EL ATELIER DE SAN JOSÉ: CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR

San José impone en la Circuncisión

El Nombre de Jesús al Hijo de Dios

Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al Niño… José le puso por nombre Jesús (Lc. 2, 21; Mt. 1, 25).

Mientras que María Santísima y San José, incansables, continuaban en contemplativa vigilia junto al Hijo de Dios encarnado, los Ángeles del Señor, no lejos de allí, en lo hondo de un valle, se aparecían a un grupo de pastores que cuidaban sus rebaños. Escuchad la gran noticia —les dijeron— y alegraos: Os ha nacido un Salvador. Le reconoceréis por estas señas: está envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Las primeras invitaciones que Dios hacía en la tierra para ir a visitar a su Hijo revestido de la naturaleza humana iban dirigidas a los más pequeños, a los humildes de recto corazón, a los que los Salmos llaman «los pobres de Yahvé»: los privilegiados, cuyo oficio les identificaba con el antepasado del Mesías, David, el rey-pastor; aquellos entre los cuales se colocaría también Aquel que un día habría de decir: Yo soy el Buen Pastor

Los pastores respondieron inmediatamente a la invitación. No les fue difícil encontrar al recién nacido que el Ángel les había descrito. Varias personas se encargarían de informarles. Les dirían que, efectivamente, un hombre, al anochecer, había llamado a varias puertas pidiendo albergue para él y su joven esposa, la cual estaba a punto de dar a luz, pero que no habiendo logrado su propósito, les habían visto dirigirse hacia un establo horadado en la roca…

Y allí, en efecto, los pastores encontraron a María y a José con el Niño, como nos cuenta el Evangelio. José les recibiría y les contaría en pocas palabras cómo se había visto obligado a buscar cobijo en tan miserable lugar; luego les llevaría hasta su Esposa…

Cuando María, con expresión radiante, ejerciendo por primera vez ante los hombres su función de Madre de Dios y Mediadora, tomó en sus brazos al recién nacido para que lo vieran, José acercaría el candil al rostro del pequeño, e, instintivamente, los visitantes, se postrarían de rodillas.

A San José, esta intervención de los pastores le parecería como una visita del mismo Dios. Su corazón se inundaría de emoción, pues planeaba sobre el establo un ambiente de grandioso entre tanta simplicidad.

Luego, recibiría con gratitud los presentes de los pastores: leche, manteca, miel, lana, un corderillo tal vez… Finalmente, les preguntaría también si conocían alguna morada más decente en Belén. Y mientras los pastores volvían junto sus rebaños llenos de alegría, contando a todo el mundo lo que habían visto y oído, José se dirigía a Belén para inscribir al Niño en el registro civil y visitar una casa vacía que le habían indicado, de cuyo emplazamiento habla la tradición. Allí, al parecer, debió vivir la Sagrada Familia luego de abandonar el establo.

También se informaría sobre la posibilidad de ganarse la vida en Belén, pues pudiendo trabajar, se habría avergonzado de vivir de limosna. Además, la estación lluviosa y fría no hacía aconsejable regresar á Nazaret hasta que el Niño fuese un poco mayor.

Es seguro que la Sagrada Familia permaneció en Belén hasta su huida a Egipto; incluso al volver del exilio, José pensó quedarse allí definitivamente. Tal vez creyera que así cumpliría mejor su misión, pues las Sagradas Escrituras designaban a Belén, la ciudad de David, como privilegiada entre todas. Pensaría, pues, que allí, después de nacer, debía vivir el Mesías a fin de que los hombres le reconocieran.

Al cumplirse el octavo día a partir del nacimiento, era preciso, según la Ley, circuncidar al Niño. Era un rito que Yahvé había prescrito a Abraham para que su sello quedase impreso en la carne del pueblo elegido en señal de perpetua alianza.

José hubiera podido pensar que como el recién nacido era Hijo de Dios, no tenía necesidad de someterse a ese rito, pero comprendía que no había llegado el momento de revelar su identidad. Si Dios había querido ocultar el misterio de su nacimiento bajo el velo del matrimonio, el sustraerse ostensiblemente a las leyes de Israel hubiese sido contradecir los designios de Dios.

Según la costumbre, convocaría a los parientes y amigos que habitaban en los alrededores, entre ellos, probablemente, Zacarías e Isabel, dando, con tal motivo, una pequeña fiesta familiar.

A José correspondía, y no a un sacerdote, el honor de imprimir en el cuerpo del Niño el signo tradicional del pueblo de Dios. Al hacer la incisión, diría: «Bendito sea Yahvé, el Señor, que ha santificado a su bienamado desde el seno de su madre y grabado su Ley en nuestra carne. Marca a sus hijos con el signo de la Alianza para comunicarles las bendiciones de Abraham, nuestro padre».

Y los asistentes responderían con el salmista: «Bienaventurado el que has escogido para hijo».

Al tiempo que José hacía la incisión, pronuncia el Nombre que el Cielo, lo mismo que a María, le había ordenado imponerle. A María, el Ángel de la Anunciación le había dicho: «Darás al hijo que alumbrarás el nombre de Jesús». Y a José: «María dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús».

