SAN JOSÉ EN LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo… (Is. 7, 14; Mt. 1, 23).
Nunca un alma tuvo una alegría parecida a la de San José después de sus esponsales.
Consideraba su felicidad única en el mundo. No cesaba de repetir las palabras de la Sagrada Escritura: Dichoso el marido de una mujer buena (Eclesiástico 26, 1). La mujer fuerte, vale mucho más que las perlas (Proverbios, 31, 10).
Sabía que había tenido una gracia inmensa y, por eso, no dejaba de pensar en su prometida.
La llevaba como un sello en su corazón.
La amaba cada día más y su agradecimiento a Dios aumentaba en la misma medida.
La Santísima Virgen también le agradecía al Señor el haber escogido para ella un compañero tan dulce y un apoyo tan seguro.
Se amaban mutuamente, admirando cada uno las bellezas morales del otro.
De momento, vivían separados, pero la proximidad de sus casas les permitiría verse con frecuencia. Cada vez que se reunían, sus rostros se iluminaban con una sonrisa confiada. Una perfecta corrección inspiraba sus intercambios de afecto, plenos de sencillez.
A la espera de verse reunidos bajo un mismo techo, María preparaba su modesto equipo, y José fabricaba los muebles del futuro hogar.
Mientras tanto, individual y conjuntamente rezaban pidiendo al Señor enviase al Redentor. Anhelaban su llegada y se disponían a servirlo.
Mientras San José, en su taller, se dedicaba a sus humildes tareas de carpintero, su espíritu permanecía unido al Señor. Sabía que se aproximaba el tiempo en que se manifestaría Dios, y junto con su Prometida suplicaba, con palabras del profeta: Cielos, derramad vuestro rocío, y que las nubes destilen al Justo; ábrase la tierra y germine el Salvador.
No sospechaban que Dios estaba a punto de visitarles para hacerles instrumentos iniciales del acontecimiento prodigioso que cambiaría la historia del mundo.
Ya sabemos que los esponsales conferían prácticamente los mismos derechos que el matrimonio y, por lo tanto, María pertenecía legalmente a José. Aunque sólo se hubieran realizado los esponsales, una maternidad anterior a la formalización de la boda no habría manchado en absoluto su honor, antes al contrario, le habría merecido toda clase de felicitaciones, ya que la fecundidad era considerada un gozo y una gloria de la unión conyugal.
María debió recibir la embajada del Arcángel San Gabriel poco tiempo después de sus esponsales. Convenía que fuese en primavera, ya que el acontecimiento haría salir al mundo, sobrenaturalmente, del largo invierno de la espera, como dice el Cantar de los Cantares: El invierno se ha ido, las lluvias han cesado, las flores se abren, la higuera tiene yemas, la viña se perfuma, la tórtola canta.
Sería superfluo revivir, la escena. El relato del Evangelio está vivo en el recuerdo…
María está en su casa y, a la hora en que el crepúsculo envuelve en sombras la tierra, ella prolonga su oración. De pronto, el Arcángel se presenta. Calma su turbación y le hace partícipe del gran designio de Dios: es ella la elegida para concebir y alumbrar al Mesías.
No se llena de orgullo. Piensa solamente en la felicidad que va a inundar al mundo, pero se pregunta también cómo el voto de virginidad que ha pronunciado puede conciliarse con la misión que se le pide, por lo que no duda en preguntar, con precisión y candor, la manera y las circunstancias en que se obrará el prodigio. El Arcángel la tranquiliza: se convertirá en Madre sin perder nada de su integridad virginal, pues el Espíritu Santo en persona será el autor del prodigio.
María entonces, serena ya, sabiendo que la mayor sabiduría de la criatura consiste en abrazar la voluntad de Dios, da su consentimiento: He aquí la esclava del Señor… Hágase en mí según tu palabra…
En aquel instante, pues, en el seno purísimo de María se consumó el gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, y María, verdadera esposa de José, sin dejar de ser virgen íntegra, empezó a ser verdadera Madre de Dios.
Se ha consumado el gran misterio del amor de Dios.
Las entrañas virginales de María se han convertido en Tabernáculo divino.
En este hecho no se habla directamente de José; pero sí indirectamente, cuando María dice al ángel: ¿Cómo será esto, si Yo no conozco varón? O sea: ¿Cómo puedo ser madre yo, que soy y quiero ser siempre enteramente virgen?
Palabras, éstas, que ponen de manifiesto cómo Ella, después de sus desposorios con José, vivía con él como vive una hermana con su propio hermano, o como un Ángel convive con otro Ángel; esto es, María y José conservaron intacto su candor virginal.
Antes de desposarse, eran dos lirios de pureza virginal, colocados, empero, a distancia: María, junto al templo de Jerusalén, y José, en Nazaret.
Después de los desposorios, los dos lirios por la mano de Dios colocados en el mismo jardín, fueron aproximados, y este acercamiento, antes que ofuscar su blancura, la perfeccionó mayormente, de tal suerte que si José y María fueron perfectamente vírgenes antes de sus bodas, fueron también vírgenes y mucho más perfectos después de tan santa unión.
Como garantía de su mensaje, el Arcángel San Gabriel anunció a María que en otro matrimonio bien conocido por Ella se ha obrado otro prodigio: Y he aquí que Isabel, tu pariente, ha concebido también un hijo en su vejez, y se encuentra ya en el sexto mes aquella que se llamaba estéril, porque para Dios nada es imposible.
Esta información del Arcángel embajador fue para María como una señal. Estimó que era su deber ir a ayudar personalmente a su prima. Por otra parte, la moción del Niño que acababa de concebir en su vientre la impelía hacer ese viaje: el Mesías tenía prisa en ir a santificar a su Precursor.
Al día siguiente de la Anunciación, cuando José fue a visitar a María, nada notó en ella que le hiciera sospechar el misterio a no ser, tal vez, una luz todavía más dulce en su rostro y una gravedad más atenta en su mirada. Pero María no le dijo nada: ni una insinuación, ni una alusión que pudiera hacerle sospechar el divino secreto.
Expresó, sin embargo, un deseo a su prometido: quería visitar, lo más pronto posible, a su prima Isabel, que le había informado de su inesperado y tardío embarazo, y que, quizá, necesitara su ayuda.
José, probablemente, se extrañaría de esa prisa repentina por emprender un viaje del que nada le había dicho hasta entonces, y que implicaba una separación dolorosa.
No obstante, convencido de que todos los deseos de su prometida eran siempre razonables, y dispuesto como siempre a aceptar toda clase de sacrificios en prueba de su amor, no le pidió ninguna explicación, diciéndole que, a pesar de que lo sentía mucho, podía irse tranquila.
La prometida de José, partió, pues, dispuesta y presurosa; sabiendo que llevaba en su seno a Aquél que la libraría de todos los peligros, nada turba su tranquilidad. A lo largo del camino irían cuajando en su alma los versículos del Magníficat mientras caminaba deprisa.
Durante los tres meses que va a permanecer ausente, José, con el corazón lleno de una inexpresable emoción, esperará su regreso. Los días se le hacen interminables, pero su radiante esperanza le hace olvidar su pena: piensa que pronto va a poder llevar a su humilde casa a la que Dios ha destinado para ser Reina de su hogar…
No sospecha en absoluto que Ella lleva ya en su seno purísimo un germen de vida que no es otro que el Hijo de Dios Encarnado. Aquel que, más tarde, hará oír esta tremenda advertencia: El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga…
Pronto comenzará la Pasión de San José…
