LAS ETAPAS DE LA EDUCACIÓN
En el caso de padres católicos, el niño que debe ser educado es un bautizado en el cual permanecen, sin embargo, las cuatro heridas del pecado original: ignorancia en la inteligencia, malicia en la voluntad, concupiscencia en el apetito concupiscible, debilidad en el apetito irascible.
Se trata de un ser humano, elevado al orden sobrenatural, que por la gracia bautismal se transformó en hijo de Dios; pero en el cual subsiste el desorden, las malas inclinaciones en sus facultades.
Ese niño ha sido rescatado, lleva en su alma la vida sobrenatural de la gracia; pero debe ser educado para que las heridas del pecado original en sus potencias no lo conduzcan a la muerte del pecado.
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Muy claramente lo enseña Pío XI, en su Encíclica Divini Illius Magistri:
Nunca se debe perder de vista que el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo entero, espíritu unido al cuerpo en unidad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales, cual nos lo hacen conocer la recta razón y la revelación; es decir, el hombre caído de su estado originario, pero redimido por Cristo y reintegrado a la condición sobrenatural de hijo adoptivo de Dios, aunque no a los privilegios preternaturales de la inmortalidad del cuerpo y de la integridad o equilibro de sus inclinaciones.
Quedan, por tanto, en la naturaleza humana los efectos del pecado original, particularmente la debilidad de la voluntad y las tendencias desordenadas del alma.
La necedad se esconde en el corazón del niño; la vara de la corrección la hace salir de él (Prov 22,15). Es,
por tanto, necesario desde la infancia corregir las inclinaciones desordenadas y fomentar las tendencias buenas, y sobre todo hay que iluminar el entendimiento y fortalecer la voluntad con las verdades sobrenaturales y los medios de la gracia, sin los cuales es imposible dominar las propias pasiones y alcanzar la debida perfección educativa de la Iglesia, que fue dotada por Cristo con la doctrina revelada y los sacramentos para que fuese maestra eficaz de todos los hombres.
Por esta razón es falso todo naturalismo pedagógico que de cualquier modo excluya o merme la formación sobrenatural cristiana en la instrucción de la juventud; y es erróneo todo método de educación que se funde, total o parcialmente, en la negación o en el olvido del pecado original y de la gracia, y, por consiguiente, sobre las solas fuerzas de la naturaleza humana.
A esta categoría pertenecen, en general, todos esos sistemas pedagógicos modernos que, con diversos nombres, sitúan el fundamento de la educación en una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño o en la supresión de toda autoridad del educador, atribuyendo al niño un primado exclusivo en la iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, natural y divina, en la obra de su educación.
Pero si los nuevos maestros de la pedagogía quieren indicar con estas expresiones la necesidad de la cooperación activa, cada vez más consciente, del alumno en su educación; si se pretende apartar de ésta el despotismo y la violencia, cosas muy distintas, por cierto, de la justa corrección, estas ideas son acertadas, pero no contienen novedad alguna; pues es lo que la Iglesia ha enseñado siempre y lo que los educadores cristianos han mantenido en la formación cristiana tradicional, siguiendo el ejemplo del mismo Dios, quien ha querido que todas las criaturas, y especialmente los hombres, cooperen activamente en su propio provecho según la naturaleza específica de cada una de ellas, ya que la sabiduría divina se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad (Sal 8,1).
Pero, desgraciadamente, si atendemos al significado obvio de los términos y a los hechos objetivamente considerados, hemos de concluir que la finalidad de casi todos estos nuevos doctores no es otra que la de liberar la educación de la juventud de toda relación de dependencia con la ley divina.
Por esto en nuestros días se da el caso, bien extraño por cierto, de educadores y filósofos que se afanan por descubrir un código moral universal de educación, como si no existiera ni el decálogo, ni la ley evangélica y ni siquiera la ley natral, esculpida por Dios en el corazón del hombre, promulgada por
la recta razón y codificada por el mismo Dios con una revelación positiva en
el decálogo.
Y por esto también los modernos innovadores de la filosofía suelen calificar despreciativamente de heterónoma, pasiva y anticuada la educación cristiana por fundarse ésta en la autoridad divina y en la ley sagrada.
Pretensión equivocada y lamentable la de estos innovadores, porque, en lugar de liberar, como ellos dicen, al niño, lo hacen en definitiva esclavo de su loco orgullo y de sus desordenadas pasiones, las cuales, por lógica consecuencia de los falsos sistemas pedagógicos, quedan justificadas como legítimas exigencias de una naturaleza que se proclama autónoma,
Pero es mucho más vergonzosa todavía la impía pretensión, falsa, peligrosa y, además inútil, de querer someterse a investigaciones, experimentos y juicios de orden natural y profano los hechos del orden sobrenatural referentes a la educación, como, por ejemplo, la vocación sacerdotal o religiosa y, en general, las secretas operaciones de la gracia, la cual, aun elevando las fuerzas naturales, las supera, sin embargo, infinitamente y no puede en modo alguno someterse a las leyes físicas, porque el Espíritu sopla donde quiere.(Jn 3,8).
