EL ATELIER DE SAN JOSÉ: PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

SAN JOSÉ EN LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO


Es de hacer notar que en las páginas del Evangelio que cuentan la infancia del Niño Jesús, San José, lejos de pasar inadvertido, aparece siempre actuando de acuerdo con María, la Virgen Madre.

No nos asombremos, pues, de verle acompañando a su Esposa cuando, cuarenta días después de aquella maravillosa noche de Belén, María se dirigió a Jerusalén con objeto de purificarse y de presentar al niño en el Templo.

En aquellos tiempos, entre los hebreos estaban en vigor, en efecto, dos leyes relacionadas con el nacimiento de los niños: una se refería a la madre, y la otra, al niño, cuando éste era primogénito.

La mujer que había dado a luz un hijo, era considerada impura, y, por lo tanto, indigna de entrar en el Templo durante cuarenta días, pasados los cuales, para purificarse debía presentarse en el Templo y hacer una ofrenda.

El niño primogénito debía también ser llevado al Templo, para ser ofrecido a Dios; y luego podía rescatarse con la suma de cinco siclos de plata.

María Santísima no quería sustraerse a la Ley, aunque, evidentemente, hubiera podido creerse dispensada. ¿Acaso tenía necesidad de ser presentado a Dios, Aquel que era el mismo Dios? ¿Tenía Ella necesidad de purificarse cuando su alumbramiento no había hecho más que aumentar el esplendor de su virginidad…?

A estas leyes no estaban, ciertamente, sujetos ni la Santísima Virgen María, que era Virgen purísima y Madre por obra del Espíritu Santo, ni Jesús, que era el Hijo de Dios, y Dios Él mismo. Sin embargo, quisieron observarlas exactamente.

Así, pues, cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María se presentó en el Templo de Jerusalén para purificarse y hacer su ofrenda, y presentar también a su Niño Jesús.

San José se mostró en todo de acuerdo con Ella, a fin de que todo lo que estaba prescrito en casos semejantes fuese exactamente observado hasta en el menor detalle.

Se pusieron, pues, en camino, con el corazón rebosante de alegría, pensando que iban a cumplir un acto de religiosa obediencia: no sospechaban que lo que consideraban un misterio de alegría iba a verse acompañado de un trágico anuncio de dolor.

Jesús, en brazos de María y escoltado por José, entró por primera vez en la ciudad que había de verle un día con la Cruz a cuestas camino del Calvario.

En tal circunstancia, San José, no sólo acompañó a María y a Jesús al Templo, sino que proveyó las dos palomas que María debía ofrecer por su purificación, según lo prescrito por la Ley a las madres pobres; proveyó, asimismo, los cinco siclos de plata para rescatar al Niño Jesús; ayudó a conducir en sus brazos al Divino Infante de Belén a Jerusalén, y junto con María lo ofreció a Dios en el Templo por medio de los sacerdotes.

A las puertas del Templo, José compró, pues, dos tórtolas para la ofrenda, ya que carecía de recursos para comprar un cordero. De este modo, la humilde pareja quedó encuadrada en el grupo de los pobres y, por eso, nadie se fijó en ella cuando atravesaron la explanada.

Fue ésta la primera vez que José compareció públicamente, como Padre de Jesús y como Jefe de la Sagrada Familia.

Esta primera presentación fue muy dolorosa para él, puesto que veía a María considerada como madre según el simple orden natural, mientras era madre por un milagro; la veía aparecer como impura, mientras era santísima y purísima; la veía confundida entre las demás mujeres, y hasta con las mujeres pobres, no obstante ser la Madre de Dios.

Además, veía al Niño Jesús presentarse como un niño cualquiera, cuando en realidad era el verdadero Hijo de Dios hecho Hombre.

Mas el Señor no tardó en consolarlo. En efecto, mientras él asistía al cumplimiento de la Ley de la Purificación de María y de la Presentación de Jesús en el Templo, un Santo Anciano, un hombre justo y temeroso de Dios llamado Simeón, el cual había recibido del Espíritu Santo la seguridad de que no moriría sin antes ver al suspirado Mesías, iluminado por Dios reconoció en aquel Niño al Salvador del mundo.

Simeón, viva personificación de Israel, tenía una única aspiración: ver al Mesías. Cuando descubrió a Jesús en brazos de su Madre, el Espíritu Santo que habitaba en él le advirtió en secreto que ese Niño era el esperado desde hacía siglos, el prometido de Dios.

Aproximándose con respeto, pidió que le permitieran tomarle en sus brazos y luego, alzándole, bendijo a Dios; y temblando de emoción, con el rostro iluminado con una especie de éxtasis, entonó un himno de victoria y de acción de gracias, y con trasportes de júbilo exclamó:

Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra: porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo, Israel.

El padre y la madre de Jesús —añade el Evangelio— estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Y no es que las palabras que acaban de oír fuesen para ellos una revelación, sino que les admiraba comprobar cómo la venida de su Niño al mundo era saludada por tantos testigos inspirados.

Tras bendecir a Dios, Simeón se volvió a José y María, bendiciéndoles también como para animarles en la tarea que habrían de cumplir. Simeón unió a José y a María en una misma bendición, ya que ambos habían contribuido, aunque en distinta medida, a la venida del Mesías.

