MONS. JUAN STRAUBINGER: JOB: LAS PRUEBAS DEL JUSTO. CONTINUACIÓN 4º parte

EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

LAS PRUEBAS DEL JUSTO

Continuación

BIENAVENTURADOS

LOS POBRES DE ESPÍRITU

Vemos, pues, que no se trata solamente de renunciar a los propios vicios; sino también a las virtudes propias. Porque el Espíritu de Dios es el único que las puede dar, y las da precisamente al que confiesa que es pobre e incapaz de tenerlas.

Recordemos una vez más aquí las negaciones de Pedro, que seguramente no habrían sucedido si él hubiese sido menos valiente en prometer. Es la suprema lección que nos da María Santísima: «A los hambrientos llenó de bienes y a los ricos dejó vacíos» (Luc. 1, 53).

Los peores ricos son los ricos de espíritu, que se sienten capaces de ser valientes por sí mismos. Son, dice San Agustín, lo opuesto a los «pobres de espíritu», a quienes Jesús llama bienaventurados (Mat. 5,3).

Jesús, espejo de la misericordia del Padre, sólo nos pide que nos hagamos pobres en nosotros mismos, o mejor que reconozcamos que lo somos, para poder llenarnos con las riquezas de esa misericordia, que Él nos conquistó.

De ahí su afán por vernos humildes. El soberbio se siente rico en sí mismo, es decir, cree que no necesita de nadie, y entonces impide al Divino Padre y al Divino Hijo el ejercicio de esa misericordia.

De ahí, pues, que para ser ricos debamos hacernos pobres. Podemos poseer cuanto queramos de virtudes prestadas por Dios. Propias no podemos poseer ninguna. En eso consiste el error de ciertas almas, que quieren con mucho esfuerzo levantar el edificio de su propia santidad, sin comprender que no lo podrán jamás y que si lo consiguieran sería para su mayor daño, pues se sentirían dignas de mérito propio, robando a Dios la gloria que es lo único que Él no cede a nadie (S. 148, 13; Is. 42, 8; 48, 11; I Tim. 1, 17; Est. 3, 2; 13, 14; Luc. 6, 22 y 26; Juan 5, 44; 12, 43).

Así el conocimiento de la propia pobreza y de las riquezas infinitas del Corazón de Dios nos lleva a vivir en estado permanente de contrición perfecta que es el único estado lógico de aquel que se encuentra ante la Majestad divina y sabe que no puede justificarse por sí mismo.

María comprendió esto mejor que nadie, y por eso, siendo la más pobre, fue la más rica en dones de Dios.

AMAD VUESTRA PEQUEÑEZ

Con esta frase profundísima nos presenta la Santa de Lisieux otro aspecto del negarse a sí mismo, muy opuesto por cierto al culto de la propia excelencia que predicaban los paganos pretendiendo hacer de su vida una obra de arte.

Varios santos cada vez que se sorprendían a sí mismos en debilidad o ingratitud para con Dios, le repetían, acomodándolas al caso, aquellas palabras del Salmista: «Nuestra tierra da su fruto» (S. 84, 13), como diciéndole: «¿Qué otra cosa puedes esperar de mí, que soy mala tierra, sino malas yerbas? ¿Acaso el cardo se sorprenderá de que su perfume no sea como el de la rosa?»

Es, pues, una forma muy importante de la paciencia el ser paciente consigo mismo, porque el diablo aprovecha constantemente nuestra tendencia contraria, para llevarnos al escrúpulo, y por éste al desaliento, a la desconfianza y a la desesperación, que es un pecado contra la fe.

Porque «al que viene a Mí no lo echaré juera», dice Jesús (Juan 6, 37).

El que recuerda estas palabras insuperables de divino consuelo, se hace invencible «en Cristo Jesús». Se habituará, como David, a vivir en esa contrición, tan humilde en el confesar, como segura en el confiar (cfr. Salmo 50). Y al experimentar la dulzura inmensa de ser perdonado, crecerá cada día en el amor, según aquella divina sentencia de Jesús: «Ama menos aquel a quien menos se le perdona» (Lúe. 7, 47).