En este punto, pues, Dios había conferido a José un derecho igual al de María, afirmando así que la autoridad que tenía sobre el Niño era la de un verdadero padre, pues se trataba, en este caso, de una función paternal.

Al cortar la carne e imponer el Nombre al Niño, San José tenía una noción clara y precisa del valor simbólico de lo que hacía.

Es a nosotros a quienes corresponde penetrar en el significado del rito realizado por José.

En el pueblo hebreo, el nombre tenía una importancia primordial: su significado provenía generalmente de las circunstancias del nacimiento del niño o del futuro que se le pronosticaba.

En este caso, sin embargo, era Dios mismo quien había escogido para su Hijo el Nombre que había de tener, dejando a José la gloria de imponérselo: se trataba de un nombre que era la expresión exacta de su misión de Salvador, nombre que figuraría un día en la inscripción clavada en la Cruz y del cual nos dirá San Pablo que está por encima de todo nombre y que, al pronunciarlo, toda rodilla debe doblarse en el Cielo, en la tierra y en los infiernos; un Nombre, en fin, que multitud de hombres habrían de repetir con alegría y lágrimas de amor hasta la consumación de los siglos.

El Nombre de Jesús era bastante corriente en Israel. Otros lo habían tenido y lo tienen todavía. Había sido el de Josué, hijo de Nun, y el del hijo de Josadech, pero esas figuras anunciaban al que vendría a salvar no de la miseria, el cansancio o el exilio, sino del pecado y la muerte eterna. Sabiendo a ciencia cierta que el destino del Niño verificaría el nombre que le iba a imponer, le dijo por primera vez: «Te llamarás Jesús». Que es como si le hubiera dicho: «Serás el Salvador del mundo. Hacia ti tienden todas las esperanzas de salvación expresadas en las Escrituras».

Y como José era ministro de un Dios que quería que su Hijo viniese a la tierra bajo el signo del dolor, era preciso que la imposición del nombre estuviese acompañada de un comienzo de sufrimiento. Uniendo, pues, el gesto a la palabra, inauguró el misterio de la redención del mundo haciendo verter las primeras gotas de esa Sangre redentora que tendría todos sus efectos en la Pasión dolorosa. Hizo brotar de su fuente el río de salvación y de misericordia que ya nunca dejaría de correr en favor del mundo: el Niño que lloraba al recibir su Nombre iniciaba su oficio de Salvador.

¡Con qué entusiasmo pronunciaría José las dos sílabas del nombre que acababa de imponerle! ¡Cuántas maravillas y promesas descubriría en el Nombre de Jesús…! Experimentaría a la letra lo que San Bernardo expresaría más tarde: que ese nombre es música para los oídos, miel para los labios, encanto para el corazón…

Cada vez que pronunciaba el Nombre de Jesús, se acordaba del misterio que encerraba y anunciaba en sus dos sílabas. Como María en la Anunciación, aceptaba todos los posibles sufrimientos que supondría para el Niño su misión de Salvador, los cuales probablemente repercutirían en su corazón de padre, como ya lo acababa de experimentar.

San José tiene no sólo el nombre de Padre de Jesús, sino que ejerce para con El toda la autoridad que este título le da. Vedlo con el Salvador en los brazos como en un altar, derramando en el misterio de la Circuncisión las primeras gotas de esa Sangre adorable.

Así comienza a disponer de Jesús; previene la sentencia de Pilatos, e imponiéndole el Nombre de Salvador, le señala como víctima que debe ser sacrificada por la salvación del mundo; pero si en esta dolorosa ocasión José muestra todo su poder de Padre sobre Jesucristo, en mil otras circunstancias le dará heroico testimonio de su afecto paternal, conservándole la vida aun a costa de la suya.

Y es en esta categoría de Padre del Salvador de los hombres en la que José tiene la misión de imponerle el más augusto de los nombres.

En la antigua Ley, correspondía al padre dar el nombre a sus hijos. Cuando hubo que dar un nombre al santo Precursor, le preguntaron por señas a Zacarías; y así también el Eterno Padre, que conocía todas las grandezas y perfecciones de su Hijo divino, desde toda la eternidad le destinó un Nombre sublime sobre todos los nombres, y como había encargado a San José para que hiciera sus veces, le envió un Ángel con la misión de revelarle ese Nombre y de explicarle toda su fuerza y toda su virtud.

Es prueba de poder y superioridad imponer un nombre a otra persona. Dios, como acertadamente lo observa un piadoso doctor, queriendo establecer a Adán como rey de la creación y otorgarle parte de su autoridad, le dio el poder de dar a cada criatura el nombre que a él le pareciera: Adán, ya que tú no puedes ser el creador y verdadero padre de las criaturas, quiero, al menos, que reciban el nombre de tu boca, como de la mía recibieron la existencia; sé tú el principio de su nombre, como Yo lo soy de su creación. Con esto quiero hacerte partícipe de mi autoridad sobre ellos; yo crié su ser, y tú les darás, en cierto modo, también la vida, dándoles un nombre, a fin de que haciéndote parte del imperio que tengo sobre ellos, tengas parte de la obediencia que me deben.

