensamientos.

Por otra parte, apoyando su fe en la de María Santísima, cuyas menores expresiones aportan a su espíritu luces tranquilizadoras, no se arroga el derecho de juzgar, de criticar y, menos, aún de censurar los designios adorables de Dios; no se queja de este Niño que incomoda, que, desde su más tierna infancia, acarrea la persecución.

Después de todo —se dice— esta orden de partida nocturna para escapar de Herodes no es más desconcertante que el hecho mismo de la Encarnación. ¿No forma parte acaso del mismo misterio?

Sin duda a Dios le sería fácil desbaratar los proyectos de Herodes, ya que es todopoderoso y guía a los astros por el cielo, pero ha venido a la tierra para abrazar nuestra condición humana; es preciso, por tanto, que sea semejante a nosotros en todo. No tiene por qué hacer milagros para sustraerse a las persecuciones, ya que la victoria que viene a ganar sobre nuestros pecados quiere realizarla mediante la humildad y el anonadamiento.

Pero, por otra parte, no debe morir ni ser asesinado con los Inocentes, ya que no ha hecho más que comenzar su tarea. Es él, José, a quien Dios precisamente ha elegido para ponerse al servicio de María y del Niño, esos dos seres a quien quiere más que a sí mismo. Si el Ángel no le ha dicho que va a acompañarles, es que debe ser Él quien los proteja. Se le ha llamado a desempeñar el papel de padre del Hijo de Dios, y debe sacrificarse para cumplir esta tarea con toda su grandeza. Por eso, no tiene más que un deseo, una aspiración, una pasión: servir a los designios de Dios, a cualquier precio.

Así pues, se levanta sin tardanza, despierta a María y le cuenta el sueño que acaba de tener. María se precipita hacia la cuna en que Jesús duerme apaciblemente, como ajeno —Él, el Dios omnisciente— a todo lo que se trama contra Él. Le toma en sus brazos procurando no despertarle y luego, apresuradamente, recogen lo más necesario y lo meten en un saco de tosca arpillera.

José esconde en su cinturón el oro de los Magos y sus escasos ahorros; duda un momento preguntándose si debe llevar sus útiles de trabajo, pero al final renuncia pensando que su peso y su volumen retrasarían la marcha.

Finalmente, va al establo, desata al asno, y, en el silencio de la noche, procurando tomar las sendas más apartadas, sin hacer ruido, huye, llevando con él su doble tesoro…

Por medio de la fe nos lleva Dios al conocimiento de su bondad y de sus promesas, con lo que nos inspira el deseo y la esperanza, de llegar a poseerle. De manera que habiendo tenido San José la fe en grado eminente, tuvo por lo mismo una tan viva y firme confianza, que Dios, según la expresión del Profeta, la había confirmado en modo especial en la esperanza.

Y a la verdad, sí la confianza crece y se fortifica en proporción de las gracias que recibimos de la bondad divina; si el sólido fundamento de nuestra esperanza se asienta sobre los méritos infinitos de Jesucristo; si la devoción y el amor a la Santísima Virgen, y la certeza de ser protegidos por María, omnipotente ante Dios, son las fuentes de la más dulce esperanza, ¡cuál no debía ser la confianza de José, que tenía a Jesús en sus brazos y a María de continuo a su lado!

Por lo cual vemos con qué esperanza admirable parte para Egipto, sin otra estrella por guía que la obediencia, sin otro viático que la voluntad divina, sin otro apoyo que una fe ciega en la Providencia.

Y por otra, parte, ¿qué podía temer José? ¿No es María la dulce estrella que lo conducirá a través del espantoso desierto que debe cruzar? ¿Cómo podrá abandonarlo Aquel que le mandó huir? ¿No es Dios el Padre del Niño divino que lleva entre sus brazos? ¿No es el mismo Dios que hace muchos siglos ordenó a sus antepasados que cruzaran los mismos desiertos para librarse de la esclavitud de Faraón, cuya crueldad igualaba la de Herodes?…

José sabe que posee a Jesús, auxilio más poderoso que el Arca Santa que precedía a Israel, que la columna que lo guiaba y que el maná que lo alimentó en el desierto.

