ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI – AGOSTO 2011 – 1º PARTE – ANEXO P. ANTONIO VAN RIXTEL

LOS PADRES APOSTÓLICOS

TESTIGOS DE LOS COMIENZOS

(SIGLOS l-ll)

Después de la Ascensión del Señor al Cielo y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles, cumpliendo el mandato de Cristo, se dispersaron por todo el mundo entonces conocido para llevar a cabo la misión que el Señor mismo les había confiado.

Muy pronto, comenzando por Jerusalén y por Judea, el Cristianismo se extendió por toda Palestina y llegó a Siria y Asia Menor, al norte de África, a Roma y hasta los confines de Occidente. En todas partes, los Apóstoles y los discípulos de la primera hora transmitieron a otros lo que ellos habían recibido, dando así origen a la Tradición.

Los primeros eslabones de esta larga cadena que llega hasta nuestros días son los Apóstoles; de ellos penden, como eslabones inmediatos, los Padres y escritores de finales del siglo I y primera mitad del siglo II, a los que habitualmente se denomina apostólicos por haber conocido personalmente a aquellos primeros.

El nombre proviene del patrólogo Cotelier que, en el siglo XVI, hizo la edición príncipe de las obras de cinco de esos Padres, que según él «florecieron en los tiempos apostólicos». En esa primera edición, figuran la Epístola de Bernabé (que entonces se supuso equivocadamente que había sido escrita por el compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos); Clemente Romano (que efectivamente, según el testimonio de San Ireneo, conoció y trató a los Apóstoles Pedro y Pablo); Hermas (a quien erróneamente se identificó con el personaje de ese nombre citado por San Pablo en la Epístola a los Romanos); Ignacio de Antioquía (que muy bien pudo conocer a los Apóstoles), y Policarpo (de quien San Ireneo testimonia explícitamente que había conocido al Apóstol San Juan).

Estos, como los hemos llamado, no se proponen defender la fe frente a paganos, judíos o herejes (aunque algún eco de tal defensa se encuentra de vez en cuando), ni pretenden desarrollar científicamente la doctrina, sino que tratan de transmitirla como la han recibido, con recuerdos e impresiones a veces muy personales. Su estilo es, por eso, directo y sencillo; hablan de lo que viven y de lo que han visto vivir a los primeros discípulos: aquellos que conocieron a Cristo cuando vivía entre los hombres y tocaron—como afirma San Juan—al mismo Verbo de la vida (cfr. 1 Jn 1, 1).

La datación de estos escritos va desde el año 70 (en vida, por tanto, de algunos de los Apóstoles) hasta mediados del siglo II, cuando muere Policarpo de Esmirna, que había conocido al Apóstol San Juan.

El Testimonio de Nuestra Esperanza

Padre Antonio Van Rixtel

Páginas 606-608

De la obra de Buenaventura Caviglia Cámpora:

Apocalipsis hacia el Tercer Milenio

Editoria Gladius

(los destacados son nuestros)

No es posible tratar aquí en toda su extensión las grandes maravillas que innumerables profecías anuncian para aquel tiempo; profecías cuyo lenguaje supera a la más rica de las imaginaciones.

que muchos exégetas rechazan la interpretación literal de esas profecías; unos las alegorizan aplicándolas a la Iglesia en la presente edad, otros las colocan para los tiempos después del juicio final.

La mayoría de los rnilenaristas modernos esquivan hábilmente esta cuestión, para no ser tachados de milenaristas crasos. Y se entiende eso; pues la nota característica del milenarismo craso es que, poniendo a los santos resucitados con Cristo reinando en la tierra, les aplican sin distinción alguna todas las profecías, aun aquellas que solamente son aplicables a los viadores. Así que los milenaristas modernos, es decir, aquellos que propugnan el milenarismo moderado y espiritual, no atentos a la distinción entre la Jerusalén celestial (lugar donde estará Cristo con sus santos resucitados), y la terrenal (centro de aquel reino glorioso que ha de recibir el «residuo fiel» de la casa de Jacob, después de ser acrisolado y purificado en la prueba) se encuentran en un embarazo muy grave frente a esas profecías.

Sin embargo, tanto los milenaristas católicos de los primeros siglos, como aquellos no-milenaristas cuya opinión menciona Jerónimo (cuando refiriéndose a esas profecías dice: «Hay quienes esperan todo esto para un tiempo futuro, cuando se salve todo Israel (Rom.11) y con él la plenitud de las naciones» M.L. 24, 5879) sostienen que todos esos maravillosos anuncios proféticos han de cumplirse después de ·los tiempos del Anticristo y antes del juicio final.

Empero, frente a esta gran divergencia de opiniones exegéticas tenemos un asidero bien fijo.

San Ireneo en el quinto tomo de su libro «Contra las herejías», cap. 33, refiriéndose a las profecías que anuncian la renovación de todas las cosas, da testimonio de la exégesis de los Presbíteros y del Señor mismo, diciendo que esas profecías «pertenecen sin contradicción alguna a los tiempos del Reino, cuando reinarán los justos que habrán de resucitar de entre los muertos.

Entonces la creación, renovada y liberada, producirá en abundancia toda clase de manjares, del rocío del cielo y de la fertilidad de la tierra: como refieren los Presbíteros que conocieron a Juan, discípulo del Señor, haberlo oído de él, según las enseñanzas del Señor, quien, refiriéndose a aquellos tiempos, decía: días vendrán en que se producirán vides con diez mil sarmientos cada una, y en un sarmiento diez mil ramas, y en cada gajo diez mil renuevos, y en cada renuevo diez mil racimos, y en cada racimo diez mil granos y cada grano exprimido dará veinticuatro metretas de vino. Y cuando alguno de aquellos santos tomare algún racimo, el otro le dirá: «yo soy el racimo mejor, tómame a mí, bendice por mí al Señor.

De la misma manera (decía el Señor) que el grano de trigo habría de producir diez mil espigas, y cada espiga tendría diez mil granos, y cada grano diez mil libras de harina clara y limpia, y lo mismo los restantes frutos, las semillas y la hierba, según la naturaleza propia de cada uno, y que todos los animales se alimentarían con estos frutos de la tierra, se tomarían pacíficos y concordes entre sí, y estarían sometidos a los hombres con toda sumisión.

«De esto da testimonio Papías, oyente de Juan y compañero de Policarpo, varón antiguo, en el cuarto de sus libros, pues fueron cinco los que escribió. Y añadió diciendo: Estas cosas creíbles son para los creyentes. Y como Judas, el traidor, no lo creyese y preguntase cómo realizaría el Señor semejantes producciones, cuenta que el Señor le respondió: «Lo verán los que lleguen a esos tiempos».

He aquí la base de toda nuestra argumentación que desarrolla San Ireneo para probar que la renovación de todas las cosas, indiscutiblemente, tendrá lugar en el día de la revelación del Señor y de la manifestación de los hijos de Dios, que han de resucitar de entre los muertos para recibir el Reinado sobre la tierra renovada. Aún cuando fuera una simple sentencia personal no sería de desechar, puesto que San Ireneo tiene gran autoridad, y sus argumentos son sumamente fuertes. Pero hay más. Sabemos por el mismo San Ireneo, que la exégesis que él sostiene es una doctrina recibida por tradición de los Apóstoles y del Señor mismo. Es decir, que aquí estamos, sin duda alguna, frente a la «exégesis» del Señor Jesús. Pues esto es lo que lisa y llanamente afirma Ireneo, llamado «el Testigo de la Tradición» por antonomasia».