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Volviendo a las etapas de esta educación, decimos que, si bien la especial solicitud del ser humano por sus hijos en la primera etapa de su existencia radica en el entendimiento y en la voluntad de los padres, y no afecta directamente las facultades del niño, sin embargo, debemos afirmar que la actividad educativa comienza antes del nacimiento, desde el momento mismo en que la madre percibe la presencia de una nueva vida en su seno.
Es cierto que en esa primera etapa de la vida debe atenderse especialmente a las necesidades propias de la subsistencia y del desarrollo del cuerpo del niño; es verdad que sólo más tarde llega el momento de ocuparse de las necesidades educativas propiamente dichas: la formación del entendimiento y de la voluntad.
Pero, ocuparse de las exigencias físicas de la prole es asentar las condiciones que hacen posible el desarrollo del espíritu: como el uso de la razón está impedido, durante más o menos tiempo, por factores fisiológicos, el cuidado físico del niño en los primeros años no es simplemente previo, sino también preparatorio de la formación intelectual y moral.
La educación, en el sentido de instrucción, comienza cuando el niño llega a los años de la discreción, es decir, aquella edad en que puede distinguir, por medio del raciocinio, entre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo.
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Santo Tomás nos habla de un desarrollo gradual de la razón a lo largo de los tres primeros septenios:
El primero es el que existe cuando el hombre ni entiende por sí mismo ni puede comprender por medio de otro.
El segundo es el estado en el que puede comprender por medio de otro, pero en el que no se basta a sí mismo para entender y comprender.
El tercero es el que se da cuando el hombre no sólo puede comprender por medio de otro, sino también por sí mismo.
Y continúa el Santo Doctor:
Y como quiera que la razón se desarrolla en el hombre de un modo gradual, conforme se halla el dinamismo y la flexibilidad de los humores, el hombre se halla en el primer estado de la razón antes de cumplir los siete primeros años.
Comienza, en cambio, a llegar al segundo estado al final del primer septenio, y de ahí que sea entonces cuando se mandan los niños a las escuelas.
Y al tercer estado llega el hombre hacia el final del segundo septenio, en lo que atañe a su propia persona; pero en lo referente a lo que le es externo, al final del septenio tercero.
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Conforme a lo dicho, podemos dividir la actividad educativa en tres etapas:
1ª) Hasta el despertar de la razón: debe educarse toda la parte sensitiva.
2ª) A partir del uso de razón hasta la pubertad: hay que educar principalmente la voluntad.
3ª) Desde la pubertad en adelante: es necesario formar la inteligencia.
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Dicho de otro modo, tenemos que el niño es una semilla de hombre; ahora bien, el hombre en su desarrollo total puede alcanzar varias metas parciales de perfección, que son los diversos aspectos de la educación integral humana.
En primer lugar, el desarrollo perfecto y armónico del cuerpo y de sus miembros, de suerte que uno y otros tengan robustez y energía en grado elevado.
Viene luego, el desenvolvimiento total de los sentidos internos y externos, de suerte que éstos puedan captar perfectamente las imágenes sensibles de las cosas y aquéllos reproducirlas y combinarlas en la fantasía.
Con el despertar de la inteligencia, llegamos al ejercicio y desarrollo de la voluntad, de suerte que ésta tenga el dominio de todas las facultades superiores e inferiores del hombre y sepa avanzar impávida frente a lo arduo y adverso
Finalmente, tenemos la evolución y formación perfecta del entendimiento, en virtud de la cual el hombre almacena las ideas de las cosas y deduce de las mismas, mediante el raciocinio, otras nuevas ideas que él da a luz.
Todo esto es en el orden natural. En el sobrenatural, cabe el desarrollo pleno de la vida de la gracia recibida en el bautismo.
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Los diversos aspectos parciales de la formación humana que acabamos de indicar, no pueden empezar a ejercitarse todos desde el principio de la vida del niño, sino que deben principiar a cultivarse en etapas sucesivas.
Cada uno de esos momentos indica, no el tiempo de realizar totalmente la educación parcial que se ha indicado, sino la de empezarla, debiendo luego proseguirse por parte de los padres este trabajo educativo, juntamente con los demás que ya se iniciaron anteriormente o se vayan iniciando después, hasta que termine el tiempo de educación de los hijos.
La educación sobrenatural comienza en la cuna y aún antes; mientras que la instrucción religiosa propiamente dicha empieza en el tiempo de la formación intelectual, esto es, cuando comienza a abrirse la inteligencia infantil, y debe proseguir hasta el final.