MÁS SOBRE LOS ESCRÚPULOS

Nada suele agravar tanto la amargura de las pruebas, como el sentimiento de que no las llevamos bien y de que Dios no está contento con nosotros. Esta inquietud es un nuevo regalo que el diablo, nuestro eterno enemigo, trata de añadir a lo que ya sufrimos.

Persigue, como dice el Salmista, a aquel que ya está herido, y agrega dolor al dolor de nuestras llagas (S. 68, 27).

Con esto se propone llevarnos a la desesperación que sería su máximo triunfo, o sea el naufragio total de nuestra fe.

Este sentimiento que tiende a inquietarnos para impedirnos que aprovechemos en paz los tesoros de enseñanza que podemos ganar en las pruebas, es siempre una tentación y procede de esa humildad falsa por la cual el alma se sorprende de no ser bastante heroica, en vez de tener bien sabida nuestra propia miseria e insuficiencia.

Bien hemos visto en las muchas lamentaciones del Patriarca Job un ejemplo para librarnos de ese escrúpulo.

Un alma amiga de Dios, que tenía experiencia en esas lides, cuando Satanás la tentaba por este lado, del descontento consigo mismo y con la idea de un Dios sin misericordia, sabía bien cómo confundir a ese «padre de la mentira» (Juan 8, 44), recordándole cuán opuestas tentaciones le había presentado otras veces. «¿Cómo es eso, le decía, que ahora resulto yo tan mala, y ayer no más tú me soplabas la idea de que era tan buena que debía complacerme en mi propia excelencia?»

Sepamos también en esto distinguir lo que es tentación —o sea ocasión de mérito— de lo que es consentimiento, según lo mostramos en la nota a Job 31, 7.

Las tentaciones, dice San Francisco de Sales, son como las abejas. Pican a los que se asustan y alborotan con ellas. Cuando no se les hace caso, se retiran.

EL APOSTOLADO DE LA OBEDIENCIA

Una de las formas que reviste esa tendencia al pesimismo, es la de enrostrarnos nuestra inutilidad cuando estamos enfermos o impedidos de obrar.

Dios no se contradice. No puede querernos ocupados en obras exteriores, cuando permite que estemos postrados por falta de salud, de libertad o de otros medios.

Esta pasividad santa es el apostolado de la obediencia. Es más exacto llamarlo así y no apostolado del dolor. Porque esto podría dar la impresión, falsísima, de que Dios se gozara en vernos sufrir. Y además, correríamos riesgo de creernos redentores, y sentirnos muy importantes.

El dolor no es virtud en sí mismo; y aun en la Pasión de Cristo, lo que la hace infinitamente acepta para la gloria del Padre, es la amorosa obediencia con que la sufrió. Ver Luc. 22, 42; Fil. 2, 8 s.

María estaba sentada a los pies de Jesús, mientras Marta se movía mucho. Y Jesús —¡qué paradoja!— declaró que la quietud de María era la óptima parte (Luc. 10, 42). Es que ella estaba obedeciendo al deseo de Jesús.

Es evidente que si Él hablaba, era para que se le escuchase, y ningún trabajo del mundo podría justificar el desaire de volver la espalda y dejar que hablase en vano Aquel que entonces hablaba en Betania y hoy también, presente en el Sagrario, sigue hablándonos y en las páginas del Evangelio. ¿Estamos seguros de que lo atendemos bastante en esa conversación? ¿Acaso creemos saber ya todo lo que Él dice?

Si Dios nos tiene impedidos, ¿no es evidente el error de ese escrúpulo que pretende llevarnos a la actividad externa? Si ésta no es en tal caso la voluntad de Dios, quiere decir que con ella no lo buscábamos rectamente a Él, sino a nuestra voluntad. Y esto es precisamente lo que hay que negar en el apostolado de la obediencia.