Mas he aquí que ahora se dirige sólo a María. Al devolver el Divino Infante esta joven Madre, que acaba de serlo, no temerá hacer una aterradora predicción:

Este Niño está puesto para ruina y salvación de muchos… Será hecho blanco y signo de contradicción… En cuanto a ti, tu misma alma la traspasará una espada

A San José no le dijo nada que le atañera personalmente. El instinto profético de Simeón parecía excluirle del doloroso destino del Gólgota, ya que Él no estaría presente. No obstante, su alma también se vería traspasada por una espada…

Escucharía al anciano con el corazón angustiado. ¿Cómo no iba a escuchar con indecible dolor lo que acababa de decir sobre su Hijo adoptivo y su querida Esposa…? La predicción le golpeaba tanto más cruelmente cuanto que lo que acababa de oír era, al mismo tiempo, tan vago y tan preciso que se podía temer cualquier cosa.

Así pues, Jesús tendría que sufrir contradicción: sería rechazado por una parte de la nación que esperaba desde hacía mucho tiempo a su liberador. Los hombres, por su causa, quedarían separados en dos campos opuestos; unos blasfemarían de Él, los otros le adorarían; para unos sería causa de salvación, para otros de caída.

Las palabras que Simeón ha dirigido a su Esposa también le causan pena: acaba de oír que está condenada a sufrir intensamente. ¡Cómo hubiera preferido José que hubiese sido a Él a quien le anunciaran todo eso! Al fin y al cabo su función consistía en soportarlo todo. Pero su Esposa…, tan dulce, tan pura, tan santa… ¿Era posible que Dios la destinara al dolor?

¿Por qué el anciano no se lo había dicho a Él?

Con todo, la profecía de Simeón le hiere en lo más profundo de su ser. Las palabras que ha oído se graban en su espíritu y empiezan a angustiarle. En adelante, no podrá mirar a su Esposa y al Niño sin que enseguida se yerga ante sus ojos el pensamiento de los anunciados dolores. Esperando ver surgir la espada de la profecía, proseguirá su camino con una llaga en el corazón que nunca se cerrará…

A pesar de todo, no se queja ni se irrita. Permanece fuerte y sumiso. Ha recibido la misión de poner al Niño el nombre de Jesús-Salvador y comprende instintivamente que la salvación sólo puede operarse mediante el sufrimiento. Pronuncia, pues, un generoso fiat y se siente dispuesto a seguir al Mesías y a su Madre en su vía dolorosa. Señor —dice—, aunque sea un pobre hombre, indigno de colaborar en tus designios redentores, si necesitas una víctima, piensa en mí y no en ellos

María y José entran en el Templo. La ceremonia se desarrolla sin pompa ni aparato. José deposita sobre el altar las dos tórtolas, excusándose ante el sacerdote por no poder ofrecer nada mejor a causa de su pobreza, y el sacerdote recita sobre María la oración prescrita. Luego, José saca de su bolsa los cinco siclos de plata exigidos para rescatar a Aquel que ha venido a rescatar al mundo.

La ceremonia ha terminado. Rápidamente, el sacerdote se aleja sin saber que acaba de verse implicado en el momento más glorioso de la historia del Templo. Ignora que el Niño que acaba de mirar con indiferencia es el Verbo Encarnado que, al entrar en este mundo, ha dicho a su Padre celestial: He aquí que vengo para hacer Tu voluntad.

Mientras tanto, llegó de improviso una Veneranda Anciana Profetisa, llamada Ana, la cual reconoció también en el Niño Jesús al Redentor del mundo, y se puso a manifestarlo así a todos los que estaban a su alrededor.

Con esto, San José ―y también ciertamente la Virgen María― al oír tales cosas, quedó maravillado viendo a Jesús reconocido cual verdadero Mesías por los dos Santos Ancianos, no ya en privado, como por los pastores en el establo de Belén, sino públicamente, en el Templo de Jerusalén.

Admiró José en esa circunstancia la humildad y la obediencia de su Santísima Esposa, y el amor de Jesús hacia los hombres, por cuya salvación debía un día padecer y morir. Admiró la resignación de María, a pesar del profundo dolor que experimentó al oír la predicción de la pasión y muerte de Jesús, y se conformó también Él a la santísima voluntad de Dios.

Una vez terminadas las ceremonias prescritas por la Ley, los dos esposos parten de nuevo hacia Belén, donde José ha decidido establecer provisionalmente su morada.

Pero el camino de vuelta no es tan alegre como el de ida. Hablan poco. Las palabras proféticas de Simeón continúan angustiándoles.

María lleva en brazos al Niño y le estrecha contra su Corazón pensando en el destino trágico que le espera.

José, por su parte, va adquiriendo una conciencia cada vez más viva de su vocación. Sabe que su papel va a ser importante y difícil: conservar, alimentar y proteger hasta el día de su sacrificio a Aquel que se ha hecho oblación para los hombres.

Por la noche, ya de vuelta a su humilde morada de Belén, antes de retirarse a descansar, se inclina sobre la cuna de Jesús y, recordando el Cántico de Simeón, interpreta sus palabras aplicándoselas a Él mismo:

No dejes, Señor, partir todavía a tu siervo, pues este Niño que me has confiado me necesitará hasta el día de su manifestación, cuando revele a los hombres que es la salvación de los pueblos y la luz de las naciones…