EL ATELIER DE SAN JOSÉ: SAN JOSÉ EN EL NACIMIENTO DE JESÚS

BELÉN

SAN JOSÉ EN EL NACIMIENTO DE JESÚS

No se puede reflexionar sin emoción en qué santa intimidad pasarían María Santísima y San José los meses que les separaban del esperado nacimiento.

Es muy probable que los dos juntos, con los rollos de los Profetas en la mano, trataran de escrutar los oráculos divinos concernientes a la venida del Mesías.

Unas palabras del Profeta Miqueas (5, 1), que precisaba que Belén sería donde había de nacer, les dejaba sorprendidos y en suspenso: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menos importante entre las principales ciudades de Judá, porque de ti debe salir el caudillo que regirá a mi pueblo.

Miqueas, ciertamente, no había podido equivocarse, pero ellos se preguntaban cómo era Belén el lugar designado, y no Nazaret… y qué debían hacer para cumplir la profecía…

Y he aquí que, una mañana, un pregonero que recorre el pueblo haciendo sonar un cuerno anuncia que el Emperador Augusto acaba de ordenar que se haga un nuevo censo de sus súbditos; así pues, según la costumbre, ya que la organización del Estado judío reposaba sobre la división de los ciudadanos en tribus, razas y familias, deberían inscribirse no en el lugar de su domicilio actual, sino en aquél del cual su familia era oriunda, donde se conservaban los registros civiles de sus antepasados.

Es probable que este edicto de Augusto despertara entre los judíos manifestaciones de cólera y de indignación. En cuanto a María y José, lejos de pensar en discutir los decretos de una autoridad a la que Dios había permitido que estuviesen sometidos, escucharían con el corazón palpitante la proclamación de la ordenanza imperial.

¿Acaso no era de Belén su antepasado David…? Tendrían, pues, que, inscribirse en el censo en aquella ciudad, donde debía cumplirse providencialmente la profecía de Miqueas… Porque también María debería trasladarse a Belén.

Belén significa Casa del Pan, nombre que cuadra muy bien al lugar donde nació Jesucristo, quien dijo de Sí mismo: Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo

Así pues, hicieron sus preparativos de viaje y se pusieron en camino. Es probable que José tuviese un asno, que utilizaría para buscar madera y llevarla a su taller. Las imágenes tradicionales nos los muestran en ruta, María a lomo del asno y José caminando al lado, con un cayado en la mano y un saco de viaje a la espalda.

De Nazaret a Belén hay unos 130 kilómetros, lo que representa cuatro o cinco jornadas de marcha por Betulia, Siquem, Betel y Jerusalén; pero como era invierno, el viaje resultaba más penoso e incómodo.

Tal vez hicieran un alto más prolongado en Jerusalén para visitar el Templo y rezar en él. Escucharían a los fieles cantar con voz plañidera las quejas de su espera mortal: «¿Cuándo Señor, piensas enviarnos el libertador prometido?», y pensarían que muy pronto esos gemidos iban a cesar, ¡Cómo les habría gustado gritar que el Salvador estaba allí, a su lado! Oculto todavía, si, pero pronto nacido en Belén, tal y como estaba escrito…

El último día de marcha, los dos viajeros divisaron Belén sobre su redondeada colina, en medio de viñas y de huertos opulentos que le habían valido el título de Efratá, «la fructuosa, la fértil», y enseguida pensarían en su tatarabuelo David, que había vivido allí, y en su Descendiente, que allí también había de nacer…

Llegados a la población, se someterían sin tardanza a las obligaciones del censo, observando a la letra el precepto del que habría de decir: Dad al César lo que es del César… Se colocan en la fila que espera para inscribirse.

Por fin, logran llegar hasta los escribas, rodeados de soldados con capas rojas. Les hacen las preguntas pertinentes y José responde dando su filiación completa. Quienes les oyen y les ven exhibir sus pergaminos, los miran con curiosidad, preguntándose cómo los descendientes de un linaje tan noble pueden tener tan humilde apariencia. El escriba, por su parte, deseando terminar de una vez, registra los datos con indiferencia, sin sospechar en absoluto que a causa de este pobre matrimonio el mundo se ha puesto en movimiento para que se cumplan las profecías…

Luego, San José se pone a buscar alojamiento, lo que resulta muy difícil, pues la ciudad está llena de gente venida para el censo. Abriéndose camino en medio de la turba de viajeros, se dirige a la hospedería y pregunta al posadero cortésmente, si le queda algún lugar para pasar la noche. No es exigente; si estuviera solo, ni le molestaría, se contentaría con cualquier rincón, pero le acompaña su joven esposa que espera un niño de un momento a otro y necesita una habitación independiente y tranquila.

El posadero, con aire altivo, mira de hito en hito a los dos viajeros, que esperan con timidez una respuesta. Se da cuenta de que se trata de pobres gentes y piensa que no podrán pagarle mucho. Así pues, dice a José que lo siente en el alma, pero que su casa está llena a rebosar.

