MONS. JUAN STRAUBINGER: JOB: LAS PRUEBAS DEL JUSTO – 6º PARTE

EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

 LAS PRUEBAS DEL JUSTO

 Continuación

¿TENEMOS ALGÚN

DERECHO SOBRENATURAL?

Si pasando ahora al orden del espíritu, nos preguntamos: ¿qué derecho puede tener el hombre a la rebeldía contra su Creador?, nos encontramos con que ya fue rebelde, desde el principio.

Entonces Dios, no pudiendo pedirle una reparación, porque el hombre es del todo insolvente y miserable, le anunció desde el Protoevangelio (Gen. 3, 15), lo que luego sería la Encarnación redentora, esto es, lisa y llanamente, que Él resolvía en un prodigio de misericordia, consumar —por decirlo así— una injusticia gigantesca, condenar a un inocente en lugar de los culpables y, como dice San Agustín, por salvar al siervo, entregó al Hijo, que para ello se le ofrecía desde la eternidad, diciéndole: «Tú no querías sacrificios ni oblaciones… Tampoco pedías holocausto ni víctima por el pecado. Yo dije entonces: He aquí yo vengo…» (S. 39, 7 s.)

El Hijo inocente asumió un día la naturaleza humana y cumplió con plenitud sin límites esa oblación reparadora, que le costó la vida y toda su Sangre. Como dice el Apóstol: «Se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo; se hizo semejante a los hombres y se redujo a la condición de hombre. Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz» (Filip. 2, 7-8).

Conquistó así los méritos infinitos con los cuales pagó por nosotros «lo que no había robado» (S. 68, 5).

Sólo por este Sacrificio inmenso, pudo la humanidad culpable librarse de correr la misma suerte que Satanás y los Ángeles rebeldes.

EL PRIVILEGIO DE LOS QUE SUFREN

Y ahora, frente a esta situación, frente al Crucifijo, que es como una fotografía tomada para perpetuar en nuestro recuerdo la realidad eterna de esa Sangre, que sigue goteando y lavándonos constantemente, tú me dirás, querido lector, si podemos tener algún derecho para rebelarnos, en vez de buscar con ansia el modo de agradecer al Padre que nos dio su Hijo y al Hijo que nos dio su vida.

Agradecerle, no con favores que no necesitan, sino con lo único que Jesús nos pide de parte de su Padre, según lo sintetiza San Juan: «Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros, como Él nos mandó» (I Juan 3, 23).

He aquí el privilegio de los que sufren: poder realizar mejor que nadie este doble programa divino:

a) La alabanza al Padre de los cielos, que consiste ante todo en una fe viva en la bondad con que nos dio al Hijo, y una confianza sin límites en los méritos de este Salvador que extendió a todos el amor con que el Padre le ama a Él, «a fin de que el amor con que me amaste, en ellos esté y Yo en ellos» (Juan 17, 26).

Esta fe viva es fe que nos lleva al amor (Gal. 5, 6), es decir, ante todo a cumplir el supremo mandamiento de amor a Dios sobre todas las cosas, en correspondencia a ese inmenso amor que Él nos tiene y que Él mismo pone en nuestros corazones para hacernos capaces de amarlo, según enseña San Pablo en Rom. 5, 5. De esta manera la fe nos hace unirnos con Cristo que es el gran Maestro y Modelo de amor al Padre, y esta unión a Jesús es tan íntima, que nos hace verdaderos miembros vivos de su Cuerpo Místico.

La unión con Cristo nuestro hermano que con la gran familia de los creyentes, unida en el mismo Espíritu, forma un solo Cuerpo, el Cuerpo Místico, del cual Él es la cabeza y nosotros los miembros. ¿Es acaso atrevido decir que en esta unión mística hay participantes privilegiados?