San José es tratado por Dios aún más honrosamente. Dios Padre engendró desde toda la eternidad de su propia sustancia a su Hijo unigénito, sin darle un nombre. Quiso que María le engendrara en el tiempo en su santísima humanidad, pero no le encargó de ponerle nombre: esta gloria estaba reservada a José.

El será quien le dará Nombre al Unigénito de Dios Padre y de María Santísima. ¡Qué dicha para San José, cuando impone su Nombre a Jesús!… Parece que le diera la vida, pero en una forma admirable. Dios Padre le engendra por su inteligencia, pero sólo le da la naturaleza divina; la Santísima Virgen le engendra en el tiempo, pero sólo le da la naturaleza humana: San José le engendra en cierto modo con sus labios, llamándole Jesús; y al reunir en este gran Nombre las dos naturalezas, le reproduce, puede decirse, por entero: ¡Oh gran Santo, qué gloria para vos! No pudisteis dar a aquel adorable Niño, ni la naturaleza divina como Dios Padre, ni la naturaleza humana como la Virgen María; pero lo que hay de más grande después de aquello, es el imponer un Nombre que represente una y otra naturaleza. Y ese supremo honor fue reservado a José —dice San Isidoro—, fue el Enoc del Nuevo Testamento, que habiendo gozado de la felicidad de ser el primero en pronunciar el augusto Nombre de Jesús, tuvo también la gloria de ser el primero en invocarle.

José —dice San Bernardo— es el Samuel de la nueva alianza; porque habiendo dado el Nombre, circuncidado y ofrecido a Jesús en el templo, le consagró realmente como a nuestro verdadero Rey.

Y si para ser digno de llevar el Nombre de Jesús a pueblos y naciones, hubo de ser Pablo vaso de elección, ¡qué perfección no debía tener San José para dar este nombre al Unigénito de Dios!…

Nombre divino de Jesús, el más grande de todos los nombres, adorado en el cielo, en la tierra y en lo más profundo del infierno; Nombre conocido en todas las lenguas de los Ángeles y de los hombres; Nombre lleno de dulzura y de esperanza, que bendijeron las generaciones pasadas, exaltan las generaciones presentes, y alabarán a porfía las generaciones futuras.

Nombre divino que, como el Nombre de María, acude naturalmente a nuestros labios. ¡Pluguiese a Dios que no pudiera ser pronunciado u oído, sin sentir una suavidad celestial, algún alivio en el dolor, y una inefable confianza en las tribulaciones!

Yo —dice San Bernardo— hallo árido e insípido cualquier alimento espiritual en el que no se encuentre el Nombre de Jesús. Una conversación o un libro en el que no esté repetido este Nombre, no me contenta ni lo más mínimo. Ese Nombre divino es más dulce a mis labios que la miel más exquisita, más melodioso a mis oídos que el más armonioso concierto, más grato a mi corazón que la más viva alegría (In Cant., Serm. XV).

¡Con qué respeto debía de pronunciar San José ese Nombre bajado del cielo!… Era el primero que salía de su boca al despertarse, y el último que modulaban sus labios al acostarse.

San José conoció todas las excelencias del Nombre adorable de Jesús, y comprendió cuánto valor encerraba el Nombre del Salvador para sí mismo y para el Hijo divino.

Vos supisteis, oh glorioso San José, que Jesús sería el Varón de los dolores y de los oprobios, y como vos ocupabais el lugar de padre, debíais necesariamente participar de todos sus sufrimientos. Y ¡qué dolor traspasó vuestro corazón cuando visteis la carne del Niño divino lacerada por el cuchillo de la circuncisión, cuando oísteis sus lamentos y visteis correr su Sangre y sus lágrimas!… La misma espada laceraba vuestra carne, y no la sentisteis menos que el Niño divino.

Pero ¡con cuánta resignación, con cuánta sumisión sufristeis aquella pena!… Adorasteis los decretos del Eterno Padre, penetrasteis en las disposiciones de ese Hijo divino, y con las primicias de su Sangre ofrecisteis vuestro dolor en satisfacción a la justicia de Dios, ultrajada por los pecados de los hombres.

San José tenía siempre delante de sus ojos a Jesús; por lo que si la virtud de la fe es tal, que el Apóstol pudo escribir a los Gálatas que Jesús había sido crucificado bajo sus ojos, ¡con cuánto mayor razón se puede decir que el augusto Padre de Jesús tenía siempre presente a su Hijo divino flagelado, ensangrentado, cubierto de llagas y esputos, y con las carnes despedazadas, semejante a un leproso!…

Si fijaba José sus miradas sobre Jesús, como pidiéndole una sonrisa, veía esos ojos moribundos y apagados; esa frente, tan llena de gracia, coronada y lacerada con espinas punzantes: sólo el amor podía sostenerlo en este suplicio continuo. Con toda verdad podía exclamar con San Pablo: Yo muero todos los días. De tal modo que los consuelos de San José nunca estuvieron exentos de amarguras.

Dándole tanta parte en sus sufrimientos, Dios lo trató a San José como a amigo fiel.