José, con el corazón angustiado, continúa preguntando, acompañado de María. Camina por las callas, llamando a todas las puertas, pero nadie le hace caso. Lejos de apiadarse, las gentes le rechazan a causa del embarazo de María. Nadie quiere cargar con las molestias de un posible alumbramiento.

María y José no se quejan. Saben excusar a todos. Más bien se lamentan de ser inoportunos. Alguien, por fin, les indica un refugio: una especie de cueva horadada en la roca —semejante a tantas otras de las montañas calcáreas de Judea— que se utiliza como establo y como refugio de mendigos. Sin otra posibilidad, allí se dirigen.

Era, en verdad, un lugar miserable, oscuro y mal ventilado; un olor acre, a humo y excrementos, se agarra a la garganta; un lecho de paja semipodrida cubre el suelo. Pegados a la roca, se ven varios pesebres, y están allí una mula y un buey.

La indignidad del lugar agarrota el corazón de José. Belén —ha escrito el P. Faber— fue su Cruz.

Se acusa ante Dios y ante su esposa; pero María le consuela y le reconforta. Le dice que el misterio de estas deplorables humillaciones responde a un designio providencial del Señor. Conviene que Dios, al venir a liberar a los hombres de sus pecados, comience por darles ejemplo de desprendimiento. Le invita, pues, a arrodillarse y a repetir juntos el Magníficat, ese himno de acción de gracias que tiene siempre en los labios…

San José, animado por María, se dedicó a acondicionar en la medida de lo posible, el miserable refugio. Alumbró un candil y lo colgó de un clavo en la pared; barrió el suelo en un rincón y, con un poco de paja limpia, preparó a María una especie de lecho.

María le había dicho que creía que el Niño estaba a punto de nacer y José comprendió que Dios, que la había fecundado, debía ser el único testigo de un alumbramiento cuyo carácter maravilloso no podía imaginar. Así pues, salió para buscar no lejos de allí otro lugar abrigado bajo la roca, pero no pudo dormir: su corazón palpitaba de emoción. Pronto, un presentimiento le hizo comprender que ya podía volver al establo…

Corrió hacia él, y a la débil luz del candil pudo vislumbrar una escena grandiosa en su sencillez: El Niño acababa de nacer; su Madre Virgen, a falta de otra cosa, le había recostado sobre la paja de un pesebre y, de rodillas, con las manos juntas y los ojos bajos ante la cuna improvisada, parecía sumida en un éxtasis de adoración.

Cerca del Niño, resoplaban los dos animales como queriendo templar con su aliento el rigor de aquella noche invernal.

María, sin perder su integridad virginal y sin necesidad de ninguna ayuda, le había dado a luz milagrosamente: no había tenido que pagar los tributos a que ordinariamente se ven obligadas otras madres. Con sus propias manos, lo había envuelto en pañales y reclinado en el pesebre.

Había nacido en plena noche, como haciendo eco a la palabra profética: El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz (Is. 9, 2).

María, al oír llegar a José, se volvió hacia Él y le sonrió. Luego, tomando el cuerpo minúsculo del Niño del fondo del estrecho pesebre, se lo entregó…

Imaginando esta escena, no se puede por menos de pensar en otra parecida que puso fin al paraíso terrenal: Eva ofreciendo a Adán el fruto prohibido…

Ahora, en Belén, la segunda Eva entrega a José, y en su persona a todos los hombres que han de ser salvados, el fruto bendito de su vientre… JESÚS…

José aparece así como el primer beneficiario del nacimiento del Salvador. Por otra parte, el gesto de María, ofreciéndole antes que a nadie el Niño, le designa a nuestra veneración como el primero en grandeza en el orden espiritual.

San José no duda en reconocer en este Niño bendito al Hijo de Dios…

Luego se lo devolvió a María, y se entregaron ambos a una dulce vigilia de oración y contemplación. No se cansaban de mirar aquel frágil Niñito, de cuyos labios se escapaban débiles vagidos. No se diferencia en nada de los demás niños, a no ser que, en el terreno de la pobreza, nadie, al nacer, podía disputarle el primer puesto…

¿Era posible que ese Niño fuese el Enviado de Dios, ese Mesías regio cuya gloria había cantado su antepasado el rey David?: El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, engendrado desde toda la eternidad. Pídeme y te daré las naciones en herencia y por dominio la tierra entera hasta sus últimos confines (Salmo 2).

En aquel momento, la espera del Mesías era universal, pero nadie habría imaginado que su advenimiento pudiera ser tan humilde. Israel vivía bajo la opresión de la dominación romana. Por eso, los judíos pensaban que el liberador prometido por Dios vengaría el orgullo nacional: sería terrible y triunfante, rico y poderoso; pondría a Israel al frente de las naciones y le aseguraría la fuerza, la riqueza, la abundancia y la prosperidad, ¿Cómo, pues, creer en un Mesías que no tiene cetro ni corona, armas ni palacios, y cuyo nacimiento recuerda el de un vagabundo…?