Éstos son precisamente aquellos que sufren con Él. Porque «si padecemos, reinaremos también con Él (II Tim. 2, 12). «Dios ha puesto tal orden en todo el cuerpo, que se honra más lo que de suyo menos honor tiene» (II Cor. 12, 24).

b) De tal actitud para con Dios procederá nuestra capacidad para la imitación del amor divino en nuestra actitud con el prójimo; actitud ante todo interior de perdón para los que nos hacen sufrir, de tolerancia, de benevolencia, aun para con nuestros enemigos.

Esa disposición interior es la que nos dará el ánimo para las demás obras buenas; «que Dios ha preparado para que nos ejercitemos en ellas» (Ef 2, 10), siendo también Él quien nos da para ellas «no sólo el querer sino también el ejecutar» (Fil. 2, 13).

EL SANTO ABANDONO

El santo abandono o la santa indiferencia no es otra cosa que «el ejercicio perfecto de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, juntas en una» (Garrigou-Lagrange), es el dejarse guiar por la divina Providencia, abandonando los propios juicios y deseos. Se puede discutir si Job al principio se elevó a esta cumbre de la doctrina cristiana, donde está el secreto de la alegría espiritual que Jesús nos expuso en el Sermón de la Montaña.

Vemos, sin embargo, que las últimas palabras que Job pronuncia ante la Majestad de Dios, encierran la entrega completa en manos de la Providencia, en un acto supremo de contrición y de confianza (Job 42, 1-6).

Hay que hacer abandono de sí mismo con ese espíritu de fe que cree con S. Pablo «que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios» (Rom. 8, 28). El Apóstol de los Gentiles no se cansa de pintar como modelo al Patriarca Abrahán, el cual, «habiendo esperado contra la esperanza, creyó que vendría a ser padre de muchas generaciones» (Rom. 4, 18), a pesar de no tener hijo, porque «consideraba dentro de sí mismo que Dios podrió resucitarlo después de muerto» (Heb. 11, 19), para cumplir la promesa de que de él saldría numerosa descendencia.

El abandono es, pues, fe y confianza; es confianza filial en el amor del Padre, del cual «viene toda dádiva preciosa y todo don perfecto» (Sant. 1, 17); es fe solidísima que cree posible hasta las cosas increíbles; es la esperanza que espera lo imposible sin quejarse nunca, aunque nos parezca que no se cumple lo que esperábamos.

«Nuestro Señor ama con extremada ternura, dice San Francisco de Sales, a aquellos que cifran su dicha en abandonarse totalmente a su cuidado paternal, dejándose gobernar por la divina Providencia, sin pararse a considerar si los efectos de esta Providencia les serán útiles y provechosos o perjudiciales; guíales la certeza que tienen de que nada les ha de enviar este divino y amabilísimo Corazón, ni cosa alguna permitir que les suceda, que no sea para utilidad y provecho de sus almas, con sólo que pongan en Él toda su confianza.»

El Salmo 22, cuya lectura y constante repetición recomendamos como un remedio a todos los que sufren, es una expresión perfecta de este espíritu de abandono: El Señor es mi pastor; nada me faltará. El me coloca en lugar de pastos; me conduce a las aguas reconfortantes; hace revivir mi alma, me guía por los senderos de la justicia, para gloria de su nombre. Así, aunque caminase yo en tinieblas de muerte, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu báculo son mi consuelo.

EL YUGO DEL MIEDO

La ordinaria condición de los mortales nos pinta el hijo de Sirac en el divino Libro del «Eclesiástico» con estas palabras: «Una molestia grande es innata a todos los hombres y un pesado yugo abruma a los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre materno, hasta el día de su entierro en el seno de la común madre» (Ecli. 40, 1).

El miedo es la característica de ese estado de naturaleza caída en que nos encontramos normalmente. No se trata del miedo excepcional, característico de la mala conciencia que, como dice Moisés, huye sin que nadie persiga (Lev. 26, 17), y, como dice David, tiembla de terror donde no hay motivo (Salmo 52, 6). Se trata del miedo en su acepción más lata, y de él poseemos una definición admirable que nos da el Sabio del Antiguo Testamento.