«Omnia tempus habent» (Eclesiastés 3, 1), es decir, cada cosa tiene su tiempo, fijado por la omnisciente Providencia. Cuando los parientes de Jesús le instan, con criterio mundano, a que se manifieste públicamente en Jerusalén durante la fiesta de los Tabernáculos, Él les responde: «Mi tiempo no ha llegado aún». Y agrega, no sin cierta ironía: «El vuestro siempre está a punto» (Juan 7, 6).

Jesús revela a Santa Gertrudis que nuestro sincero deseo de hacer una buena obra, así fueran mil, vale para Él, como si ya las hubiésemos cumplido.

Esta revelación inefablemente consoladora nos recuerda una vez más que lo que Dios nos pide es el corazón (Prov. 23, 26); que eso es lo que Él mira y no como los hombres, las cosas exteriores (I Rey. 16, 7); pues eso es lo que le interesa, como a Padre amante.

De ahí que Él mismo nos recuerde que no necesita de nuestros bienes (S. 15, 2), y que nos diga: «Si Yo tuviese hambre no acudiría a ti, porque mía es la tierra y cuanto ella contiene. ¿Acaso he de comer Yo la carne de los toros o de beber la sangre de los machos cabríos…? Entended esto bien, los que os olvidáis de Dios… El sacrificio de alabanza, ése es el que me honra, y ése es el camino por el cual manifestaré al hombre la salvación de Dios» (S. 49).

SACRIFICIOS DE JUSTICIA

«Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en el Señor», nos dice el Espíritu Santo por boca del profeta David (S. 4, 6). Sacrificios quiere decir ofrenda. Justicia, según la Sagrada Escritura, es el cumplimiento de la Ley de Dios. Sacrificios de justicia son, pues, los actos de obediencia a la divina Voluntad.

Como observa Monseñor Gay, estos actos que Dios nos pide, son superiores a los de iniciativa propia, porque en estos últimos, depende de nuestra voluntad el fijar cuándo comienzan y cuándo terminan; en tanto que aquéllos son actos perfectamente santos, pues que se fundan en la voluntad sapientísima de Dios, que es infinitamente santa.

De ahí que el aceptar, con obediencia filial, las pruebas que nos manda el divino Padre, es para Él más grato que el provocarlas.

Nótese a este respecto cuan frecuente es oír quejas y protestas, p. ej. contra el calor que hace, o contra el frío, o contra «esa maldita lluvia». ¿Cómo puede ser maldita, si es obra hecha exclusivamente por Dios, sin la menor intervención de la mano del hombre, que pudiera hacerla imperfecta? ¿Pero es que acaso Dios no lo sabe? El sacrificio de justicia, en todos estos casos, consiste en obedecer a esa voluntad que Dios nos manifiesta.

Y lo mismo sucede en toda clase de pruebas, en las enfermedades, y principalmente en esas injusticias y agravios que recibimos del prójimo, sobre los cuales Jesús nos enseña que la voluntad del Padre es, no sólo que no nos venguemos, sino que perdonemos y devolvamos bien por mal, y que amemos a ésos que así nos tratan. Esta es la esencia del Sermón de la Montaña (ver Mat. 5, 38-48), y del Sermón del Llano (Luc. 6, 27-38).

Llegamos así al punto más central de la doctrina de este Libro: el punto de intersección entre el dolor y la caridad, que es lo que valoriza el dolor, y sin la cual nuestros actos no valen nada (I Cor. 13).

Llegados aquí, descubrimos cómo esos «sacrificios de justicia» son ante todo sacrificios de caridad. Y esto se explica fácilmente, pues que antes vimos que la justicia, según Dios, está en obedecer a su Ley; y ahora vemos que esa Ley es esencialmente de caridad.

San Pablo expone con claridad maravillosa este concepto, con relación a la caridad fraterna, diciéndonos que el que ama a su prójimo, no obra ningún mal, por lo cual el amor es el cumplimiento pleno de la Ley (Rom. 13, 8).

Y en otra parte lo reitera diciendo: «Porque toda la Ley se cumple en una palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal. 5, 14; Lev. 19, 18; Mat. 22, 39).