Todos estos bienes no eran sino una figura del Salvador que él estrechaba contra su pecho. Plenamente satisfecho con tal tesoro, pone toda su felicidad y su gloria en sufrir por Jesús, con Jesús y en compañía de Jesús.

Al escribir Isaías lo que sigue, aludía ciertamente a San José: He aquí que el Señor, traído sobre una nube ligera, entrará en Egipto; y nuestro Santo Patriarca era esa nube que ocultaba los rayos del sol naciente.

Ese divino Sol de justicia, que en los cielos regula el curso de los astros y los oscurece con su esplendor, se halla sobre la tierra, envuelto en pobres pañales, en brazos de su Padre Adoptivo, que le lleva a donde él quiere. ¡Oh, sí! Cuando se tiene a Dios en el corazón, como José le lleva sobre su pecho, no se siente ninguna fatiga, ni andando por los caminos más difíciles.

¡Oh, alma fiel! Imita a San José: salva y conserva al divino Niño, a quien también ahora Herodes, esto es, el mundo y el demonio, persiguen y quieren hacer morir. Cierra los oídos a sus sugestiones, no le oigas; toma al Niño y huye. Llévale sobre tu corazón y tenle unido a ti con vínculos indisolubles.

Así como lo hizo San José, vigila a su lado para que nunca se aleje de ti; estréchale entre tus brazos con humilde confianza en su bondad, y con un respetuoso temor de perderle; evita que todas las fuerzas del enemigo puedan arrebatártelo.

Si tú lo conservas, Él te conservará; si le tienes contigo, Él te guiará; pero si por tu infidelidad y negligencia tienes la desgracia de perderle, todo está perdido para ti, y podrás decir con más verdad que el antiguo patriarca: ¿Qué será de mí, ahora que he perdido a ese querido Niño?

Sigamos a la Santa Familia a través de los desiertos, conmovidos por sus padecimientos y admirados por su constante confianza en la divina Providencia.

¿Dónde se alojarían por la noche, y dónde durante el día habrán hallado descanso? ¿Y dónde y cómo habrán podido restaurar sus fuerzas?

Fácil cosa es suponer las molestias y sufrimientos padecidos en ese viaje por la Sagrada Familia. El camino era larguísimo; los autores lo calculan ordinariamente en más de doscientas leguas; de modo que debe de haber durado por lo menos treinta días.

¡Qué espectáculo conmovedor ofrecen estos dos castos esposos fugitivos con un Niño pequeño! Viendo a aquellos tres augustos personajes en tan lamentable condición, ¿quién no habrá pensado que eran pobres mendigos vagabundos?

Imitemos a San José; obedezcamos con docilidad y amor las leyes de la divina Providencia, que nos manda la salud y las enfermedades, las riquezas y la pobreza, nos levanta y nos humilla como le place, y siempre para nuestro mayor bien.

Dejemos obrar a esta Sabiduría eterna, que conoce el presente y prevé lo que ha de ser; a este poder que lo hace todo en la medida de su querer.

Se desvanecerían todas nuestras inquietudes, si creyéramos esta única verdad: que todo acontecimiento, con toda la secuela de sus consecuencias, está en las manos de Dios, que nos ama tiernamente. ¡Qué felicidad para un alma piadosa, poder unirse como San José a esta divina Providencia, que ordena y gobierna todas las cosas; querer cuanto ella quiere y nada más, y por lo mismo, estar seguros de tener siempre sólo lo que ella desea!

¡Qué sublimidad y qué calma! Hacer siempre su voluntad, precisamente porque cuesta hacerla; olvidarnos entera y santamente cuando somos olvidados; encontrarnos en Dios, porque por Dios nos habíamos olvidado de nosotros mismos…

El alma que, a ejemplo de San José, se abandona a la divina Providencia, como Él reposa y se duerme tranquila entre sus brazos, como un niño en los de su madre; toma por divisa estas palabras de David: Dormiré y descansaré en paz, porque Vos, Señor, habéis afirmado mi esperanza en vuestra Providencia.