El libro de la Sabiduría, según la Vulgata, nos dice que «no es otra cosa el miedo sino el pensar que uno está destituido de todo auxilio» (Sab. 17, 17). El texto griego (v. 12) define el miedo como «el abandono de los recursos que nos daría la reflexión», cosa que, según sabemos, puede llegar hasta el terror pánico que casi enloquece.

En contraste con tal situación de ánimo, el Salmista nos muestra, como propia del justo, esta característica: «No temerá las malas noticias».

Y agrega que su corazón es inconmovible y no temblará ante sus enemigos, antes bien los despreciará hasta que los vea abatidos (Salmo 111).

A este respecto, el Salmo 36 de David ofrece una gran luz, que se aclara aún más si consultamos el original hebreo. En efecto, se nos exhorta a no envidiar a los que obran la iniquidad (Noli æmulari in malignantibus), aunque nos parezca que los vemos triunfar, porque pronto se marchitarán y secarán como el heno. Y el hebreo precisa más el concepto, diciendo: «No te acalores a causa de los malos».

Y lo mismo más adelante (v. 8), en lugar de: «no quieras ser émulo en hacer el mal», el hebreo dice: «No te irrites, pues sería para mal». De ahí que S. Isidoro de Sevilla recomiende la lectura y meditación de este Salmo como medicina contra las murmuraciones y contra las inquietudes del alma.

Muchos otros Salmos, p. ej. el 48, y especialmente el 72, explican igualmente el problema del mal que se impone y de la prosperidad que suele gozar el malvado, para enseñarnos a no turbarnos y a no temer. Por lo que hace a esta actitud valiente del sabio frente al mal, y aún a la persecución propia, puede verse muchas otras sentencias —cuya exposición aquí nos llevaría muy lejos— en los Salmos 3, 7; 22, 4; 26, 1; 55, 5; 117, 6; Mat. 10, 28; Rom. 8, 31, etc.

EL CAUTIVO DEL PECADO

Miremos también el caso del pecador, que nos presenta el Salmo 31. Primero, la dramática descripción del infierno de los remordimientos, para el que no quiere confesarse culpable: «Mientras callé, se consumieron mis huesos; mi gemir era continuo. Porque día y noche me hiciste sentir tu pesada mano. Revolcábame en mi miseria, mientras tenía clavada la espina» (S. 31, 3-4).

Luego se ve que la cirugía del dolor ha cortado la pústula y hecho salir el pus que nos ahogaba: «Te manifesté mi delito y no oculté mi injusticia. Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor la injusticia mía» (v. 5).

Es la vuelta del hijo pródigo, que se decide a ir al padre y decirle que ha pecado, y confesarle su indignidad, no esperando ya nada de la propia justicia, sino todo de la misericordia paterna.

Ésta no se hace esperar ni un instante, y el pecador concluye lleno de gozo: «Y Tú perdonaste la malicia de mi pecado… Tú eres mi asilo… ¡Tú, oh alegría mía!» (v. 5 ss.).

Y en adelante: «Yo te daré inteligencia» (v. 8), dice Dios, consolando al penitente.

Esto también es fundamental. Así como nada podemos en el orden de la conducta si no es por el auxilio gratuito de Dios que se nos anticipa y nos acompaña hasta el fin, así nada podemos en el orden de la inteligencia, sin su previa iluminación. De otra suerte el hombre se haría semejante «al caballo y al mulo, que no tienen entendimiento» (v. 9), porque, como observa S. Agustín, «cuando el hombre descuida en sí mismo esto que lo hace superior a los animales, destruye, deturpa y borra la imagen de Dios».

Agreguemos aquí una sugerencia que se refiere a la felicidad interior del pecador arrepentido.

Consiste en la paz inconmovible de la conciencia, este don precioso que el Padre Celestial regala a los que en Él confían. Si ves que has sido fiel, sábete que es don de Dios esa fidelidad que te llena de gozo. Por lo cual no te gloríes. «Después que hubiereis hecho todas las cosas que se os han mandado (por Dios), habéis de decir: siervos inútiles somos» (Lúe. 17, 10).

