MONS. JUAN STRAUBINGER: JOB – CONCLUSIÓN

EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

CONCLUSIÓN

EL JUSTO VIVE DE LA FE (Heb. 2, 4)

Esta insondable sentencia que nos repite y explaya San Pablo (Rom. 1, 17), es como una síntesis de todas las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, también del libro de Job, ya que uno solo es el Espíritu que la inspira y que habló por todos los profetas.

Vive en esta sentencia una verdad que nunca se agota, ya sea en cuanto nos enseña que nadie puede ser justo sin tener fe; ya en cuanto la fe es la vida del hombre justo, el cual desfallece si le falta esa fuerza con que sobrellevar las pruebas de la vida, muchas de las cuales, y ante todo la persecución, le vienen precisamente por ser justo, por no querer transar con el mundo, y sobre todo por adherirse de pleno corazón al gran escándalo de la cruz (I Corintios 1, 23).

El consuelo que se halla en Job, es, pues, todo espiritual. Es como la paz que nos da Jesús. «La paz mía os doy», dice Él (Juan 14, 27), y bien sabemos que nada es más verdadero. Pero agrega que esa paz que nos da, es la paz suya, y no la que ofrece el mundo.

Porque, aunque nos duele confesarlo, la paz que da el mundo es falsa, y cuando no queremos admitirlo por meditación, tendremos que aprenderlo por dolorosa experiencia.

Como todo lo que es sabiduría, esta gran verdad práctica exige hacerse pequeño para poder comprenderla (Prov. 9, 4), pues choca fuertemente con lo que nos parece buen criterio.

Ese buen sentido del mundo es condenado por San Pablo como «sabiduría de la carne», a la cual llama muerte (Rom. 8, 6), y también cuando él nos dice que solamente el hombre espiritual puede conocer las cosas que son del Espíritu de Dios (I Cor. 2, 14).

Como ejemplo de esos falsos consuelos que ofrece el mundo, están ahí los amigos de Job. ¿No han sido acaso puestos en el diálogo como un contraste? para movernos a buscar el consuelo y la paz sólo en Aquel que dijo: «Al que viene a Mí no le echaré fuera» (Juan 6, 37).

Si recurrimos a la sabiduría espiritual, que ve todas las cosas a la luz de la fe, nos libramos automáticamente del dolor. Porque, así como mientras estamos ocupados en escuchar a Dios, no podemos pecar, tampoco podemos entonces sentir la obsesión del sufrimiento presente, que es lo que más lo agrava.

El que suavemente aproveche de estas consideraciones, partiendo siempre del más precioso de los dogmas, que es el de que Dios nos ama, podrá sacar del libro de Job y sus numerosas notas un caudal sin límites de consuelo.

Entonces, no sólo nos sentiremos consolados, sino también embriagados de gratitud hacia ese Padre que para perdonarnos sacrificó su Hijo, y hacia ese Hijo, «que transformará nuestro vil cuerpo para hacerlo conforme al cuerpo de su gloría,» {Filip. 3, 21).

«En el momento en que nos creemos perdidos y absolutamente abandonados de Dios, es precisamente cuando Él nos busca con una bondad infinita y está cuidando de nosotros. Aun en su ira detiene la espada de su justicia y sigue derramando sobre nosotros los tesoros de su inagotable misericordia» (Catecismo Romano).

Concluyamos esta íntima excursión que en seguimiento de Job hemos hecho por los caminos del espíritu, entonando junto con San Pablo el himno agradecido y triunfante que brota de la fe en el alma que se sabe amada de Dios con la ternura de un padre hacia sus hijos (S. 102, 13), y que se sabe amada por Jesús con ese apego que el dueño siente por las ovejas que le pertenecen en propiedad (Juan 10).

«¿Qué diremos ahora a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros está? El que ni a su Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habérnoslo dado a Él, dejará de darnos cualquier otra cosa? ¿Y quién puede acusar a los escogidos de Dios? Dios es el que los justifica. ¿Quién osará condenarlos? Cristo Jesús, que murió, más aún, que resucitó, y está sentado a la diestra de Dios, en donde asimismo intercede por nosotros. ¿Quién, pues, podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia? ¿El hambre o la desnudez? ¿El riesgo o la persecución o el cuchillo? Según está escrito: por ti somos entregados cada día en manos de la muerte; somos tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero de todas estas cosas, triunfamos por virtud de Aquél que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni príncipados, ni virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni otra creatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, Señor Nuestro» (Rom. 8, 31-39).