Gracias a la meditación de estos puntos medulares de la doctrina, se nos aclara de un modo definitivo el horizonte de nuestra vida espiritual, y comprendemos que hemos de tener la obsesión de la caridad con el prójimo, no sólo porque ésta es el alma de las demás virtudes, y porque Dios la acepta como la más alta de todas, sino también porque se trata de una obligación rigurosamente jurídica, y no de un simple consejo cuyo cumplimiento significase para nosotros un mérito extraordinario.

Sacrificio de justicia no significa, en lenguaje cristiano, realizar la justicia pagana del Derecho Romano, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Acabamos de ver que, según la Revelación de Dios, hacer justicia significa obedecer a su Ley, y que esta Ley nos propone no como consejo, sino como riguroso precepto, y como mandamiento principal el amor a Dios y el amor al prójimo (véase Mat. 22, 34-40), con el agregado de que el mismo Maestro se nos ofrece como divino Modelo de la caridad: «Amaos como Yo os he amado» (Juan 13, 34), es decir con una misericordia sin límites.

Y San Juan vuelve a tomar, no ya sólo como Modelo, sino también como razón y fundamento de nuestra caridad fraterna, ese amor de Cristo hacia nosotros, que no es sino un eco del amor con que el Padre nos entregó su único Hijo: «Carísimos, amémonos los unos a los otros; porque la caridad procede de Dios, Y todo aquel que ama, es hijo de Dios, y conoce a Dios. Quien no tiene amor, no conoce a Dios, puesto que Dios es caridad. En esto se demostró la caridad de Dios hacia nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que por Él tengamos la vida. Y en esto consiste la caridad: que no es porque nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero a nosotros, y envió a su Hijo a ser víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos, si así nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (I Juan 4, 7-11).

Si comprendemos así que el sacrificio de justicia contiene la obligación del amor, tocamos el verdadero fondo del misterio cristiano.

El primero de los mandamientos nos ordena el amor, y no un amor cualquiera, «sino sobre todas las cosas», esto es: «con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente» (Deut. 6, 5; Mat. 22, 37)… «porque Dios es celoso» (Deut. 6, 15), es decir nos ama con celos (Sant. 4, 5), y llama «adúlteros» a los que quieren compartir su amor con la amistad del mundo (Sant. 4, 4; I Juan 2, 15; Lúe. 16, 13).

¿Por qué decimos que este es el fondo del misterio cristiano? Porque ese misterio es de Redención, o sea, consiste en el acto de un gran Rico que pagó por nosotros lo que nosotros, pobres, no podíamos pagar, y sin lo cual estábamos irremediablemente condenados al infierno.

Ahora bien, ese Rico, que lo dio todo gratis; que, siendo inocente, se dijo culpable para que nosotros, siendo culpables, pudiésemos aparecer inocentes; que, para cumplir esa hazaña, aceptó la más dolorosa muerte… ese Rico puso una condición para los que quisiesen aprovechar de aquel Pago que Él hacía libremente: y esa condición consiste en que nosotros miremos a los demás, como Él nos miró a nosotros, es decir, con esa misericordia que perdona, renunciando a exigir justicia, a fin de que Dios no nos aplique la misma ley de justicia a lo humano, según la cual nadie se salvaría de la condenación: «Porque si vosotros perdonáis a los hombres las ofensas, también vuestro Padre Celestial os perdonará vuestros pecados. Pero si vosotros no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados» (Mat. 6, 14 s.).

Vemos así que el sacrificio de justicia por excelencia está en practicar la misericordia que Dios nos manda. Tal doctrina frecuentemente expuesto en las Sagradas Escrituras (I Rey. 15, 22; Prov. 21, 3, etc.) se halla expresada en la Profecía de Oseas con estas palabras: «Porque la misericordia es lo que Yo quiero, y no el sacrificio; y el conocimiento de Dios, más que los holocaustos» (Os. 6, 6).

Y Jesús la confirma, citándola expresamente en Mat 9, 13.

Continuará el próximo viernes