Si ves que has sido infiel, y estás de ello pesaroso, también es don de Dios esa contrición que te pone tan cerca de Él como cuando eras fiel, y aun más, porque el corazón contrito es el sacrificio grato a Dios (Salmo 50).

De ahí el extraordinario amor del Padre al hijo pródigo que se arrepiente (Luc. 15,11 ss.).

La felicidad interior nace, como hemos visto, de la paz, tantas veces prometida a los hombres de buena voluntad (Lúe. 2, 14); de aquella paz que Jesús deseaba y comunicaba al saludar a todos invariablemente con la fórmula: «La paz sea con vosotros»; o al empezar el mayor de sus discursos (Juan caps. 14-16), diciendo: «No se turbe vuestro corazón» (Juan 14, 1). Esa paz es el supremo anhelo de Cristo, al despedirse de sus discípulos: «La paz os dejo, la paz mía os doy; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Juan 14, 27).

¿IMPOTENTES?

¿Impotentes? Ciertamente si Dios lo quiere así. ¿Hay abnegación más grande que ésta? Mucho más cuesta la inacción que las obras porque en éstas desahogamos los deseos del corazón.

El sumo ejemplo es el de Jesús —Verbo por quien fueron hechas todas las cosas (Juan 1, 13)— reducido a la inmovilidad de pies y manos en la Cruz. Pasión es pasividad.

Y en seguida viene el ejemplo de María, la Virgen Sapientísima, que vivió en el silencio. Prefiere sufrir la sospecha y la infamia antes de descubrir el misterio de la Encarnación realizado en Ella (Mat. 1, 19). ¿Qué no habría podido escribir Ella? ¿Qué verdades y luces de oración no habría podido gritar a la humanidad?

Lo hizo una sola vez en el Magníficat, y fue precisamente para enseñar esa pequeñez que fue su virtud más propia, repitiendo en cada verso como si no tuviera otra cosa que decir, esa misma gran paradoja de que Dios da grandeza a los que no la tienen y la quita a los que creen tenerla.

Fuera de esto, María se abstuvo de defender a su Hijo. No se sintió abogada del Verbo Eterno, ni creyó que podía hacer favores a Dios, como dice Job a sus amigos; sólo sabemos que hizo favores al prójimo, cuando Dios se los puso por delante: en la Visitación y en Cana.

Refiere la vidente Catalina Emmerich que María presenció aquellos azotes de Jesús (los cuales, según dice la vidente, eran tan innumerables, que el Padre tuvo entonces que conservarle milagrosamente la vida). Uno de los sayones que destrozaban las carnes divinas de Cristo, apercibió allí cerca a la Madre del «Reo» y, al mismo tiempo que la señalaba a la atención de sus colegas como un objeto pintoresco que aumentaba el interés de la escena, juzgó prudente darle una lección moral y le dijo: «Si hubieras educado mejor a tu hijo, no lo verías ahora en este trance…»

Y María no dijo nada. ¿Creemos acaso que no sintió el ansia de explicarlo todo, de protestar, de aclarar el monstruoso error? «Silui a bonis» dice el Salmista (S. 38, 3): Callé aun lo bueno que habría podido decir. Esto sí que es fe y obediencia y reconocimiento de que Dios es poderoso para disponerlo y solucionarlo todo —como entonces lo hizo para sacrificar al Redentor— aunque no podamos intervenir nosotros.

También calló María al pie de la Cruz, donde parecía evidente que el Ángel la había engañado al prometerle que ese Hijo, allí moribundo, iba a sentarse sobre el trono de David su padre y a reinar eternamente sobre la casa de Jacob (Lúe. 1, 32-33). Y que también la había engañado Simeón, al decirle que Él sería luz para las naciones y gloria para ese pueblo (Lúe. 2, 31-32) que así rechazaba su realeza y no dejaba de ella sino el cartel irónico: «Este es el Rey de los

Judíos» (Marc. 15, 26).

Pero María calló y no hizo nada. Como Abrahán, el padre de la fe (Rom. 4,11).

Continuará el próximo viernes