SAN JOSÉ Y LOS SANTOS REYES MAGOS
De muchos bellísimos y sublimes arranques de entusiasmo hicieron demostración los santos escritores al publicar el regocijo y consuelo que experimentó María Santísima al adorar al Niño Jesús recién nacido; mas ¿qué diremos al señalar el placer y alegría que inundó el alma de San José al descubrir al Niño Dios reclinado en el pesebre?
Dice San Juan Crisóstomo: «En viendo San José al Redentor ya nacido, sentía que su corazón saltaba de júbilo y no le cabía en el pecho.»
¡Cuántas ideas se agolparían en su mente con la contemplación de tan subirme espectáculo!
Parécenos que, fuera de sí a fuerza de su contento, recordaría aquello de Isaías: «Levántate, Jerusalén; recibe la luz, porque ha venido ya tu lumbrera, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. He aquí que las tinieblas y la obscuridad de las naciones cubrirán la tierra, pero sobre ti nacerá el Señor, y en ti brillará su gloria. A tu luz caminarán las gentes, y los reyes al resplandor de tu nacimiento. Tiende tu vista alrededor y mira: todos esos se han congregado y vinieron a ti, de lejos llegarán tus hijos, y tus hijas acudirán a ti de todos lados. Entonces verás y abundarás, se asombrará tu corazón y se ensanchará cuando veas llegar a ti de allende los mares muchedumbre de naciones y acudir a ti pueblos poderosos.»
Y al penetrar en esta profecía la indefectible grandeza de reino de Jesucristo y contemplar tan humillado al divino Infante, que cual Monarca debía obrar esas maravillas, no sabía qué pensar ni qué decir, lleno de inefable dulcedumbre.
El aspecto del Niño Dios le extasiaba; mas al verlo sobre frías pajas, en vil pesebre, temblando de frío y soltando alguna lagrimilla, sentía su alma herida de pesar y amargara.
¿Y qué diremos de los afectos que inundaron el corazón de San José al contemplar al recién nacido adorado primero por los Ángeles, y seguidamente por los pastores? ¿Y qué de la piadosa visita de los Magos, que guiados por la Estrella milagrosa, penetraron en la santa gruta, y sin escandalizarse de la pobreza del lugar se postraron ante Jesús, le adoraron y le ofrecieron incienso, oro y mirra, como a Dios, como a rey y como a hombre?
En efecto, algún tiempo después del nacimiento de Jesús, San José presenció con la Virgen María una escena conmovedora. Del mismo modo que los Ángeles, con su canto de gloria, anunciaron el nacimiento de Jesús en los alrededores de Belén, la aparición de una nueva estrella lo anunció en el Oriente.
A la vista de esta estrella, tres príncipes, denominados Magos o Sabios, comprendieron que había nacido el Mesías vaticinado por los Profetas, y partieron en su busca.
La estrella, convertida en su guía, los condujo hasta Jerusalén, y después desapareció. Por tal desaparición, los Magos dedujeron que debía de ser aquélla la ciudad donde había nacido el Niño a quien buscaban; y peguntaron a la gente:
— ¿Dónde ha nacido el Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente, y hemos venido a adorarlo.
Habiendo sabido esto Herodes, que a la sazón reinaba en Jerusalén; hizo llamar a dichos Magos, y reunidos los doctores de la Ley, les preguntó dónde debía nacer el Mesías. Habiendo éstos respondido que, según una profecía, el Mesías esperado debía nacer en Belén, Herodes dijo a los Magos:
— Id a Belén. Buscad al Niño, y cuando lo hayáis encontrado, venid a comunicármelo, a fin de ir yo también a adorarlo.
Al oír estas palabras, los Magos se encaminaron hacia Belén, que distaba cerca de ocho kilómetros de Jerusalén. Apenas salieron de Jerusalén, reapareció la misma estrella, y fue a detenerse sobre el establo donde estaba el Niño Jesús.