Pero la fe de José es inexpugnable, no vacila ni conoce ningún cambio. Aparte de que su vida anterior de justicia, de pureza y rectitud ha sido una larga preparación para el reconocimiento del Mesías, todo lo que María le ha revelado ilumina el espectáculo que tiene ante sus ojos con una luz sobrenatural.

Comprende que bajo aquella apariencia humilde se oculta una insondable riqueza. No duda en adorar a quien, prisionero en sus pañales, viene a liberar a los hombres, a quien, iluminado por la pálida luz de un candil en la tierra, habita en el Cielo rodeado de una luz inaccesible.

Como María le ha enseñado en su Magníficat, exalta la potencia y la inmensidad divinas en la misma medida en que se ocultan bajo una pequeñez desconcertante. Reconoce en el recién nacido, que no es capaz de expresarse más que mediante sonidos ininteligibles, la Sabiduría increada del Verbo que el Padre pronuncia en un eterno Hoy.

Su fe traspasa las apariencias y penetra hasta la divinidad. Sus labios se abren para pronunciar los títulos que el Ángel de la Anunciación ha enumerado: Hijo de David, Hijo del Altísimo, Aquel cuyo reino no tendrá fin, Hijo de Dios, Jesús-Salvador…

Este divino Niño, que a guisa de palacio y de manto real se envuelve en pañales y nace en un establo, cuya única aureola son unas briznas de paja, baja del Cielo para enseñar precisamente a los hombres que la verdadera grandeza no necesita brillantes escenarios, que se oculta bajo sencillas apariencias, y que la verdadera riqueza reside en el desprendimiento.

Si los habitantes de Belén, no le han recibido en sus moradas, es porque quiere mendigar nuestro amor, no imponerlo. Si llora es porque quiere lavar con sus lágrimas nuestra alma.

José adora estos misterios en silencio, su primer cántico religioso…

Pero al tiempo que adora, se afirma en él la conciencia del ministerio que deberá ejercer: Dios le ha confiado a su Hijo para ponerle bajo su protección. ¡Con qué fervor responde a las exigencias de esta vocación!

Cuando contempla recostado en el pesebre al Niño del que debe ser tutor, afluyen a su corazón sentimientos de fuerza y de calma; se llena de tanta emoción como si fuera de su misma sangre; tendrá para él entrañas de padre. Lo que no es por la naturaleza, lo será por la fuerza del amor. Sólo vivirá para él. Renueva a Dios la promesa de darle todos los instantes de su existencia, la fuerza de sus brazos, el sudor de su frente, la sangre de sus venas. Sólo le pide su gracia, para poder estar a la altura de su misión.

Entre tanto, mientras él y María desahogaban su corazón con el Infante recién nacido, y trataban de acomodarlo de la mejor manera sobre la paja del pesebre y resguardarlo del frío, los Ángeles cantaban por los aires: ¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! Entre resplandores vivísimos de luz, anunciaron el nacimiento de aquel Niño a los pastores, que en los contornos custodiaban sus rebaños.

Al oír ellos el anuncio del nacimiento del Divino Redentor, se dijeron unos a otros: ¡Vayamos a Belén, vayamos a verlo! Y se encaminaron y se llegaron al establo donde Jesús había nacido. Entrados, encontraron a María y José, y al Niño envuelto en pañales y colocado en el pesebre, y lo adoraron humildemente, presentándole sus dones. Obtenidas de José las respuestas a todas sus preguntas, abandonaron el establo llenos de alegría.

Si grande fue la dicha de los pastores al hallar el Redentor, indecible fue el gozo que José experimentó en su corazón, al ver al Niño recién nacido, adorado ya y reconocido por verdadero Mesías.

En aquel establo vio él realizado externamente el gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios por medio de María, su Esposa. Y allí empezó un nuevo género de vida, contrayendo las relaciones más íntimas con Dios, cuales eran las de Padre adoptivo de Jesucristo, y Custodio de su Santísima Madre.

En efecto, el misterio de la Encarnación debía permanecer secreto por algún tiempo; y entre tanto, María tenía necesidad de una persona que la defendiese de los peligros, y fuese testigo de su Virginidad unida a la Maternidad. Asimismo, el Hijo de Dios, hecho Hombre, tenía también necesidad de quien le proporcionara lo necesario para la vida, lo defendiese de todo peligro, y lo custodiara como un padre cuida a su propio hijo.

Ahora bien; el Eterno Padre entregó a José cuanto de más delicado y precioso tenía sobre la Tierra; esto es, a Jesús y a María, como diciéndole: Yo los pongo en tus manos: consérvalos. Te hago depositario de estos tesoros.

Y así San José fue representante del Eterno Padre respecto de Jesús, considerado como Hombre, puesto que no tenía padre terreno, llenando todos los deberes de padre para con Él. Y estando Jesús, en cuanto Hombre, sujeto a todas las necesidades comunes a los hombres, a todas ellas proveyó José, quien, por esto, en el Evangelio es llamado con el nombre gloriosísimo de Padre de Jesús.