Con la seguridad de haber encontrado con esta señal al nacido Rey que buscaban, entraron los Magos en el Portal, y encontraron al Infante con María. Llenos de gozo se postraron a los pies de Jesús, lo adoraron y le ofrecieron incienso, oro y mirra, símbolo de su fe en Jesús, a quien reconocieron por verdadero Dios y por verdadero Hombre. Y después, advertidos por un Ángel de que no volvieran a Herodes, retornaron a su país por otro camino.
Averiguan los intérpretes por qué en tan ruidosa y soberana visita no nombra la Sagrada Escritura para nada a San José, contentándose con decir que hallaron los Magos al Infante con María, su Madre.
A esto responden sus devotos que muchas cosas se calla el Evangelio que nos indica el sentido común. ¿En qué cabeza cabe imaginar que San José no presenciara esta embajada, una de las principales escenas ocurridas en la cueva de Belén?
¿Cómo se quiere que dejara en momentos tan críticos a su Esposa el que había sido constituido su auxilio, guarda y consuelo por el mismo Dios?
Es indudable que, si no estuvo allí cuando llegaron los Reyes, se presentaría al instante para instruirlos y agasajarlos.
Así lo confirman todos los lienzos y esculturas de los primeros siglos de la Iglesia que nos representan la adoración de los Magos; así lo predicaba San Juan Crisóstomo en su homilía VIIIa sobre este misterio; así lo dejó escrito San Jerónimo en sus comentarios sobre San Mateo.
Y en verdad, ¿cómo había de privar el Señor a su fiel siervo de tanta honra y consuelo? ¿Cómo se puede suponer, sin injuria de la Virgen, que no hubiera inmediatamente mandado aviso a su Esposo, indicándole la visita de los Santos Reyes?
Sin duda ninguna, fue nuestro Santo el que, como cabeza de la Sagrada Familia, recibió de los Magos los soberanos dones. Y aun a San José atribuye San Jerónimo que no volvieran los Santos peregrinos a su patria por el camino que habían traído.
Si bien el Evangelio no lo expresa, es de suponer, pues, qué San José acogió amorosamente a los Magos, los interrogó, respondió a sus preguntas, y les presentó al Niño Jesús, a fin de que lo adoraran y le presentaran sus ofrendas.
Todos estos portentos y visitas, incentivos serían y dulce cebo para el santo ayo de Jesús, que avivarían su clarísima fe en la providencia con que el Señor promovía la gloria de su divino Infante.
¿Cómo de otra suerte se podría explicar San José la adoración de los Magos? Porque como dice San Juan Crisóstomo tan bellamente: «¿Qué pompa real vieron éstos por la que se persuadieran que era aquel el Niño Rey que ellos buscaban? ¿Dónde estaban allí las compañías armadas de la guardia real? ¿Dónde los escuadrones de caballos? ¿Dónde el ruido de carrozas, y todo lo demás que la desvanecida opulencia usurpa para soberbia ostentación de su grandeza? Porque allí no vieron sino una cueva humilde, un pesebre y unas pajas».
Y viendo también esto San José, deduciría seguramente que, además de la estrella, otra luz más clara les fue dada por Dios a los Magos; la cual los ilustró e inspiró que dieran tanta honra como dieron al pequeñuelo Jesús reclinado en el pesebre.
¿Quién podrá describir la alegría del Santo Patriarca al ver a Jesús reconocido y adorado como Dios por los Magos, a pesar de la extrema pobreza que lo rodeaba?
¿Quién puede describir su consuelo, al pensar que esos nobles y santos varones habrían de propagar la noticia del suceso en todo el Oriente?
Mientras tanto, Él, como ya lo hiciera en el Nacimiento del Redentor y en la Presentación al Templo, apareció ante los Magos como Padre de Jesús y como Jefe de la Sagrada Familia, y desde entonces cooperó a la ejecución del admirable designio de la Redención del género humano.
